✦ UNA HISTORIA DE NANCY RDZ ✦

Capítulo 9

Tiempo estimado de lectura: 10 minutos
Publicado el 19 de agosto de 2026

Ponte cómoda y disfruta de la historia.

Valentina Montesinos

Me encontraba frente al tocador, cepillando lentamente mi cabello mientras llevaba puesta la pijama, intentando desenredar algunos mechones que se habían escapado de la coleta que había llevado durante el día. La mansión estaba tranquila, demasiado tranquila, y por primera vez en mucho tiempo no sentía ninguna necesidad de mirar el reloj para saber a qué hora regresaría Christian. Esa noche no lo esperaría. Después de todo lo que había descubierto sobre Briana, lo más probable era que se quedara hasta tarde en su casa, acompañándola a ella y a Santi, como tantas otras veces. La idea ya no debería dolerme, pero lo hacía. Quizá porque ahora sabía que entre ellos había existido una historia mucho antes de que yo llegara a aquella familia. Una historia que desconocía por completo. Dejé escapar un suspiro mientras continuaba pasando el cepillo por mi cabello y trataba de imaginar qué habría ocurrido si las familias hubieran cumplido aquellos planes y Christian hubiera terminado casándose con Briana. Tal vez todo habría sido diferente. Tal vez él habría sido feliz. Tal vez habría tenido la familia que siempre había querido y yo jamás habría tenido que convertirme en la esposa de un hombre que nunca me había amado.

Dejé el cepillo sobre la mesita de noche y levanté la mirada hacia el espejo. Durante unos segundos me quedé observando mi propio reflejo. Podía ver el cansancio en mi rostro, incluso debajo del maquillaje que había usado durante el día. Mis ojos parecían más apagados, mis facciones más delgadas y había algo en mi expresión que no conseguía reconocer. Estaba cansada. Cansada de intentar entender a Christian, de tratar de encontrar un lugar dentro de aquella familia, de fingir que no me dolían sus indiferencias y de sonreír cada vez que alguien me preguntaba cómo estaba. Cansada de los secretos, de las apariencias y de aquella mansión que alguna vez había imaginado como mi hogar. Pero, sobre todo, estaba cansada de sentir que mi propia vida se escapaba de mis manos sin que pudiera hacer nada para detenerla. Tenía una enfermedad que podía terminar cambiándolo todo y todavía no había sido capaz de decírselo a mi esposo. Cerré los ojos durante unos segundos y respiré profundamente. ¿Qué pasaría si se lo dijera esta noche? La pregunta apareció en mi mente y, por primera vez, decidí no apartarla. Quizá Christian tendría que saberlo. Quizá podría acompañarme a mi próxima consulta, como había pedido el doctor Mendiola. Pero entonces otra posibilidad, mucho más oscura, apareció en mis pensamientos.

¿Qué pasaría si Christian y mi suegra decidieran enviarme lejos?

No sería tan difícil. Los Kuri tenían dinero, influencias y contactos suficientes para encontrarme el mejor tratamiento en cualquier lugar del mundo. Podrían decir que era por mi bien, que necesitaba tranquilidad, médicos especializados y privacidad. Pero yo sabía que también habría otra razón. Los medios. La imagen de la familia. La reputación de Christian. ¿Qué ocurriría si se enteraban de que la joven señora Kuri estaba enferma? ¿Qué dirían si descubrieran que sus riñones estaban deteriorándose y que existía la posibilidad de que algún día necesitara un trasplante? Una familia como los Kuri no podía permitirse un escándalo así. Bastaría con alejarme durante unos meses, instalarme en alguna clínica privada, rodeada de médicos y enfermeras, para que nadie pudiera hacer preguntas. Podrían convertir aquella mansión en mi ausencia en una casa perfecta y continuar con sus vidas como si yo nunca hubiera formado parte de ella. Y si mi enfermedad empeoraba, si llegaba a necesitar un trasplante… quizá simplemente me esconderían todavía más. Una habitación de cuatro paredes, médicos entrando y saliendo, medicamentos, silencio y una vida que tendría que transcurrir lejos de todos. No quería eso. No quería convertirme en un secreto de la familia Kuri. Mucho menos quería que Christian sintiera que debía quedarse a mi lado por obligación.

Bajé la mirada y sentí que mis ojos comenzaban a arder. Había pasado demasiadas veces por la pérdida como para permitir que ahora alguien decidiera por mí cómo debía vivir los últimos años de mi vida. Primero habían sido mis padres. Después mi abuelo. Y finalmente mi abuela, la única persona que durante tantos años había conseguido hacerme sentir que realmente pertenecía a algún lugar. Ellos se habían ido uno después del otro hasta que, sin darme cuenta, me encontré completamente sola. Ya no tenía una familia a la cual regresar, una casa que sintiera verdaderamente mía ni alguien que pudiera llamar cuando tenía miedo. Tenía el apellido Montesinos, el apellido Kuri por matrimonio y una vida llena de lujos, pero ninguno de esos nombres podía abrazarme cuando sentía miedo. Ninguno podía sentarse a mi lado durante una noche difícil y decirme que todo estaría bien. Y quizá esa era la parte más dolorosa de todo: podía estar rodeada de personas y, aun así, sentirme completamente sola.

Me llevé una mano al pecho y respiré profundamente mientras miraba nuevamente mi reflejo.

—Estoy sola —susurré.

Las palabras apenas escaparon de mis labios, pero fueron suficientes para hacerme sentir un vacío todavía más profundo. Comprendí que quizá no era la enfermedad lo que más miedo me daba. Era no tener a nadie cuando llegara el momento de enfrentarla.

Los sábados por la tarde, cuando no había eventos importantes a los que asistir, normalmente cenábamos en casa de mi suegra Lucrecia. Desde que mi cuñado Marcelo y mi suegro habían fallecido, ella vivía allí junto a Briana y Santi, y aquellas cenas familiares se habían convertido en una especie de tradición que yo procuraba cumplir sin llamar demasiado la atención. Siempre intentaba hablar lo menos posible y mantener la mirada sobre mi plato, esperando que nadie me hiciera preguntas incómodas sobre mi matrimonio, sobre Christian o, peor aún, sobre cuándo pensábamos tener hijos. Había aprendido que mientras menos hablara, menos posibilidades existían de terminar siendo el centro de una conversación que prefería evitar. Sin embargo, aquella noche parecía imposible esconderme. Desde que habíamos comenzado a cenar, mi suegra no dejaba de observarme de reojo y, por la manera en que su mirada se detenía sobre mi plato prácticamente intacto, estaba segura de que ya había notado que apenas había probado la comida. Había amanecido con un dolor extraño en el lado izquierdo del abdomen que se extendía hasta la espalda y, durante todo el día, las náuseas habían aparecido y desaparecido sin darme tregua. No tenía apetito para nada. Incluso el olor de la comida, que normalmente habría disfrutado, me resultaba desagradable. Aun así, había intentado sentarme a la mesa como si todo estuviera bien. No quería que nadie sospechara.

—Valentina.

Levanté la mirada lentamente.

Mi suegra dejó los cubiertos a un lado y me observó con aquella expresión seria que siempre conseguía hacerme sentir como una niña a punto de recibir un regaño. Era una mujer refinada, siempre impecablemente vestida y con una imagen cuidadosamente construida. Incluso dentro de su propia casa parecía preparada para aparecer en una fotografía. Su cabello estaba perfectamente arreglado, su maquillaje era discreto pero impecable y cada una de sus joyas parecía elegida para recordarle a cualquiera que la familia Kuri pertenecía a una posición que no podía ser cuestionada.

—Creo que ya es tiempo de que empieces a mezclarte más con los nuestros —dijo finalmente—. He decidido que vendrás conmigo a los eventos que tengo agendados para este mes, tanto de caridad como sociales. Es momento de que comiencen a conocer quién es la esposa del heredero del Grupo Kuri.

Me quedé pasmada.

Por unos segundos no supe qué responder. Miré mi plato y después a ella, sintiendo que el poco apetito que me quedaba desaparecía por completo.

—Pero… esos eventos no son los que Briana suele acompañarla.

Mi suegra me lanzó una mirada de reprimenda.

—Sí. Y ya ha hecho suficiente. Bastante tiene con la educación de mi nieto como para cargarle también con responsabilidades que te corresponden a ti.

Sentí cómo mis dedos se tensaban alrededor de la servilleta que descansaba sobre mis piernas.

—Yo no quise decir…

—Además —continuó, sin dejarme terminar—, ya va siendo hora de que me den un nieto.

Sentí que la respiración se me quedaba atrapada en la garganta.

Mi suegra tomó nuevamente su copa de vino con absoluta tranquilidad, como si acabara de hablar de algo completamente normal.

—La gente comienza a hablar, Valentina. Ya terminó el tiempo en que todos nos comprendían por la muerte de Omar y Marcelo. Ahora comienzan a preguntarse cuándo habrá un nuevo heredero para nuestra dinastía. Necesitamos conservar el respeto y la imagen que hemos construido durante generaciones como una de las familias de élite más importantes del país.

Tragué saliva.

Otra vez aquello.

El heredero.

La imagen.

La familia.

Como si yo no fuera una persona, sino una pieza más dentro de aquel enorme apellido.

Miré de reojo a Christian, esperando quizá que interviniera. Que dijera algo. Cualquier cosa. Pero él continuaba comiendo tranquilamente, como si aquella conversación no tuviera absolutamente nada que ver con él. Su expresión permanecía serena mientras cortaba la comida en su plato, sin siquiera levantar la mirada.

—Entiendo —respondí finalmente—. Y me encantaría acompañarla, solo que últimamente no me he sentido bien del estómago. Quizá podría hacerlo el próximo mes. Este mes podría acompañarla Briana.

No quería mentir.

Pero tampoco podía decir la verdad.

No podía sentarme frente a todos y anunciar que tenía una enfermedad autoinmune que estaba afectando mis riñones. No todavía. No cuando apenas comenzaba a entender lo que significaba para mi propia vida.

—No te preocupes, Valentina. Yo puedo hacerlo —se apresuró a decir Briana con aquella voz dulce que siempre parecía cuidadosamente medida—. Tu salud es primero.

Le dediqué una pequeña sonrisa.

—Gracias.

Fue entonces cuando Christian dejó de comer.

Tomó su copa de vino y bebió lentamente antes de dejarla sobre la mesa. Levanté la mirada hacia él, esperando que quizá finalmente dijera algo en mi defensa.

Pero sus siguientes palabras hicieron que mi corazón se hundiera.

—No, Briana.

Ella lo miró.

Christian dirigió sus ojos hacia mí.

—Mi madre tiene razón. Es hora de que Valentina tome las responsabilidades que aceptó cuando nos casamos. Ella estaba consciente de todo lo que implicaba ser una señora Kuri.

Sentí un pequeño vacío en el pecho.

Christian continuó hablando con una tranquilidad que me dolió mucho más que si hubiera levantado la voz.

—Tú ya bastante tienes con enfrentar la muerte de mi hermano y cuidar de Santi.

Su mirada se desplazó nuevamente hacia Briana.

—Además, te ves más delgada. Me preocupa que vayas a enfermar.

Sentí que mi respiración se cortaba. 

Le preocupaba que Briana enfermara, cuando yo también estaba adelgazando, estaba enferma y tenía miedo pero él no lo había notado.

Ni siquiera había visto que llevaba días comiendo cada vez menos. No había preguntado por qué había dejado intacto el desayuno aquella mañana. No había vuelto a preguntarme por qué tenía que ir al hospital.

—Ella no tiene hijos ni otras preocupaciones —continuó Christian—. Se la pasa en casa descansando.

Aquellas palabras fueron como una bofetada.

Levanté lentamente la mirada hacia él.

Christian volvió la mirada hacia su plato y tomó nuevamente los cubiertos, como si aquella conversación hubiera terminado.

—Valentina te acompañará, madre —sentenció.

No fue una pregunta.

Ni siquiera esperó mi respuesta.

Simplemente lo afirmó.

Y yo permanecí sentada frente a ellos, sintiendo que algo dentro de mí se rompía lentamente.

Mi esposo acababa de decidir sobre mi vida sin siquiera preguntarme qué quería.

—Perfecto, mañana tengo un desayuno de beneficencia a las nueve de la mañana, te quiero ver radiante Valentina, en un rato más te enviaré los detalles. 

Asentí despacio, estaba sin salida.

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