✦ UNA HISTORIA DE NANCY RDZ ✦

Capítulo 12

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◷ Tiempo estimado de lectura: 13 minutos
✦ Publicado el 24 de octubre de 2026
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Ponte cómoda y disfruta de la historia.

✦Emilia Díaz✦

A la mañana siguiente me sentía como en las nubes. Mi humor estaba en su punto máximo, me sentía correspondida y feliz. No tenía duda de que Esteban era el hombre de mi vida. Mientras yacía en mi cama, deslicé mi dedo índice sobre el techo, dibujando en el aire el contorno de su rostro, recordando lo amada que me había hecho sentir la noche anterior.

Era sábado, y por lo general, en casa desayunábamos a las nueve de la mañana, dos horas más tarde que entre semana. Aún tenía tiempo de seguir disfrutando de mi ensoñación, soñando con un futuro perfecto a su lado.

Sin embargo, un pequeño nudo comenzó a formarse en mi estómago.

Álvaro.

El pensamiento de su nombre hizo que la calidez que me envolvía se tambaleara. Una punzada de culpa me atravesó al recordar lo que había hecho con Esteban.

Álvaro me había mirado de una forma que me hacía sentir especial, pero con él nunca podría tener estabilidad. Con Esteban todo era diferente… seguro… confiable. Aun así, algo dentro de mí se removió inquieto al pensar en enfrentar a Álvaro.

Sacudí la cabeza, tratando de disipar aquellas ideas, y me obligué a concentrarme en lo que realmente importaba: mi futuro con Esteban.

Cuando bajé al comedor, lo hice con la mejor de mis sonrisas, pero al acercarme a la mesa, noté que solo estaban Álvaro y Mara comiendo en silencio.

—Buenos días —saludé con entusiasmo, mi voz sonó animada de lo normal.

Mara levantó la vista apenas un segundo.

—Buenos días, Emilia.

Su tono era neutral, indiferente.

Esperaba que Álvaro también me saludara, pero no dijo nada. Ni siquiera me miró. Se limitó a seguir desayunando, como si yo no estuviera ahí.

Un pequeño pinchazo me recorrió el pecho. Por un momento pensé que… éramos amigos.

Cuando bajé la vista, mis ojos se abrieron con sorpresa al notar sus manos vendadas.

—¿Qué te pasó en las manos, Álvaro? ¿Estás bien? —pregunté, la preocupación opacó momentáneamente cualquier otro pensamiento.

Él bajó la mirada a sus manos, como si apenas recordara que estaban envueltas en vendas. Luego, por fin, sus ojos se encontraron con los míos.

—Nada importante —respondió con voz seca antes de apartar la vista.

Su indiferencia me hirió más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Quise insistir, pero conocía a Álvaro lo suficiente como para saber cuándo no debía presionar. Si no quería hablar, no lo haría. Y aunque intentara ocultarlo, algo dentro de mí se revolvía incómodo. Me preocupaba.

Pero… ¿Qué derecho tenía de preocuparme por él después de lo que había hecho?

Suspiré y me senté en silencio, esperando a que la señora de servicio trajera mi desayuno.

—¿Dónde está mamá y Lorenzo? —pregunté con curiosidad, intentando distraerme.

Vi a Álvaro arquear una ceja mientras bebía un sorbo de jugo de naranja, pero no dijo nada.

Miré a Mara con súplica, esperando que ella sí respondiera.

—Es su aniversario de bodas, así que se fueron de vacaciones. ¿Damiana no te avisó? —dijo Mara, frunciendo levemente el ceño.

Sentí un nudo formarse en mi garganta.

No.

No me había dicho nada.

El entusiasmo que había sentido al despertar se desmoronó en un instante. ¿Tan poco le importaba a mi madre como para no avisarme que se irían?

Parpadeé rápidamente, obligándome a tragarme la decepción.

—Estaré en la oficina a mediodía —dijo Álvaro de repente—. Después de eso iré al doctor. Si necesitan algo, me llaman.

Fruncí el ceño.

—¿Estás enfermo? —pregunté, sin poder evitar que la preocupación se filtrara en mi tono.

Él dejó su vaso en la mesa con un movimiento pausado.

—Es un asunto personal —respondió con frialdad.

Muy bien. Había tenido suficiente.

Me sentía invisible. Como si nadie en esta casa me tomara en cuenta a menos que le resultara conveniente.

Dejé caer la servilleta sobre la mesa.

—Ya terminé. Provecho.

Sin esperar respuesta, me puse de pie y caminé de regreso a mi habitación, sintiendo cómo el vacío en mi pecho se hacía más grande con cada paso.

Di un portazo al cerrar la puerta y me dejé caer sobre la cama. Hundí el rostro en la almohada con fuerza, sintiendo cómo las lágrimas calientes se deslizaban por mis mejillas. Eran amargas, como la sensación de vacío que me envolvía una vez más.

Me sentía completamente sola.

Ojalá Esteban estuviera aquí. Anhelaba su abrazo, su voz calmándome, asegurándome que todo estaría bien. Pero me había dicho que su padre estaría en casa todo el día y que quería pasar tiempo en familia, así que no lo vería hasta mañana.

Suspiré con frustración.

Quería que las horas pasaran rápido.

Unos golpes en la puerta me sobresaltaron. Me incorporé de inmediato y me limpié el rostro con rapidez. No me gustaba que nadie en esta casa me viera llorar de esta manera.

—Pase —dije en voz alta, intentando sonar firme.

La puerta se abrió lentamente y Álvaro entró con paso pausado. A pesar de su postura de aparente confianza, algo en su mirada lo delataba. Había una sombra de nostalgia en sus ojos oscuros, como si algo lo atormentara en silencio.

Me sostuvo la mirada por un instante y apretó los labios, como si estuviera decidiendo qué decir. Luego caminó unos pasos hasta sentarse a mi lado en la cama, apoyando los codos en sus rodillas. Bajó la vista a sus manos vendadas, observándolas como si fueran más interesantes de lo que realmente eran.

—Emilia… —su voz sonó más baja de lo normal—. Hace rato me porté algo grosero contigo. Discúlpame, por favor.

Me miró directamente a los ojos cuando lo dijo, y en su expresión encontré sinceridad.

Por un instante, olvidé mi propio dolor y sentí una especie de compasión al verlo así. A pesar de su actitud desafiante, se veía afligido. Mantenía la cabeza ligeramente gacha, como si no supiera cómo manejar la situación.

—No te preocupes, está bien —respondí con un intento de sonrisa—. Todos tenemos problemas…

Mi voz se quebró y la sonrisa se desvaneció.

—Solo que… a veces me pregunto por qué mi madre me retuvo con ella si ni siquiera le importo. Me ignora todo lo que puede, en cambio, papá sufre al no poder verme… Álvaro, yo siempre he deseado tener una familia que me quiera de verdad, ser feliz.

No pude evitarlo. Las lágrimas que había intentado contener volvieron a escapar, y sollozos ahogados se deslizaron de mis labios antes de que pudiera detenerlos.

Sin decir nada, Álvaro me rodeó con sus brazos. Su barbilla se apoyó suavemente en mi cabeza, y su calor me envolvió por completo.

Me quedé quieta.

Era la segunda vez que estaba tan cerca de él. Pero esta… esta vez se sentía extrañamente reconfortante.

Cerré los ojos un momento, concentrándome en la sensación de su cuerpo contra el mío, en el aroma de su perfume, que era una mezcla entre madera y algo más que no podía identificar. Penetraba en mis sentidos de una manera inquietante.

Mi respiración se volvió errática.

Algo dentro de mí reaccionó ante su cercanía de una manera que no quería aceptar.

Me separé bruscamente, con el rostro ardiendo de vergüenza.

Yo tenía novio.

Yo amaba a Esteban.

Entonces… ¿Por qué sentía esto? ¿Era normal sentirse atraída por alguien a quien no amaba? No podía amar a Álvaro, él era mi hermanastro.

Álvaro me observó con atención, como si pudiera leer mi desconcierto.

—¿Por qué no me acompañas hoy a la empresa? —preguntó de repente.

Fruncí el ceño, sorprendida.

—¿Eh?

—Hoy es sábado y casi no asiste personal a la oficina —explicó—. Solo estaré un par de horas para asegurarme de que todo esté en orden antes de que mi padre regrese. Estaría bien tener algo de compañía. Hizo una pausa antes de añadir con un tono más despreocupado —Claro, si no tienes algo mejor que hacer.

Dudé.

Hoy no vería a Esteban, así que, en realidad, no tenía planes. Y tampoco tenía permitido salir con nadie más que no fuera él.

Acompañar a Álvaro sonaba como una mejor opción que quedarme encerrada en mi habitación sintiéndome miserable.

—Sí, te acompaño —dije, intentando parecer entusiasta.

Una sonrisa satisfecha se dibujó en su rostro.

—Bien. En media hora nos vamos. Trata de estar lista para entonces.

Se puso de pie con facilidad y salió de la habitación con la misma rapidez con la que había entrado.

Me quedé ahí, sentada en la cama, con el corazón latiendo más rápido de lo normal.

No entendía qué era lo que pasaba conmigo.

Tan pronto como Álvaro salió de mi habitación, me metí en el baño y me duché lo más rápido que pude. El agua caliente relajó mis músculos, pero mi mente seguía enredada en pensamientos confusos.

Me vestí y me arreglé con la misma prisa. No sabía exactamente qué ropa era adecuada para ir a la empresa, pero al final me decidí por una blusa de botones negra, unos jeans azul oscuro y unas balerinas negras. Recogí mi cabello en una coleta alta, queriendo lucir lo más presentable posible sin parecer demasiado arreglada.

Bajé las escaleras apresurada, sin querer hacer esperar a Álvaro.

Sin embargo, mi intento de puntualidad fracasó: él ya estaba en la salita del recibidor, sentado con aire despreocupado.

Cuando me vio, sonrió ampliamente.

Sus ojos oscuros brillaron con intensidad, y algo en su mirada me hizo sentir extrañamente vulnerable.

Me detuve por un breve instante.

Había algo en Álvaro que siempre lograba hacerme sentir diferente… como si el tiempo se ralentizara cuando estaba cerca de él. Era un hombre mayor que yo, y quizá por eso su presencia me causaba esas sensaciones extrañas. 

—¿Estás lista? —preguntó con una sonrisa ladina.

Asentí rápidamente con la cabeza.

Él se puso de pie con elegancia y caminó hacia la puerta sin decir nada más.

…

El trayecto fue corto. En menos de quince minutos, Álvaro detuvo su auto frente a la entrada principal de la fábrica de Lorenzo.

Yo sabía dónde estaba ubicada, pero nunca había tenido la oportunidad de ver su interior.

Esta era la primera vez que entraría a la tan adorada empresa de mi padrastro, y no pude evitar preguntarme si realmente todos sus planes retorcidos valían la pena solo por esta empresa.

Apenas puse un pie fuera del auto, sentí la magnitud del lugar. Era un edificio imponente, con grandes ventanales y un letrero metálico con el nombre de la compañía.

Álvaro salió primero y caminó con seguridad. En cuanto entró en su “papel” de hijo del dueño, su postura cambió por completo. Enderezó la espalda, sus pasos eran firmes, seguros… incluso su expresión se volvió más seria.

Parecía un modelo de revista en ese impecable traje azul.

El color resaltaba el tono castaño de su cabello y su piel clara, dándole una apariencia sofisticada y madura.

Me sentí pequeña a su lado.

Una simple jovencita insignificante.

Caminamos por los pasillos hasta llegar al área de oficinas. Era cierto que, siendo sábado, había poco personal. Todos los escritorios estaban vacíos, excepto uno, ubicado antes de la gran puerta de madera que suponía era la oficina de Lorenzo.

Allí, una mujer de unos treinta y tantos años escribía ágilmente en su ordenador.

Cuando nos vio llegar, se puso de pie de inmediato, mostrando profesionalismo.

—Buenos días, joven Álvaro. Aquí están los documentos que me pidió —dijo con voz amable, entregándole unas carpetas de color amarillo.

Álvaro las tomó con gesto serio.

—Gracias, Laura. Los revisaré en mi oficina —Luego giró ligeramente el rostro hacia mí —Ella es Emilia Díaz, mi hermanastra.

Su tono era neutro, sin indicios de enfado ni distanciamiento, pero tampoco con la calidez con la que solía dirigirse a mí.

La mujer me sonrió.

—Mucho gusto, señorita Emilia, bienvenida.

—El gusto es mío, señora Laura —respondí de manera educada y mi mejor sonrisa en el rostro.

Mi mirada se deslizó hacia Álvaro nuevamente.

Estaba serio, pero sereno.

Parecía alguien completamente distinto cuando estaba en su ambiente, como si esta fuera su verdadera esencia.

Entré a la oficina detrás de Álvaro, observando con curiosidad el espacio. Era amplia, con un escritorio de madera oscura en el centro y grandes ventanales que permitían la entrada de luz natural.

Álvaro caminó con seguridad hasta su silla ejecutiva y tomó asiento con naturalidad. Luego, me hizo una seña con la mano para que me sentara en una de las sillas frente a su escritorio.

Obedecí sin decir nada, pero la duda pronto me ganó.

—¿Y qué se supone que haré mientras trabajas? —pregunté, descansando mis manos en los reposabrazos. No creía que quisiera que estuviera aquí solo observándolo mientras revisaba papeles.

Álvaro sonrió con aire travieso.

—Te pedí que me acompañaras porque tengo una sorpresa para ti.

Su pausa hizo que entrecerrara el ceño. No entendía a qué se refería.

Entonces, apoyó los codos en el escritorio y me miró con intensidad.

—Sé que mi padre te tiene prohibido hablar por teléfono con tu padre —dijo en un tono más bajo—. Por eso quiero que vayas con Laura y le pidas que te preste el teléfono de la oficina de a lado. Puedes llamar a tu otra familia y hablar con ellos el tiempo que quieras mientras yo reviso estos documentos, mi padre no se enterará.

Mis labios se entreabrieron con sorpresa.

Por un momento, no supe qué decir.

Era un gesto que no esperaba de él… y que significaba más para mí de lo que él imaginaba.

—¿De verdad? —pregunté llevándome las manos a la boca, sin poder creer lo que estaba escuchando.

Él asintió sonriente.

Mi pecho se llenó de una calidez indescriptible, mi corazón se ensanchó de alegría y varias lagrimitas de felicidad se deslizaron por mi mejilla.

—Gracias, Álvaro —murmuré con la voz entrecortada por la emoción.

La gratitud me embargó por completo, y sin pensarlo demasiado, me puse de pie y rodeé el escritorio con la intención de abrazarlo y darle un beso en la mejilla.

Pero justo en el momento en que acerqué mi rostro al suyo, él giró la cabeza de manera inesperada.

Mis labios, que buscaban su mejilla, rozaron la mitad de los suyos.

Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza.

El contacto fue fugaz, pero en ese breve instante, una corriente eléctrica estalló en mi estómago. Una sensación extraña y embriagadora se expandió en mi interior, como si miles de mariposas hubieran sido liberadas de golpe.

Me separé de inmediato, con los ojos abiertos como platos y el rostro ardiendo de vergüenza.

—¡Lo siento! ¡Perdón! —balbuceé torpemente, llevándome los dedos a los labios—. Yo no quise… Es que el beso era en la mejilla —me apresuré a explicar, sintiendo que mi voz temblaba.

Pero en lugar de molestarse o incomodarse, Álvaro me miró con diversión.

Una sonrisa ladeada apareció en su rostro y una risita escapó de sus labios.

—No te preocupes, está bien —dijo con una calma exasperante—. Ahora tenemos dos secretos que guardar.

Me guiñó un ojo con picardía, dibujando en sus labios una sonrisa traviesa.

Me quedé petrificada.

Su comentario de doble sentido me sacudió más de lo que debería, pero traté de recomponerme. Sin decir nada más, me giré apresurada y salí de la oficina, esperando que mis piernas no me fallaran.

Mi corazón aún latía con fuerza en mi pecho, y la sensación de sus labios contra los míos seguía ardiendo en mi memoria. Estaba enojada, pero no con él, sino conmigo por sentirme de esta manera.

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