✦ UNA HISTORIA DE NANCY RDZ ✦

Capítulo 20

Tiempo estimado de lectura: 9 minutos
Publicado el 9 de septiembre de 2026

Ponte cómoda y disfruta de la historia.

Christa Bauer

Habían pasado días desde que hablé con Santiago. No había tenido noticias de él nuevamente, tampoco de Margarita. Todas las mañanas despertaba con una angustia en el pecho, deseando con todas mis fuerzas estar en Montenegro, pero no podía. Aún no. Además, le había prometido a Santiago esperar a que viniera a buscarme.

—Christa, tienes una llamada… —escuché esa mañana la voz de la señora Esther.

Rápidamente salí de mi habitación y bajé las escaleras, dirigiéndome a la planta baja.

—¡Hola! —saludé con alegría y emoción, esperando que fuera Santiago o Margarita.

Pero la risita que escuché al otro lado de la línea me paralizó por completo.

—Hola, cuñadita. ¿Cómo has estado? ¿Me extrañaste?

Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.

Marcelo.

Pensé en colgar, pero su voz burlona me detuvo.

—Ni se te ocurra hacerlo —ordenó con una calma que resultaba mucho más aterradora que un grito.

Me quedé inmóvil, con los dedos aferrados al teléfono.

¿Cómo había conseguido mi número?

—Vete al carajo, maldito —contesté, llena de rabia.

Escuché una carcajada al otro lado.

—Sigues teniendo ese carácter… Me gusta. Aunque deberías aprender que, cuando yo hablo, tú escuchas.

Apreté los dientes.

—¿Qué quieres?

—Más te vale que me escuches, Christa. Vas a regresar al pueblo.

—No. Yo no regresaré… —lo interrumpí.

—Sí, regresarás.

Su voz cambió. Ya no sonaba burlona. Ahora tenía un tono frío, calculador.

—Y lo harás porque de mí dependen todas las personas que te importan.

Sentí un nudo en el estómago.

—Tu madre lisiada, tu hermana, tus sobrinos, tu amiga Margarita y su hijo…

Hizo una pausa deliberada.

—Todos están allá, Christa. Todos están al alcance de mi mano.

Apreté el puño con impotencia.

—No te atrevas a tocar a ninguno de ellos.

—¿Por qué no? —rió con desdén—. ¿Quién va a detenerme?

No respondí.

—Si no regresas, me veré en la necesidad de actuar contra alguno de ellos. Y no querrás que eso suceda, ¿verdad?

Mi respiración comenzó a acelerarse.

—No…

—¿Qué dijiste?

—No… —mi voz se quebró.

Marcelo soltó una pequeña risa de satisfacción.

—Así me gusta. Que seas obediente.

Cerré los ojos con fuerza.

—Por la mañana hay un autobús de la Capital que va a Montenegro. Sale a las ocho. Yo estaré aquí esperándote, cuñadita.

—Marcelo…

—Y si no vienes —me interrumpió—, sabes perfectamente lo que soy capaz de hacer.

Su voz se volvió aún más baja.

—No olvides lo que le pasó a Fred.

Sentí un escalofrío recorrerme el cuerpo.

—Alguno de ellos podría terminar igual que ese estúpido de tu hermano.

Apreté los dientes con coraje. Marcelo era el hombre más ruin que jamás había conocido.

—¿Por qué quieres que regrese? ¿No es mejor así? Sé que te has adueñado del rancho. Quédatelo, pero déjanos vivir en paz.

Marcelo rió con desdén.

—¿De verdad crees que se trata del rancho?

Me quedé en silencio.

—Tú todavía no entiendes nada, Christa. Ese es tu problema. Te fuiste creyendo que habías escapado de mí, pero sigues siendo parte de esto.

Sentí un escalofrío.

—Solo obedece. Te espero mañana.

—No voy a permitir que lastimes a nadie.

—Eso no depende de ti.

La línea quedó en silencio durante unos segundos.

—Nos vemos mañana, cuñadita. Y recuerda algo: puedo ser muy paciente, pero cuando me hacen esperar, suelo perder la paciencia.

Colgó.

Mi cuerpo se estremeció. Puse el teléfono en su sitio y subí a mi habitación con las piernas pesadas. Me senté en el borde de la cama, mirando la pared.

Marcelo era capaz de cumplir sus amenazas.

Tal vez no le haría daño a Greta o a mis sobrinos, pero Margarita y su bebé estaban indefensos. Ellos vivían en la pequeña casa de sus padres, en el rancho. No me lo perdonaría si algo malo les sucedía.

Tenía que ir y enfrentarlo.

Ya no me importaba nada.

Antes, lo único que me había llevado a la Capital era buscar a Santiago, pero ahora sabía que él estaba bien.

«Soy como un potro salvaje», repetí en mi interior, recordando las palabras de mi padre.

Apreté los puños, decidida.

Tenía que ser fuerte y valiente para enfrentar a Marcelo.

De pronto, escuché la voz de la señora Esther llamándome desde la planta baja:

—¡Christa, alguien te busca!

Como si fuera un resorte, brinqué de la cama y corrí escaleras abajo. Mis piernas temblaban y la puerta me parecía cada vez más lejana.

Cuando la abrí, ahí estaba él.

Santiago.

De pie frente a mí, con una sonrisa hermosa y perfecta, como si hubiera salido directamente de mis recuerdos. Vestía una camisa polo blanca, pantalones de mezclilla negros y zapatillas deportivas.

Por un instante, olvidé respirar.

Había imaginado tantas veces volver a verlo que ahora que estaba frente a mí no sabía qué hacer.

Quise abalanzarme a sus brazos, pero algo me detuvo.

—Sant…

Ni siquiera terminé de pronunciar su nombre.

Santiago acortó la distancia entre nosotros y unió sus labios a los míos en un beso apasionado.

Sentí que el mundo desaparecía.

Sus labios eran cálidos y familiares, pero al mismo tiempo distintos. Había esperado tanto tiempo por aquel momento que mi corazón parecía incapaz de soportar tanta felicidad.

Rodeó mi cintura con sus brazos y me atrajo hacia él, mientras yo me aferraba a su camisa como si temiera que fuera a desaparecer.

Cuando nos faltó el aire, nos separamos apenas unos centímetros para respirar, pero ninguno de los dos quiso alejarse.

—Christa… —susurró, rozando su nariz contra la mía—. No sabes cuánto soñé con este momento.

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

—Pensé que no vendrías…

—No pude venir antes. Tuve un accidente en Montenegro. Mis padres, que son médicos, prácticamente me tenían custodiado en mi habitación hasta que desaparecieron los golpes del derrumbe en la mina.

Sonreí al verlo bien. Todavía me tenía rodeada con sus brazos y agradecía que no me soltara.

Después de todo lo que había vivido, aquel abrazo se sentía como volver a casa.

—¿Qué hacías en Montenegro?

—Fui a buscarte. Me he graduado y quería pedirles a tus padres permiso para cortejarte como mereces.

Bajó la mirada y el silencio entre nosotros se llenó de tristeza.

—Supe lo que le pasó a tu padre y a tu hermano. No sabes cuánto lo siento. Si hubiera sabido… —apretó los dientes con impotencia—. Debí haber estado contigo. No imagino cuánto has sufrido, Christa…

Lo silencié colocando mi dedo índice sobre sus labios.

—No quiero recordar momentos tristes hoy. Lo importante es que estás aquí conmigo.

Lo abracé y él me estrechó con fuerza.

Por primera vez en mucho tiempo, me sentí segura a su lado.

Era extraño. Durante meses había aprendido a dormir con miedo, a desconfiar de todos y a esconder mis lágrimas para sobrevivir. Pero ahora, entre sus brazos, podía respirar.

Sin embargo, el recuerdo de la llamada de Marcelo me golpeó como un rayo.

Tenía que regresar a Montenegro por la mañana.

Y no quería arrastrar a Santiago a mi desdicha.

—Eso es lo importante, que estamos juntos ahora —dijo, acariciándome suavemente la espalda—. Y, si me aceptas, quiero enamorarte, Christa.

Lo miré a los ojos.

—Quiero que me conozcas de pies a cabeza, porque desde el primer día que te vi en el rancho de tus padres no he hecho más que pensar en aquella jovencita risueña y llena de vida que conocí.

Mordí mi labio inferior, conteniendo las lágrimas.

No podía contarle sobre Marcelo ni sobre sus amenazas.

Santiago no lo merecía.

—Pensaba constantemente en ti, Santiago. Estabas tan guapo cuando llegaste al rancho, con esos vaqueros y camisa de vestir. Siempre has sido tan elegante…

Sonreí tímidamente.

—No es necesario que me enamores porque ya estoy enamorada de ti.

Sus ojos brillaron.

Por un instante pareció quedarse sin palabras, como si hubiera esperado escuchar aquella confesión durante tanto tiempo que ahora no supiera cómo reaccionar.

Entonces volvió a besarme.

Esta vez fue un beso más dulce, cargado de todo aquello que ninguno de los dos había podido decir durante el tiempo que estuvimos separados.

—Me haces el hombre más feliz del mundo, Christa.

Santiago me sostuvo entre sus brazos durante unos segundos más, como si quisiera asegurarse de que no era un sueño.

Sentí su corazón latiendo con fuerza contra mi pecho.

Y aunque su presencia me daba un alivio indescriptible, el peso de lo que me esperaba en Montenegro seguía oprimiéndome.

—Christa —dijo suavemente, inclinando un poco su rostro para mirarme a los ojos—. Si algo te preocupa, por favor, dímelo. Quiero estar contigo en todo, apoyarte en lo que sea necesario.

Tragué saliva, evitando su mirada.

Si tan solo pudiera confiarle la verdad…

Pero eso sería como lanzarlo a la boca del lobo.

—No es nada —mentí, tratando de sonreír—. Solo ha sido un día complicado.

Él acarició mi mejilla con el dorso de su mano.

—No tienes que cargar todo sola. Estoy aquí para ti.

Esas palabras casi rompieron las barreras que había construido en mi interior.

Por un segundo estuve a punto de contarle todo.

Pero no podía permitírmelo.

Marcelo ya había destruido demasiado en mi vida y Santiago no iba a ser su próxima víctima.

—Gracias —dije apenas en un susurro—. Pero de verdad estoy bien.

Santiago no pareció convencido, pero no insistió.

—Quiero invitarte a cenar esta noche —dijo de repente, con una sonrisa—. Nada demasiado elegante, algo tranquilo, como nosotros.

Mi pecho se encogió.

No podía aceptar.

No cuando sabía que en unas horas tendría que marcharme a Montenegro, probablemente para enfrentar el peor peligro de mi vida.

—Santiago, no creo que sea buena idea… Yo te llamaré…

Intenté excusarme, pero me interrumpió.

—Por favor, Christa. He soñado con este momento durante tanto tiempo.

La intensidad de su mirada me desarmó.

No podía decirle que no.

No después de haber pasado tantos meses deseando volver a verlo.

—Está bien —cedí, aunque sabía que estaba jugando con fuego.

Su sonrisa se hizo más amplia.

—Perfecto. Te pasaré a buscar a las siete.

Se inclinó hacia mí y dejó un suave beso en mi frente.

—Prometo que será una noche inolvidable.

Lo vi marcharse.

Cuando desapareció de mi vista, cerré la puerta y apoyé mi espalda contra ella.

Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas.

Acababa de recuperar al hombre que amaba…

y al mismo tiempo sabía que al día siguiente tendría que regresar al lugar del que había huido.

Quizá aquella sería mi última noche de felicidad.

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