Capítulo 32
Antes de dirigirme a casa pasé por el supermercado. Necesitaba comprar algunos alimentos que pudiera consumir durante el tratamiento y, con la lista que me había dado el doctor Mendiola en el bolso, recorrí los pasillos revisando etiquetas y descartando productos que tenían demasiado sodio.
Para alguien que había estudiado gastronomía, resultaba extraño mirar los alimentos desde aquella perspectiva. Ya no pensaba únicamente en sabores o ingredientes; ahora tenía que pensar en lo que mis riñones podían soportar.
Mientras colocaba algunas verduras en el carrito, volví a pensar en Christian.
Tenía que encontrar la manera de convencerlo de aceptar el divorcio. Ahora que el panorama estaba un poco más claro, estaba segura de que era la mejor opción. Yo podría concentrarme en mi tratamiento y él tendría la libertad de rehacer su vida junto a la mujer que realmente amaba.
No sabía todavía cómo conseguirlo, pero encontraría la manera.
Cuando llegué a la mansión, llevaba las bolsas de compras en ambas manos y una extraña sensación en el pecho. Hacía mucho que no compraba ingredientes pensando en preparar mi propia comida. La idea de volver a entrar a la cocina despertaba recuerdos que prefería mantener guardados.
—Señora Valentina.
La voz de Martha me hizo levantar la mirada.
—¿Sí?
—La señora Lucrecia está en la sala. Lleva un rato esperándola.
Mi entusiasmo desapareció de inmediato.
—¿Mi suegra?
Martha asintió.
Miré hacia el pasillo que conducía a las habitaciones. Durante un instante pensé en subir y decir que me sentía mal, pero aquella no era una solución. Tarde o temprano tendría que enfrentarla.
—Está bien. Voy con ella.
Dejé las bolsas en la cocina y me dirigí a la sala.
Lucrecia estaba sentada en uno de los sillones, con una taza de té entre las manos. Llevaba un elegante conjunto color marfil compuesto por pantalón de pierna recta y saco entallado, debajo del cual destacaba una blusa de seda color champagne. Un delicado collar dorado descansaba sobre su cuello y sus pendientes brillaban discretamente bajo la luz de la sala. Incluso en una visita inesperada lucía impecable.
Tenía las piernas cruzadas y una expresión tranquila, como si llevara toda la tarde en su propia casa.
Al verme, dejó la taza sobre el platillo.
—Valentina.
—Buenas tardes, mamá.
—Pensé que tardarías más.
Me detuve frente a ella.
—No sabía que me estabas esperando.
—Necesitaba hablar contigo.
Aquellas palabras hicieron que mi atención se centrara por completo en ella.
Lucrecia señaló el sillón que tenía enfrente.
—Siéntate.
Lo hice.
Ella tomó nuevamente su taza, dio un pequeño sorbo y después me observó por encima del borde de porcelana.
—Quiero que me digas qué está pasando entre Christian y tú.
Tragué saliva. No sabía exactamente qué responderle porque tampoco sabía qué parte de nuestra conversación le había contado Christian. Había supuesto que el divorcio sería un asunto entre nosotros dos, algo que podríamos resolver sin involucrar al resto de la familia, pero al parecer él había considerado necesario acudir a su madre.
Y eso no me tranquilizaba.
Lucrecia era una mujer persuasiva y estaba acostumbrada a conseguir lo que quería. Durante los dos años que llevaba casada con Christian había aprendido que rara vez aceptaba un no como respuesta, mucho menos cuando se trataba de algo que podía afectar a su familia.
—¿Qué pasa entre Christian y yo? —repetí con cautela.
Mi suegra tomó mis manos entre las suyas. El gesto parecía cariñoso, casi maternal, pero la forma en que clavó sus ojos en mí me hizo sentir como si estuviera siendo interrogada.
—Valentina, te voy a confesar un secreto.
Suspiró, soltó mis manos y volvió a acomodarse en el sillón. Después cruzó las piernas con tranquilidad y tomó la taza de té, aunque esta vez no bebió de ella.
Esperé.
—Cuando Christian era niño, yo aprendí a reconocer cuándo estaba preocupado aunque intentara ocultarlo.
La miré en silencio.
—Mi hijo puede ser muy reservado. No suele hablar de sus problemas y mucho menos admitir cuando algo se le sale de las manos. Sin embargo, ayer estuvo diferente.
Mis dedos se tensaron ligeramente sobre mi falda.
—¿Qué dijo?
Lucrecia dejó la taza sobre el platillo.
—Que quieres divorciarte.
No pude evitar bajar la mirada.
Así que era cierto.
Christian se lo había contado.
—Sí.
—¿Por qué?
La pregunta salió acompañada de una expresión genuinamente confundida.
—Porque nuestro matrimonio ya no funciona.
—Eso es lo que él me dijo que piensas.
Levanté la mirada.
—¿Y tú qué piensas?
Una sonrisa tenue apareció en sus labios.
—Creo que estás cometiendo un error.
No me sorprendió.
—Mamá…
—Déjame terminar, Valentina.
Su tono siguió siendo tranquilo, pero aquella amabilidad tenía un límite muy claro.
—Sé que Christian puede ser complicado. Sé que puede concentrarse demasiado en el trabajo y que a veces olvida que las personas a su alrededor necesitan algo más que seguridad económica. También sé que después de todo lo que ocurrió con Marcelo y con su padre, asumió responsabilidades que nunca estuvo preparado para cargar.
Hizo una pausa.
—Pero también sé quién es mi hijo.
—Yo también lo sé —respondí.
—Entonces sabes que no es un hombre que abandone lo que considera su responsabilidad.
Aquella palabra me molestó.
Responsabilidad.
Eso era precisamente lo que yo había sentido durante dos años.
Nunca había sabido si Christian me veía como su esposa o como otra de las obligaciones que había heredado.
—No quiero que Christian se quede conmigo solo por responsabilidad.
Lucrecia me observó con atención.
—¿Y por qué estás tan segura de que eso es lo que siente?
No respondí inmediatamente.
Porque había demasiadas respuestas.
Las tardes con Briana.
Las visitas constantes.
La manera en que se preocupaba por ella y por Santi.
La forma en que podía sonreír cuando estaba con ellos y la facilidad con la que esa sonrisa desaparecía cuando entraba en nuestra casa.
Pero no quería volver a explicar todo aquello.
—Porque durante dos años he sentido que vivo con un hombre que está en todas partes menos conmigo.
Lucrecia guardó silencio.
Por primera vez desde que había comenzado aquella conversación, pareció no tener una respuesta inmediata.
—Valentina —dijo finalmente—, hay cosas que quizá no conoces de Christian.
—Probablemente.
—Y también hay cosas que tú no has intentado comprender.
La miré fijamente.
—¿Qué quieres decir?
Lucrecia se inclinó ligeramente hacia mí.
—Quiero decir que un matrimonio no se abandona cada vez que las cosas dejan de ser como uno espera.
Sentí un nudo en el estómago.
—Yo no estoy abandonando mi matrimonio porque las cosas no salieron como esperaba.
—Entonces explícame por qué.
Esta vez fui yo quien guardó silencio.
Porque no podía decirle toda la verdad.
No podía contarle que estaba enferma.
No podía explicarle que cada día que pasaba estaba más convencida de que necesitaba alejarme de aquella familia antes de que mi enfermedad terminara convirtiéndome en una prisionera dentro de aquella casa.
Lucrecia entrecerró ligeramente los ojos.
Había notado mi silencio.
—¿Hay alguien más?
La pregunta me tomó desprevenida.
—No.
—¿Estás segura?
—Completamente.
—Entonces no entiendo, si no hay otro hombre.
Me acomodé en el sillón y sostuve su mirada.
—Solo quiero terminar un matrimonio en el que ninguno de los dos ha conseguido encontrar lo que esperaba.
Lucrecia negó lentamente con la cabeza.
—Tal vez todavía no lo han encontrado porque ninguno de los dos ha dejado que el otro se acerque lo suficiente.
