Capítulo 38

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Roberto Abad Rocamonte

Mi mirada se fijó en mi apetitosa presa. Ahí estaba, radiante y luminosa, como si todo el lugar girara en torno a ella. La anfitriona de la noche. Bebí un sorbo de mi whisky, dejando que el ardor recorriera mi garganta lentamente, disfrutando del sabor y de la imagen que tenía frente a mí. Pero el vaso apenas volvió a la barra cuando algo dentro de mí se removió como una punzada desagradable: ella estaba abrazándolo… y besándolo.

A ese tipo. Su novio.

Lo observé con detenimiento, analizando cada detalle de su aspecto como quien examina a un rival insignificante. No tenía gracia. Ni un ápice de atractivo. El cuerpo delgado, sin músculo; los lentes le daban un aire de estudiante mediocre, uno de esos tipos que parecen vivir escondidos entre libros que nunca aprendieron a vivir de verdad. Camisa blanca, pantalón negro y zapatos recién boleados… demasiado correcto, demasiado simple. Lilian era mucha mujer para un hombre tan gris.

Entonces la oportunidad se presentó sola. Vi cómo uno de los invitados le hacía una seña al festejado, y ambos se dirigieron hacia el baño. Una sonrisa discreta se formó en mis labios. Me levanté y los seguí con paso tranquilo, como si no llevara prisa, pero con la precisión de un depredador que sigue el rastro. El restaurante, amplio y con aquella iluminación cálida que acariciaba las paredes, me daba el refugio perfecto para moverme sin ser visto por mi hermano… ni por ellas.

Justo antes de entrar al baño, me detuve en seco. La voz del amigo de Miguel me alcanzó desde el interior.

—¿Ya le dijiste lo de la especialidad a Lily?

Me incliné un poco, lo suficiente para captar cada palabra.

—Todavía no, pero esta noche se lo diré… o tal vez mañana. Estoy decidido. Esa beca en Madrid es una oportunidad que no puedo dejar pasar. Apenas llevamos unos meses juntos, no tendría sentido mantener una relación a la distancia…

Una risa baja, casi inaudible, se escapó de mí mientras una sonrisa ladina se dibujaba en mi rostro.

“Así que además de mediocre, la vas a dejar. Pobre idiota.”

Lilian no merecía eso. No. Pero él, definitivamente, no la merecía a ella.

Me enderecé y entré al baño. Ellos estaban frente al lavabo, conversando. Me dirigí con calma al lavamanos junto a ellos, como si fuera una coincidencia.

—Buenas noches, caballeros —saludé con cortesía, dejando que mi tono sonara educado pero con cierto peso.

—Buenas noches —respondieron al unísono.

El novio de Lilian me miró con cierta curiosidad, frunciendo levemente el ceño, como si tratara de ubicarme.

Me lavé las manos con parsimonia, disfrutando del leve silencio incómodo, y mientras me secaba, él por fin se atrevió a preguntar:
—¿Yo te conozco?

Me giré hacia él.
—Creo que sí. Usted trabaja en el hospital San José, ¿cierto? Mi padre está internado ahí. Y, de hecho, también soy paciente de la doctora Lilian —dije su nombre con la naturalidad de quien ya lo ha hecho suyo en pensamientos más oscuros.

Vi cómo la sorpresa se dibujó en su rostro.
—Es verdad, ahora te recuerdo. En el consultorio de mi novia, la doctora Lily.

Asentí con calma.
—Roberto Abad Rocamonte —me presenté con una leve inclinación, extendiendo la mano—. Soy socio de este restaurante.

Ambos se mostraron interesados, pero cuando estreché la mano de Miguel Flores —qué nombre tan insípido— lo hice con más fuerza de la necesaria. Vi el leve gesto de incomodidad que cruzó por su cara y lo disfruté. Él era poca cosa, y ese apretón solo lo confirmaba.

El amigo intervino enseguida, quizá para suavizar la tensión.
—Miguel cumple años, señor Abad. Si gustas, puedes sentarte a la mesa con nosotros. El amigo de Lily y Ana… ¿Es tu hermano? Dijo tener tu mismo apellido.

Le dediqué una sonrisa educada. Ese hombre me caía mejor que el propio festejado; al menos tenía buena memoria.
—Gracias, pero será otro día. Hoy estoy supervisando. Sin embargo —añadí con un brillo calculado en la mirada— enviaré una botella del mejor vino de la casa como obsequio de cumpleaños.

Se miraron el uno al otro, complacidos.
—Muchas gracias, Roberto…

Me limité a asentir.
—Nos vemos después, caballeros, sigan disfrutando de la noche.

Los observé salir del baño, y entonces volví al espejo. Mi reflejo me devolvió la sonrisa de satisfacción. Miguel no sabía que acababa de sellar su destino.

Me recargué sobre la barra del lavamanos un instante. Ahora yo sabía algo que Lilian desconocía de su novio, y tenía que usarlo a mi favor. Pero apenas di unos pasos, la imagen de Clara observándome me detuvo en seco.

¿Qué estoy haciendo?, me pregunté. ¿Por qué estoy tan interesado en esa mujer?

Prometí frente a la tumba de Clara no volver a amar. Quería a Lilian solo para una aventura, un antojo de una noche que borrara el vacío. Luego la olvidaría, como había hecho con todas las demás desde que Clara murió. Nunca ninguna me había interesado para algo serio, porque yo ya no podía amar.

Regresé a la barra y me dejé caer en uno de los bancos, observando de lejos cómo, una vez más, mi hermano parecía llevarse la mejor parte. Así que ahora andaba detrás de la doctora Ana. Me resultaba tentador cambiar mis planes y seducirla, solo para fastidiar a Arturo. Pero no podía apartar mis ojos de Lilian. La deseaba con un ansia que me quemaba por dentro, y lo iba a conseguir.

Entonces sentí unos brazos rodeándome por detrás y unas manos cubriéndome la vista.

—¿Adivina quién soy, guapo?

Mi rostro se endureció apenas escuché esa voz.

Me giré bruscamente.

—Te dije que no me buscaras. ¿Qué acaso no entiendes, o te falla algo en la cabeza? —gruñí, llevándome un dedo a la sien con un gesto mordaz.

Katherine tragó saliva, lanzándome una mirada asesina.

—Mira, Roberto, no sé si lo has pensado, pero te convendría más que yo fuera tu cuñada en lugar de esa mujerzuela que está ahí con él —dijo, señalando con la mirada hacia donde estaba la mesa de Lilian—. Juntos seríamos imparables: yo tendría a tu hermano y tú la constructora. ¿Qué te parece?

La miré con desdén. Katherine tenía un talento especial para decir estupideces con absoluta convicción. Como si, de la noche a la mañana, Arturo fuera a enamorarse de ella. Si no lo hizo en tres años, ahora mucho menos.

Katherine se acercó sigilosa, deslizando en mi mano un pequeño frasco con gotero.

—¿Qué es esto? —pregunté, arqueando una ceja.

Ella sonrió con malicia, contoneándose.

—Unas gotitas mágicas que harán que ella saque lo peor de sí.

La observé incrédulo. Katherine estaba loca. Necesitaba deshacerme de ella, ya no soportaba más su acoso. Solo la toleraba porque conocía ciertos secretos míos que acabarían de hundirme ante mis padres.

—Bien —dije con frialdad—. Le ordenaré a uno de los empleados que le sirva una copa a Ana con esto.

Katherine sonrió triunfante, acercándose mucho más de lo permitido. Rozó mi cuello con un beso que no me provocó nada.

—Gracias, amor. Tú y yo siempre hemos tenido una conexión especial.

Entorné los ojos.

—Lo que tú digas.

Rodeé la mesa del bar con calma y pedí que sirvieran diez copas del mejor champán que teníamos. En una de ellas dejé caer la cantidad de gotas que señalaba el frasco… y un poco más. El líquido se enturbió apenas un segundo antes de volver a verse transparente.

Sin que Katherine lo notara, me incliné hacia el mesero.

—Esa copa será para el festejado —le ordené en voz baja—. Y asegúrate de que nadie más la toque.

El mesero asintió con un ligero temblor en las manos.

—Sí, señor.

Cuando regresé a mi asiento, Katherine apareció nuevamente a mi lado, como un maldito fantasma que no sabía cuándo desaparecer.

—¿Ya hiciste lo que te pedí?

—Ajá —tomé un sorbo del líquido ambarino, saboreando el poder que ardía en mi garganta—. Pero si te ven conmigo, van a sospechar. Arturo aún no ha notado que estoy aquí, pero no dudo que lo hará.

—Entonces estaré por allá, observando —respondió, antes de alejarse con esa sonrisa retorcida que me enfermaba.

Mis ojos recorrieron el salón. Vi cómo los invitados, incluido el tal Miguel, alzaban las copas. Brindaron, bebieron. Un gesto trivial para cualquiera, pero yo sabía lo que significaba. Miguel le dijo algo a Lilian y después me señaló.

Sonreí al sentir su mirada clavarse en mí. Una punzada deliciosa.

Lilian caminó hacia donde yo estaba, su andar decidido contrastando con la tensión en sus labios.

—¿Qué hace aquí, señor Abad? ¿Vino a espiar a su hermano o a mí? —me lanzó tajante, como si intentara cortarme con sus palabras.

Sonreí con descaro, dejando que mi voz arrastrara cada sílaba como un roce indebido.

—Soy socio de este restaurante, doctora. Vengo seguido.

Ella abrió los labios, incrédula.

—Yo… no lo sabía.

El rubor en sus mejillas me arrancó una sonrisa más amplia.

—Quise tener un detalle contigo y con tu novio. Por eso el champán… y en un momento más les enviarán unas botellas del mejor vino de la casa, en agradecimiento por el buen trato que han tenido para con mi padre.

—No tenía por qué hacerlo. 

Me incliné hacia ella, Invadí deliberadamente su espacio personal. Pude sentir cómo se tensaba, inmóvil, como una presa atrapada por la mirada de un depredador.

—Estoy tratando de hacer lo que me pediste, doctora… ser menos malo. Mi hermano ya no es mi objetivo. Por ahora.

Ella dio un paso atrás, tragando saliva, intentando recuperar el aire.

—Adiós, señor Abad.

—Roberto —susurré con un brillo lujurioso en los ojos—. Para ti, Lily.

—Doctora Caballero para usted —replicó, con una sonrisa nerviosa que solo avivó mis ganas.

La observé alejarse, y el ardor en mi pantalón se volvió insoportable. Ya no tenía duda: la quería en mi cama. La quería para mí, aunque solo fuera una noche. Quería descubrir cuánto tardaría esa mujer en perder el control entre mis brazos. 

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