Capítulo 43

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Obedecí, acomodándome con cierta incomodidad mientras ella desaparecía por el pasillo. Mis ojos recorrieron el departamento. El aroma a café reciente todavía flotaba en el aire, la sala estaba pulcra, sobria, femenina. Imaginé a la doctora “Lily” en distintos rincones, imaginé lo fácil que sería tomarla en brazos y perderme en ella. Pero el vacío me golpeó: Lilian no estaba ahí. Había esperado encontrarla, y en su lugar, la ausencia confirmaba lo mucho que le había calado lo ocurrido en el restaurante.

Ana regresó cargando una caja blanca que, al abrirse, reveló tres niveles de compartimientos. Se sentó frente a mí con una naturalidad sorprendente y tomó mi mano entre las suyas. Sus dedos eran delicados, fríos al tacto, pero firmes.

—Déjame revisarla —murmuró con seriedad, pasando la yema de sus dedos sobre mis heridas. —Aún hay cristales incrustados, tendré que sacarlos con pinzas. Fue un golpe fuerte… ¿Golpeaste la mesa a conciencia, verdad?

Sonreí de lado, casi nervioso. Ella era médica, no podía engañarla. Sabía perfectamente cómo me había hecho esas heridas. Chasqueé la lengua, resignado.

—Estaba enojado y le di un golpe a la mesa con el puño cerrado. No pensé que se rompería… después tendré que limpiar todo el desastre que dejé en mi departamento.

Ella agudizó la mirada, sorprendida, y tomó las pinzas.

—Auch… —me quejé cuando las acercó y el dolor punzante me atravesó la piel. Retiré la mano de golpe, pero Ana volvió a sujetarla con más firmeza.

—No me digas que eres de los pacientes difíciles. Quédate quieto, por favor. A la próxima pensarás dos veces antes de golpear las cosas.

Guardé silencio, observándola. Sus regaños no eran ásperos, pero me calaban como si atravesaran una coraza invisible.

—Ya no me quejaré —cedí en voz baja.

—¿Por qué estabas enojado? —preguntó de pronto, sin apartar la vista de mi mano.

Tragué saliva, desviando la mirada hacia un punto cualquiera del departamento. ¿Confiar en ella? Tal vez no debía… pero algo me decía que podía ser útil ganármela. Ana no era como Katherine.

Suspiré.

—No suelo hablar de mis asuntos personales con desconocidos… —murmuré—. Pero golpeé la mesa porque Arturo fue a llevarme mi carta de despido. Mi padre me echó de la constructora. Y todo porque mi hermano fue con el chisme de que fui amante de su exesposa.

El coraje se filtró en mi voz. Ana no dijo nada, siguió maniobrando con las pinzas en silencio, lo que me irritó y alivió a la vez.

—Eso debió causar mucho daño a tu familia… es una situación muy complicada, como si se tratará de una traición —dijo al fin, sin rodeos.

—Lo sé. Pero no me arrepiento —respondí, tajante. —No soy un monstruo, Ana. Ella ya no amaba a Arturo.

Apreté la mandíbula al recordar, los músculos tensándose con el eco de aquellos días.

—No lo eres —dijo ella entonces, levantando la mirada para encararme. Sentí cómo sus ojos me desarmaban por dentro. —Cuando fui a la constructora, hecha pedazos, tú me ayudaste, ¿recuerdas? Me llevaste a mi departamento, luego aquí, cuando cambiaron la cerradura del mío. Lo hiciste sin conocerme… aunque fuera por lástima, me ayudaste. ¿Por qué lo hiciste?

Su voz tenía un matiz de súplica. Quería respuestas. Exigía saber. Y por primera vez en mucho tiempo, yo no estaba seguro de tenerlas.

Suspiré, dejando que el aire se escapara con un peso que no sabía cómo soltar.

—No lo sé. A momentos soy bueno, a momentos me dejo llevar por la rabia. Arturo siempre fue el favorito de mis padres… ahora él ya tiene todo. Y pronto te tendrá a ti, no lo dudo. ¿Te gusta? —pregunté con sequedad, sin rodeos, dejando caer la pregunta como un golpe directo.

Ella boqueó, abriendo y cerrando los labios sin emitir palabra. No necesitaba escuchar su respuesta; el silencio me lo estaba diciendo todo.

—Yo… yo… te voy a poner este ungüento que te ayudará a sanar más rápido, luego te vendaré.

—Ana… te hice una pregunta. Respóndeme, y después podrás preguntarme lo que quieras.

Nuestros ojos se encontraron, el silencio se volvió espeso, casi incómodo.

—No sé si seas el indicado para hablar de ese tema. Tú y Arturo no se llevan, es como hablar con su enemigo, y eso no saldrá bien.

Asentí despacio. Era lista, más de lo que aparentaba.

—Yo podré atentar contra Arturo, podré odiarlo, pero soy un hombre de palabra. Te prometo que así como nunca metería a Lisa en medio de nosotros, tampoco te meteré a ti. Es más, hasta me da gusto que al fin Lisa pueda tener una figura femenina presente en su vida. Ella necesita de mucho cariño y alguien que la guíe para bien. Hay cosas que las mujeres necesitan, cosas que un padre no puede darle a su hija. No es lo mismo.

Sus ojos comenzaron a humedecerse, brillando bajo la luz que se colaba por el balcón abierto de la sala.

—¿Quieres mucho a tu sobrina?

—La adoro con toda mi alma. Como si fuera mi propia hija… porque amé a su madre como no tienes idea. Así que te pediré que no la decepciones, porque si alguna vez le haces daño, te las verás conmigo.

Ana tragó saliva, sus manos temblaron apenas perceptibles mientras continuaba con la venda.

—Yo no me siento preparada aún para iniciar una relación. Amaba a Carlos con mi alma… pero nunca le haría daño a una pequeña.

Asentí, aceptando sus palabras sin cuestionarlas. La venda ya cubría mis heridas, y el ungüento me provocaba una sensación de frío helado que relajaba el ardor de mi piel.

—Ahora dime tú… ¿Por qué buscas tanto a Lily? ¿Te gusta?

Sonreí con apenas un destello de ironía.

—Me gusta. Aunque yo no tengo novias. Solo he amado a una mujer en la vida, y no creo que alguien pueda reemplazarla.

Ana tomó mi mano con un gesto suplicante, como si intentara detener una tormenta antes de que se desatara.

—Entonces te pido que no lastimes a mi amiga. Hay muchas mujeres, Roberto. Lily está sufriendo por Miguel, y no es justo que cuando salga de eso, entre a otro sufrimiento contigo. Ella podrá parecer algo fría, pero es la persona más sensible que conozco. Desde ayer no ha vuelto al departamento… no sé cómo la esté pasando, pero ha decidido enfrentar sola su sufrimiento.

Levanté una ceja con rapidez, un escalofrío recorriéndome la espalda.

—¿No ha llegado desde ayer? —pregunté, incapaz de disimular mi sorpresa.

Ana asintió.

—No sé dónde se ha quedado, pero me ha enviado mensajes. Dice que está bien… Ahora regreso, llevaré el botiquín al almacén.

La vi levantarse y alejarse. Mi mente, sin embargo, estaba lejos de ese departamento. ¿Dónde demonios estaba la doctora Caballero?

En ese instante, el móvil de Ana comenzó a vibrar. Estaba sobre la mesita de centro, frente a mí. La pantalla se iluminó y el nombre del remitente apareció claro: “Lily”.
Miré hacia la dirección donde Ana se había ido —probablemente al baño— y sin pensarlo dos veces contesté.

—¡Ana! —la voz de Lilian estalló al otro lado, tan desesperada y rota que todo mi cuerpo se tensó. Me puse de pie de inmediato, como si con eso pudiera acercarme a ella—. ¡Ana, algo me pasó! Desperté en una carretera… sin nada, ni mi bolsa. No sé qué me pasó… creo que me asaltaron. —Lloraba, su voz se quebraba y me calaba hondo. Apreté los puños de impotencia, aunque la herida en mi mano ardiera—. Ven por mí. No quiero llamar a mis papás, no quiero preocuparlos… no sabía a quién más llamar. —Su llanto era un hilo ahogado.

—Lily, cálmate… solo dime donde estás—solté al fin, intentando sonar firme. Su llanto se detuvo por un segundo, apenas contenida.

—¿Por qué contestas el móvil de Ana? ¿Ella dónde está? —su tono fue de golpe, una mezcla de desesperación y sospecha.

—Tranquila, Ana está en el baño, creo… Yo vine a… luego te cuento. Dime dónde estás, iré por ti.

—Pero…

—Dime dónde estás, Lilian. Ahora no estás como para elegir un salvador, estás indefensa en estos momentos.

Hubo un silencio, solo su respiración temblorosa.

—Estoy en una especie de restaurante a pie de carretera. Me dicen que es el km 216, carretera a Matehuala, por la federal 57. Alguien me prestó su móvil, tengo que colgar. El restaurante se llama “La Carbonera”.

La línea se cortó. Me quedé con el móvil en la mano, sintiendo cómo la opresión en el pecho crecía.

—¿Pasa algo? ¿Por qué tienes mi móvil en la mano? —preguntó Ana, apareciendo de nuevo en la sala. Me miraba con el ceño fruncido, intrigada.

—Lo siento… era Lilian. Tu móvil estaba vibrando y ella dijo que te llamaba más tarde… —mentí sin pestañear, guardando la pantalla contra mi palma—. Tengo que irme, Ana. Muchas gracias por curar mis heridas. Si me dices cuánto es…

Ella negó con la cabeza, su gesto fue casi maternal.

—Ya estamos a mano, Roberto. Por ayudarme aquella vez. Pero recuerda lo que te he pedido: no lastimes a mi amiga.

Asentí con gravedad, clavándole los ojos.

—Te lo prometo.

Al salir del departamento, el aire me golpeó el rostro como una bofetada. Mientras caminaba hacia mi auto, mi mente corría más rápido que mis pasos. Buscaba en el móvil la ubicación de “La Carbonera”. Las manos me temblaban, la herida punzaba, pero nada importaba. Si tan solo ayer hubiera ido tras ella… esto no le habría pasado. Me maldije entre dientes.

No entendía por qué me sentía tan ansioso, tan preocupado. Era una opresión en el pecho que solo había sentido una vez en mi vida: el día que me avisaron del accidente de Clara, cuando el mundo se me vino abajo.

Esa carretera estaba a dos horas de aquí. Dos largas horas en las que todo podía pasar. Necesitaba llegar por ella cuanto antes. Pisé el acelerador hasta el fondo. Si a Lilian le ocurría algo… jamás me lo iba a perdonar.

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