✦ UNA HISTORIA DE NANCY RDZ ✦

Capítulo 42

♧
◷ Tiempo estimado de lectura: 6 minutos
✦ Publicado el 26 de septiembre de 2026
♡

Ponte cómoda y disfruta de la historia.

✦Christa Bauer✦

Un mes después.

Caminaba de un lado a otro en mi despacho mientras jugaba con los dedos de mis manos de manera inconsciente. Estos dos últimos meses habían sido una prueba muy difícil para mí. Muy cobardemente, opté por evadir a Santiago y dejar de ir a la mina. No soportaba verlo; él siempre era amable conmigo, como todo un caballero, pero no había mostrado señal alguna de que se hubiera quedado para estar conmigo y eso comenzaba a doler.

¿Debía hacerme a la idea de que nada pasaría entre los dos?

No podía más con la angustia de no saber qué pasaba con él. Necesitaba saber si aún me amaba como lo había dicho antes, para no hacerme más ideas en la cabeza. Era por eso que había decidido hacerle una visita a la mina.

Hacía poco más de una semana que no venía. Me sentía orgullosa de que Santiago estuviera haciendo un excelente trabajo administrando la mina. Costó algo de esfuerzo, pero después de unas semanas, los mineros de antes regresaron. Hubo una reunión y un comité donde nos externaron el miedo que tenían de que hubiera un nuevo derrumbe, ya que algunos no estaban enterados de que esos derrumbes habían sido una creación de Ignacio Sandoval. Les prometí que no volverían a suceder, que lo más importante para mí era la economía del pueblo y su gente.

Por otra parte, Bruno se encargaba del rancho y Margarita de la casa. A veces sentía que no me necesitaban. Ellos tres estaban haciendo las cosas bien, pero, de vez en cuando, la soledad me aquejaba.

Aún solía dar los paseos a caballo por las tardes. Visitaba mi laguna para recordar aquellos momentos felices que tuve durante mi infancia. Pero estaba sola. Aunque Bruno, Maggie y mi pequeño ahijado, Diego, vivieran conmigo en la hacienda, la realidad era que ellos eran familia. Siempre me hacían sentir querida y parte de ellos, pero, en el fondo, sabía que no era lo mismo.

Ellos salían a pasear, se abrazaban, reían, eran felices. Yo anhelaba una felicidad así. La tuve cuando papá vivía; las cosas en el rancho eran tan diferentes ahora.

Limpié una lagrimita que cayó de mi mejilla antes de que la puerta de la camioneta donde viajaba se abriera. Caminé por el sendero de piedra hasta las oficinas administrativas de la mina. Todos me saludaban alegres y yo trataba de corresponderles de la misma manera.

Caminé directo a la oficina de él. Su secretaria me informó que se encontraba allí y que podía pasar.

Abrí la puerta y ahí estaba, sentado en la silla de su escritorio mientras revisaba documentos. Se veía tan apuesto. Llevaba una camisa a cuadros rojos debajo del chaleco de seguridad amarillo. El casco de minero estaba justo en la esquina de su escritorio.

Cuando alzó la mirada para verme, sonrió. Esa sonrisa siempre me estremecía.

Se puso de pie y caminó hasta donde estaba.

—Buen día, jefa.

Sonreí nerviosa ante aquel apodo con el que últimamente me llamaba.

—¿Qué te trae por aquí? Siéntate, por favor.

—Gracias —dije, tratando de ocultar el nerviosismo que su presencia infundía en mí.

Suspiré.

Me senté, mirando cómo él hacía lo mismo.

Antes de hablar, carraspeé.

—Santiago, he venido para preguntarte cómo estás, cómo te has sentido estas semanas en la mina. Me han dicho que estás haciendo un excelente trabajo; los mineros te admiran…

Y yo también, pensé.

Esbozó una pequeña sonrisa, tan elegante como siempre.

—En realidad, me gusta estar aquí, en la mina. Siento, de alguna manera, que estoy siguiendo los pasos de mi abuelo, pero, a la vez, estoy haciendo algo bueno por la gente de este pueblo. Ellos no saben el ángel que fuiste al tomar el control de la mina. Ahora los mineros están más que contentos de trabajar aquí.

Asentí. Me alegraba saber eso.

Hubo un segundo de silencio en el que sentí que mis mejillas se volvían calientes. Me sonrojaba muy fácilmente cuando estaba frente a él.

—Bruno me ha contado que estás viviendo en la casita donde vivía antes con Margarita…

—Sí, estoy ahí. Sus padres han sido muy amables conmigo.

—Me da gusto.

Otro momento de silencio.

Él me miraba como tratando de descifrar lo que estaba pensando. Ni yo misma lo sabía.

—¿Viniste hasta aquí para preguntarme cómo estoy? ¿O deseas saber algo sobre la mina?

Se puso de pie y caminó hasta un librero que tenía al lado de su escritorio.

—Estos son los reportes de este mes. Si no venías, iría a entregártelos.

Asentí y bajé la cabeza con pena.

—¿Qué pasa?

—Nada —sonreí, mostrando felicidad. Necesitaba a Santiago en la mina; no podía tener a alguien más al frente que a él. Estaba a punto de echar a perder eso, dejándome llevar por mis sentimientos de niña pequeña—. Gracias por esto.

Me puse de pie, tomando la carpeta amarilla que tenía en mis manos. Estaba a punto de salir huyendo de su oficina, pero mis planes se echaron a perder cuando sentí su mano sujetando la mía.

—Christa…

—Dime.

Se llevó la mano a la nuca. Fruncí el ceño. Aún teníamos nuestras manos juntas. Me separé un poco; sentirlo tan cerca me hacía vulnerable.

—Me preguntaba si te gustaría dar un paseo a caballo algún día de estos.

Alcé una ceja.

Asentí, sintiendo cómo una ráfaga de alegría me recorría por completo.

—Sí, me gustaría.

Su sonrisa coqueta me derritió.

—Paso por ti a tu casa por la tarde, ¿está bien?

Asentí.

Otra vez mi mente creando toda una novela de romance donde él se me declaraba en medio de los pastizales. Pero luego recordé que había pasado un mes, un mes que había sido tan largo para mí, y ni una sola vez habíamos tenido oportunidad de hablar. Todo había sido sobre trabajo.

Tragué saliva. Decidí esperar hasta la tarde para hablarle sobre mis sentimientos.

—Nos vemos…

Odiaba la vocecita nerviosa que salía de mi boca.

Cuando salí de la oficina, sentí tanta energía que me daban ganas de saltar de felicidad ahí mismo. No sabía por qué me sentía así. ¿Sería porque él y yo tendríamos un momento a solas? No lo sabía.

Tal vez me estaba haciendo ideas, pero me gustaba aquella sensación de alegría que recorría todo mi cuerpo.

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