Capítulo 7
Llamé a la señora Martha desde la sala de estar mientras Santi continuaba jugando en el suelo con sus dinosaurios. Ella era una de las empleadas de mayor confianza de la mansión Kuri y, desde que había llegado a aquella casa, se había encargado de estar pendiente de todo lo que pudiera necesitar, aunque con el tiempo había terminado convirtiéndose en una de las pocas personas dentro de aquella enorme mansión con las que realmente podía hablar sin sentir que debía medir cada una de mis palabras. Cuando apareció frente a mí, le pedí con una sonrisa que por favor preparara dos tazas de té acompañadas de algunas galletas y, después, que llevara a Santi un rato al jardín para que pudiera jugar. La mujer asintió de inmediato y se acercó al pequeño, quien protestó un poco al principio porque todavía quería continuar con su juego, pero terminó aceptando cuando Martha le prometió que podrían llevar algunos de sus dinosaurios al jardín. Lo observé alejarse junto a ella hasta que las puertas que comunicaban con el exterior se cerraron detrás de ambos. Entonces volví mi atención hacia Briana, quien permanecía sentada en uno de los sofás, y traté de regalarle una sonrisa.
—Debe ser difícil tener un momento a solas para ti, Bri. Martha cuidará un rato a Santi mientras nosotras platicamos un poco.
Briana me miró durante unos segundos antes de sonreír.
—Gracias, Valentina. Siempre eres tan comprensiva. Tengo mucha suerte de tener una cuñada como tú.
Sonreí apenas ante sus palabras, aunque por dentro sentí una extraña incomodidad. No sabía si realmente era comprensiva o simplemente había aprendido a comportarme de aquella manera porque era más sencillo fingir que nada me dolía. Aun así, no podía culpar a Briana por lo que estaba sucediendo. Ella no tenía la culpa de que Christian prefiriera pasar el tiempo junto a ella y a Santi. No tenía la culpa de las tardes que él pasaba en su casa, de las llamadas que atendía con tanta urgencia o de las sonrisas que parecía reservar para ellos. Esa era una decisión de Christian y, aunque me doliera admitirlo, no podía responsabilizar a nadie más por las decisiones que tomaba mi esposo. Briana tampoco había sido responsable de que yo hubiera perdido a mi esposo mucho antes de que realmente hubiera tenido la oportunidad de conocerlo. Y aquella idea me llevó inevitablemente hacia un recuerdo que, a pesar de los años, seguía siendo tan doloroso que algunas veces tenía la sensación de que había ocurrido apenas ayer.
Había sido pocos días antes de nuestra boda.
Para entonces, Christian y yo ya estábamos casados por el civil. La ceremonia había sido íntima, sencilla, casi familiar. Solo habían estado presentes algunos miembros de la familia Kuri y mi abuela. Recuerdo haber salido de aquel pequeño salón con una mezcla de nervios y felicidad, pensando que aquello era apenas el comienzo de nuestra verdadera historia. Todavía faltaba la ceremonia que había sido planeada durante meses, aquella que reuniría a familiares, amigos, empresarios y medios de comunicación. Una boda digna del heredero del Grupo Kuri. Yo ya tenía mi vestido preparado, un vestido que había elegido después de pasar semanas imaginando cómo sería el momento en que caminaría hacia el altar para encontrarme con Christian. Había imaginado sus ojos sobre mí, su sonrisa, la emoción de verlo esperándome al final del pasillo. También había imaginado nuestra luna de miel, los primeros días en los que finalmente podríamos estar solos y comenzar a conocernos lejos de las miradas de nuestras familias. Todo estaba preparado.
Hasta que un viaje de negocios cambió nuestras vidas para siempre.
Mi suegro y Marcelo, el hermano de Christian, habían tenido que realizar un viaje de último momento. Era algo relacionado con uno de los negocios de la familia y, nadie imaginó que aquella sería la última vez que los veríamos con vida. Recuerdo perfectamente la llamada. El silencio que se instaló después de escuchar que el automóvil en el que viajaban había sufrido un accidente durante el regreso. Ambos habían perdido la vida. En cuestión de horas, la celebración que había sido preparada durante meses desapareció por completo. Ya no había boda. Ya no había invitados. Ya no había cámaras ni flores ni música. Mucho menos una luna de miel.
Solo había dolor.
Christian estaba deshecho.
Yo lo había visto derrumbarse de una manera que jamás habría imaginado. Había perdido a su padre y a su hermano en cuestión de minutos y, de pronto, todo aquello que antes parecía importante dejó de tener sentido para él. El matrimonio, la ceremonia, la celebración, incluso yo… todo quedó relegado a un segundo plano. Y aunque en aquel momento intenté comprenderlo, intenté estar a su lado y hacerle saber que no tenía que atravesar aquel dolor completamente solo, Christian comenzó a alejarse de mí poco a poco. Primero fueron los silencios. Después las noches en las que prefería quedarse solo. Luego llegaron los días en los que apenas me dirigía la palabra. Hasta que aquella distancia terminó convirtiéndose en la vida que llevábamos ahora.
Bajé la mirada hacia mis manos y respiré profundamente.
Quizá esa era la razón por la que siempre había intentado comprenderlo, nunca había sido capaz de reclamarle demasiado.
