Capítulo 32
—¡Emilia! —escuché la voz de Gaby a lo lejos mientras bajaba del auto que Álvaro había asignado a Pedro para que me trajera.
Sacudí la mano en señal de saludo y sonreí ampliamente al verla. Hacía tiempo que no platicábamos con la misma frecuencia que cuando estábamos en la universidad, y la emoción de reencontrarnos en un nuevo capítulo de nuestras vidas me llenó de alegría.
—¡Gabs, te extrañé mucho! —exclamé con entusiasmo mientras nos abrazábamos.
—¿Estás lista? —preguntó con una gran sonrisa.
Asentí con felicidad. Estaba emocionada por trabajar y ejercer mi carrera. Amaba leer y escribir, y ahora tendría la oportunidad de formar parte de uno de los periódicos más prestigiosos de la ciudad.
Caminamos juntas hacia el edificio, una construcción contemporánea de varios pisos con una fachada de cristal que reflejaba el cielo azul. Al entrar, nos recibió una chica vestida con un impecable traje de falda y chaqueta en tonos oscuros. Nos dedicó una sonrisa cortés y nos guió a través del amplio vestíbulo, donde periodistas y empleados iban y venían con papeles en mano, algunos enfrascados en llamadas telefónicas y otros tecleando rápidamente en sus computadoras portátiles mientras tomaban café.
Nos condujo hasta un elegante ascensor de acero inoxidable que nos llevó al piso donde se encontraba la oficina de la madre de Gaby. Al salir, nos encontramos con un amplio pasillo tapizado con cuadros enmarcados de portadas antiguas del periódico, algunas con titulares históricos que narraban momentos cruciales de la ciudad. El sonido de teclados, murmullos de conversaciones y el suave repiqueteo de tacones sobre el suelo flotaban en el aire.
La oficina de la madre de Gaby era espaciosa y luminosa, con grandes ventanales que ofrecían una vista panorámica de la ciudad. Su escritorio de cristal reflejaba la luz natural, y sobre él había una pila de documentos perfectamente organizados, una lámpara minimalista y un elegante set de plumas estilográficas. Las paredes estaban decoradas con estanterías llenas de libros sobre periodismo, comunicación y literatura, además de algunos premios y reconocimientos enmarcados.
La mamá de Gaby, una mujer impresionante de no más de 45 años, tenía el mismo cabello rubio y los ojos verdes que su hija. Al hablar, se notaba la pasión con la que se dedicaba a su trabajo, su voz era firme, pero cálida, transmitiendo una mezcla de autoridad y entusiasmo.
—Les explicaré cuál será su trabajo este mes —dijo, cruzando las manos sobre el escritorio—. Se encargarán de recibir los borradores de las noticias que envíen nuestros reporteros, revisarlas, corregirlas y reescribirlas en una nota completa antes de su publicación impresa. ¿Alguna duda? —arqueó una ceja mientras nos observaba atentamente.
—Parece sencillo —dije con confianza. No le veía mayor complicación, y además, me parecía una tarea interesante.
—Bien, entonces les mostraré sus cubículos —añadió, poniéndose de pie.
Caminamos hasta una sala de redacción llena de escritorios alineados en hileras, cada uno con una computadora, una lámpara de escritorio y montones de papeles esparcidos. El ambiente olía a papel, tinta y café recién hecho. Varias personas estaban sentadas frente a sus pantallas, tipeando frenéticamente mientras el murmullo de conversaciones se mezclaba con el zumbido de impresoras en funcionamiento.
En un rincón de la oficina, había un espacio con cuatro escritorios, aunque solo uno estaba ocupado. Sentada allí, una chica joven de cabello castaño y tez aperlada alzó la vista al vernos entrar y nos dedicó una sonrisa amigable.
—Melany, te presento a mi hija Gabriela y a Emilia —dijo la madre de Gaby—. Ellas estarán apoyándote en la redacción de las noticias.
Melany se puso de pie y nos estrechó la mano con amabilidad.
—Hola, soy Melany. Bienvenidas. Por ahora, no hay mucho que hacer, ya que los nuevos borradores suelen llegar alrededor de las nueve de la mañana, así que aún nos queda media hora. Mientras tanto, acomódense en sus escritorios y les explicaré cómo trabajamos aquí.
Nos asignaron escritorios uno frente al otro, junto al de Melany, y nos sentamos a acomodar nuestras cosas. Entre risas y plática, nos contó que también había egresado de la Facultad de Letras, pero unos años antes que nosotras.
Estaba a punto de contarle a Gaby cómo me había ido en los últimos días cuando llegaron los primeros borradores del día.
Melany los repartió en tres partes, y enseguida encendí mi computadora, sintiendo la emoción de tener mi primera tarea real en la redacción. Lancé una última mirada a Gaby, quien me sonrió con complicidad.
Mi mano comenzó a temblar al ver la nota frente a mí.
“Fallece esposa e hijo de Esteban Cazares, heredero de Industrias Cazares”.
Mi respiración se entrecortó al leer aquellas palabras. El artículo detallaba que Marcela había sufrido una complicación durante el embarazo que le arrebató la vida a ella y a su bebé. Un nudo se formó en mi garganta y, sin poder evitarlo, mi mente voló inmediatamente hacia Esteban. ¿Cómo estaría? ¿Cómo sobrellevaría una pérdida tan devastadora?
Apreté la nota entre mis dedos. Aunque amaba a Álvaro y Marcela había sido una persona terrible conmigo, no podía evitar sentirme estremecida por lo que Esteban estaba atravesando. Nadie merecía un dolor así.
—Emilia, ¿estás bien? —La voz de Gaby me sacó de mi trance.
Negué con la cabeza y le tendí el papel con mano temblorosa. Ella lo tomó y lo leyó con detenimiento. Cuando terminó, alzó la vista con los ojos completamente abiertos, reflejando la misma incredulidad que yo sentía.
Pasé el resto del día con una sensación de opresión en el pecho, como si una espina se me hubiera clavado y se rehusara a salir. No podía quitarme la noticia de la cabeza. A pesar de todas las discusiones y heridas del pasado, jamás habría deseado un final tan trágico para Marcela. Pero lo que más me atormentaba era pensar en Esteban. ¿Cómo estaría enfrentando esto?
Cuando llegué a casa, me sentía agotada y con un fuerte dolor de cabeza. Agradecí que Álvaro aún no hubiera regresado de la empresa. Solo quería acostarme y tratar de ordenar mis pensamientos.
Me recosté en la cama en posición fetal, abrazando una almohada contra mi pecho. Mi mente comenzó a repasar todo lo que había sucedido desde que Esteban y yo nos separamos. La vida nos había puesto en jaque una y otra vez, pero hoy, una vez más, parecía ensañarse con él.
Álvaro Duarte
Los rumores sobre el fallecimiento de la esposa de Esteban se esparcieron rápidamente por el gremio empresarial. Golpeé con fuerza el volante mientras conducía a casa. Emilia no tardaría en enterarse. A mala hora había decidido trabajar en ese periódico, donde la noticia seguramente estaría en todos los titulares.
Ahora Esteban era libre. Y no permitiría que me la quitara.
Apenas crucé la puerta, Pedro me informó que Emilia estaba en su habitación, no en la mía, donde llevábamos durmiendo juntos estos últimos días. Algo dentro de mí se tensó.
¿Ya lo sabía?
Sentí una punzada de cólera y tuve que respirar profundo para no dejarme llevar por los celos. Antes de subir, tomé mi medicamento y, sin más preámbulos, entré en su habitación sin tocar.
Ahí estaba ella, dormida profundamente, con su rostro relajado bajo la tenue luz de la lámpara de noche. Me quedé mirándola unos segundos. Tan hermosa en cualquiera de sus ángulos.
No la perdería. Antes muerto que perderla.
Me deshice de la camisa y el pantalón, quedando solo en bóxer. Me metí en la cama junto a ella, deslizándome con cuidado bajo las sábanas. Acaricié su pierna con suavidad, sintiendo cómo su piel se estremecía bajo mis dedos. No estaba seguro de si estaba completamente despierta, pero al no moverse, continué dejando pequeños besos en su cuello, rodeando su cintura con mi brazo, atrayéndola hacia mí.
Entonces, de repente, su mano detuvo la mía.
—Hoy no, Álvaro… no me siento bien —su voz sonó apagada, débil.
Me tensé. ¿Ya lo sabía? Su rechazo, su tono, todo apuntaba a que sí. Tragué el enojo que amenazaba con brotar y traté de no parecer obvio.
—¿Quieres que llame a un doctor? —pregunté con frialdad.
Negó con la cabeza, y esta vez se giró hacia mí, su mirada reflejando una mezcla de tristeza y agotamiento.
—Estoy bien, amor… —susurró, acariciando mi mentón con la palma de su mano. Sus dedos eran suaves, reconfortantes—. Hoy me enteré que Marcela falleció… y su bebé también.
Su voz se quebró al decirlo.
Me quedé en silencio unos segundos, observándola. Entonces, solté la pregunta que me carcomía por dentro.
—¿Eso cambia en algo lo que sientes por mí?
Sus ojos se abrieron un poco más, sorprendidos. Sabía que estaba celoso. Sabía exactamente qué pasaba por mi cabeza.
—No, claro que no, Álvaro —dijo con seguridad—. Es solo que la noticia me tomó por sorpresa… y no puedo evitar pensar en cómo debe estar sintiéndose Esteban. Seguramente lo está pasando realmente mal.
Chasqueé la lengua con fastidio y aparté la mirada.
—¿Ahora te preocupas por él? —bufé, sin poder evitarlo—. Emilia, no quiero que te acerques a él. Promételo.
Ella permaneció en silencio. Estaba pensando.
Mi pecho se apretó con ansiedad.
—Te lo prometo… —susurró al final.
Pero algo en su expresión me hizo saber que, aunque sus palabras eran para calmarme, su mente aún estaba con la noticia.
Me pongo de pie, me coloco un pantalón de dormir y salgo de la habitación directo a mi despacho.
Mis ojos se posan en la botella de whisky sobre la mesa del bar. Lo pienso por un momento, mi mandíbula se tensa. Hace tiempo que no pruebo una sola gota, pero hoy lo necesito. Lo necesito en demasía.
Sin pensarlo más, tomo un vaso y lo sirvo hasta la mitad. Solo será un poco. Solo un maldito trago.
Llevo el vaso a mis labios y el licor arde en mi garganta. Es un calor momentáneo, una falsa sensación de alivio que desaparece en cuanto escucho una voz detrás de mí.
—Se supone que no debes beber.
Mara.
Su tono es recriminatorio, pero yo solo exhalo con fastidio antes de girarme hacia ella, fulminándola con la mirada.
—Solo es un trago —respondo con desdén, dejándome caer en el asiento de mi escritorio. Dejo el vaso sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.
Mara me observa con atención, como si analizara cada detalle de mi expresión.
—¿Cómo fue tu día hoy? —pregunta con falsa calma, como si intentara suavizar mi evidente mal humor.
—Preferiría estar solo.
Ella no se inmuta ante mi hostilidad. Ni siquiera parpadea.
—Puedes hablar conmigo. Soy tu hermana, Álvaro. Quiero lo mejor para ti.
Su voz es suave, persuasiva, pero en este momento todo me irrita. Aprieto la mandíbula y resoplo con impaciencia.
Pienso en si vale la pena hablar. En si decirlo en voz alta haría que todo esto pese un poco menos en mi pecho.
Al final, la frustración me gana.
—La esposa de Cazares y su hijo fallecieron —suelto, mi voz es áspera, como si las palabras rasparan mi garganta al salir—. Una complicación en el embarazo. Esa fue la maldita noticia del día.
Veo la sombra de la sorpresa cruzar el rostro de Mara.
Me inclino hacia adelante, apoyando los codos en la mesa, mis manos entrelazadas en un intento de contener la rabia que me consume.
—¿Sabes lo que eso significa? —mi voz se vuelve más grave, más intensa—. Que Esteban no tardará en volver a buscar a Emilia. ¡Ella ya está conmigo!
Alzo la voz y golpeo el escritorio con el puño cerrado. El impacto resuena en el despacho, haciendo que Mara dé un respingo.
Pero no dice nada. Solo me mira con preocupación.
—Álvaro… —su tono es más sereno, casi compasivo—. Emilia te ama. Me lo ha dicho. No creo que debas preocuparte por eso.
Me río, pero no es una risa divertida. Es amarga.
—Sí, me lo ha dicho —admito, con los dientes apretados—. Pero en quien no confío es en él. Y eso me pone tenso. No creo que la deje ir tan fácil.
Mis manos se cierran en puños sobre la mesa.
Mara suspira y se inclina un poco hacia mí.
—Entonces será Emilia quien deba ponerle un alto a Esteban en caso de que él la busque de nuevo —dice con firmeza.
Paso una mano por mi cabello, desesperado.
—No soportaría perderla… —murmuro casi en un susurro, desviando la mirada.
Siento la mirada de Mara sobre mí, con una mezcla de comprensión y lástima. No quiero que me vea así. No quiero que nadie me vea así.
Mara parece entenderlo, porque no dice nada más. Se pone de pie y, con un último vistazo cargado de compasión, sale del despacho en silencio.
Y yo me quedo solo. Con mi rabia. Con mi miedo. Con el ardor del whisky quemándome la garganta y el pecho.
Los Cazares son poderosos y a su lado yo apenas soy un cachorro, no tengo poder, ni influencias, apenas puedo mantener a flote una fábrica a punto de la quiebra.
Esteban Cazares
Al día siguiente, bajo un cielo gris y pesado, despedí a Marcela y a mi hijo. El viento frío cortaba mi piel, pero el verdadero dolor ardía dentro de mi pecho, como brasas encendidas.
Las lágrimas rodaban por mis mejillas sin control mientras permanecía inmóvil frente a los féretros. Todo en mi interior se sentía vacío, hueco, como si con su partida hubieran arrancado una parte de mí que jamás podría recuperar.
Me arrodillé junto al ataúd de Marcela, mis dedos temblorosos recorrieron la madera pulida antes de apoyar la frente sobre ella.
—Perdóname —susurré con la voz quebrada—. Perdóname por no haber visto lo que pasaba dentro de ti… por no haber estado cuando más me necesitabas.
Un nudo opresivo me cerró la garganta. Me sentí impotente, miserable. Tal vez si hubiera sido más atento, si hubiera mostrado más cariño, si no la hubiera dejado sola con sus miedos… tal vez ella y mi hijo seguirían aquí.
Mi mirada se deslizó al pequeño féretro junto al de Marcela.
Mi hijo.
Un estremecimiento recorrió mi cuerpo y mi respiración se volvió errática.
—A ti también te fallé —mi voz apenas fue un murmullo entre sollozos—. No pude protegerte… no pude hacer nada por ti.
Me abracé a la fría madera con desesperación, como si aferrarme a ella pudiera traerlos de vuelta. Pero la realidad era implacable. Nada cambiaría lo que había sucedido.
El ruido del mecanismo bajando los ataúdes sacudió mi pecho con brutalidad. Sentí que me arrancaban el alma.
—¡No…! —quise gritar, pero solo un sollozo desgarrado salió de mis labios.
Los ataúdes descendieron lentamente, desapareciendo ante mis ojos.
Entonces sentí unos brazos rodearme.
Me dejé caer contra el pecho de mi madre, sintiendo la calidez de su abrazo en contraste con el frío mortal que me envolvía.
—¿Por qué, mamá? —susurré con un sollozo tembloroso.
Ella acarició mi espalda con ternura, pero su voz también se quebró cuando respondió:
—Sé que ahora duele… pero con el tiempo el dolor aminorará. A veces nos toca vivir situaciones difíciles, hijo… pero necesitamos ser fuertes.
Me aferré a ella, cerrando los ojos, dejando que mi llanto ahogado se perdiera en su hombro.
Pero yo no quería ser fuerte.
Yo solo quería que el tiempo se detuviera en este instante.
Que la vida se retractara y me devolviera lo que me había quitado.
…
Los días se convirtieron en un borrón interminable.
Me encerré en mi habitación. Perdí la cuenta de las horas.
No comía. Apenas dormía. No tenía fuerzas ni para arrastrarme hasta la ducha. El mundo afuera seguía girando, pero el mío se había detenido el día que los enterré.
Mi madre insistía en que saliera, en que intentara hacer algo, cualquier cosa.
—No puedes estar aquí encerrado toda la vida, Esteban.
A veces lloraba al verme así.
A veces gritaba desesperada.
Pero nada me hacía reaccionar.
Mi padre intentó ser más paciente. Me dijo que me tomara todo el tiempo necesario, que regresara a la empresa cuando estuviera listo.
No entendían que yo no estaba seguro de querer regresar a nada.
Una noche, en medio del silencio sofocante de mi habitación, mi madre entró con una mirada decidida.
—A mis veintitrés años, he quedado viudo —dije en voz baja, como si decirlo en voz alta lo hiciera aún más real.
Ella apretó los labios con fuerza.
—Tienes una vida por delante, hijo. Es difícil, lo sé, pero debes seguir adelante. No por ti, sino por ellos.
Negué con la cabeza, sintiéndome incapaz siquiera de imaginar un futuro sin esta pena consumiéndome.
Entonces, su siguiente frase me sacudió por completo:
—Si no puedo hacerte reaccionar, tendré que tomar medidas más drásticas… tal vez Emilia te haga entrar en razón.
Mi corazón se detuvo un segundo.
Mi respiración se cortó.
Levanté la vista de golpe.
—¿Cómo…? —Mis labios apenas pudieron formar la pregunta.
Mi madre me miró con una mezcla de compasión y determinación.
—Siempre hablaste de ella con un brillo en los ojos que jamás vi cuando hablabas de Marcela.
Tragué saliva con dificultad. Su nombre resonó en mi cabeza como un eco distante de una vida que ya no me pertenecía.
Emilia.
Si tan solo ella estuviera aquí…
Pero no lo estaba.
Ella ya estaba con alguien más.
Y yo… yo estaba atrapado en este abismo del que no sabía si alguna vez podría salir.
— ¿Por qué no la buscas? Prefiero que luches por su amor a que te hundas encerrado en esta habitación. ¡Vamos, levántate! — me ordenó, tirando de las sábanas. — ¡Eres un Cazares! Y los Cazares nunca nos rendimos.
Desconocía esta faceta de mi madre; nunca me había hablado de esa manera. La miré, confundido.
— Pero, mamá…
— Pero nada, vamos, que tienes mucho que hacer.
Suspiré. Bajar a comer podría calmarla, pero lo de buscar a Emilia no me convencía del todo. Ya habían pasado meses desde aquella vez que nos hicimos daño. Ella estaba con Álvaro, y no sabía si querría verme o hablar conmigo. “Tal vez ya no debería buscarla”, pensé con tristeza al recordar lo feliz que se veía el día de su graduación.
En ese instante, el ama de llaves de la casa anunció que había una persona que me estaba buscando. Cuando pregunté quién, me respondió: “Damiana Torres”, la madre de Emilia. La curiosidad me invadió; quería saber por qué me buscaba, así que pedí que la hicieran pasar.
