Capítulo 31

⸻⸻⸻ ♡ ⸻⸻⸻

Ana Paula Lago

Un mesero apareció con una botella de vino tinto y, con movimientos precisos, sirvió en nuestras copas altas. El señor Abad habló en italiano con una naturalidad que me intimidó un poco; no entendí nada de lo que pidió, los nombres de los platillos parecían versos de otro idioma, pero él lo hizo con una seguridad aplastante.

—Ana, hay algo que tienes que saber —dijo de pronto, con esa voz grave que siempre parecía ordenar silencio a su alrededor—. El derrumbe de la plaza Antara no fue un accidente. Mi empresa jamás tuvo responsabilidad en eso.

Sentí que el aire me abandonaba de golpe. Mis ojos se abrieron por completo, buscando cualquier rastro de mentira en su rostro.

—Es difícil decírtelo, pero el propietario de las tierras donde se construía y quien nos contrató para llevar a cabo ese proyecto es quien provocó el derrumbe. Hace varios días que ya está detenido y no saldrá de la cárcel en muchos años por fraude. Yo mismo me estoy encargando de que así sea…

Las palabras se me clavaron en el pecho como cuchillos. No fue un accidente. Alguien le había arrebatado la vida a Carlos. Mis manos se cerraron con fuerza sobre la mesa, los nudillos blancos, mientras lo miraba exigiendo que dijera más.

—Al parecer el hombre estaba quebrado y se le hizo fácil provocar el accidente para cobrar el seguro del contrato que teníamos —añadió con una dureza contenida.

Bajé la mirada hacia la mesa, sintiendo cómo la tristeza me cubría entera. La impotencia me quemaba por dentro: Carlos había muerto por el capricho de un hombre, por dinero. Un amor truncado por la ambición más ruin.

De pronto, la calidez de su mano sobre la mía me arrancó del abismo. Me sorprendió el contacto, pero también… me reconfortó. Contra toda lógica, me sentí protegida.

—¿Qué pasa? —preguntó al notar la lágrima que resbalaba por mi mejilla.

Negué con la cabeza, liberando mi mano para limpiar la humedad de mis ojos.

—Carlos ya no está —murmuré con voz quebrada—. Ya nada me lo va a regresar. Por más años que ese hombre pase en la cárcel, Carlos no revivirá.

Sentí su mirada fija en mí, intensa, cargada de una compasión que no esperaba.

—Te entiendo —dijo en un susurro grave—. No te preocupes, va a pagar caro todo lo que nos ha hecho. Me encargaré de eso. Pero lo más importante es que sepas que yo jamás hubiera puesto en riesgo la vida de tu prometido. Yo soy un hombre de palabra, Ana. Un hombre legal. Aunque para mi hermano sea más que un ruin mentiroso.

Lo miré con suspicacia, enarcando una ceja, y él apenas sonrió de medio lado, como si se arrepintiera de lo que estaba a punto de revelar.

—Si te contara… —resopló y tragó saliva, evitando mi mirada unos segundos antes de clavarla de nuevo en mí—. En estos días también me enteré de que Roberto y Clara, mi esposa fallecida, tuvieron un romance. Ella me iba a dejar ese mismo día en que murió.

Él giró lentamente la copa en su mano bajando la mirada.

Me quedé helada, el cuerpo entero se me tensó como si hubiera recibido una descarga.

—Salió furiosa de la casa porque no le permití que se llevara a Lisa. Jamás lo permitiría. Si se iba, sería sola… sin nuestra hija. No sé qué pasó, pero se estrelló contra una camioneta de frente. Se golpeó tan fuerte la cabeza que fue inevitable su muerte.

Un nudo me cerró la garganta. La revelación era brutal, un secreto enterrado en el dolor de ambos.

—Por eso solicitó la prueba de paternidad —susurré, recordando el día en que abrió los resultados frente a mí.

Él asintió en silencio, tomó la copa y bebió un largo trago de vino, como si buscara en su sabor la fuerza para sostenerse.

—Lo siento mucho, señor Abad…

—Llámame Arturo —dijo en un tono suave, tan distinto a la dureza habitual de su voz que me desconcertó.

—También puede llamarme Ana. Lamento mucho todo lo que ha pasado en su vida. Compartimos situaciones similares… y quiero disculparme por la vez que fui a buscarlo a su oficina para hacerlo responsable del derrumbe, sin saber más detalles de la muerte de mi prometido.

En verdad me sentía apenada. Ese hombre frente a mí había soportado también pérdidas devastadoras. Lo observé en silencio unos segundos: me daba la sensación de que era un hombre solitario, alguien que encontraba refugio únicamente en su trabajo y en el amor hacia su hija.

—¿Por qué me ves así? —preguntó de pronto, arrancándome de mis pensamientos. Su expresión se había suavizado, casi alegre.

—Yo… emmm… —balbuceé, nerviosa. No me había dado cuenta de que en realidad lo estaba observando, estudiando cada rasgo de su rostro. Su mirada profunda me atrapaba, hipnótica, como si pudiera desnudar mis pensamientos.

El repentino arribo del mesero con nuestros platos me salvó. Agradecí la interrupción.

—Come —indicó con serenidad.

No tenía hambre después de todo lo que habíamos hablado, pero tampoco quería parecer descortés. Tomé los cubiertos y, poco a poco, fui probando el platillo. El sabor era exquisito, tanto que terminé disfrutándolo sin darme cuenta. Aun así, la incomodidad persistía: Arturo no apartaba la vista de mí, lo sentía en cada bocado, en cada movimiento.

—Puedo preguntarle algo —dije al fin.

Él asintió.

—¿Por qué me invitó a cenar? ¿Le di lástima? —Mi voz sonó más firme de lo que esperaba. Tenía que dejar claro que no era una mujer débil, mucho menos alguien que aceptaría compasión.

Una sonrisa divertida se dibujó en su rostro.

—Bueno, sí hay una razón. Quiero pedirte un favor.

Dejé los cubiertos sobre el plato y me recosté en el asiento, intrigada. Lo miré fijamente, mientras él parecía contener una risa nerviosa.

—Ana… sé que lo que te voy a pedir es algo inusual, pero mi hija no deja de hablar de ti. Nunca la había visto tan entusiasmada. La próxima semana habrá un evento en el colegio, la clase muestra para los padres. El colegio abre sus puertas para que los padres acompañen a sus hijos durante todo el día.

Sonrió otra vez, y juraría que un leve rubor coloreó sus mejillas.

—No sé cómo pedírtelo… ¿Podrías acompañarnos? Hace mucho que no la veía hablar con tanta ilusión de alguien —se apresuró a añadir.

Mi rostro debió ser la viva imagen de un “¿qué? ¿yo?¿En un evento de padres?”. Él lo notó, porque sonrió aún más.

—Te prometo que sólo será esta vez. Después se le olvidará. Solo quiero que, por un día, mi hija se sienta feliz. El año pasado fingió estar enferma para no asistir, y el anterior también. Estaba furiosa, era más pequeña, pero ya entonces me recriminó no tener una madre. Solo quiero que viva este día sin sentirse menos. Estoy seguro de que se pondrá feliz al verte. Y después de eso no te volveremos a molestar, lo prometo.

Me quedé pasmada.

—A cambio, si hay algo que desees y yo pueda darte, pídelo. Para mí, lo vale. Lo que sea…

La seriedad con la que lo dijo me dejó sin aliento. Dudé por unos segundos, mi mente luchando contra la calidez inesperada que esas palabras me provocaban.

—Tengo que pensarlo —me animé a responder al fin. El calor en mis mejillas se volvió insoportable. No me imaginaba entrando en el papel de madre, aunque fuera solo por un día, en la vida de una niña de seis años. Aquello me sobrepasaba. ¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Sentarme y observar? Además, lo más probable era que tendría trabajo.

El señor Abad acercó su rostro al mío, quedando a escasos veinte centímetros de distancia. Su mirada intensa me incomodaba, como si quisiera desarmarme con ella.
—¿Ana, hay algo que desees que yo te pueda dar? —su voz grave me acarició los oídos.

Entreabrí los ojos, apretando con fuerza la servilleta entre mis dedos, intentando no mostrar el temblor en mis manos.
—Sí, hay algo, pero no es dinero —respondí.

Él se inclinó apenas hacia atrás, expectante, con un brillo curioso en la mirada.
—Usted mencionó que había llegado a un acuerdo con los padres de Carlos… yo quisiera saber dónde está sepultado. Sus padres no me lo han querido decir.

Vi cómo sus músculos se tensaban. La línea de su quijada se endureció y pude notar que apretaba los dientes. Había logrado sacudir algo dentro de él.
—Veré qué puedo hacer —dijo con un tono serio, casi áspero. No me pareció que mi petición le agradara, pero tampoco me sorprendía: ya conocía lo difícil que era tratar con los padres de Carlos.

—¿Quieres un postre? —cambió bruscamente de tema.

Negué con la cabeza.
—Gracias, pero ya terminé.

Él asintió y pidió la cuenta. El resto de la velada transcurrió en silencio, pesado, lleno de pensamientos no dichos. Miré mi reloj: ya pasaban de las once.

Cuando llegamos a la entrada del departamento, me giré hacia él.
—Gracias, señor Abad, por la invitación.

Él sonrió de lado.
—Pensé que ya nos tuteábamos…

Bajé la mirada un instante, corrigiéndome con torpeza.
—Perdón… Arturo. Yo le informaré si asistiré al evento del colegio de Lisa.

Él metió las manos en los bolsillos de su pantalón, estudiándome con calma.
—Estaré esperando con ansias tu respuesta. De todos modos, cumpliré con mi palabra respecto a lo que pediste —su sonrisa se suavizó, apenas perceptible, y su voz bajó un tono—. ¿Sabes? Te ves muy diferente a las otras veces en que hemos coincidido.

Un estremecimiento me recorrió por completo.

—La primera vez que te vi fue en las oficinas de la constructora, estabas devastada. Las otras veces, siempre llevabas tu bata de doctora. Hoy… hoy me alegra ver que eres joven y hermosa. Tienes toda una vida por delante, no la desaproveches.

No supe qué responder. 

Cuando entré al departamento, lo vi alejarse. Respiré hondo, intentando ordenar lo que sentía. Por primera vez desde la muerte de Carlos, sentí que alguien comprendía mi dolor sin intentar minimizarlo. Y esa sensación, tan inesperada como peligrosa, me acompañó hasta que cerré la puerta del departamento. 

✨ También te puede gustar... ✨

Dejar un comentario

🩷 Gracias por leer.

Si este capítulo te hizo sonreír, emocionarte o enojarte, cuéntamelo. Leer tus comentarios es una de las cosas que más me motiva a seguir escribiendo.

Scroll al inicio