✦ UNA HISTORIA DE NANCY RDZ ✦

Capítulo 48

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◷ Tiempo estimado de lectura: 7 minutos
✦ Publicado el 14 de octubre de 2026
♡

Ponte cómoda y disfruta de la historia.

✦Valentina Montesinos✦

El doctor Mendiola permaneció en silencio durante unos segundos antes de comenzar a hablar. Yo seguía observándolo, esperando que me dijera que todo estaba bien, que quizá el desmayo había sido provocado por el cansancio o por no haber comido lo suficiente. Cualquier explicación parecía mejor que la expresión que tenía frente a mí. Sin embargo, cuando finalmente levantó la mirada, supe que no iba a escuchar lo que quería.

—Valentina, los resultados no son los que esperábamos.

Sentí que el corazón me daba un vuelco.

—¿Qué quiere decir?

El doctor Mendiola acomodó los documentos sobre sus piernas antes de responder.

—A pesar de que has estado tomando el tratamiento y has seguido varias de las indicaciones que te dimos, los análisis muestran que la actividad de tu enfermedad continúa. Hay parámetros que nos indican que tus riñones siguen bajo inflamación y que la función renal no está respondiendo como nos gustaría.

Me quedé mirándolo sin saber qué decir.

—Pero estoy tomando los medicamentos.

—Lo sé.

—No he dejado ninguno.

—También lo sé, y eso es importante. No estoy diciendo que hayas hecho algo mal.

Aquellas palabras no consiguieron tranquilizarme.

—Entonces, ¿por qué estoy peor?

El doctor Mendiola suspiró antes de explicarlo.

—La nefritis lúpica puede comportarse de manera impredecible. El tratamiento busca disminuir la inflamación que está dañando los riñones y evitar que el daño avance, pero no todos los pacientes responden de la misma manera ni lo hacen de inmediato. En tu caso, necesitamos controlar nuevamente la actividad de la enfermedad y vigilar muy de cerca cómo está funcionando tu riñón.

Sentí un vacío en el estómago.

—¿Eso significa que el tratamiento no está funcionando?

—Significa que, por ahora, no está consiguiendo el control que esperábamos. Todavía no quiero decirte que ha fracasado, pero sí necesitamos actuar antes de que el daño sea mayor.

Bajé la mirada hacia mis manos.

Había hecho todo lo que me habían pedido.

Había cambiado mi alimentación, había dejado de comer muchas cosas que disfrutaba, estaba tomando mis medicamentos a la hora indicada y había intentado cuidar mi cuerpo.

Entonces, ¿por qué seguía sintiéndome peor?

—¿El desmayo fue por eso?

—Puede estar relacionado, pero no puedo atribuirlo únicamente a la nefritis sin estudiar otras posibles causas. El dolor que presentaste, el desmayo y el resto de tus síntomas nos obligan a vigilarte con más atención. También necesitamos controlar tu presión arterial, tus niveles de electrolitos, tu función renal y otros parámetros que pueden alterarse cuando los riñones comienzan a perder capacidad para hacer su trabajo.

Tragué saliva.

—¿Y qué va a pasar ahora?

El doctor Mendiola se quedó mirándome unos segundos.

—Vamos a seguir vigilando tu respuesta al tratamiento y probablemente tendremos que ajustar algunas cosas. Pero hay algo que quiero que entiendas, Valentina.

Su tono cambió.

—Necesitas descansar.

Fruncí el ceño.

—Estoy descansando.

—No lo suficiente.

No supe qué responder.

—Tus niveles de estrés están muy altos. El estrés por sí solo no es la causa de la nefritis lúpica, pero puede favorecer la actividad del lupus y hacer más difícil que consigamos controlar la enfermedad. Si continúas sometida a una situación emocional tan intensa, tu cuerpo va a tener más dificultades para recuperarse.

Sentí que mis ojos comenzaban a llenarse de lágrimas.

—No sé cómo dejar de estar estresada.

Era la verdad.

No sabía cómo hacerlo.

Mi problema no era que estuviera eligiendo preocuparme.

Mi problema era que mi vida entera parecía estar construida alrededor de cosas que no podía controlar.

—Necesitas dormir bien, descansar y reducir todo aquello que pueda llevarte al límite —continuó el doctor—. No quiero que pases las noches despierta pensando en tus problemas. Tampoco quiero que te exijas físicamente ni que ignores síntomas como el dolor, la hinchazón o los mareos. Si tu cuerpo te está diciendo que necesita detenerse, tienes que escucharlo.

Una lágrima cayó sobre mi mano.

—¿Y si no mejora?

El doctor Mendiola no respondió inmediatamente.

Ese silencio me dio más miedo que cualquier palabra.

—Si no conseguimos controlar la enfermedad y la función de tus riñones continúa deteriorándose, tendremos que considerar otras opciones. No quiero adelantarnos a ese escenario, pero necesito que conozcas la realidad.

Levanté lentamente la mirada.

—¿La diálisis?

El doctor Mendiola asintió.

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

—Sí.

La palabra resonó dentro de mi cabeza.

Diálisis.

Aquello que había intentado no pensar desde que escuché mi diagnóstico.

—Pero todavía no estoy ahí —dije, más para convencerme a mí misma que para preguntarle.

—No. Todavía no.

Su respuesta me dio un poco de alivio.

—Pero tampoco quiero que esperemos hasta que estés en una situación crítica para actuar. Si la función renal cae demasiado y tus riñones dejan de poder eliminar adecuadamente los desechos y el exceso de líquidos de tu organismo, necesitaremos reemplazar parte de esa función mediante diálisis. Y si a pesar del tratamiento la enfermedad continúa avanzando hasta producir una insuficiencia renal avanzada, entonces también tendríamos que hablar de un trasplante.

Apreté las manos sobre la sábana.

No quería escuchar más.

No quería imaginarme conectada a una máquina.

No quería pensar en hospitales, agujas, tratamientos interminables ni en depender de alguien para poder seguir viviendo.

Yo solo quería recuperar mi vida.

Quería volver a cocinar sin pensar en si aquello podía hacerme daño.

Quería despertar una mañana sin sentir miedo.

Quería tener una casa que sintiera como mi hogar.

Quería ser libre.

—No quiero diálisis —susurré.

El doctor Mendiola me observó con seriedad.

—Y por eso estamos intentando evitar llegar a ese punto.

—Pero me estoy esforzando.

Mi voz se quebró.

—Estoy haciendo todo lo que me dijeron.

—Lo sé, Valentina.

—Entonces, ¿qué más puedo hacer?

El doctor Mendiola guardó silencio unos segundos.

—No puedes controlar todo. Y tienes que entenderlo. Hay cosas de esta enfermedad que no dependen de ti. Pero sí puedes ayudarnos a controlarla tomando tus medicamentos, asistiendo a tus consultas, cuidando tu alimentación, descansando y evitando todo aquello que pueda aumentar la actividad de la enfermedad.

Me limpié las lágrimas.

—¿Cuánto tiempo tengo?

El doctor Mendiola frunció ligeramente el ceño.

—No quiero que pienses de esa manera.

—Necesito saberlo.

—No existe una cantidad de tiempo que pueda darte. Cada paciente responde de manera diferente y todavía tenemos opciones antes de hablar de insuficiencia renal avanzada. Lo importante es que no ignores lo que está pasando y que sigamos actuando ahora.

Bajé la mirada.

Todavía tenía opciones.

Eso debería haberme tranquilizado.

Pero la posibilidad de perder mis riñones ya no era una amenaza lejana que pertenecía a algún futuro que quizá nunca llegaría.

Ahora tenía un lugar dentro de mi vida.

Y eso me aterraba.

No quería que mi historia terminara antes de haber tenido la oportunidad de vivirla como yo quería.

Me llevé una mano al rostro y dejé escapar un sollozo.

—Tengo miedo, doctor.

El doctor Mendiola suavizó la expresión.

—Lo sé.

—No quiero morir.

Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.

El doctor Mendiola se inclinó ligeramente hacia mí.

—Y nadie está diciendo que vayas a morir, Valentina. Estamos hablando de una enfermedad seria, sí, pero todavía estamos a tiempo de intervenir. Lo que necesito de ti ahora es que dejes de pensar que tienes que solucionar tu vida entera al mismo tiempo.

Lo miré entre lágrimas.

—¿Entonces qué hago?

—Por ahora, descansa. Déjanos hacer nuestro trabajo y tú haz el tuyo: cuida de ti.

Asentí lentamente.

Pero mientras él hablaba, una idea se repetía dentro de mi cabeza.

Tenía que salir de aquella familia.

Tenía que alejarme de todo aquello que estaba destruyéndome.

Porque quizá el doctor Mendiola tenía razón.

Si continuaba viviendo de aquella manera, podía terminar perdiendo mucho más que mi matrimonio.

Podía perder mi salud.

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