✦ UNA HISTORIA DE NANCY RDZ ✦

Capítulo 52

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◷ Tiempo estimado de lectura: 8 minutos
✦ Publicado el 20 de octubre de 2026
♡

Ponte cómoda y disfruta de la historia.

✦Valentina Montesinos✦

—¡Pero qué haces…! —La voz de Christian resonó en el baño, cargada de una alarma que jamás le había escuchado.

Era la primera vez que lo oía tan preocupado, con aquella aspereza en la voz que parecía delatar un miedo que no sabía disimular. Antes de que pudiera responder, presionó el botón para vaciar la bañera y tomó una toalla del estante. Después me envolvió con ella y me alzó en sus brazos, sacándome del agua sin darme oportunidad de protestar.

Guardé silencio. No necesitaba que me explicara qué estaba pensando; podía verlo en su rostro. Christian creía que había intentado atentar contra mi propia vida y, aunque no era eso lo que había sucedido, tampoco tenía fuerzas para aclarárselo. Si decía algo en aquel momento, solo conseguiría reavivar las llamas de la discusión que habíamos tenido hacía un rato, y estaba demasiado agotada para enfrentar otra pelea con él.

Me limité a esconder la mano en la que me habían colocado el catéter del suero en la clínica, enrollándola discretamente entre los pliegues de la toalla. No quería que la viera ni que comenzara a hacer preguntas para las que no tenía ánimo de responder. Por ahora, necesitaba silencio, aunque fuera incómodo, aunque tuviera que soportar aquella mirada suya que parecía exigir explicaciones que ninguno de los dos estaba preparado para dar.

Christian me llevó hasta la cama y me depositó sobre el colchón con un cuidado que contrastaba con la tensión de su rostro. Luego tomó otra toalla y comenzó a secarme, recorriendo con ella mis brazos, mis piernas y cada centímetro de mi piel mojada. Yo permanecí quieta, observándolo en silencio, tratando de comprender qué pasaba por su cabeza. Estaba enfadado. Lo veía en la línea rígida de su mandíbula y en la manera en que mantenía los labios apretados, pero no decía nada. Su silencio me inquietaba casi tanto como su preocupación, porque nunca sabía qué esperar de Christian cuando se comportaba de aquella manera.

Después de terminar, se dirigió al clóset y regresó con un camisón de seda. Me lo tendió sin mirarme demasiado, y yo lo tomé para ponérmelo a toda prisa, incómoda por la situación. Christian me había visto desnuda en otras ocasiones, pero aquello nunca había dejado de resultarme extraño. Éramos esposos, sí, pero entre nosotros no existía una verdadera intimidad, esa cercanía que permitía a dos personas sentirse cómodas incluso en los momentos más vulnerables. Cada vez que él se acercaba demasiado, yo volvía a sentirme como una recién casada que no sabía qué esperar de su marido.

Apenas terminé de vestirme, Christian volvió a inclinarse y me alzó en sus brazos.

—Christian, yo no… —me apresuré a decir, removiéndome ligeramente.

Él me sujetó con mayor firmeza, aunque tuvo cuidado de no lastimarme.

—¿Adónde me llevas? —pregunté, desconcertada por su silencio.

No me miró. Su expresión seguía siendo severa, y cuando respondió, lo hizo con una voz grave que no admitía demasiadas preguntas.

—A la habitación. A nuestra habitación. Hoy dormirás en nuestra cama, como debe ser, como lo que somos: esposos.

Me quedé sin aliento.

Mi cuerpo se tensó de inmediato y, durante unos segundos, fui incapaz de encontrar una respuesta. ¿Nuestra habitación? ¿Nuestra cama? Hacía tanto tiempo que no dormíamos juntos que aquellas palabras me parecieron una orden imposible de comprender. No sabía qué había provocado aquel cambio repentino, ni por qué, después de todo lo que habíamos discutido, Christian había decidido que aquella noche debíamos compartir la cama.

Lo único que pude pensar fue que, quizá, esperaba algo más de mí.

La idea me puso nerviosa. Yo misma le había pedido el divorcio; había sido clara al decirle que no quería seguir viviendo atrapada en un matrimonio que solo existía sobre el papel. ¿Cómo podía acostarme a su lado como si nada hubiera ocurrido? ¿Cómo podía fingir que seguíamos siendo una pareja cuando llevaba tanto tiempo sintiéndome como una extraña en su vida?

Christian entró en la habitación y se acercó a la cama. Apoyó una rodilla sobre el colchón para recostarme con cuidado, y yo seguía tan perdida en mis pensamientos que apenas advertí el momento en que me dejó sobre las sábanas. Mi corazón latía cada vez más rápido. No sabía cómo actuar, qué decir ni cómo explicarle que no estaba preparada para aquella cercanía que él parecía dar por sentada.

Tragué saliva y reuní valor para incorporarme. Necesitaba levantarme, buscar una excusa, cualquier cosa que me permitiera escapar de aquella situación antes de que se volviera todavía más incómoda.

Pero Christian fue más rápido.

Se acomodó a mi lado y, antes de que pudiera apartarme, pasó un brazo alrededor de mi cintura, atrayéndome hacia él hasta que mi espalda quedó pegada a su pecho. Su abrazo era firme, casi envolvente, como si hubiera decidido que no pensaba permitirme escapar de aquella cama.

—Ya basta, Valentina. No te resistas —susurró junto a mi oído.

Su voz era gélida, aunque tenía un matiz ronco que me hizo estremecer de pies a cabeza. Sentí su respiración cerca de mi cuello y cerré los ojos por un instante, intentando controlar el desconcierto que me recorría el cuerpo.

—Christian, esto no puede ser… —murmuré, moviéndome apenas para encontrar un poco de espacio entre nosotros.

Él aflojó ligeramente el brazo, pero no me soltó. Después tomó mi barbilla y giró mi rostro hacia él, obligándome a encontrarme con sus ojos. Yo terminé girando también el cuerpo, despacio, hasta quedar frente a frente con mi esposo.

Su mirada era intensa, aunque no conseguía descifrar lo que había detrás de ella.

—Solo quiero que duermas aquí conmigo —dijo, con un tono más bajo—. No te tocaré, si es lo que te preocupa. No seas tan terca, Tina.

Tina.

Bastó escuchar aquel apodo para que algo dentro de mí se estremeciera de una manera distinta.

Mi abuela era la única persona que me llamaba así. Lo había hecho desde que yo era pequeña, cuando corría a refugiarme en sus brazos después de una pesadilla o cuando necesitaba que alguien me recordara que no tenía que enfrentar todas mis tristezas sola. Era una palabra pequeña, familiar, que siempre había estado asociada con la seguridad de un hogar y con el cariño de alguien que me conocía de verdad.

Nunca había esperado escucharla de labios de Christian.

Por un instante, olvidé que estaba enfadada con él. Olvidé la discusión, el divorcio y todas las noches en que había llorado en silencio, preguntándome qué había hecho mal para que mi esposo me tratara como si yo no significara nada. Solo pude mirarlo, sorprendida por aquella pequeña muestra de familiaridad que había conseguido atravesar mis defensas con una facilidad que me dolía admitir.

Finalmente, dejé de resistirme.

Christian volvió a rodearme con sus brazos y yo apoyé el rostro contra su pecho. Podía escuchar los latidos de su corazón, sentir el calor de su cuerpo y reconocer el aroma de su perfume, ese olor que tantas veces había asociado con él incluso cuando no estaba a mi lado. Cerré los ojos, intentando convencerme de que aquello no significaba nada, de que solo necesitaba dormir y que, por una noche, podía permitirme descansar sin buscar respuestas a todas las preguntas que me atormentaban.

Una lágrima resbaló lentamente por mi mejilla.

Odiaba a mi marido por todo lo que me había hecho sentir, por las veces que me había dejado sola y por haberme obligado a aceptar que quizá nunca ocuparía un lugar importante en su corazón. Pero, al mismo tiempo, seguía siendo el hombre al que amaba. El único al que había amado de verdad, incluso cuando ese amor no había sido correspondido de la manera en que yo siempre había soñado.

Y justo ahora, cuando por fin había reunido el valor para alejarme de él, Christian decidía comportarse de aquella forma, acercándose lo suficiente para recordarme todo lo que todavía sentía y todo lo que llevaba tanto tiempo intentando dejar atrás.

Aquello era cruel, aunque quizá él ni siquiera se diera cuenta.

No sabía qué esperaba de mí. No sabía por qué había decidido llevarme a nuestra habitación ni por qué me abrazaba como si necesitara tenerme cerca. Mucho menos sabía qué significaría aquello cuando amaneciera y volviéramos a ser los mismos desconocidos que compartían una casa y un apellido.

Solo sabía que no podía permitirme olvidar mis razones.

Tenía que ser fuerte. Tenía que recordar que había llegado el momento de elegirme a mí misma, aunque hacerlo significara renunciar al hombre que seguía ocupando cada rincón de mi corazón.

Sé fuerte, me repetí en silencio, aferrándome a aquellas palabras como si fueran lo único que podía mantenerme a salvo de mis propios sentimientos.

Pero el cansancio terminó venciéndome antes de que pudiera completar aquel pensamiento. Mi cuerpo, agotado por el día y por todas las emociones que había intentado contener, se relajó poco a poco contra el pecho de Christian. Quise mantener los ojos abiertos, seguir recordándome que no debía confundir aquel abrazo con una promesa, pero mis párpados pesaban demasiado y mi mente comenzaba a perderse en una neblina cálida.

Lo último que sentí fue el brazo de mi esposo rodeándome la cintura.

Después, sin darme cuenta, me quedé dormida.

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