✦ UNA HISTORIA DE NANCY RDZ ✦

Capítulo 29

♧
◷ Tiempo estimado de lectura: 8 minutos
✦ Publicado el 27 de octubre de 2026
♡

Ponte cómoda y disfruta de la historia.

✦Emilia Díaz ✦

Caminamos en silencio hacia el estacionamiento de la facultad, donde mi padre y su familia nos esperaban junto al auto. Álvaro mantenía su mano entrelazada con la mía. 

Cuando llegamos a donde estaban los demás, mi padre cruzó los brazos y nos miró con una ceja levantada, examinando a Álvaro con curiosidad. Denise estaba de pie junto a mi hermano, mientras que mi hermana sostenía los globos y regalos que había recibido de ellos por mi graduación.

—Lamento la forma en que reaccioné hace un momento —dijo Álvaro con voz firme pero sincera—. No debí perder la calma, pero… hay personas que simplemente logran sacarme de mis casillas.

Mi padre soltó una carcajada y le dio una palmada en el hombro a Álvaro.

—No tienes que disculparte, hijo —respondió con una sonrisa burlona—. Damiana puede volver loco a cualquiera. Te sorprendería la paciencia que tuve que desarrollar cuando estábamos casados.

Las carcajadas de mi padre fueron seguidas por las risas de Denise, quien meneó la cabeza con diversión. Yo solté una risita y me giré hacia Álvaro, dándole un leve apretón en la mano para tranquilizarlo. Poco a poco su semblante se relajó y me miró con una pequeña sonrisa que solo yo podía leer en su totalidad.

Una vez que la tensión se disipó, todos subimos a los autos, para entonces Mara nos había alcanzado para llevar a mis hermanos al restaurante donde celebraríamos junto con la familia de Gabriela. El ambiente fue cambiando poco a poco, ahora estábamos más tranquilos.

El restaurante estaba decorado con luces tenues y una atmósfera cálida. La mesa larga estaba llena de risas y conversaciones animadas. Gabriela se sentó a mi lado y me miró con una sonrisa cómplice mientras tomaba un sorbo de su bebida.

—Te ves más feliz, Emi —comentó en un tono suave para que solo yo la escuchara—. Me alegra mucho verte, así, realmente creo que tú y Álvaro hacen una pareja hermosa.

Sus palabras me hicieron sonreír de inmediato. Volteé a ver a Álvaro, quien en ese momento estaba en una conversación con mi padre y el de Gaby. Su expresión era más tranquila ahora, sus ojos reflejaban algo profundo cada vez que me miraba de reojo. Me sentí reconfortada al ver esa serenidad en su rostro después del altercado con mi madre.

—Gracias, Gabi —respondí con sinceridad—. Yo también me siento feliz… y Álvaro es una gran parte de eso.

Gabriela me guiñó un ojo antes de volver a unirse a la conversación general. La comida transcurrió en un ambiente ameno. Álvaro se mostró atento en todo momento, asegurándose de que yo disfrutara cada segundo de la celebración. Me acariciaba la mano bajo la mesa o me susurraba pequeñas cosas al oído que me hacían sonrojar.

Cuando la noche cayó y el festejo llegó a su fin, regresamos a casa. El camino de vuelta fue tranquilo, con la luz de la luna iluminando tenuemente el paisaje a través de la ventana del auto. Sentí una calidez en mi pecho, una sensación de plenitud que hacía mucho no experimentaba. No había otra cosa que me hiciera más feliz que estar junto a todas las personas que amaba.

…

Nos sentamos en la sala, disfrutando de la conversación mientras me ponía al día con todo lo que había pasado en la vida de mis hermanos, Denise y mi padre. Me alegraba verlos bien, sentirme rodeada de su cariño. 

Álvaro estuvo con nosotros por un rato, participando con su usual discreción, hasta que finalmente se excusó alegando que tenía trabajo pendiente. Sin embargo, intuía que en realidad se sentía un poco incómodo. No conocía bien a mi familia y tampoco era alguien particularmente conversador.

Después de un rato, mi familia decidió retirarse a descansar. Yo, sin embargo, sentía la necesidad de estar con él. Me dirigí al despacho y abrí la puerta lo suficiente para asomar mi rostro.

—¿Se puede? —pregunté con un tono juguetón, haciendo una expresión de niña pequeña.

Álvaro levantó la mirada y sonrió.

—Claro, pasa —respondió con voz profunda.

Entré y lo encontré sentado en su silla, apoyando los antebrazos en el escritorio, sosteniendo un vaso con un líquido ámbar. Mi expresión se tornó, sería al instante.

—¡Álvaro, sabes que no puedes beber! —le reprendí, cruzándome de brazos.

Él soltó una risa baja y burlona, girando el vaso entre sus manos con aire despreocupado.

—¿Sabes qué es esto? —preguntó, levantando una ceja.

Fruncí el ceño.

—Es whisky… ¿No? —murmuré con desconfianza.

Álvaro negó con la cabeza, con una sonrisa traviesa.

—Jugo de manzana —confesó de repente—. ¿Quieres probar?

No pude evitar soltar una carcajada.

—¿Jugo de manzana en un vaso de whisky? —repetí, aun riendo—. ¿Por qué haces eso?

Su sonrisa se desvaneció ligeramente y suspiró con melancolía.

—Cuando me entran ganas de tomar algo fuerte, imagino que este jugo de manzana es whisky. No saben igual, pero se ven igual —dijo con resignación—. Suena tonto, ¿verdad?

Mi corazón se encogió. Sin pensarlo, me acerqué y rodeé su cuello con mis brazos en un abrazo cálido.

—Eres muy fuerte, amor —murmuré contra su cabello.

Él me envolvió con sus brazos, hundiendo el rostro en mi cuello. Su cálida respiración me erizó la piel. Luego, giró un poco su silla para mirarme directamente a los ojos.

—Yo quiero ser el mejor hombre para ti —dijo con voz ronca, profunda, con una sinceridad que me atravesó el alma.

Sonreí, acariciando su mejilla con ternura antes de inclinarme hasta su oído.

—Ya lo eres… ¿Por qué no dejas el trabajo por hoy y subes conmigo a la cama? —susurré con suavidad.

Sus pupilas se dilataron de inmediato. Podía ver el fuego encendiéndose en su mirada.

—No tienes que preguntármelo dos veces —murmuró, deslizando sus manos por mis muslos hasta mi cintura—. Todo el día he esperado este momento… para quitarte este vestido que me ha hecho fantasear despierto.

El aire entre nosotros se volvió más denso, más eléctrico. Me puse de pie y tomé su mano, sin necesidad de palabras. Álvaro se levantó de inmediato, su cuerpo se sentía cálido y firme contra el mío. Salimos del despacho y subimos las escaleras en silencio, dirigiéndonos a mi habitación. En estos dos meses a veces dormíamos en la mía y a veces en la de él, pero agradecía que mantuviéramos nuestro momento de privacidad para con nuestras cosas. 

…

Tomé su corbata entre mis dedos, tirando suavemente de ella para atraerlo hacia mí. Con ese simple gesto, él reaccionó de inmediato, rodeando mi cintura con una mano mientras la otra se deslizaba hasta mi cuello, sosteniéndome con una firmeza que me hizo contener el aliento. Sus labios se apoderaron de los míos con urgencia, en un beso que despertó un fuego inmediato en mi interior.

Sentí su respiración acelerarse contra mi piel mientras sus dedos recorrían mi espalda, presionándome contra su cuerpo. En un movimiento ágil, se deshizo de su camisa, dejando al descubierto la piel cálida y firme de su torso. Mi mirada descendió, siguiendo las líneas definidas de sus músculos, y mi mano, como guiada por un instinto propio, trazó un camino lento desde su pecho hasta el borde de su pantalón.

—Adelante… —susurró.

Con un temblor de anticipación, deslicé mis dedos hasta el botón de su pantalón, desabrochándolo con lentitud, disfrutando la forma en que sus pupilas se dilataban con cada movimiento. Su calor me envolvía, y su mirada ardiente me hacía sentir como si mi piel se encendiera bajo su atención.

De repente, sus labios volvieron a capturar los míos, esta vez con una intensidad más salvaje. Sentí el roce de sus dientes en mi labio inferior, la forma en que su lengua se entrelazaba con la mía en un juego apasionado que me robaba el aliento. Mi vestido aún ceñía mi cuerpo, impidiendo que nos acercáramos más, y él, impaciente, deslizó la cremallera con manos expertas, dejándolo caer hasta el suelo.

Un escalofrío recorrió mi piel cuando sus dedos trazaron el contorno de mis hombros, descendiendo por mis brazos hasta enredarse en mi cintura. Su tacto era un incendio lento, encendiendo cada parte de mí con la promesa de lo que vendría después.

—Eres hermosa… —murmuró contra mi oído, su aliento cálido envió un estremecimiento delicioso por mi columna antes de depositarme con suavidad en la cama.

Mis piernas se enredaron alrededor de su cintura por instinto, atrayéndolo más cerca, sintiendo el latido de su deseo tan palpable como el mío. Se detuvo por un instante, como si quisiera memorizar cada detalle del momento, cada respiración entrecortada, cada susurro contenido.

Los minutos se desdibujaron en la penumbra de la habitación, en el roce de nuestras pieles, en la forma en que nuestros cuerpos se acoplaban con una perfección casi ensayada. Sus manos me exploraban con una mezcla de urgencia y devoción, y yo me abandoné a la sensación de estar completamente en su poder, de ser suya en cuerpo y alma.

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