✦ UNA HISTORIA DE NANCY RDZ ✦

Capítulo 14

Tiempo estimado de lectura: 8 minutos
Publicado el 7 de septiembre de 2026

Ponte cómoda y disfruta de la historia.

Christa Bauer

Desperté con la luz del amanecer pegando directo a mi rostro a través de la ventana del autobús. El chofer anunció que pronto estaríamos llegando a la Capital. Miré hacia afuera con mucha emoción. Nunca antes había visto un lugar como ese: una ciudad tan grande, con edificios enormes, restaurantes, supermercados, tiendas comerciales y hoteles. Todo era una maravilla para alguien como yo, una chica de campo que lo único que conocía eran los matorrales de su rancho.

Bajé del autobús sintiendo una especie de cosquilleo en el estómago. No sabía qué hacer. Primero debía buscar un lugar donde quedarme antes de buscar a Santiago.

Fruncí los labios. No tenía idea de qué hacer. Apreté la pequeña mochila que llevaba, con apenas unos cambios de ropa, contra mi pecho. La gente parecía tener tanta prisa. Vestían de manera muy diferente a como se hacía en el pueblo; su ropa era mucho más moderna y elegante.

Me acerqué a una señora para preguntarle si sabía dónde podría rentar algún cuartito para vivir, pero lo único que obtuve de ella fue una mirada de desdén.

Había escuchado que la gente en las grandes ciudades a veces podía parecer distante y me sentía insegura de cómo acercarme. Pasé saliva y decidí preguntar nuevamente, pero esta vez elegiría mejor a quién hacerlo.

Fue el mismo resultado.

Suspiré.

Salí de la central de autobuses sin rumbo. Había personas que sentía que se me quedaban viendo. Me sentía fuera de lugar, distinta, como si no encajara en ese entorno tan diferente al que estaba acostumbrada.

Decidí buscar algún café. Tal vez ahí podrían darme información sobre algún lugar donde pudiera alquilar una habitación. El dinero que Margarita me había dado me permitía pasar algunas noches en un hotel, pero quería hacerlo rendir lo más posible.

A unas cuadras de la central de autobuses encontré una cafetería. Pedí algo de desayunar. Estaba hambrienta, a pesar de que apenas eran las siete de la mañana. El viaje había sido muy largo. Ahora comprendía por qué Santiago regresaba al pueblo solo una o dos veces al año.

Ahí mismo, en la cafetería, me dieron la dirección de una casa cercana donde alquilaban habitaciones. Eso me ayudaría a que mi dinero no se terminara tan rápido.

Caminé hasta la dirección que me proporcionaron. Era una casa con una barda alta y no se veía nada en el interior. Había un timbre.

Toqué.

Una señora de unos cincuenta y tantos años abrió la puerta.

—Diga.

—Me dijeron que usted alquila habitaciones.

—Sí, así es. ¿Dónde trabajas?

Sentí nervios.

—Por ahora estoy buscando.

La señora, de cabello negro y piel canela, me miró alzando una ceja con desconfianza.

—Para alquilar una de estas habitaciones necesitas trabajar…

—Lo haré, en verdad lo haré. Solo que necesito un lugar donde vivir. Vengo de un rancho cerca de Montenegro.

La señora me miró como si tuviera un signo de interrogación imaginario en la frente. Al parecer, no tenía idea de dónde quedaba aquel pueblo.

—¿Tienes dinero para pagar al menos dos meses de alquiler? Son quinientos pesos por mes.

Rápidamente hice cuentas mentales. Se me iría gran parte del dinero en el alquiler y apenas me quedaría un poco para sobrevivir durante las siguientes semanas, pero era eso o tener que buscar otro lugar donde quedarme. Lo bueno era que tendría la habitación asegurada durante dos meses.

—Sí, sí tengo eso.

—Entonces pasa. Te mostraré una habitación. Mi nombre es Estela. Vivo en la primera planta junto a mi hermana Esther. Las habitaciones de los inquilinos están en la segunda planta. Subes por las escaleras. Tienes prohibido llegar después de medianoche y hacer alboroto. No se permiten visitantes, ya que las habitaciones son muy pequeñas.

Tomé nota mental de todo y asentí.

—Está bien.

Subimos por las escaleras exteriores que daban a la segunda planta. La casa no era muy grande. La entrada era un pasillo que atravesaba toda la construcción y, a los lados, había varias puertas que daban a las habitaciones. Pude contar rápidamente seis puertas, tres a cada lado.

Al fondo supuse que estaba el baño y, justo en medio de las habitaciones, había una pequeña cocina con espacio apenas para una mesa de cuatro personas, una tarja, una estufa y un refrigerador.

—Esta será tu habitación —dijo la señora Esther.

—Gracias —dije cuando abrió la puerta.

Por suerte, era la habitación que estaba frente a la cocina.

—¿Dices que eres de Montenegro? —preguntó.

Asentí.

—¿Por allá toda la gente tiene el cabello y la piel como la tuya?

Negué.

—Mi familia tiene ascendencia alemana. Migraron a México hace muchos años.

—¿Cuántos años tienes?

—Dieciocho, señora.

Ella frunció el ceño.

—Suerte con encontrar trabajo a tu edad.

Lo dijo antes de salir de la habitación. La señora Esther parecía muy malhumorada.

Entré a la pequeña habitación. Tenía un clóset, una cama y una pequeña mesita. Era un lugar pequeño y vacío. Cerré la puerta y me senté en el borde de la cama.

De pronto, las lágrimas comenzaron a salir de mis ojos.

Me abracé a mí misma pensando en mi papá, en mi hermanito y en cómo mi vida había cambiado tanto en tan poco tiempo. Ahora me encontraba sola, sin nadie.

Esperaba encontrar a Santiago, ¿pero y si no?

La ciudad era muy grande y, de todos modos, tenía que mantenerme lejos de Marcelo.

A la mañana siguiente me bañé y cambié de ropa. Me puse unos vaqueros, unos zapatos bajos y una blusa sencilla de color blanco. Tenía que encontrar algún trabajo antes de que el dinero se me terminara.

¿De qué?

Aún no tenía idea. Cualquier trabajo que me permitiera sobrevivir sería suficiente.

Tomé un taxi. Primero iría a buscar a Santiago. Era sábado, por lo que supuse que no estaría en la universidad.

La zona donde vivía quedaba casi al otro lado de la ciudad. El cambio de estatus social se notó al instante. Las casas ya no eran como la de la señora Estela. Estas eran enormes, con grandes jardines y elegantes barandales.

Bajé del taxi al ver a una señora que estaba saliendo de una enorme mansión.

—Disculpe —dije.

Ella se giró para verme. Llevaba una especie de bata en una mano y un maletín en la otra. Parecía doctora. Tal vez era su mamá. Mi suerte podría cambiar.

—Estoy buscando a Santiago Sandoval. Mi nombre es Christa Bauer, vengo de Montenegro. Él me dio su dirección.

La señora, de cabello castaño, corto pero perfectamente estilizado, y con un traje sastre sofisticado, alzó una ceja mientras me miraba de arriba abajo.

—¿A quién dices que buscas?

—Santiago Sandoval.

—¿Y para qué lo necesitas?

Fruncí los labios. Sentí cómo mis mejillas se calentaban. No podía decirle que nos queríamos, que él me había prometido regresar a Montenegro por mí.

Pensaría que estaba loca.

—Soy una amiga, de Montenegro. Dijo que podía visitarlo cuando estuviera en la Capital.

La mujer frente a mí me examinó nuevamente de arriba abajo.

—Lo siento, jovencita, pero aquí no vive ningún Santiago. Puede que te hayas equivocado de dirección.

—Pero… —miré el número al lado de la puerta. Era el mismo que recordaba. El taxista dijo que esa era la calle—. Casi estoy segura de que esta es la casa donde vive. ¿Usted no lo conoce?

—No sé de quién me estás hablando —espetó con seriedad y algo de molestia—. Tal vez te has confundido.

Todo mi cuerpo se tensó.

Traté de hacer memoria. La tarjeta que Santiago me había dado la había dejado en la casona del rancho, pero estaba segura de haberme aprendido bien la dirección. Aunque, de pronto, mi inseguridad me traicionó.

¿Era ese número u otro?

Mis nervios comenzaron a aumentar.

—¿Está segura de que no lo conoce? —pregunté, insistente.

—No tendría por qué decirte mentiras, niña. Mejor vete y no regreses.

La mujer respondió con fastidio. Era la clara señal de que ya no había nada que hacer ahí.

—Siento haberla molestado. Gracias de todos modos —dije antes de retirarme.

No conocía la ciudad. No tenía dinero, ni trabajo. Tampoco podía pasarme la vida buscando a Santiago.

Mis labios temblaron.

Ahora sí estaba sola.

Pero tenía una promesa que cumplirle a mi padre. Trabajaría muy duro para ahorrar dinero y regresar al rancho. Volvería para reclamar lo que era justo y cumplir mi promesa. No permitiría que todo aquello que mi padre había construido terminara en manos de Marcelo.

Era una promesa a mi padre.

Y también una promesa a mí misma.

Lo juré, como que me llamaba Christa Bauer.

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