Capítulo 45
Cuando abrí los ojos, lo primero que vi fue el rostro del amor de mi vida mirándome con ternura. Me detuve a observar cada detalle de sus facciones, encantada de tenerlo cerca. Nunca había conocido lo que significaba amar de esta manera hasta que lo conocí a él.
Ahora, después de tanto tiempo esperando estar juntos, su brazo descansaba sobre la curvatura de mi cintura mientras ambos disfrutábamos de la calidez de nuestros cuerpos.
Mis dedos acariciaron su mejilla y la comisura de sus labios se curvó en una suave sonrisa.
—¿Estás despierto? —pregunté tímidamente, sintiendo cómo el rubor subía por mis mejillas.
—Sí —respondió al mismo tiempo que abría los ojos y me besaba con ternura en los labios.
—Me encanta estar así contigo, Christa —susurró mientras acariciaba mi mejilla con la yema de sus dedos—. Te amo.
Sonreí. Una sensación de felicidad pura me invadió en ese momento. Sentir su cuerpo junto al mío y escuchar sus palabras de amor era lo que siempre había soñado.
Me aferré a él con fuerza, deseando que ese momento nunca terminara.
—Yo también te amo —susurré en respuesta, mientras nuestros labios se unían de nuevo en un beso apasionado.
Sabía que estaba exactamente donde quería estar: en sus brazos, compartiendo un amor que nunca perdería su magia.
Nos besamos con pasión, nuestros cuerpos moviéndose juntos en un ritmo armonioso. La conexión entre nosotros era palpable y cada vez más intensa. Sentí su mano acariciando mi espalda y me estremecí de placer.
Me separé un momento de su boca, mirándolo a los ojos con intensidad.
—¿Estás cómoda con esto? —preguntó, buscando mi aprobación.
Sonreí, sonrojándome.
—No hay nada que desee más que estar contigo, Santiago.
Mis manos temblaron ligeramente al deslizarse hacia abajo, recorriendo su torso musculoso. Todo estaba pasando tan rápido que me parecía un sueño, uno del que no quería despertar.
Después de un momento, volvimos a entregarnos al amor que sentíamos. Fue un instante mágico, lleno de ternura y dulzura, pero también de pasión y deseo. Cada beso y cada caricia nos llevó a un nivel más profundo de conexión.
Finalmente, con los corazones latiendo con fuerza, nos acurrucamos juntos bajo las sábanas. Me aferré a él, sabiendo que había encontrado en él mi hogar y mi amor verdadero.
Con su brazo rodeando mi cintura, cerré los ojos y me sumergí en la felicidad del momento.
Seguía lloviendo a pesar de que ya era de mañana. Temía que Bruno y Margarita estuvieran preocupados por mí, aunque Bruno conocía bien a Santiago y sabía que él jamás dejaría que me ocurriera algo malo.
Sentía las piernas adoloridas, pero no era un dolor intenso, sino una molestia leve que me recordaba la noche que habíamos compartido.
Me puse la camisa de Santiago y mi ropa interior. La camisa me llegaba casi hasta media pierna, como si fuera una bata de dormir.
—Me encanta cómo te ves, pero no creo que la ropa que traías puesta ayer se seque pronto. Encenderé la estufa de leña o puedo ir a tu casa por algo de ropa…
—Pero aún está lloviendo…
Mordí mi labio inferior.
—Le pediré al padre de Bruno que me lleve al rancho. Pediré algo de ropa para ti, ¿está bien? No quiero que te enfermes. Tampoco creo que sea bueno para tus trabajadores verte llegar con ropa de hombre —bromeó.
—Está bien, pero cuídate mucho. No sé qué haría si algo te pasara. Me da mucho miedo, Santiago.
—Tranquila, mi amor. Nada me pasará. Estamos a solo unos minutos del rancho.
Asentí. Unimos nuestras frentes mientras nos fundíamos en un abrazo.
Vi cómo salió de la pequeña casita. Suspiré y me senté en la silla del pequeño comedor, contemplando la estufa de leña.
Mientras esperaba a que dejara de llover o a que Santiago regresara a casa, caminé por el interior de la habitación. Busqué una olla y decidí preparar un poco de café para calentarme y relajarme después de la intensa noche que acababa de pasar.
Luego de casi una hora, escuché un ruido afuera.
Me asomé por la ventana. Santiago había vuelto. Ya había dejado de llover y cargaba una bolsa con ropa.
Me apresuré a abrir la puerta.
—Me estaba preocupando —dije al verlo mientras lo abrazaba con todas mis fuerzas.
Él buscó mis labios.
—Estoy bien —respondió con una sonrisa—. Solo me tomó un poco más de tiempo porque Margarita y Bruno comenzaron a cuestionarme —rió.
Entorné los ojos con premura.
—¿Les dijiste que estaba aquí?
Asintió. Parecía estar conteniendo un chiste en su interior porque me miraba de una forma muy divertida.
Fruncí el ceño.
—Tuve que decirles que te traje aquí por la lluvia y, bueno…
—¿Qué? ¿Está todo bien en el rancho?
—Sí, todo bien. Solo que les dije que no te esperaran temprano en casa porque estarías conmigo.
Me besó de nuevo para después rozar su nariz con la mía.
—No quiero separarme de ti.
Ambos sonreímos. Yo tampoco quería hacerlo. Quería quedarme con él para siempre.
Lo miré con una mezcla de alivio y cariño, sintiendo que mi corazón latía más rápido.
—Vamos, entra y toma un poco de café para calentarte —le dije mientras lo tomaba de la mano y lo llevaba a la cocina.
Después de desayunar y cambiarnos, pudimos ver a través de la ventana cómo los rayos del sol comenzaban a iluminar el cielo.
Necesitaba darme un baño, así que le pedí a Santiago que fuéramos al rancho.
Al salir de la cabaña, pude ver cómo el cielo ya estaba despejado y el aire era fresco.
—¡Mira! —dije, señalando hacia el cielo, llena de emoción.
Santiago miró en esa dirección.
Un magnífico arcoíris doble decoraba el cielo. Era un regalo de la naturaleza. Recordé que, cuando llovía, siempre salía con mi padre a ver los arcoíris.
Sin esperarlo, Santiago me sonrió y me abrazó por la cintura.
—Es el arcoíris más hermoso que he visto en mi vida.
Asentí sonriendo, sin tener la menor duda de que él era el hombre con el que siempre había soñado, aquel que me hacía sentir feliz y completa.
Caminamos unos metros tomados de la mano hasta llegar al tronco de un árbol que, al parecer, había caído durante la tormenta.
Me senté sobre él, admirando el arcoíris y disfrutando de aquel momento al lado del amor de mi vida.
Santiago, de pronto, se arrodilló frente a mí.
Mis ojos se abrieron como platos. Mis labios temblaron de sorpresa.
—No hay nada en el mundo que quiera más que estar contigo.
No supe en qué momento, pero sacó del bolsillo de sus vaqueros una pequeña cajita. Al abrirla, reveló un anillo con un diamante en el centro que brillaba bajo los rayos del sol.
—¿Te casarías conmigo? —preguntó.
Me llevé las manos a la boca. No pude evitar llorar de felicidad, incapaz de articular palabras y de contener mi emoción.
Nos pusimos de pie y nos besamos. Él me abrazó por la cintura y yo lo rodeé con mis brazos.
El momento era mágico y no necesitaba nada más que tenerlo a mi lado.
Sabía que nuestro amor era y sería tan fuerte como la luz multicolor que brillaba en el cielo. Estaríamos juntos para enfrentar la vida, el destino y sus desafíos con coraje y determinación.
Porque, si algo había aprendido de la vida, era que debía luchar con fuerza y ser una mujer valiente para alcanzar la felicidad.
Y ahora sabía que no tenía que hacerlo sola.
Tenía a Santiago.
Fin.
