Capítulo 5
Después de salir del Hospital San Román, lo único que deseaba era llegar a casa, encerrarme en mi habitación y pensar. Necesitaba estar sola, lejos de médicos, diagnósticos y palabras que todavía no conseguía asimilar. Lupus. Esa palabra parecía perseguirme desde que había abandonado el consultorio del doctor Mendiola. La llevaba en la cabeza mientras conducía de regreso a la mansión y, por más que intentaba pensar en otra cosa, siempre terminaba regresando a la misma pregunta: ¿cómo iba a decírselo a Christian? No sabía cómo abordar el tema, ni siquiera sabía si debía hacerlo. El doctor había insistido en que debía estar acompañada en mi próxima consulta, pero yo no conseguía imaginarme sentada frente a él diciéndole que estaba enferma, mucho menos explicándole que mis riñones ya presentaban un deterioro importante y que, si el tratamiento no funcionaba, podía terminar necesitando diálisis o incluso un trasplante. Durante el camino había intentado convencerme de que debía contarle la verdad, porque era mi esposo y tenía derecho a saberlo, pero otra parte de mí seguía aferrándose a la idea de que quizá podía manejarlo sola. Tal vez, si el tratamiento funcionaba, nadie tendría que enterarse. Tal vez podía seguir siendo la mujer saludable y perfecta que todos esperaban que fuera.
Apenas crucé las puertas de la mansión, dejé mi bolso sobre una pequeña mesa del recibidor y me dispuse a subir directamente a nuestra habitación. No quería hablar con nadie. Ni siquiera quería pensar. Solo necesitaba acostarme, cerrar los ojos y fingir durante unas horas que mi vida seguía siendo la misma que había sido la mañana anterior. Pero apenas avancé unos pasos, escuché algo que me hizo detenerme. Eran risas. Risas que provenían del salón principal. Me quedé inmóvil durante unos segundos, intentando reconocer aquellas voces. Una de ellas era inconfundible. La voz de Santi. Sonreí por instinto al reconocerlo, pero aquella sonrisa desapareció lentamente cuando escuché una segunda voz. Christian. Hacía tanto tiempo que no escuchaba a mi esposo reír de aquella manera que durante un instante pensé que quizá había imaginado el sonido. Di un paso hacia el salón y después otro, mucho más despacio, mientras una extraña curiosidad se apoderaba de mí. Mis pasos se volvieron silenciosos casi por instinto y, cuando llegué al marco de la puerta, me detuve antes de entrar.
La escena frente a mí me dejó sin respiración.
Christian estaba sentado en el suelo junto a Santi y Briana. Habían formado un pequeño círculo alrededor de los juguetes del niño y parecían estar jugando con ellos como si no existiera nada más importante en el mundo. Pero no fue Santi quien consiguió llamar mi atención. Fue Christian. Mi esposo tenía una sonrisa en el rostro. Una sonrisa sincera. No aquella pequeña mueca educada que utilizaba durante las reuniones familiares ni aquella expresión indiferente que tantas veces había visto durante nuestros desayunos. Era una sonrisa amplia, relajada, completamente diferente al hombre que yo conocía dentro de nuestra habitación. Sus ojos parecían iluminarse mientras escuchaba algo que Santi decía y, por un momento, lo vi como siempre había soñado verlo. Como un esposo. Como un padre. Como el hombre con quien algún día imaginé tener una familia. Sentí que mi pecho se comprimía de inmediato y tuve que tragar saliva para contener el dolor que comenzaba a crecer dentro de mí. Aquella escena era exactamente la que había imaginado tantas veces durante los primeros meses de nuestro matrimonio. Christian sentado en el suelo junto a nuestros hijos, riendo mientras yo los observaba desde algún rincón de la habitación. Había imaginado una casa llena de voces, juguetes, fotografías y momentos que algún día recordaríamos con cariño. Pero aquella familia que tantas veces había soñado no existía. Y, de alguna manera cruel, parecía estar sucediendo frente a mis ojos, solo que yo no formaba parte de ella.
Briana estaba sentada junto a él y sonreía mientras Santi intentaba explicarle alguna de las reglas de su juego. En un momento, ella se inclinó ligeramente hacia Christian y apoyó una mano sobre su hombro. El gesto fue pequeño, casi insignificante, pero para mí se sintió como si alguien hubiera hundido algo afilado directamente en mi pecho. Sus dedos permanecieron allí durante unos segundos, acariciando ligeramente la tela de su camisa, y Christian ni siquiera pareció incómodo con aquella cercanía. Al contrario, giró el rostro hacia ella y le dedicó otra de esas sonrisas que yo llevaba dos años esperando recibir. Bajé la mirada por un instante, intentando controlar la humedad que comenzaba a acumularse en mis ojos, pero volví a mirarlos casi de inmediato. No podía apartar la vista. Era como observar algo que me dolía y, aun así, no podía dejar de hacerlo.
Tragué saliva con amargura y apoyé discretamente una mano contra la pared para sostenerme. Todavía llevaba conmigo las palabras del doctor, todavía tenía en la cabeza la posibilidad de un tratamiento que podía no funcionar y la imagen de una máquina de diálisis que no conseguía sacar de mis pensamientos. Había salido del hospital preguntándome cómo iba a enfrentar aquello sola, cómo iba a explicarle a Christian que quizá algún día necesitaría que alguien me ayudara a sobrevivir. Y ahora, al verlo sentado junto a Briana y Santi, riendo como si aquella fuera la familia que siempre había querido, una idea dolorosa se abrió paso dentro de mí.
Quizá aquella era la familia que Christian merecía.
Una familia normal.
Una esposa saludable.
Una mujer que pudiera darle hijos y acompañarlo sin convertirse en una preocupación constante.
Bajé la mirada hacia mis manos, recordando el diagnóstico que todavía parecía imposible de aceptar, y sentí que mis ojos comenzaban a arder.
Quizá por eso no podía decírselo.
Quizá, después de todo, Christian no necesitaba saber que su esposa estaba enferma.
