✦ UNA HISTORIA DE NANCY RDZ ✦

Capítulo 33

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◷ Tiempo estimado de lectura: 9 minutos
✦ Publicado el 26 de septiembre de 2026
♡

Ponte cómoda y disfruta de la historia.

✦Christa Bauer✦

Las mañanas en el rancho siempre revitalizaban la energía de cualquier persona. Aunque sentía que algo se había desprendido de mi ser, tenía que continuar con mi vida. Lo que más deseaba era borrar de mi memoria el último año desde la muerte de mi padre.

Me vestí con unos jeans. Los meses que viví en la ciudad me acostumbré a usarlos. Me puse una playera delgada y cómoda y mis botas. Me obligaría a ocupar mi mente hasta que también me olvidara de Santiago. Era algo cobarde, pero no era muy difícil adivinar lo que pensaba de mí. Era demasiada la vergüenza que sentía al recordar que tuve que besar a Ignacio Sandoval frente a él.

Era mejor así. Ya lo había pensado. Era lo que quería creer.

Por último, me entretuve haciendo una trenza en todo mi cabello hasta que quedó recogido. Enseguida, bajé las escaleras y caminé hacia el comedor.

Me detuve al ver la mesa servida con platos de comida, los mismos guisos que a mi padre le encantaban.

—Siéntese, niña. Hay jugo de naranja y agua de horchata. Recuerdo que era su favorita.

Asentí, sonriendo a la madre de Maggie. Ella siempre había sido muy amable conmigo desde que trabajaba con mamá.

—Gracias, Nani. ¿Dónde están Margarita y Bruno? —pregunté, curiosa, al mismo tiempo que me sentaba en la silla principal del comedor.

—En la cocina, desayunando.

Fruncí el ceño. Me serví un plato de comida junto con un vaso de agua de horchata y me dirigí a la cocina.

—Buenos días. ¿Puedo desayunar con ustedes?

—Buenos días, claro que sí —contestó Maggie, quien estaba dando papilla a su bebé. Ella, Bruno y las otras dos cocineras de la casa comían en la mesa de la cocina—. Pero tú eres la patrona.

Sonreí.

—No me gusta comer sola —respondí en un suspiro.

—¿Necesita algo, niña? —dijo una de las cocineras.

Negué.

Bruno comenzó a comer mucho más educado. Cuando llegué, estaba comiendo muy aprisa, lo que me dio algo de gracia.

—Ayer estaba pensando, ya que no pude dormir mucho —dije—. Quiero que vayamos a ver las tierras que colindan con los límites del pueblo. En el rancho trabajan alrededor de noventa hombres, por lo que me gustaría edificar una escuela para sus hijos, ya que muchos de ellos viven en las casitas que construyó mi padre para que se quedaran cerca de aquí y otros compraron pedazos de tierra a las afueras del pueblo. También quiero construir una nueva bodega exclusiva para guardar las nueces cosechadas durante el año. Es tiempo de retomar nuestro proyecto de los dulces típicos de Montenegro, pero ahora en grande.

Maggie me miró curiosa. Esperaba que me dijeran qué pensaban sobre mis ideas.

—¿Todo eso lo pensaste anoche? —preguntó Bruno, frotándose la barbilla.

—Sí, aunque no sé si se pueda, ya que mi padre nunca me habló sobre dinero. Lo único que sé es que tenía…

—¿Bromeas? Cuando Marcelo vivía aquí, siempre alardeaba de que al rancho llegaban cientos de miles cada mes. Este era uno de los ranchos más fructíferos de la región, y cómo no, si tenemos las mejores reses y cosechas. Christa, eres de las personas más ricas que viven en este lado del estado, eso casi lo puedo asegurar. Tendríamos que revisar las finanzas con el contador.

—Entonces, si hay recursos, podemos hacerlo.

Bruno asintió con una sonrisa.

—Sí. Sería cuestión de ir a visitar al contador del pueblo. Es quien lleva toda la administración del rancho.

Continuamos comiendo. Cargué a mi pequeño ahijado para que dejara comer a su mami mientras seguíamos platicando. En eso, la madre de Maggie me notificó que Greta estaba en la sala de estar. Quería hablar conmigo.

Maggie me pidió a su pequeño para que fuera a ver a mi hermana. No sabía para qué me buscaba.

—¿Greta, qué haces aquí? —pregunté, cruzándome de brazos.

Apenas la veía y una oleada de furia recorría mi sangre, como si algo hirviera por dentro. Además, había traído a mis sobrinos. Ellos me miraban con ojos fríos, como si fuera una extraña.

—Christa, Marcelo se ha ido, me abandonó… —dijo, rompiendo en llanto.

Aunque me dolía ver a mi hermana en ese estado, algo en mi interior no podía ceder. No iba a darle todo a manos llenas solo por compartir la misma sangre. No había un lazo emocional que justificara ese acto, sobre todo sabiendo todo lo que Marcelo había hecho y, lo peor, que ella nunca lo detuvo.

—¿Qué tengo yo que ver con eso? —respondí. Mi voz era fría como el hielo.

—Christa, eres mi hermana. También crecí aquí, tengo derechos… —insistió, pero sus palabras no me conmovían.

—¿Como el mismo derecho que yo tenía y me hicieron huir? —mi tono se tornó aún más ácido, más hiriente—. Greta, por primera vez te soy sincera: tú sabías que papá me había heredado, pero no les importó. Ni a ti ni a mamá. No les importó lo que me pudiera pasar. Solo me empujaron a la deriva, sin más. Yo jamás les hubiera hecho algo así. Yo quería a mi familia, a papá, a mamá, a Fred y a ti… pero todo cambió. Ya no soy la misma niña inocente de antes. Lo siento, pero ya no.

—¿Me vas a echar? —preguntó, con los ojos llenos de una mezcla de miedo y desconcierto.

Pero, aunque podía ver preocupación en su rostro, no dejaba de mirarme como si fuera un estorbo para ella. Tenerla en el rancho solo me traería problemas.

—Te daré trabajo y puedes regresar a la cabaña que te dio papá cuando te casaste con Marcelo.

—¿Trabajar? —exclamó, visiblemente ofendida.

—Aquí todos trabajamos, Greta. Tú decidiste no estudiar cuando papá te dio la oportunidad de hacerlo. Preferiste casarte. No sabes cocinar, no sabes de animales ni de plantas. Tendré que hacer un esfuerzo para encontrar algo que puedas hacer, porque mantenida ya no serás.

—¡No puedes hacerme esto, Christa! —su voz se quebró, pero no me conmovió.

—Tómalo o déjalo, tú sabrás. Por ahora tengo cosas que hacer.

—¡Espera! Está bien, te contaré algo. Algo que le escuché a Marcelo y creo que te interesará. Es sobre tu futuro esposo, don Ignacio.

Fruncí el ceño. Mi estómago se retorció. Ella sonrió, mostrando una malicia que no me agradó.

—Entonces es verdad que te casarás con él. Después de todo, mamá siempre tuvo razón. Eres una…

—¡Calla! —solté con furia, mi voz llena de rabia—. ¡Jamás me llames así! Tú no tienes idea de lo que he tenido que pasar por su culpa.

Gruñí. La ira me desbordaba.

Luego, entre dientes, añadí:

—Dime qué sabes.

—Bien.

Se acomodó en su silla, alzando el rostro de manera altanera, como si estuviera disfrutando de cada palabra que decía. Se tomó su tiempo antes de continuar.

—Pero quiero dinero, mucho dinero, porque este secreto vale eso.

Respiré profundamente. Mi hermana siempre me desquiciaba.

Sin decir palabra, la conduje al despacho y abrí la caja fuerte donde Marcelo solía guardar el dinero. Saqué varios fajos de billetes y se los entregué, sin darle opción.

—Habla —le ordené, con la voz firme, pero con el corazón palpitando con ansiedad.

Ella no se apresuró, como si quisiera alargar el momento, mientras contaba cada billete con una calma que solo conseguía aumentar mi frustración. Finalmente, guardó el dinero en su bolso.

—Yo sé por qué Ignacio Sandoval está tan obsesionado con este rancho…

Sus palabras me paralizaron por un instante. Mi boca se abrió sin poder evitarlo.

—Dijo que quería construir algo… ¿Qué es?

—¿Construir? —repitió, apenas creyendo lo que estaba escuchando—. Será destruir. Ignacio Sandoval quiere construir aquí una nueva planta de mineral. Escuché una vez a Marcelo decir que había mucho mineral bajo el rancho. Le había prometido hacerle socio, pero lo traicionó. Ahora ya entiendo por qué…

Me senté, incapaz de sostenerme de pie.

Las palabras de mi hermana me golpeaban con fuerza, como un martillo destrozando todo lo que había creído. No podía creer que ese hombre me hubiera mentido de esa manera. Me había prometido que no se metería con el rancho de mi padre a cambio de que nos casáramos. Me dijo que tenía un proyecto, pero que no afectaría lo que tanto amaba.

No podía casarme con él.

No iba a permitir que me despojara de lo único que me quedaba, lo único que amaba y que me unía a mi padre.

Me sentía humillada, dolida, traicionada. No entendía por qué había creído en sus palabras. Tal vez por las amenazas, tal vez por mi miedo. Pero, aunque me costara la vida, lo último que haría sería dejar que destruyera lo más valioso que tenía: mi rancho.

Caminé hacia la puerta de la casa, dejando a Greta en el despacho. Mi caballo Trueno ya me esperaba junto a uno de los peones. Pude haber ido en camioneta al pueblo, pero no quería que Bruno y Maggie se preocuparan.

Acaricié el pelaje de mi caballo, haciéndole algunas caricias. Él relinchaba feliz de volverme a ver.

—¿Me extrañaste, amiguito? Yo a ti sí…

Mi caballo relinchó y una sonrisa se dibujó en mi rostro.

Subí y cabalgué atravesando la puerta principal. Llevaba apenas unos kilómetros recorridos cuando, de pronto, sentí un déjà vu.

Un auto pasó a mi lado a gran velocidad. No alcancé a ver al conductor, pero sentí cómo mi corazón comenzó a latir muy fuerte, tanto que tuve que detener a Trueno.

Mi caballo dio media vuelta. El auto también se había detenido.

Mis manos comenzaron a sudar al mismo tiempo que apretaba con fuerza las riendas. Inconscientemente, Trueno avanzaba hacia delante.

A unos metros de distancia, la puerta del piloto del auto se abrió. De él emergió aquel hombre que me hacía tiritar de emoción.

Nuestras miradas se encontraron.

—Santiago… —musité.

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