Capítulo 55

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Ana Paula Lago

Vi cómo Lili se fue a su habitación y escuché el leve clic de la puerta al cerrarse. Permanecí allí, en silencio, con la vista fija en mi taza de café humeante. El aroma tostado me envolvía, cálido y familiar, mientras una sensación de alivio se mezclaba con una inquietud difícil de nombrar. Me alegraba tenerla de vuelta, por supuesto, pero algo en ella me descolocaba.

Estaba demasiado tranquila.
Esa no era la Lily que yo conocía. Ella no se rendía tan fácilmente. Era impulsiva, visceral, incapaz de dejar una conversación inconclusa. Si algo le dolía, iba de frente hasta arrancarse la espina. Ella hubiera ido por Miguel, lo habría encarado, aclarado todo… pero no lo hizo.

Suspiré, llevándome la taza a los labios. Tal vez tenía sus razones, y aunque me moría de curiosidad por saberlas, decidí respetar su silencio.

La noche anterior no había podido dormir bien. Me revolvía entre las sábanas, dándole vueltas una y otra vez al mismo recuerdo: Arturo.
El momento en que intentó besarme se repetía en mi mente como una escena sin pausa, una que no podía borrar ni con la fuerza de mi voluntad. Estaba enfadada conmigo misma, porque incluso lo soñé. En el sueño, no solo me besaba… lo hacía con una pasión tan intensa, tan tangible, que desperté agitada, con el corazón desbocado y la piel ardiendo.

Lo peor fue despertar sintiéndome culpable. Mi propio subconsciente acababa de traicionar todo lo que llevaba días intentando convencerme de sentir.

Desde que amaneció, no dejé de pensar en él. El beso frustrado, la tensión en el aire, la mirada con la que me había dejado aquella noche. Me mordí el labio, nerviosa. Solo imaginar volver a verlo me ponía un nudo en el estómago.

Por un momento pensé en escribirle un mensaje, inventar alguna excusa para no asistir al evento del colegio de Lisa. Me odié por eso. Era una cobarde, lo sabía, pero… ¿Con qué cara iba a verlo después de rechazarlo?

Mis manos terminaron cubriéndome el rostro, en un intento inútil de despejar mi mente. Me lo había prometido, y no podía fallarle a su hija. Solo pensar en su carita decepcionada me partía el corazón.

—Ana, será solo un rato —me dije en voz baja, tratando de darme ánimo—. Ya te comprometiste con asistir.

Justo entonces, mi móvil vibró sobre la mesa. Lo tomé con un ligero sobresalto. Era un mensaje de Arturo: “Ya estamos saliendo de casa.”

Tragué saliva, notando cómo mis nervios se reactivaban. Me puse de pie casi de golpe, intentando distraerme con pequeñas tareas: lavé los platos que había usado, cepillé mis dientes, respiré hondo frente al espejo.

Me decidí por una blusa negra de tres cuartos, con escote en V y un collar dorado discreto pero elegante que caía justo sobre mi pecho. Me puse unos jeans ajustados y unos zapatos altos del mismo tono que la blusa. Recogí mi cabello en una coleta media, dejando que algunos mechones sueltos enmarcaran mi rostro. Me miré una última vez. No era perfecta, pero al menos lucía presentable… segura.

Apenas alcancé a tomar mi bolso cuando el móvil volvió a sonar.
“Ya llegamos, estamos en el estacionamiento del edificio.”

Releí el mensaje. Ambos textos sonaban secos, cortantes. Suspiré, reconociendo ese tono. Le había herido el orgullo al rechazarlo, sin duda.

“Bajo enseguida”, respondí.

Pasé frente a la puerta de Lili y toqué suavemente.
—Ya me voy, amiga —avisé.

Como no hubo respuesta, abrí apenas unos centímetros para asomarme y asegurarme de que todo estaba bien. La ví, había llorado hasta quedarse dormida. No necesitaba preguntarle para saberlo. Bastaba verla abrazada a la almohada como si intentara sostenerse de algo que ya no estaba.

Cerré despacio la puerta para no despertarla.

Cualquier cosa podía pasar este día. Arturo podía amargarme la mañana con su mal humor… o tal vez, podríamos disfrutar de la compañía de su hija y del evento.
Respiré hondo antes de entrar al ascensor, observando mi reflejo en las puertas metálicas que se cerraban. Tenía que mantener la calma.

El estacionamiento olía a gasolina y pavimento caliente. Samuel, el asistente de Arturo, me esperaba de pie junto al auto negro. Me saludó con esa misma sonrisa amable que recordaba de la vez anterior, cuando me llevó a la residencia de los Rocamonte.
—Buenos días, señorita —dijo, abriendo la puerta con una cortesía impecable y ofreciéndome la mano.
—Buenos días… ¡Hola, pequeña! —mi voz se iluminó al ver el rostro dulce de Lisa, con sus rizos dorados y ese brillo inocente en los ojos.

—¡Ana! —exclamó, lanzándose a mis brazos. La abracé con ternura; siempre me enternecía ese tipo de gestos, quizá porque me recordaba a mis sobrinos.

Al incorporarme, mis ojos se cruzaron con los de Arturo. Él apartó la mirada hacia la ventana en el mismo instante, como si mi presencia lo incomodara. Sentí el estómago encogerse apenas él desvió la mirada.

Durante el trayecto, Lisa se mostró especialmente conversadora.
—Te voy a presentar a todos mis amigos, y les diré que tú eres mi futura mamá —dijo con total naturalidad, haciendo que mi corazón se acelerara.

Me quedé sin palabras. Pude sentir cómo el calor subía hasta mis mejillas. Crucé una mirada rápida con Arturo. Tenía la vista al frente, pero una sonrisa apenas perceptible le curvaba los labios. Tal vez le divertía la inocencia de su hija… o tal vez, como a mí, le dolía la idea de que aquello fuera solo una fantasía infantil.

Faltaban apenas dos días para que Lisa pudiera deshacerse del inmovilizador de la pierna. Al llegar al colegio, me agaché frente a ella, aún sentada en el asiento.
—Lisa, ¿aún te duele el tobillo? —le pregunté mirándola directamente a los ojos. Quería asegurarme de que no mintiera solo por emoción.
—No, ya no me duele, Ana —respondió con una sonrisa sincera.
—¿Segura? —insistí con un tono juguetón.
Ella asintió con entusiasmo.

Sentí la presencia de Arturo detrás de mí.
—Voy a mover un poquito tu pie, ¿sí? Si algo te duele, me lo dices enseguida —le expliqué a Lisa sin mirar a su padre.

Tras revisar con cuidado y asegurarme de que el tobillo estaba bien, retiré el inmovilizador.
—Ahora podrás caminar con normalidad —sonreí—, pero por favor, evita correr o saltar mucho, no queremos volver al hospital, ¿eh?

Lisa bajó del auto y al instante una compañerita corrió hacia ella para abrazarla. La ternura de la escena me ablandó el corazón. Había pasado dias sin asistir al colegio, y verla tan feliz me llenó de alivio.

Me puse de pie, pero antes de dar un paso sentí una mano firme sujetar mi brazo. Era Arturo.
Me giré lentamente hacia él.
—Gracias —murmuró. Su voz era grave, contenida. Sus ojos, oscuros y profundos, tenían un brillo que oscilaba entre la frialdad y la tristeza.

—Solo cumplo con mi trabajo —respondí, intentando sonar profesional—. Además, Lisa es una niña encantadora.

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