Capítulo 24
El mismo día que tuve aquel enfrentamiento con Álvaro Duarte, mi padre me notificó que Lorenzo Duarte había fallecido.
La noticia me tomó por sorpresa. No es que sintiera simpatía por ese hombre, pero su muerte fue repentina y envuelta en circunstancias sombrías. La prensa afirmaba que Álvaro lo había empujado por las escaleras durante un altercado, y Damiana, la madre de Emilia, fue la primera en acusarlo de asesinato. Álvaro estuvo preso durante dos semanas mientras la investigación avanzaba.
No podía dejar de pensar en la coincidencia. Lorenzo había muerto justo el mismo día que se enteró de lo que su hijo y su hijastra habían hecho a escondidas. Un hombre como él no lo habría tomado a la ligera. ¿Fue realmente un accidente, o la ira lo consumió hasta llevarlo a una pelea que terminó en su propia desgracia?
Moría de curiosidad por saber la verdad, pero no podía acercarme a Emilia. Se suponía que estaba furioso con ella, que la había sacado de mi vida para siempre después de enterarme de su engaño. Me hizo creer que era pura, que yo era el único, cuando en realidad se había entregado antes a su hermanastro.
Y aun así… no podía odiarla.
Por más que lo intentara, su imagen se mantenía fija en mi mente, inquebrantable. Cada mañana, su rostro angelical era lo primero que mi mente proyectaba al despertar.
—Emilia… —susurré su nombre, sintiendo cómo una opresión se apoderaba de mi pecho.
Necesitaba saber de ella. ¿Estaba bien? ¿Cómo estaba afrontando la muerte de su padrastro? ¿Se sentía culpable? Una parte de mí no podía evitar preguntarse si yo había desencadenado todo aquello al decirle a Lorenzo lo que había pasado entre Emilia y Álvaro. Pero en ese momento no pensé en las consecuencias, solo me dejé llevar por el coraje, por el deseo de hacerle pagar su engaño.
No podía buscarla directamente. Se lo prometí a mi padre. Además, no tenía idea de si ella querría verme después de todo.
Por eso, fui a buscar a Gabriela.
Al principio, se negó a recibirme, pero después de insistir varias veces, terminó cediendo. Cuando abrió la puerta, su expresión era dura y llena de desdén.
—¿Qué es lo que quieres, Esteban? —espetó con impaciencia—. ¡Ya deja a Emilia en paz!
Ignoré su hostilidad y fui directo al punto.
—Solo quiero saber cómo está Emilia. Me enteré de lo que pasó con su padrastro.
Gabriela entrecerró los ojos, cruzando los brazos sobre su pecho con evidente molestia.
—¿Ah, sí? ¿Y ahora te preocupas? —su voz estaba cargada de ironía—. Porque te recuerdo que fuiste tú quien le dijo todo a Lorenzo. Emilia me contó cómo se puso ese hombre cuando se enteró, tanto que Álvaro tuvo que intervenir para evitar que la lastimara.
La sangre me abandonó el rostro por un instante.
—No tenía idea de que pasaría algo así… —murmuré, sintiendo un peso en el estómago—. Pero Emilia, ¿cómo está? Necesito saber que está bien.
Gabriela me observó en silencio, con esa mirada que decía que no confiaba en mí en lo absoluto. Finalmente, suspiró con fastidio.
—Está bien. Está con Mara y Álvaro.
Mi cuerpo se tensó de inmediato.
—¿Qué? —mi voz salió más fuerte de lo que pretendía. La furia me subió a la cabeza, ardiendo en mi interior—. ¿Así que después de todo… siguen juntos? ¿Siguen siendo amantes?
Las palabras me quemaban la lengua. Imaginármela con él, sin ninguna barrera que los separara, sin ningún impedimento… Me hervía la sangre.
Gabriela soltó una risa seca, casi burlona.
—Álvaro es la única persona que se ha preocupado por ella —sentenció con dureza—. Emilia me lo ha dicho. Y tú… tú deberías olvidarte de ella, Esteban. Es lo mejor para los dos. Deja que haga su vida y haz la tuya.
Mis puños se apretaron con tanta fuerza que sentí las uñas clavarse en mi piel.
—Nunca dejaré que Emilia sea feliz con él… nunca.
Era una promesa.
Emilia no podía amarlo a él. Ella también había sido mía. Yo podía hacer que volviera a amarme. No importaba lo que tuviera que hacer, pero Emilia sería mía y de nadie más.
…
Una semana después, el día de mi boda llegó.
Caminé hacia el altar sintiéndome como un muerto en vida. No encontraba otra forma de describirlo. Siempre imaginé que, cuando me casara, lo haría con la mujer que realmente amaba. Siempre pensé que sería Emilia quien me esperaría al final del pasillo, con su sonrisa dulce, con sus ojos llenos de amor. Creí que sería el día más feliz de mi vida.
Pero no lo era.
Lo único que me mantenía de pie era la idea de mi hijo, el que crecía en el vientre de Marcela. Le prometí que siempre estaría a su lado, que lo protegería sin importar qué, y por él… por él estaba haciendo todo esto.
Por insistencia de mi madre, organizamos un viaje a la playa como luna de miel. Ella decía que nos haría bien, que nos ayudaría a convivir mejor. Tal vez así, Marcela y yo lograríamos llevarnos bien, aunque en el fondo sabía que eso era una ilusión. La mayoría de nuestras conversaciones terminaban en discusiones. A veces, me sacaba de quicio con sus comentarios hirientes, con su forma de hablar como si todo fuera culpa mía.
Apenas llegamos al hotel, me desplomé sobre la cama. Cerré los ojos y, sin darme cuenta, el agotamiento de los últimos días me venció.
No supe cuánto tiempo pasó hasta que sentí algo recorrer mi torso. Unas manos suaves, explorando mi piel, haciendo que me estremeciera de inmediato.
Desperté de golpe y, al abrir los ojos, me encontré con Marcela sobre mí. Llevaba puesto un baby doll rojo y su expresión lo decía todo.
—¡Marcela, por Dios! —me aparté de inmediato, con el ceño fruncido—. ¿Qué demonios estás haciendo?
—¿Qué parece? —respondió con un puchero infantil—. Somos esposos, Esteban. Es lo normal.
Negué con la cabeza, pasándome la mano por el cabello con frustración.
—Te lo he dicho antes. Entre nosotros ya no hay nada.
—Pero estamos casados —insistió, su voz adquiriendo un tono más molesto—. ¿Qué tiene de malo?
—Marcela, lo nuestro terminó desde hace mucho. Lo único que nos une es nuestro hijo.
Sus ojos se oscurecieron de rabia.
—¡No soy solo un recipiente que lleva dentro a tu hijo, Esteban! —explotó, su voz quebrándose con furia—. ¡También tengo necesidades!
Se levantó bruscamente, con lágrimas de impotencia en los ojos, y se metió al baño. Escuché el agua correr, y cuando salió, llevaba puesta otra ropa.
—Voy a dar un paseo por el hotel —anunció con frialdad, y antes de que pudiera responderle, azotó la puerta tras de sí.
Solté un largo suspiro y me dejé caer de nuevo sobre la cama.
Las horas pasaron.
Al principio no le di importancia. Tal vez necesitaba despejarse, calmarse después de nuestra discusión. Pero cuando noté que había pasado demasiado tiempo, una inquietud comenzó a instalarse en mi pecho.
El sonido del teléfono de la habitación me sacó de mis pensamientos.
—¿Diga? —respondí de inmediato.
—Disculpe, señor Cazares —la voz de un hombre sonaba un tanto nerviosa—, su esposa lleva aproximadamente una hora en el bar del hotel consumiendo bebidas alcohólicas. Nos hemos dado cuenta de que está embarazada, por lo que decidimos notificarle para que esté enterado.
Mi cuerpo se tensó al instante.
Un latigazo de furia me recorrió la espalda.
¿Cómo era posible que estuviera bebiendo estando embarazada?
Solté el auricular con fuerza y salí de la habitación, con el corazón latiéndome con rabia en el pecho.
Me dirigí lo más rápido que pude al bar del hotel. Al llegar, la busqué con la mirada. Ahí estaba, sentada en la barra, charlando con el bartender.
— ¿Qué crees que estás haciendo? — le recriminé en voz baja, para no llamar la atención de las personas a nuestro alrededor.
— Me divierto — respondió ella, con una sonrisa maliciosa, la muy cínica.
La tomé del brazo, furioso, porque estaba poniendo en riesgo la vida de nuestro bebé.
— ¿Cuánto bebiste? — le pregunté, mientras ella se quejaba del dolor causado por mi agarre.
— Fue solo un trago — dijo, zafándose de mi mano.
La tomé de los hombros, sintiendo mi rostro arder de rabia.
— ¡Estás loca o qué! ¿Qué demonios pasa por tu cabeza, Marcela? ¿Quieres matar a nuestro hijo? — la zarandeé, enfurecido.
Enormes lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas. La fuerza con la que la sostenía se desvaneció. Ahora era ella quien me miraba fijamente.
— ¿Crees que no me siento mal cuando todo el día me estás recordando que no me amas? Lo tengo grabado en la cabeza. Si hubiera sabido que todo esto iba a ser un infierno, jamás me hubiera embarazado — dijo, con voz quebrada. — Mejor hubiera abortado.
— No digas eso — respondí, abrazándola con suavidad. — No sabía lo mal que te sentías. Ya no podemos cambiar el pasado, pero ahora estamos juntos en esto. Debemos intentar llevarnos bien.
Ella asintió, hundiendo su rostro en mi pecho.
Al final, el viaje se tornó tranquilo. Hice lo posible por evitar discusiones, porque al fin y al cabo, nada ganaríamos con pelear, ya estábamos casados.
