Capítulo 15
Regresar a Montenegro se me había hecho eterno, pero al fin había logrado graduarme de mi carrera y era libre. Apenas hacía una semana había comenzado a acomodar todo para poder mudarme cuanto antes. Mi madre aún insistía en que primero trabajara unos años en la Capital; tenía la esperanza de que me retractara de mi decisión, pero en Montenegro había alguien que me esperaba y yo deseaba verla otra vez.
Sentir sus labios de nuevo era mi sueño de cada noche: Christa.
—¿Por qué quieres alejarte de tus padres, Santiago? Aquí tienes todo, no te falta nada —decía mi madre mientras me veía subir las maletas a la cajuela de mi auto—. ¿Es que acaso es por una mujer?
Alcé una ceja. No era solo por Christa que regresaba a Montenegro, pero sí era la razón principal.
—¿Qué dices, mamá?
—¿Qué si es por una mujer por la que se te ha metido esa loca idea de mudarte a ese pueblucho?
Sonreí y abracé a mi madre. Aún no le contaría sobre Christa, pues podría darle un infarto de la impresión. Eso lo haría poco a poco.
—No, mamá, no es por eso —le respondí con una sonrisa.
De pronto, el rostro de mi madre cambió y adoptó una expresión muy seria.
—Dime la verdad, Santiago. Soy tu madre y no debes mentirme.
—Patricia, por favor. Santiago está a punto de mudarse, ¿y tú solo expresas tus celos de madre? —la reprendió mi padre.
—Hace unos meses vino una chiquilla…
En ese instante, toda mi espalda se tensó.
—¿Quién, mamá? —pregunté con rapidez.
—Era rubia y tenía un nombre raro. Preguntó por ti. Sus ropas eran algo andrajosas y la eché de la casa.
Apreté la quijada por instinto. Una serie de escalofríos se apoderó de mi cuerpo.
—¿Eso cuándo fue, mamá? ¿Por qué no me dijiste antes?
Mi madre me miró con enfado.
—Entonces, ¿sí es por una mujer que te vas?
—¡Mamá!
—¡Los dos cálmense! —bufó mi padre—. Aquí hay algo que no sabemos —me inquirió con la mirada—. Así que primero, Santiago, nos vas a explicar quién es esa jovencita y luego tu madre nos dirá qué fue lo que ella le dijo. ¿Está bien?
Asentí. Me sentía realmente decepcionado de mi madre. ¿Con qué derecho me había ocultado que Christa había ido a buscarme?
—La conocí en la boda de su hermana, hace ya casi dos años. Es la joven más linda que he conocido y no, mamá, no es una chiquilla andrajosa como dices. Ella es la hija de Abraham Bauer, propietario de uno de los ranchos más prósperos de la región. Seguro tienen mucho dinero, si es que te preocupa su estatus —solté con enojo—. Tal vez en esa ocasión vino con su padre. Él suele venir a la Capital a llevar maquinaria para su rancho.
Mi madre se cruzó de brazos al sentir la presión de la mirada de mi padre. Sabía que había hecho mal.
—En mi defensa, no sabía quién era. Si soy culpable por preocuparme por el bienestar de mis hijos, bien, ¡que me condenen!
Mi madre se llevó las manos al rostro, simulando llorar. Pero en el fondo la conocía y, aun así, no pude resistirme a abrazarla para tranquilizarla.
—Mamá, ya pasó. La veré en Montenegro, pero por favor no vuelvas a ocultarme nada. Prometo que yo tampoco lo haré. Christa no es la única razón por la que me iré al pueblo, también es por las minas. Quiero trabajarlas, quiero invertir en el pueblo que mis abuelos tanto amaron.
Mi padre esbozó una sonrisa de satisfacción.
—Santiago, no sabes cuánto me enorgullece escucharte hablar así. Siempre deseamos lo mejor para ti, estés donde estés.
—Gracias, papá. Los amo a los dos. Mamá, no seas celosa, sabes que siempre te voy a querer —le dije antes de abrazarla de nuevo.
Después de eso entré al auto. Por la mañana ya me había despedido de mi hermano antes de que se fuera al hospital.
Mientras conducía, no podía dejar de pensar que, si hubiera visto a Christa la vez que fue a buscarme, todo ese tiempo de espera no se me habría hecho tan eterno. Deseaba tanto verla, abrazarla y decirle que ahora tenía una vida que ofrecerle. Incluso podría presentarme frente a sus padres para pedirles permiso de cortejarla como se debe, porque ya no estaríamos lejos y la distancia nunca más sería un problema.
…
Cuando crucé el arco de bienvenida al pueblo, mi corazón comenzó a latir desenfrenado. Apreté el volante con fuerza ante la emoción que comenzó a embargarme.
No podía esperar ni un minuto más para volver a ver a Christa.
Había pensado en instalarme primero en la casa que antes había sido de mis abuelos, pero su rostro estaba clavado en mis pensamientos. Así que crucé el pueblo y tomé la carretera que me llevaba hasta el rancho de los Bauer.
Sonreí emocionado al pensar en la expresión que pondría cuando me viera. A pesar de todo el tiempo que había pasado, me sentía igual o incluso más enamorado. Esperaba que ese sentimiento también hubiera crecido en ella.
La amaba…
Ese sentimiento que tenía por ella no podía tener otro nombre.
Era amor.
El portón principal que daba acceso al rancho estaba cerrado para mi sorpresa. Bajé la velocidad y detuve el auto frente a él, preguntándome cómo podría entrar para ver a Christa.
Antes de que pudiera decidir qué hacer, una camioneta apareció desde el interior del rancho y se acercó al portón. Esperé a que los hombres que viajaban en ella descendieran para abrirlo.
Aproveché ese momento para bajar del auto y acercarme al hombre que iba sentado en el asiento del copiloto.
—Disculpe, vengo a ver a Abraham Bauer —dije, sin mencionar que mi verdadera intención era ver a Christa.
—¿Quién es usted? —preguntó el jornalero, frunciendo el ceño.
—Santiago Sandoval, sobrino de Ignacio Sandoval.
Ellos me miraron con cierta desconfianza, como si no supieran qué esperar de mí.
—¿Qué, no sabe que el señor Abraham falleció?
Mis ojos se abrieron de par en par al escucharlo.
—¿Falleció?
Toda mi espalda se tensó ante la noticia. Lo primero que pensé fue en el dolor que Christa debió sentir. No estuve para ella en ese momento.
No podía ser.
—¿Cómo es que pasó? —mi voz se quebró—. ¿Cómo están sus hijos? ¿Puedo verlos?
El hombre del sombrero y la camisa de cuadros azules, de facciones cuadradas y barba crecida, me miró con algo de desconfianza.
—Fred, el hijo de en medio, también tuvo un desenlace desafortunado.
—¿Y Christa?
Sentía que mis piernas temblaban de temor cada vez que él respondía con una nueva muerte. Pobre de ella, tan joven… Debí haber estado ahí para consolarla.
—Ella ya no vive aquí. Ya tiene más de medio año que se fue del pueblo.
Abrí la boca, incapaz de ocultar mi impresión.
—¿Cómo?
—Aquí la dueña ahora es la señora Imelda Bauer y quien administra es Marcelo, su yerno. Así que no creo que pueda pasar. Regrese después.
Fruncí el ceño. Los hombres ni siquiera me permitieron intentar entrar.
Mi cuerpo permaneció inmóvil. Tenía demasiadas interrogantes en la cabeza.
¿Dónde estaba Christa?
Las únicas personas que podían darme una respuesta eran Bruno y Margarita. Ella era muy cercana a ellos y esperaba que pudieran decirme adónde había ido.
Pero algo dentro de mí me decía que, si hacía meses Christa había ido a buscarme a mi casa, tal vez me necesitaba.
Miré al cielo.
Christa se había ido.
Volteé a mi alrededor. Ella amaba este lugar, me lo había dicho muchas veces. El recuerdo de aquella jovencita libre y sonriente, montada a caballo, volvió a mi mente.
Aunque la tristeza por las noticias me golpeó con fuerza, me negué a rendirme.
Tenía que encontrar a Christa, estuviera donde estuviera.
Porque no podía permitir que la distancia o el tiempo nos separaran para siempre.
