✦ UNA HISTORIA DE NANCY RDZ ✦

Capítulo 27

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◷ Tiempo estimado de lectura: 13 minutos
✦ Publicado el 27 de octubre de 2026
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Ponte cómoda y disfruta de la historia.

✦Emilia Díaz✦

Los dos meses siguientes pasaron demasiado rápido. Amaba despertar junto a Álvaro cada mañana, sentir su calor a mi lado, escuchar su respiración pausada mientras dormía. Aunque, a veces, tenía que volver a mi habitación sola porque él aún conservaba la costumbre de trabajar hasta tarde.

Como todas las mañanas, estábamos desayunando en el amplio comedor, pero esta vez solo éramos él y yo. Mara aún seguía en su habitación. Hace unos días había sido su graduación y, aunque insistimos en organizarle una gran celebración, solo aceptó una cena sencilla en un restaurante. Aún no podía creer que en un par de días sería mi turno. Después de cuatro años de esfuerzo, sacrificios y noches en vela, por fin sería una graduada en Letras.

Sonreí para mí misma, imaginando ese momento tan esperado, pero mis pensamientos se disiparon cuando Pedro entró al comedor y dejó el periódico junto al plato de Álvaro.

Él lo tomó con gesto distraído, lo abrió para revisar las noticias, pero, de repente, su mandíbula se tensó y lo cerró con frustración, dejándolo sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.

—¿Pasa algo, amor? —pregunté con suavidad, tomando su mano entre las mías. Sabía que mi contacto lo tranquilizaba.

Álvaro negó con la cabeza y exhaló profundamente, como si intentara calmarse, pero el enojo aún se reflejaba en su expresión.

Sin que lo advirtiera, deslicé el periódico hacia mí y lo abrí en la noticia principal. En cuanto mis ojos recorrieron las primeras líneas, entendí la razón de su molestia.

“Esteban Cazares, nuevo miembro del comité directivo de Industrias Cazares.”

En la fotografía, Esteban vestía un elegante traje azul, con una sonrisa de satisfacción dibujada en el rostro. A su lado, varias figuras de negocios de renombre posaban junto a él, dándole la bienvenida a su nuevo puesto.

Álvaro notó mi expresión y frunció el ceño.

—No tenías que ver eso… —soltó con un tono tajante, su voz más dura de lo habitual.

Levanté la mirada y lo observé con ternura.

—¿Por qué no? —pregunté, sosteniéndole la mirada—. Álvaro, es solo una noticia. No dejes que una simple fotografía controle tus emociones.

Apreté su mano con más fuerza, acariciando su piel con el pulgar.

—Estoy contigo. Y te amo.

Su mirada se suavizó al instante.

—Y yo te amo más —murmuró antes de entrelazar nuestros dedos.

Sonreí con calidez y me puse de pie, rodeándolo con mis brazos. Alcé el rostro y presioné mis labios contra los suyos en un beso tierno, tratando de disipar su enojo.

Álvaro me sostuvo con fuerza, apoyando la frente contra la mía.

—Tú eres mi calma, Emilia… —susurró cerca de mi oído, enviando un escalofrío placentero por todo mi cuerpo.

No resistí la necesidad de besarlo otra vez. Sus labios eran mi refugio, mi hogar. Después, regresé a mi silla con una sonrisa tranquila.

—Álvaro, estaré aquí contigo. No me iré a ningún lado, te lo prometo.

Él me sostuvo la mano nuevamente, su expresión cargada de emociones contenidas.

—Confío en ti, amor… Pero en ellos no. —Su mandíbula volvió a tensarse—. Eres demasiado inocente para saber cómo se maneja el mundo de los negocios.

Suspiró pesadamente y su mirada se tornó más sombría.

—Ayer, un cliente me hizo un comentario que me dejó pensando. Me dio a entender que había alguien bloqueando mi camino. A pesar de que le estaba ofreciendo un trato con excelentes beneficios, me dijo que, aunque era una gran oferta, no podía hacer negocios conmigo.

Fruncí el ceño, sintiendo un nudo en el estómago.

—¿Crees que los Cazares estén detrás de esto? ¿Que estén tratando de perjudicarte? —pregunté con incredulidad, pero también con temor.

Álvaro soltó una risa amarga y negó con la cabeza.

—No lo creo, Emilia. Lo sé.

Álvaro suspiró con una mezcla de frustración y resignación.

—De Ernesto Cazares no lo creo. Es un empresario chapado a la antigua, aún cree en la ética y los negocios limpios… pero su hijito consentido, en cambio, es otra historia.

Me quedé en silencio. No quería discutir, pero me resultaba difícil asimilar la idea de que Esteban fuera capaz de algo así.

Álvaro notó mi vacilación y me miró con intensidad.

—¿Dudas de lo que te digo? —preguntó con un tono inquisitivo—. Fue él quien te envió la invitación de su boda… ¿o me equivoco?

Mi corazón dio un pequeño brinco.

—¿Cómo lo sabes? —pregunté sorprendida—. ¿Te lo dijo Mara?

—Me lo dijo Pedro —su voz se volvió más grave, cargada de reproche—. Emilia, ¿por qué no me lo dijiste?

Tragué saliva y desvié la mirada.

—No quería lastimarte —respondí finalmente—. Además, estoy segura de que esa invitación no la mandó Esteban, sino Marcela. Para mí no significó nada, por favor, no te molestes por eso.

Álvaro me sostuvo la mirada por un instante, su expresión era inescrutable. No quería que esta conversación nos llevara a nuestra primera discusión en dos meses, así que decidí cambiar de tema.

—Y ahora que estamos hablando de exes… dime, ¿qué pasó con aquella chica rubia con la que salías?

La tensión en su rostro se disipó de inmediato y una sonrisa traviesa se dibujó en sus labios.

—¿Estás celosa? —preguntó con diversión.

Sentí mis mejillas arder y fruncí los labios en una mueca.

—¡No es eso! —protesté, aunque mi tono no fue muy convincente.

Álvaro dejó escapar una pequeña risa y se inclinó hacia mí con picardía.

—Ella nunca fue mi novia, solo una amiga… que me ayudó a darte celos.

Abrí los ojos como platos.

—¿Qué?

—Lo necesitaba, Emilia. —Su mirada se tornó más seria—. Te ibas a comprometer con ese mocoso, aunque en tus ojos yo veía que me amabas a mí. Pero necesitaba que tú lo vieras por ti misma.

Lo observé sin saber qué decir. ¿Realmente había sido tan obvia con mis sentimientos y al mismo tiempo tan ciega?

—¿Y qué pasó con ella? —pregunté después de unos segundos.

Álvaro tomó un sorbo de café antes de responder.

—Es de un pueblo al norte del estado. Hace poco vi en una nota del periódico que se casó con un hombre muy adinerado… pero a los pocos días quedó viuda.

Lo miré sorprendida.

—¿Viuda?

—Sí —asintió con calma—. Tal vez algún día la visitemos. Es bueno mantener contactos así… por si acaso.

—Tal vez algún día —murmuré, sin saber exactamente qué pensar.

…

El día de mi graduación finalmente llegó. Me desperté muy temprano, sintiendo una mezcla de emoción y nostalgia. Había luchado tanto por este logro, superando meses difíciles, y aunque me sentía feliz, también había un vacío en mi pecho. Mis padres no estarían presentes en este día tan especial.

Mi padre había sido trasladado a otra ciudad por trabajo, y aunque deseaba acompañarme, no podía costear el viaje. Me enviaba dinero para mis estudios y mis gastos, haciendo todo lo posible por apoyarme a la distancia. Álvaro se ofreció a pagar sus boletos para que pudiera estar aquí, pero me negué. No me parecía correcto aceptar aún más de él, ya bastante hacía permitiéndome vivir en su casa, aunque fuéramos novios.

Unos golpes en la puerta me sacaron de mis pensamientos.

—Pase —dije en voz alta, mientras me incorporaba en la cama.

Pedro entró con una pequeña caja rosa en las manos, del tipo que se usa para guardar anillos de compromiso.

—Señorita Emilia, esto llegó para usted.

Fruncí el ceño, intrigada. Tomé la cajita y noté una nota adherida a ella. Mi estómago se revolvió cuando leí el nombre del remitente:

“Si me amas, úsala hoy. —Esteban.”

Sentí que mi corazón se detenía un instante, solo para empezar a latir desenfrenado después.

Alcé la mirada hacia Pedro, quien me observaba con curiosidad. Tal vez había leído la nota antes de entregarme el paquete. Con un gesto de sus manos, me animó a abrir la cajita.

Dentro, encontré una pulsera plateada con la figura de una mariposa adornada con pequeñas piedras en color rosa oro. Era hermosa, delicada… y completamente inesperada.

Tragué saliva, sintiendo un torbellino de pensamientos en mi mente.

—Por favor, Pedro, no le diga nada a Álvaro. Esta vez se lo diré yo.

Pedro me miró con seriedad y asintió.

—Prometo que no le diré nada al señor Álvaro.

Cuando me quedé sola, dejé la pulsera sobre la mesa y me llevé las manos a la cabeza. ¿Por qué Esteban me enviaba esto? ¿Qué pretendía al pedirme que la usara si aún lo amaba? ¿Pensaba presentarse en mi graduación? Nunca le había dejado en claro que ya no sentía nada por él… y ahora me preguntaba si no era demasiado tarde para hacerlo.

Me metí a la ducha con la mente llena de dudas. No quería que este día tan especial se viera opacado por la sombra de mi pasado. No quería un enfrentamiento entre Álvaro y Esteban, pero tampoco podía permitir que este último siguiera buscando una respuesta que no estaba dispuesta a darle.

Después de ducharme, me preparé con esmero. Bajo la toga, elegí un vestido corto color vino, no demasiado ajustado, pero que realzaba mis curvas de manera elegante. Álvaro había planeado una comida especial después de la ceremonia, así que quería lucir impecable.

Peiné mi cabello en suaves ondas y lo dejé suelto. Me maquillé con delicadeza, resaltando mis ojos y aplicando un labial sutil. Este día no volvería a repetirse en mi vida, y quería verme y sentirme como la mejor versión de mí misma.

Cuando terminé, me coloqué la toga, me miré en el espejo y sonreí, aunque el peso de la ausencia de mis padres seguía ahí. Inspiré profundamente, decidida a disfrutar este momento.

Bajé las escaleras y encontré a Álvaro esperándome al pie de la escalera. Vestía un traje impecable y me miraba con una sonrisa que parecía esconder algo más que alegría.

Sus ojos recorrieron cada detalle de mi apariencia antes de tomarme de las manos con suavidad.

—Te ves hermosa, mi bella pelirroja —susurró con su voz profunda y seductora, provocando que mis mejillas ardieran.

Mi corazón latió con fuerza. Era increíble lo mucho que podía hacerme sentir con solo unas palabras.

—Gracias, amor. Tú también te ves muy apuesto hoy —respondí con una sonrisa.

Álvaro acercó su rostro al mío y me besó la frente con ternura, luego deslizó sus labios hasta mi mejilla, dejándome un suave rastro de calor en la piel.

—Ven, te tengo una sorpresa —dijo, con ese tono misterioso que me hacía estremecer.

Curiosa y emocionada, entrelacé mis dedos con los suyos, dispuesta a descubrir qué había preparado para mí.

Caminamos unos pasos hasta llegar a la puerta del despacho. Antes de entrar, Álvaro se detuvo y me miró fijamente con una sonrisa traviesa, de esas que rara vez mostraba pero que cuando lo hacía, lograban que mi corazón latiera más rápido.

—¿Estás lista? —preguntó con un tono divertido, casi juguetón.

Asentí por inercia, aunque en realidad no tenía idea de qué tipo de sorpresa me había preparado. Álvaro solía ser serio y reservado, un hombre de pocas palabras cuando se trataba de expresar sus sentimientos. Para mí, aún era un libro en blanco en muchos aspectos, y por eso me sorprendía verlo tan emocionado por algo.

Con un gesto decidido, abrió las puertas del despacho de par en par.

En cuanto mis ojos captaron lo que había dentro, tragué saliva tratando de contener la oleada de emoción que me golpeó el pecho.

—¡Papá! —exclamé con los ojos llenos de lágrimas, la voz ahogada por la alegría.

Sin pensarlo dos veces, corrí hacia él y, al mismo tiempo, él avanzó hacia mí con la misma urgencia. Nos fundimos en un abrazo fuerte, como si quisiéramos recuperar todo el tiempo que habíamos estado separados. Lo extrañaba tanto. Sentí su calor, su olor familiar, su cariño reflejado en cada caricia sobre mi cabello.

—Hijita, te extrañé tanto —susurró cerca de mi oído, su voz ronca por la emoción.

Era una melodía para mí, un bálsamo que sanaba todas las heridas del tiempo y la distancia.

Nos separamos un poco, y fue entonces cuando noté que no estaba solo. Detrás de él, con sonrisas radiantes, estaban Denise, su esposa, y mis hermanitos. Mi corazón se llenó aún más al verlos.

—¡Denise! ¡Niños! —exclamé, y sin dudarlo, me lancé a abrazarlos a todos.

Los apreté con fuerza, como si temiera que fueran a desvanecerse en cualquier momento. Este, sin duda, era el día más feliz de mi vida.

—No puedo creer que estén aquí —murmuré con la voz temblorosa de la emoción, recorriéndolos con la mirada y grabando su imagen en mi mente. Se sentía irreal, como si fuera un sueño del que no quería despertar.

—No llores, Emilia, o arruinarás tu maquillaje —bromeó Denise con su dulce voz maternal.

Sonreí entre lágrimas. Ella siempre había sido un apoyo para mi padre, una mujer cálida y bondadosa. En más de una ocasión, había deseado que mi madre hubiera sido un poco más como ella.

Pero entonces recordé algo…

—Papá, pero… pensé que no podrían venir —pregunté con preocupación. Sabía que el dinero era un problema para él, y no entendía cómo habían logrado costear un viaje tan repentino.

Mi padre sonrió y señaló con un leve movimiento de cabeza hacia la puerta.

Seguí su mirada y allí estaba Álvaro, observándonos en silencio desde la distancia, con una expresión serena pero con el brillo en los ojos de quien sabe que ha hecho algo bueno.

—Si no fuera por Álvaro, no estaríamos aquí. Él nos facilitó todo para que pudiéramos venir —explicó mi padre con gratitud en la voz.

El corazón se me dilató de alegría y amor. Sentí un nudo en la garganta, pero esta vez no era tristeza, sino una abrumadora sensación de felicidad.

Álvaro… mi ángel guardián.

Desde que volvió del extranjero, había hecho tanto por mí, había estado a mi lado en los momentos más difíciles, sosteniéndome sin pedirme nada a cambio. Lo amaba. Lo amaba con cada fibra de mi ser.

Sonriendo con el alma llena de gratitud, caminé hasta donde estaba él. Álvaro no se movió, solo me miró con ternura, como si disfrutara de cada segundo de mi felicidad.

Sin pensarlo demasiado, me lancé a sus brazos y lo rodeé con fuerza, apretando mi rostro contra su pecho. Su aroma, su calidez, todo en él me hacía sentir en casa.

—Gracias por todo lo que haces por mí —susurré con suavidad, poniéndome de puntitas para darle un beso en la mejilla.

Álvaro dejó escapar una leve risa y deslizó sus brazos alrededor de mi cintura, atrayéndome más hacia él.

—Haría eso y más por ti… —dijo en un murmullo ronco.

Cuando nuestras miradas se encontraron, su expresión cambió. Sus ojos oscuros brillaban intensamente, sus pupilas dilatadas. Sentí cómo su mano subía hasta mi rostro, acariciando mi mejilla con la yema de sus dedos. Mi respiración se entrecortó.

Quería besarlo. Lo deseaba. Pero frente a mi familia… tenía un poco de pena.

Como si hubiera leído mis pensamientos, Álvaro carraspeó y desvió la mirada con una sonrisa divertida.

—Tenemos que irnos, se nos hace tarde —anunció, recuperando la compostura.

Tomó mi mano con firmeza, entrelazando nuestros dedos. No la soltó en ningún momento mientras nos dirigíamos hacia la salida.

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