Capítulo 46
Permanecí en silencio durante unos segundos después de escucharla. Había muchas cosas que quería decirle, pero al mismo tiempo sabía que no podía involucrarme demasiado en los problemas de su matrimonio. Christian era mi amigo y Valentina era su esposa, pero mientras la observaba sentada en aquella cama, con el rostro todavía pálido y los ojos cansados después de haber llorado, me resultaba cada vez más difícil limitar mi preocupación a la de un médico.
—Tadeo…
Levanté la mirada hacia ella.
—¿Por qué haces todo esto por mí?
Su pregunta me tomó por sorpresa. Fruncí ligeramente el ceño sin saber exactamente a qué se refería.
—¿A qué te refieres?
—A guardar mi secreto, a ayudarme, a cubrirme frente a Christian… —hizo una pequeña pausa—. Sabes perfectamente que podrías meterte en problemas con mi esposo por hacer todo esto.
Bajé la mirada durante unos segundos. Tenía razón. Sabía perfectamente que estaba arriesgándome al guardar información que Christian tenía derecho a conocer, pero también sabía que si Valentina continuaba sometiéndose a aquella cantidad de estrés, su recuperación podía complicarse todavía más. No estaba intentando desafiar a mi amigo ni mucho menos ocultarle información por algún interés personal. Simplemente había visto a Valentina llegar hasta mi oficina prácticamente sin fuerzas y no podía ignorar lo que estaba sucediendo.
—Porque si continúas sometiéndote a todo este estrés, el tratamiento puede no funcionar como esperamos —respondí finalmente—. No estoy haciendo esto para ocultarle algo a Christian porque sí, Valentina. Estoy intentando que tengas una oportunidad real de recuperarte. Tú misma me dijiste que no quieres llegar a la diálisis ni a un trasplante y, si quieres evitar llegar a ese punto, tienes que cuidar mucho más que tu alimentación y tus medicamentos. También necesitas cuidar tu mente. No puedes pasar todos los días preocupada, discutiendo o pensando en cómo escapar de tu familia mientras tu cuerpo intenta luchar contra una enfermedad.
Valentina bajó la mirada y permaneció callada.
—Lo sé.
—Entonces necesitas encontrar algo que disfrutes —continué—. Algo que te haga olvidar aunque sea unas horas todo lo que está pasando en tu casa. No tiene que ser nada complicado. Cocina si eso te hace feliz, lee, sal a caminar, visita algún lugar que te guste, haz cualquier cosa que consiga que durante un rato dejes de pensar en Christian, en Briana, en Lucrecia o en el divorcio. Necesitas tener momentos que sean solamente tuyos.
Ella levantó la mirada y una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—¿Me estás dando permiso para divertirme?
No pude evitar sonreír.
—Te estoy dando una orden médica.
Por primera vez desde que había despertado, la vi sonreír de verdad. Fue apenas unos segundos, pero resultó suficiente para que algo dentro de mí se relajara. Su rostro cambiaba por completo cuando sonreía; parecía olvidarse por un instante de todo aquello que llevaba encima y, sin saber por qué, me quedé observándola un poco más de lo necesario. Aparté la mirada antes de que pudiera pensar demasiado en ello y continué hablando.
—También podrías salir con algunas amigas. Necesitas distraerte y estar rodeada de personas que te hagan sentir bien.
La sonrisa desapareció lentamente de su rostro.
—No tengo amigas.
—¿Por qué?
—Desde que me casé dejé de lado a muchas personas. Lucrecia pensaba que no estaban a la altura de una señora Kuri y sus amigas, bueno, no son el tipo de conversaciones que me interesen tener, son muy superficiales.
Sentí que la mandíbula se me tensaba. Había escuchado muchas cosas sobre Lucrecia a lo largo de los años, pero nunca había imaginado que hubiera llegado al punto de apartar a Valentina de sus amistades.
—¿Y tú aceptaste eso?
Valentina se encogió ligeramente de hombros.
—Al principio pensé que era parte de mi nueva vida. Después simplemente me acostumbré.
Aquella respuesta me dejó incómodo. No entendía cómo alguien podía acostumbrarse a vivir cada vez más aislado de las personas que quería, pero quizá eso era precisamente lo que había ocurrido con Valentina. Poco a poco había dejado de tener amigos, había perdido a sus padres y no tenía hermanos. Su mundo se había reducido a una familia que ahora parecía ser una de las principales razones por las que se sentía atrapada.
—¿Y tu familia? —pregunté.
Valentina negó lentamente con la cabeza.
—No tengo.
La sencillez con la que lo dijo me hizo guardar silencio.
—Mis padres murieron hace mucho tiempo. Tampoco tengo hermanos. Solo tengo dos tíos, pero casi nunca hablo con ellos.
—¿Por qué?
—Porque adoran a Christian. Para ellos es el hombre perfecto, el gran empresario, el esposo que cualquier mujer quisiera tener. Si les contara lo que está pasando, jamás me creerían. Y tampoco quiero ponerlos en contra de él.
La observé sin saber qué decir. Hasta ese momento había visto a Valentina como la esposa de Christian, una mujer perteneciente a una de las familias más poderosas del país, alguien que tenía acceso a todo lo que necesitara. Nunca me había detenido a pensar que, detrás de aquella vida llena de lujos, podía existir una mujer completamente sola.
Y ahora que lo sabía, no podía dejar de pensar en ello.
—Entonces estás sola —murmuré.
Valentina asintió.
—Sí.
Una sola palabra, pero consiguió provocarme una sensación de impotencia que no esperaba. No me gustaba escucharla decir que no tenía a nadie.
