Capítulo 22
Cuando Christian abrió la puerta de la sala privada, sentí de inmediato una media docena de pares de ojos clavándose sobre mí. La conversación que se desarrollaba afuera pareció detenerse por unos segundos y, aunque mi suegra dio un par de pasos hacia mí con evidente preocupación, mi primera reacción fue acercarme al doctor San Román. Necesitaba agradecerle, pero también quería que Christian pudiera ver con sus propios ojos que entre nosotros no había nada extraño.
—Doctor, gracias por todo —dije mientras tomaba una de sus manos entre las mías en señal de agradecimiento.
El doctor asintió y me dedicó una sonrisa discreta.
—Te espero mañana en consulta, Valentina. No faltes, por favor. Me da gusto saber que estás mejor.
Asentí con una pequeña sonrisa de agradecimiento. Sin embargo, cuando nuestras miradas se encontraron, pude notar que Tadeo había entendido perfectamente aquello que yo no podía decir en voz alta. En sus ojos había una preocupación que intentaba disimular delante de los demás, pero también una especie de promesa silenciosa de que mantendría mi secreto hasta que yo estuviera preparada para hablar con Christian.
Mi vista se desvió entonces hacia el doctor Mendiola. En cuanto nuestras miradas se cruzaron, él apartó la suya de inmediato. Aquello confirmó mis sospechas: sabía que yo ya estaba enterada de que había enviado mi expediente al doctor San Román. Me acerqué a él procurando mantener una expresión tranquila, aunque por dentro sentía que todo aquello se volvía cada vez más difícil de sostener.
—Doctor, buen día. Mañana estaré también en su consultorio.
El médico asintió con cierta incomodidad. Pude notar por la mirada nerviosa que me dirigió que, al igual que Tadeo, comprendía perfectamente la situación en la que me encontraba.
—Por supuesto, señora Kuri.
—Valentina, hija, estaba muy preocupada por ti. ¿Qué fue lo que pasó?
La voz de mi suegra interrumpió aquel incómodo momento y tuve que girarme para verla. Junto a ella permanecían algunas de sus amigas, todas observándome con una curiosidad que intentaban disimular detrás de sus expresiones de preocupación. Sentí varias miradas recorriendo mi rostro y mi vestido, como si intentaran encontrar alguna señal que explicara mi desmayo. Respiré profundamente y forcé una sonrisa antes de responder.
—No pasó nada, mamá. Solo me desmayé, muy probablemente porque no desayuné esta mañana. Pensé que el desayuno de este evento sería al principio, pero creo que me equivoqué. Discúlpame, no quería tener que comer dos veces.
Sonreí nuevamente, intentando que mi explicación pareciera convincente.
El rostro de mi suegra cambió por completo. La preocupación que había mostrado unos segundos antes desapareció y fue sustituida por aquella expresión de desaprobación que tantas veces había visto en ella.
—Pero si todos saben que, en los desayunos de beneficencia, el desayuno es lo menos importante y se sirve hasta el final —soltó, casi como si estuviera reprendiendo a una niña por haber cometido una terrible imprudencia.
Sentí que mis mejillas se calentaban mientras algunas de sus amigas intercambiaban miradas y dejaban escapar pequeñas sonrisas que intentaban ocultar detrás de sus copas.
—No volverá a pasar —respondí, bajando ligeramente la mirada.
—Confío en que no.
Mi suegra suspiró y después suavizó un poco su expresión.
—Me alegra saber que estás bien. Ahora ve a casa a descansar. Christian te llevará.
Asentí en silencio. No tenía fuerzas para discutir, mucho menos para explicar que aquello no había sido simplemente consecuencia de haberme saltado el desayuno. Si decía una sola palabra de más, corría el riesgo de que todo lo que había intentado ocultar hasta ese momento saliera a la luz delante de todos.
…
El regreso a casa transcurrió en un silencio prolongado e incómodo. Christian no pronunció una sola palabra durante todo el trayecto, pero podía sentir la tensión que emanaba de él. Sus manos permanecían firmes sobre el volante y su mandíbula se veía tan tensa que comprendí que estaba conteniéndose. Yo tampoco dije nada. Sabía que la verdadera discusión comenzaría en cuanto las puertas de nuestra habitación se cerraran y, como si mis pensamientos hubieran sido una predicción, así fue.
Apenas entramos a la habitación, Christian cerró la puerta detrás de nosotros y se volvió hacia mí.
—Estamos solos. Ya no tienes que fingir más, Valentina. ¿Hiciste todo ese escándalo para vengarte de mí por lo de ayer?
Fruncí el ceño, incapaz de creer lo que estaba escuchando.
—No.
—No me mientas. Dime qué pasa contigo. Desde la noche de nuestro aniversario has estado extraña —me miró de arriba abajo, como si intentara encontrar en mi apariencia alguna respuesta que yo no le estaba dando—. ¿O es porque te hice venir a un evento al que no querías asistir?
Negué lentamente con la cabeza.
—¡Dilo, maldita sea!
El grito de Christian hizo que me sobresaltara. Mi corazón comenzó a latir con fuerza mientras lo miraba, pero él no parecía dispuesto a detenerse.
—Di qué es lo que te está molestando para terminar con este episodio tuyo de una vez y que regreses a ser la esposa de antes.
—La esposa de antes… —repetí casi en un susurro.
Aquellas palabras se quedaron dando vueltas en mi cabeza. La esposa de antes. La mujer silenciosa y sumisa que nunca cuestionaba nada, que esperaba su regreso hasta altas horas de la noche, que sonreía cuando debía hacerlo y aceptaba cada una de sus decisiones sin preguntar. Eso era lo que Christian quería. Quería que volviera a ser aquel adorno inerte que permanecía en casa, una esposa de la que no tenía que preocuparse porque jamás le exigía nada, jamás reclamaba su ausencia y, sobre todo, jamás amenazaba con cambiar el orden de su perfecta vida.
Tragué saliva y respiré profundamente. Por primera vez desde que me había casado con él, sentí que estaba a punto de desafiarlo de verdad. No sabía qué ocurriría después ni cómo reaccionaría cuando escuchara lo que estaba a punto de decirle, pero había llegado a un punto en el que continuar guardando silencio me dolía mucho más que enfrentar sus palabras.
—No es nada de eso —respondí, procurando que mi voz no temblara—. Es solo que me he dado cuenta de mi situación.
Christian me miró con extrañeza, como si aquella respuesta no tuviera ningún sentido para él.
—¿Tu situación? ¿Qué situación?
Lo observé durante unos segundos. Frente a mí estaba el hombre con quien había compartido los últimos dos años de mi vida y, al mismo tiempo, el hombre al que sentía más lejano que nunca. Había tantas cosas que decirle que no sabía por dónde comenzar, pero finalmente comprendí que ya no necesitaba explicarlo todo. No necesitaba justificar cada una de mis heridas para tener derecho a querer una vida diferente.
—Ahora me doy cuenta de que tú y yo nunca seremos compatibles. Yo me casé contigo sabiendo que nuestro matrimonio era un acuerdo, pero siempre mantuve la esperanza de que, con el tiempo y la convivencia, tú y yo podríamos convertirnos en un verdadero matrimonio. Pensé que algún día llegaríamos a querernos, a conocernos de verdad, a compartir una vida que fuera algo más que una obligación para los dos.
Christian permaneció inmóvil, observándome con una expresión que no conseguía descifrar.
—Pero hay cosas que ni siquiera sabía… —continué, sintiendo un nudo en la garganta—. Como lo de mi madre y tu padre. Lo de Briana… Ahora entiendo por qué pasas tanto tiempo con ella y por qué es tan importante para ti. No te culpo, Christian. Tal vez ustedes tienen una historia que yo nunca podré entender y quizá tú siempre debiste estar con alguien como ella.
Negué suavemente con la cabeza mientras sentía que mis ojos comenzaban a arder.
—Yo solo quiero ser feliz. Y aunque durante mucho tiempo dudé de que tú realmente quisieras lo mismo, también deseo que seas feliz. No quiero seguir viviendo en una casa donde me siento como una extraña. No quiero continuar esperando algo que probablemente nunca sucederá.
Respiré profundamente. Había llegado el momento.
—Por eso quiero el divorcio.
Las palabras quedaron suspendidas entre nosotros.
Por primera vez desde que Christian había entrado en aquella habitación, no parecía tener una respuesta preparada. Solo me miraba, en absoluto silencio, como si acabara de decirle algo que jamás había imaginado escuchar de mis labios.
