Capítulo 19
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El cuerpo de Arturo se tensó de inmediato. Sus puños se cerraron con fuerza, como si fuera a lanzarse otra vez sobre él, pero no se lo permití. Sujeté una de sus manos con ambas mías.
—No… —susurré—. No delante de Lisa.
Él cerró los ojos un instante, como si necesitara escuchar esas palabras para no perderse del todo. Con un gesto brusco, aunque contenido, me permitió guiarlo de regreso a la habitación.
Lo conduje hasta su hija, la única persona que realmente importaba en ese instante.
Al cerrar la puerta detrás de nosotros, el pasillo quedó atrás, junto con la furia, los gritos y las verdades envenenadas.
Dentro de la habitación solo quedaban Lisa… y el deber de proteger su inocencia.
Respiré hondo para serenarme y continué con la revisión de Lisa como si nada hubiera ocurrido. Mis manos se movían con delicadeza, pero por dentro todavía vibraba la tensión del enfrentamiento entre aquellos dos hombres.
—¿Y bien? ¿Cómo está mi hija, doctora? —preguntó Arturo con voz ansiosa. Esa impaciencia lo delataba: bajo toda aquella coraza había un padre desgarrado por la preocupación.
Lo miré un instante y luego bajé la voz, procurando no inquietar a la niña.
—Mandaré hacerle radiografías de cuerpo completo. Quiero asegurarme de que no tenga otros golpes que puedan complicar su recuperación.
Arturo tragó saliva.
—Lisa…
Me concentré en ella.
—El brazo tendrá que inmovilizarse. No está fracturado, pero sí presenta una fisura cerca del codo. —Toqué con cuidado su tobillo y ella apretó los labios con una mueca de dolor—. Y aquí hay un esguince. ¿Te duele?
La pequeña asintió mientras las lágrimas resbalaban en silencio por sus mejillas.
—También tendré que dejarte en observación durante hoy, cariño. Veo algunos golpes en la cabeza y quiero estar segura de que no sean graves. Enseguida vendrá un enfermero para llevarte a la sala de rayos X, ¿de acuerdo?
Arturo asintió con rigidez, como si cada palabra mía pesara sobre sus hombros.
—Todo estará bien, ¿de acuerdo? No tengas miedo —murmuré, inclinándome para acariciarle con suavidad la frente—. Todo va a salir bien.
—¿Cómo te llamas? —preguntó de pronto, como si el alboroto de hacía unos minutos hubiera quedado atrás.
Señalé el gafete que colgaba a la altura de mi pecho.
—Soy la doctora Lago, pero tú puedes decirme Ana. —Le guiñé un ojo.
Lisa sonrió apenas, aunque el dolor seguía reflejándose en su rostro.
—Tienes unos ojos muy lindos, Ana.
Aquella inocencia me enterneció. Arturo levantó la vista hacia mí y, aunque mantenía la expresión seria, noté cómo sus ojos se suavizaban apenas un instante.
—Gracias, Lisa. Tú también eres una niña muy linda.
Tomé el expediente junto a la cama. Antes de salir, dirigí una última mirada a Arturo. Había reprobación en mis ojos.
Después me di la vuelta y abandoné la habitación.
Roberto Abad Rocamonte
Desde donde estaba, vi cómo la doctora —la amiga de Ana, si mal no recordaba— se plantaba frente a Katherine con una seguridad que desentonaba con su apariencia serena. La forma en que la miraba era suficiente para helar la sangre; aquellos ojos oscuros parecían atravesarla con cuchillas invisibles.
—Le voy a pedir, señorita, que se retire de este hospital y no vuelva —sentenció con voz firme.
Katherine arqueó una ceja, alzando la barbilla con ese aire altanero que siempre había detestado en ella. Clara, con todos sus defectos, había sabido ser más cálida que esa mujer de hielo. Nunca comprendí cómo pudieron ser amigas.
—¿Y por qué tendría que hacerle caso a una simple médica? —espetó con desdén, impregnando cada palabra de veneno.
Me quedé en silencio, observando. Katherine era así: arrogante, convencida de que el mundo giraba a sus pies. Tal vez por eso me repugnaba tanto.
Pero la doctora no se inmutó. Ni un parpadeo, ni un atisbo de inseguridad.
—Escúcheme bien, rubia. Este es el hospital de mi familia. Así que o se va por voluntad propia o llamo a seguridad para que la saquen. Y no, no soy una simple médica.
Su tono fue cortante, autoritario, con una firmeza que incluso a mí me sorprendió.
Abrí un poco más los ojos, incrédulo.
¿Ese hospital de primera línea pertenecía a su familia?
Nunca lo hubiera imaginado. Siempre había pensado que la doctora Lago y su amiga Caballero eran mujeres sencillas, viviendo en departamentos modestos, caminando entre gente de clase media en el centro de la ciudad. Pero, en ese instante, aquella médica se alzó con un poder imposible de ignorar.
Vi cómo los labios de Katherine se torcieron en una mueca amarga. Gruñó entre dientes, herida en su orgullo, y finalmente giró sobre sus tacones. Antes de marcharse, me lanzó una mirada cargada de odio.
—Te odio, Roberto —escupió con veneno.
No respondí. Solo la seguí con la mirada hasta que desapareció por la puerta.
Cuando el pasillo quedó vacío, sentí el peso de otra mirada.
Giré apenas la cabeza y me encontré con los ojos de la doctora. El nombre de su gafete relucía bajo la luz blanca del pasillo:
Lilian Caballero.
Su mirada se clavó en la mía como un ancla: severa, firme, penetrante.
—Y usted, venga conmigo —ordenó.
Me limpié con el dorso de la mano la sangre que me escurría del labio partido.
¿Quién demonios se creía esa mujer para hablarme como si estuviera por encima de mí?
Nadie le daba órdenes a Roberto Abad Rocamonte.
Nadie.
Sin embargo, su tono no admitía réplica.
—¿Va a venir o no? —repitió, todavía más cortante.
Sus palabras se impusieron a mi orgullo y, antes de darme cuenta, ya estaba caminando detrás de ella. El sonido de mis pasos resonaba sobre los azulejos fríos, siguiéndola hasta su consultorio como si una fuerza invisible me arrastrara.
Y lo odiaba.
Odiaba que esa mujer pudiera hablarme con tanta autoridad.
Odiaba que mi cuerpo reaccionara obedeciendo antes de que mi mente alcanzara a procesarlo.
