Capítulo 10

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Cuando tomé el volante de mi auto, sus palabras me golpearon de nuevo: «Ojalá nunca sienta lo que es perder a un ser querido». Si supiera…

La imagen de Clara irrumpió como un fantasma que jamás logro desterrar. He intentado enterrarla en el rincón más oscuro de mi memoria, pero sigue viva en cada silencio, en cada sombra. A pesar de su traición, aún me duele la manera en que se fue. Lo peor no fue perderla, sino ver a Lisa crecer con esa ausencia que jamás debió existir. Mi hija la necesita. Yo también la necesitaba, aunque nunca lo admitiría en voz alta.

Después de Clara dejé de ser el hombre que fui. Antes, mi mundo estaba lleno de metas, de proyectos, de amor verdadero. Amaba a mi esposa, adoraba a mi hija. Todo parecía perfecto. Pero el día que me confesó que tenía un amante… ese día mi mundo se desplomó como un edificio mal cimentado. Recuerdo su frialdad cuando dijo que regresaría por Lisa. ¡Mi propia hija!

Jamás hubiera permitido que la arrancara de mis brazos. Primero sobre mi cadáver.

Lisa es lo único que me queda. Hoy cumple seis años, y mi deber es estar a su lado. Le prometí una fiesta sencilla en casa de los abuelos, y esa promesa no pienso romperla.

Apreté con fuerza el volante. Aunque mi vida se haya vuelto un campo de ruinas, aunque me haya convertido en un hombre frío y calculador, ella es mi razón para seguir respirando.

—¡Papi, sí viniste! —la voz emocionada de mi hija me sacudió apenas crucé el área del jardín.

Sonreí al verla correr hacia mí, con sus pequeñas piernas agitadas y los ojos brillando como si yo fuera el regalo más esperado de la tarde. Miré a mi alrededor: los invitados apenas comenzaban a llegar, y agradecí en silencio haber cumplido mi promesa. Al menos esta vez, estaba a tiempo para ella.

Mi madre había hecho un trabajo impecable. El jardín de su casa parecía salido de un sueño infantil: unicornios en cada mesa, globos de tonos pastel flotando al viento, arreglos que desprendían un aire de magia inocente. Lisa adoraba los unicornios. Todo aquel despliegue no era más que un reflejo de la devoción que despertaba en quienes la rodeaban.

Y entonces la vi. Mi pequeña, en medio de aquel escenario, lucía un vestido blanco con rayas de colores que formaban la silueta alegre de un unicornio. El cabello recogido en dos coletas, de las que caían listones multicolores, le daba un aire de fantasía. Era como si la vida, tan cruel conmigo en tantas cosas, me regalara en ella un destello de esperanza.

La alcé en brazos, como solía hacerlo cuando era apenas un bebé. Sentir su cuerpecito aferrado a mí me devolvía fuerzas que creía agotadas.

—¿Te gusta mi look, papi? —preguntó con esa sonrisa traviesa, acercando su carita a la mía, exigiendo una respuesta que no admitía demora.

Se me estrujó el corazón. Clara debería estar aquí, contemplando esto. Ella amaba planear estos momentos, hablar de los vestidos, imaginar cómo sería ver crecer a su hija. Pero, en lugar de eso, solo quedaba yo, intentando llenar un vacío imposible.

—Claro que sí, mi princesa… eres la niña más hermosa de todo el mundo —respondí, dándole una suave palmadita en el pecho para ocultar la emoción que me nublaba la voz.

Lisa sonrió satisfecha, como si mi respuesta fuera la confirmación de una verdad absoluta. La bajé con cuidado y ella salió corriendo hacia sus amigos del colegio, con el vestido ondeando al compás de sus risas.

Me quedé de pie, observándola, con el alma partida. Por fuera, todo era celebración; por dentro, la ausencia de Clara seguía pesando como una losa. Pero, mientras Lisa corriera, mientras su risa llenara mis silencios, yo tendría un motivo para resistir.

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