Capítulo 27
—¡Christa… Christa…!
Los gritos de Maggie, que escuchaba a lo lejos, el sonido de la puerta al retumbar contra la pared y el zarandeo que sentí después en mi cuerpo hicieron que abriera los ojos de golpe.
—¿Qué pasa, Maggie? —pregunté, todavía soñolienta, temiendo que su bebé estuviera enfermo.
—Es tu mamá… —dijo.
Toda mi espalda se tensó. En sus ojos vi terror. Estaba llorando.
Bajé de la cama de un salto y corrí hacia la habitación de mi madre. Cuando entré, vi algo que nunca podría olvidar en mi vida.
Mi madre estaba recostada sobre la cama. Alrededor de ella había un charco de sangre. Caí de rodillas y me llevé las manos a los labios.
No podía creerlo.
Un nudo enorme se formó de pronto en mi garganta.
Mi madre estaba muerta.
—¿Cómo pasó? —dije sin aliento, mirando al suelo.
—Suponemos que fue durante la madrugada. Bruno ha ido en la camioneta por el comisario del pueblo. Ella misma se cortó con un vaso roto.
—Pero ¿cómo? Mamá casi no se podía mover.
—Siempre pedía tener un vaso de agua en el buró de la cama. Decía que durante la noche le daba sed. Ella tenía fuerza suficiente para tomar el vaso entre sus manos. Tal vez lo rompió contra la mesita… No lo sé.
Me levanté sin fuerzas y me acerqué a donde yacía mi madre inmóvil. La observé detenidamente. Tenía una herida en la mano derecha y la sangre había manchado las sábanas.
—Mamá… —solté apenas en un hilo de voz—. ¿Por qué? ¿Por qué te hiciste esto?
Entonces recordé sus palabras de la noche anterior.
«Prefiero morir a tener que vivir contigo».
—Te preferiste morir a tener que vivir conmigo… —me lamenté.
—Christa, no es tu culpa —Maggie trató de animarme.
Sentí la palma de su mano sobre mi espalda, pero no podía evitar sentirme culpable por todo lo que estaba pasando. Mi madre era lo único que me quedaba de mi familia y ahora ya no estaba.
—¿Es que estoy destinada a no tener a nadie en esta vida? ¿Es que merezco este castigo, Maggie? —lloré.
Mi amiga me miró con compasión para después abrazarme.
—No, no digas eso —su voz se quebró—. Me tienes a mí.
Se apartó para verme a los ojos.
—Eres una jovencita muy linda y amable, pero has vivido cosas que la gente común como nosotros no vive. Y es que el dinero convierte a las personas, las transforma en su peor versión. Tú eres buena, Christa. Has sido una víctima de tu madre, Greta y Marcelo. No tienes la culpa de nada. Ellos tomaron sus propias decisiones.
Sorbí por la nariz y preferí salir de aquella habitación.
Bajamos las escaleras. No sabía qué hora era. Maggie aún llevaba ropa de dormir y pude notar que no había mucha luz en el exterior. Apenas estaba amaneciendo.
Bruno y el comisario del pueblo llegaron poco después.
—Lamento mucho su pérdida, señorita Bauer.
Asentí. No tenía ánimos de hablar.
—Christa, el comisario hará todas las diligencias para el sepelio de la señora Bauer. Yo estaré con él, apoyándolo en todo lo que necesites… —añadió Bruno.
Nuevamente, asentí.
La madre de Margarita y las demás empleadas de la casa me ayudaron a preparar la capilla familiar. Mi madre sería enterrada junto a mi padre, en la cripta.
Sentía que no tenía cabeza para nada. ¿Cómo pretendía llevar el control del rancho de mi padre si ahora no tenía una razón para seguir con mi vida?
Durante todo el día no probé ni un bocado de comida, a pesar de que Maggie estuvo insistiendo. Por la tarde fui a mi habitación, me bañé y me puse el mismo vestido negro que había llevado durante el funeral de papá.
Miré la caja blanca sobre la mesita de mi tocador y recordé que Ignacio Sandoval me esperaba en su casa. Debía estar en la capilla por el funeral de mi madre. Greta enloquecería y no sabía cómo enfrentar su reacción, además de tener que permitir que regresaran a la hacienda cuando antes les había dicho que no podían volver.
Decidí enviar una nota explicando mis razones para no ver ese día a Don Ignacio. La envié con uno de los peones del rancho.
Sin embargo, cuando me dirigía hacia la capilla al lado de Margarita, su bebé y su madre, encontré a dos hombres vestidos de vaqueros esperándome. Pude reconocerlos de inmediato. Eran los hombres de él.
—Buenas, señorita. Don Ignacio nos ha encargado escoltarla hasta la mansión. Dice que su presencia en su residencia es muy importante.
Fruncí el ceño.
—Pero si le envié una nota donde le expliqué que mi madre ha muerto. Debo atender su funeral.
Los hombres se miraron y sonrieron con sorna.
—Órdenes son órdenes y vienen del mero mero del pueblo. A Don Ignacio nadie lo rechaza.
En ese momento, mi rostro se descompuso.
¿Cómo era posible que quisiera que fuera a verlo precisamente en ese momento? Ya había personas en la capilla y yo debía estar ahí.
—La señorita Christa tiene un compromiso muy importante —soltó la madre de Maggie con molestia.
Maggie me miró con curiosidad.
—Christa, ¿por qué Don Ignacio Sandoval envió por ti? Él es un hombre muy peligroso. No sabes las cosas que Bruno me ha contado que dicen sobre él en el pueblo —me susurró al oído.
Mis nervios comenzaron a alterarse. Yo sabía que era peligroso. Lo había intuido desde el primer momento.
—Dejé que me ayudara y ahora tal vez piensa que se lo debo.
Maggie hizo un gesto con la boca.
—Voy a buscar a Bruno. No te muevas de aquí. Nadie dejará que te lleven —me dijo.
Pero tomé su mano. Ella me miró desconcertada.
—No… —musité—. Yo me metí en este problema y yo debo resolverlo.
Pasé saliva.
—Le dejaré en claro las cosas. Solo, por favor, espérenme aquí.
—Pero, Christa…
—Nada, Maggie. Ya no tengo nada que perder. Lo único que deseo es tener una vida tranquila, vivir aquí, en mi rancho, hasta morir.
Maggie me miró suplicante, pero caminé hacia los hombres, quienes me escoltaron hasta la camioneta en la que habían llegado.
Antes de que arrancara, miré por la ventana. No sabía lo que me esperaba en la mansión de los Sandoval, pero una cosa sí me quedaba clara: lo único a lo que podía aferrar mi vida ahora era a mi rancho y nada más.
