Capítulo 18
Mi cuerpo se tensó violentamente al escuchar las palabras de Esteban. Me puse de pie de golpe, sintiendo cómo la angustia se expandía en mi pecho como una ola incontenible. Marcela estaba embarazada. Esas palabras retumbaban en mi mente una y otra vez, como si mi cerebro se negara a procesarlas. Eso significaba que… No, no quería seguir pensando. No quería imaginar lo que esto significaba.
Mis ojos se llenaron de lágrimas de inmediato mientras mi mirada se posaba en Esteban. ¿Desde cuándo lo sabía? ¿Desde cuándo llevaba cargando con esta verdad sin decírmelo? Un frío inexplicable me recorrió la espalda al darme cuenta de que, sin importar cuánto lo había querido, nada de lo que pudiera decir en ese momento cambiaría lo que ya estaba hecho. Sabía que no tenía derecho a juzgarlo, no después de lo que yo misma había hecho con Álvaro, pero eso no aliviaba el vacío que se instalaba en mi pecho ni la sensación de traición que me desgarraba por dentro. ¿Era dolor lo que sentía o era rabia? ¿O acaso era el temor de haber estado a punto de elegirlo a él, de haberlo convertido en el centro de mi mundo, solo para que la realidad me golpeara de la manera más cruel posible?
Había venido con la firme intención de terminar nuestra relación, de hacerlo con madurez y despedirme de él sin resentimientos. Pero esto… esto era algo que nunca había contemplado. Mi despedida planeada se desmoronaba frente a mí, convirtiéndose en una tormenta de emociones que amenazaban con arrebatarme lo poco de control que me quedaba. De repente, la voz de Álvaro resonó en mi cabeza como un recordatorio incómodo de lo que alguna vez me advirtió: “Esteban terminará traicionándote, decepcionándote… Los tipos como él son así.”
Esteban intentó tomar mis manos, pero las aparté de inmediato, sintiendo un escalofrío recorrerme.
—Emilia, aunque los padres de Marcela me exijan que me case con ella, no lo haré —su voz sonaba desesperada, como si necesitara que yo le creyera para convencerse a sí mismo—. Yo te amo a ti y quiero vivir mi vida a tu lado.
Yo también lo había amado una vez, antes de conocer a Álvaro, pero ahora todo había cambiado. Nada podía ser como antes.
—¿Y qué pasará con el bebé? —pregunté con voz apagada, como si al decirlo en voz alta pudiera confirmar lo que él realmente planeaba hacer.
—Nunca le hará falta nada —aseguró sin titubeos, como si ya hubiera tomado una decisión—. Voy a estar al pendiente, seré un buen padre, pero no me casaré con Marcela. No puedo… ¡Yo te amo a ti!
Su insistencia solo aumentaba la opresión en mi pecho. Siempre había sido terco, pero esta vez su terquedad me dolía. Él hablaba como si bastara con amarnos para solucionar todo, como si el amor pudiera borrar la existencia de un hijo, como si las responsabilidades pudieran quedar en segundo plano solo porque su corazón me pertenecía a mí. Pero esto no se trataba solo de nosotros.
—No puedo permitir que ese bebé, que no tiene la culpa de los errores de sus padres, crezca viviendo lo que yo he vivido toda mi vida —susurré con la voz entrecortada, sintiendo cómo las lágrimas comenzaban a rodar por mis mejillas—. Mi madre me alejó de mi padre cuando se separaron, y yo no le deseo ese dolor a nadie… mucho menos a un niño que ni siquiera ha nacido.
Tomé aire con dificultad, sintiendo mi pecho arder de emociones contenidas. Esto dolía más de lo que jamás imaginé, pero tenía que ser fuerte.
—Yo… necesitaba verte porque… no quiero continuar esta relación contigo.
La expresión de Esteban cambió por completo. Sus ojos se oscurecieron y, por primera vez en todo este tiempo, lo vi realmente asustado. En un instante, se acercó y me envolvió en un abrazo fuerte y desesperado, aferrándose a mí como si con eso pudiera evitar lo inevitable.
—No, Emilia… Te prometo que siempre veré por mi hijo, pero también te quiero a mi lado. ¡No me alejes de ti! —su voz temblaba en mi oído, suplicante, rota, llena de una desesperación que nunca antes le había visto.
Yo negaba con la cabeza una y otra vez mientras mi llanto se volvía incontrolable. Sabía que esto lo estaba destrozando, pero no podía hacer nada para aliviar su dolor sin condenarme a mí misma.
—Por favor… dime que solo lo dices para alejarme.
Él seguía aferrándose a mí, repitiendo mi nombre como un rezo, como si su amor pudiera cambiar mi decisión.
Pero él no entendía.
No entendía que esta vez, el amor no era suficiente.
Apreté mis puños con fuerza, tratando de buscar espacio entre nuestros cuerpos que seguían demasiado cerca. Intenté separarme, pero Esteban no me soltaba. Su abrazo se volvió aún más intenso, como si pudiera retenerme con la fuerza de sus brazos y evitar que la realidad se interpusiera entre nosotros.
—Por favor, amor, escúchame. Sé que podemos encontrar una solución —su voz era suplicante, casi desgarradora—. Puedo pelear por la custodia compartida de mi hijo, ya lo he pensado…
Un grito ahogado brotó de mi garganta cuando lo empujé con toda la fuerza que tenía. —¡Nooo!
Sus ojos, nublados por las lágrimas, me buscaron con desesperación, pero yo ya no podía sostener su mirada. Me llevé las manos al rostro, negando con la cabeza, sintiendo cómo mis pensamientos se arremolinaban sin control.
—No… no… Tú tienes que hacerte responsable de tu hijo —dije en un murmullo tembloroso—. Un niño necesita a sus padres juntos, no separados.
Las palabras me pesaban como piedras en la lengua. Sabía lo que decía porque yo misma lo había vivido. Había tenido una infancia feliz hasta que todo cambió con el divorcio de mis padres. Mi madre me apartó de mi padre para siempre y, después de eso, el hogar de los Duarte se convirtió en mi propio infierno. Nunca permitiría que otro niño pasara por lo mismo.
Esteban endureció la mandíbula y sus facciones se tornaron más frías, pero su mirada reflejaba el dolor que trataba de ocultar.
—Aunque me pidas que me case con ella, no lo haré —su tono era áspero, pero en su voz había una firmeza inquebrantable—. No importa cuánto insistas, Emilia, ya tomé una decisión.
Mis entrañas se retorcieron al verlo así. Sabía que me amaba y que, para él, yo era su mundo. Pero mi mundo ya no era él. Tal vez sentía algo mucho más fuerte por Álvaro, pero dentro de mí aún quedaba un cariño por Esteban. No era suficiente.
Sabía que intentar hacerlo razonar en ese estado sería inútil. Él siempre había sido terco, y en ese momento estaba cegado por su amor hacia mí. Pero yo… yo necesitaba saber si lo que sentía por Álvaro era amor de verdad. El destino parecía estar separándonos una vez más, y esta vez lo entendía con claridad: Esteban no era mi futuro. Tal vez esto era el karma regresando a cobrarme todo lo que había hecho, recordándome que, en un inicio, acepté estar con él solo para complacer a mi padrastro.
Cerré los ojos por un instante, tratando de reunir el valor que necesitaba. No me importaban las consecuencias. Lo único que importaba era que Esteban tomara la decisión correcta. Él tenía que estar con su hijo. Él era más importante que cualquier otra cosa.
Cuando volví a abrir los ojos, lo miré fijamente y, tragando saliva, solté la única verdad que podía hacerle cambiar de opinión.
—Yo también estuve con alguien más… aquella vez que estuvimos separados.
Por un instante, su rostro quedó en blanco, y luego, una sonrisa nerviosa se dibujó en sus labios.
—No te creo —susurró, como si necesitara convencerse de ello—. Solo dices eso para alejarme de ti. Yo solo necesito que me digas que estarás conmigo, en las buenas y en las malas, como lo habíamos planeado… para toda la vida, Emilia.
Su voz, antes suplicante, ahora tenía un matiz grave. Su mirada se volvió más severa, y su cuerpo parecía más tenso, como si se preparara para una batalla que no quería pelear.
—Es la verdad —respondí, apretando los labios para no temblar.
Sabía que mis palabras lo estaban destrozando, pero era necesario. Hemos cometido demasiados errores en nuestra relación, y lo único que haríamos si seguíamos juntos era seguir haciéndonos daño.
—Tal vez yo no valgo lo suficiente como para no estar junto a tu hijo cuando crezca… —continué, sintiendo la presión en mi pecho aumentar—. Esteban, yo te amé, pero ahora hay alguien más en mi corazón.
El cambio en su expresión fue inmediato. La tristeza y la desesperación que antes nublaban sus ojos desaparecieron en un instante, reemplazadas por una frialdad que me hizo estremecer.
—Emilia, no hagas esto, por favor… —susurró, con la voz quebrada.
Contuve mis ganas de llorar y mantuve mi mirada fija en él. Tenía que parecer segura. Tenía que hacerle creer cada palabra para que me dejara ir.
—Estuve con alguien más antes de ti, contigo no fue mi primera vez —solté sin titubear.
Vi cómo tragó saliva y sus puños se cerraron con tanta fuerza que sus nudillos palidecieron.
—¿Con quién? —preguntó con voz áspera.
Desvié la mirada, intentando restarle importancia a su pregunta.
—Eso no te lo diré.
—¿Con quién, Emilia? —gruñó con furia contenida.
Un escalofrío recorrió mi espalda cuando me sujetó de ambos brazos, inmovilizándome. Sus ojos ardían con una intensidad que me asustó.
Tragué saliva, sintiendo cómo el miedo y la angustia se entrelazaban en mi pecho. Ya había activado la bomba entre nosotros, y ahora no había vuelta atrás. Mis ojos ardían, y sabía que estaba a segundos de quebrarme por completo.
—¡Dímelo! —me ordenó, su grito resonó con furia entre nosotros.
Sentí la ira arder en mis venas. ¿Cómo se atrevía a hablarme así? Después de todo, él esperaba un hijo con Marcela. ¿Y ahora era él quien se sentía ofendido? ¿Él, que me había traicionado primero?
Me limpié las lágrimas con la mano y, apretando los labios, escupí las palabras que me ahogaban.
—¡Suéltame! —exigí, tratando de zafarme de su agarre—. No tienes derecho a recriminarme nada porque tú también estuviste con Marcela. Eso fue antes de que decidiéramos intentarlo de nuevo, y aun así yo te acepté sabiendo que habías estado con ella. Pero ahora… ahora tú te comportas como si yo fuera la única que traicionó.
Respiré hondo, sintiendo mi pecho oprimirse por la tensión. La situación se me estaba saliendo de las manos.
—Intenté amarte con la misma intensidad con la que tú me amabas —continué con voz quebrada—. Pero no puedo.
Su mirada oscura y penetrante se clavó en mí con una mezcla de ironía y rabia contenida. No podía decirle el nombre de Álvaro. No podía.
—Solo quiero saber quién es —dijo en un tono más bajo, pero igualmente cortante—. Te prometo que no te volveré a buscar. —Una risa amarga escapó de su garganta antes de que añadiera con una dureza hiriente —Si decidiste decírmelo ahora, es porque buscas un pretexto para sacarme de tu vida, ¿no?
Supe entonces que mis palabras ya habían surtido efecto. El dolor en su rostro lo decía todo.
Mi corazón se contrajo, sintiendo la tristeza, arremeter contra mí como una ola implacable. Me odiaba. Y aunque esa era mi intención, la verdad era que verlo así… me dolía más de lo que imaginé.
Esteban se pasó las manos por el cabello con desesperación y comenzó a caminar en círculos frente a mí, respirando agitado. Se veía al borde del colapso. Pero lo que hizo después me heló la sangre.
Se detuvo de golpe y me dedicó una sonrisa maliciosa. No era la sonrisa de siempre.
—Si no me dices el nombre —dijo con voz gélida—, te prometo que dedicaré gran parte de mi tiempo a destruir la empresa de tu padrastro. Y sabes que puedo hacerlo.
Su amenaza se clavó en lo más profundo de mi ser. Mi cuerpo entero comenzó a temblar.
—No te atreverías… —susurré, sintiendo el miedo apretar mi garganta—. Tú no eres así.
Él alzó una ceja con una expresión de satisfacción cruel.
—Has encendido la peor parte de mi personalidad. No me retes, Emilia. Solo di el nombre.
Tragué saliva con dificultad. ¿Hasta dónde estaba dispuesto a llegar?
—¿Para qué quieres saber? —pregunté en un hilo de voz—. ¿Qué harás después?
—Quiero saber quién es ese hombre… quién fue el primero en tocarte, en tenerte. —Su voz se quebró en un sollozo amargo y, por un instante, vi a través de su rabia la sombra de un dolor profundo. Un dolor que yo había causado —Quiero saber qué viste en él que no te pude dar yo. —Sus ojos se llenaron de lágrimas mientras su respiración se volvía más errática. —Por más de un año… te respeté —continuó con voz entrecortada—. Nunca te presioné. Y aun así, fuiste a enredarte con el primero que se te cruzó.
Sus palabras fueron como un golpe.
Me mordí el labio con fuerza, sintiéndome culpable de su dolor. Pero no podía ceder. Era un sacrificio necesario.
Por el bien de ese bebé… tenía que dejarlo ir.
—La persona con la que estuve es Álvaro.
Lo solté de golpe. Que explotara lo que tuviera que explotar, ya estaba harta de secretos, de venganzas, de planes y malas intenciones. Quería liberarme de todo.
Esteban me miró atónito. Su rostro se descompuso mientras se frotaba los costados con las manos, como si tratara de asimilar lo que acababa de escuchar.
—Cómo no lo vi antes… —murmuró con una risa amarga—. Por eso se llevan tan bien.
Alzó la vista hacia mí, y su expresión se tornó feroz.
—¿Cuántas veces has estado con él, eh? —exigió, con un tono hiriente, lleno de rencor—. Por eso es que él te ve de esa manera, por eso te trata con ese recelo, como si fueras suya.
Sus ojos estaban rojos, cristalinos de lo irritados. Su mirada me atravesaba como cuchillas.
—Sólo fue una vez… —aclaré con voz temblorosa, cruzando los brazos sobre mi pecho—. Solo una.
—Vives con él, Emilia. ¿De verdad crees que voy a creerte? —soltó con desprecio. —Su voz era helada, cargada de resentimiento. —Tal vez sí fuimos un error… —continuó, clavándome una última mirada llena de rencor—. Has logrado decepcionarme tanto como yo a ti. Ahora estamos a mano.
Sus palabras fueron como un puñal directo al pecho. Pero lo que dijo después… lo que prometió…
—Solo una cosa si te puedo prometer, y es que… jamás serás feliz con Álvaro.
No esperó mi respuesta. Simplemente, se dio la vuelta y se alejó con pasos firmes, como si ya no le importara nada.
Vi cómo subía a su coche, cómo golpeaba el volante con furia antes de encenderlo y cómo pisaba el acelerador con tanta fuerza que el motor rugió. Ese sonido quedó grabado en mi memoria.
Aunque me odiara, este era nuestro adiós definitivo.
Así tenía que ser.
Me dejé caer de rodillas sobre el suelo, apoyando un brazo en la banca donde habíamos estado sentados por última vez. Entonces, dejé salir todo el llanto que había estado conteniendo.
Nunca quise que termináramos así.
Mi intención nunca fue destrozarlo de esa manera. Pero me dejé llevar por la ira.
Marcela había cumplido su promesa. Ahora estaría con Esteban.
Y Álvaro…
Álvaro me odiaría por haber confesado nuestro secreto. Y, ni si quiera sabía si algún día podría confesarle mis sentimientos.
