✦ UNA HISTORIA DE NANCY RDZ ✦

Capítulo 50

♧
◷ Tiempo estimado de lectura: 7 minutos
✦ Publicado el 19 de octubre de 2026
♡

Ponte cómoda y disfruta de la historia.

✦Christian Kuri✦

—También me pidió el divorcio —continué, ignorando su comentario—. ¿Te parece normal? Después de dos años de matrimonio, de todo lo que nuestras familias hicieron para unirnos, simplemente decidió que quiere irse. Y no solo eso. Se mudó a otra habitación.

—¿Y eso te molesta?

—Por supuesto que me molesta.

—¿Por qué?

La pregunta volvió a tomarme desprevenido.

—Porque es mi esposa.

—Eso no responde la pregunta.

Lo miré fijamente.

—Porque no debería estar durmiendo en otra habitación.

—¿Y dónde debería dormir?

—Conmigo.

Tadeo negó lentamente con la cabeza.

—Christian, si ella quiere dormir en otra habitación, deberías preguntarte por qué quiere hacerlo, no simplemente asumir que por ser tu esposa está obligada a compartir tu cama.

Sentí que la paciencia empezaba a agotárseme.

—Antes no era así.

—Ya me lo dijiste.

—Antes se levantaba temprano y preparaba el desayuno. Se preocupaba por mí. Sabía lo que me gustaba, lo que necesitaba, incluso podía notar cuando había tenido un mal día sin que yo tuviera que decirle una palabra. Ahora ya ni siquiera prepara el desayuno. Llega a la mesa, come lo que haya y se va. Apenas me habla y eso me irrita.

Tadeo permaneció en silencio.

—Y cuando intento acercarme —continué—, me rechaza. Cuando intento hablar con ella, terminamos discutiendo. Cuando intento saber qué le pasa, dice que quiere divorciarse. Cuando intento acercarme físicamente, también me rechaza.

Tragué saliva.

—No sé cómo hacer que vuelva a ser la mujer de antes.

Esta vez Tadeo tardó varios segundos en responder.

—¿Y si no tienes que hacer que vuelva a ser la mujer de antes?

Lo miré con desconcierto.

—¿Qué quieres decir?

—Quizá esa mujer ya no existe.

—Claro que existe.

—¿Estás seguro?

No respondí.

—Porque, por lo que me cuentas, Christian, parece que estás intentando recuperar a una Valentina que se cansó de ser quien era contigo.

—No sabes lo que dices.

—Tal vez no. Pero tampoco parece que tú estés intentando descubrir qué siente ella.

Me puse de pie y caminé unos pasos por la oficina.

—He intentado comprenderla.

—¿Cómo?

Me giré hacia él.

—¿Qué quieres que haga? ¿Que la persiga por toda la casa preguntándole qué le pasa? ¿Hasta que la obligue a hablar?

—No. Quiero que la escuches.

Solté una risa amarga.

—Eso intento.

—No, Christian. No lo estas intentando.

La frase me hizo detenerme.

Tadeo se inclinó ligeramente hacia delante.

—Cada vez que me hablas de Valentina dices lo que ella hace mal. Que está celosa, que te acusa, que se fue a otra habitación, que ya no cocina, que no prepara el desayuno, que te rechaza. Pero todavía no me has dicho una sola cosa que te haya contado ella sobre por qué está así.

No tuve respuesta.

—Y hay otra cosa que no entiendo —añadió.

—¿Qué?

—Si está tan mal tu matrimonio, ¿por qué no le das el divorcio? Eres joven, atractivo siempre has tenido una lista larga de mujeres detrás de ti, desde que recuerdo, no sería difícil encontrar una nueva esposa que esté a la altura de ser miembro de la familia Kuri.

Lo miré como si acabara de decir la cosa más absurda que había escuchado en mi vida.

—Jamás.

Tadeo perdió la expresión relajada.

—¿Por qué?

—Porque el matrimonio es para siempre.

—Eso es una promesa, Christian. No una condena.

La dureza de su voz me hizo fruncir el ceño.

—No voy a divorciarme de Valentina.

—¿Aunque los dos terminen viviendo en una tortura?

—No exageres.

—No estoy exagerando.

Tadeo se levantó de su silla.

—Estoy preguntándote algo muy sencillo. Si no eres feliz, si ella tampoco lo es, si cada conversación termina en una pelea y cada intento de acercamiento termina con uno de los dos herido, ¿para qué seguir casados?

No respondí.

—¿Porque sus familias lo decidieron? —insistió—. ¿Por el apellido Kuri? ¿Por orgullo? ¿Por miedo a reconocer que el matrimonio no funcionó?

—No, no es eso.

—Entonces, ¿por qué?

La pregunta volvió a golpearme.

Tadeo me observó fijamente.

—¿O es acaso que la amas?

Sentí que algo se cerraba dentro de mí.

Desvié la mirada hacia la ventana.

No respondí.

No podía hacerlo.

La palabra se quedó flotando en mi cabeza de una manera incómoda. Amarla.

Nunca había pensado en Valentina de esa forma. O quizá sí, pero siempre había encontrado una manera de llamarlo de otra manera: responsabilidad, compromiso, costumbre, familia, deber.

Cualquier cosa menos amor. Yo no conocía lo que era un amor, el amor para mí siempre había sido una transacción.

—Se supone que Valentina debería ser mi lugar seguro —dije finalmente, sin mirarlo—. Después de un día difícil en la oficina, después de pasar horas resolviendo problemas, negociando contratos, tomando decisiones que afectan a cientos de personas… debería poder llegar a casa y encontrar tranquilidad.

Tadeo permaneció en silencio.

—Mi esposa debería recibirme, preguntarme cómo me fue, mimarme un poco. —Mi voz bajó—. No debería buscar cualquier excusa para discutir conmigo.

Tadeo soltó el aire por la nariz.

—¿Y quién dijo que ella no necesita exactamente lo mismo?

Lo miré.

—¿Qué?

—Tú hablas de Valentina como si fuera tu refugio, pero nunca te has detenido a pensar que quizá tú también deberías ser el suyo.

La frase me dejó sin palabras.

—Tal vez ella también llega a casa cansada —continuó—. Tal vez también necesita sentirse querida. Escuchada. Elegida. Tal vez durante dos años estuvo intentando ser ese lugar seguro que tú esperabas y un día simplemente se cansó de hacerlo sola.

—Yo nunca le pedí que hiciera eso.

—Quizá no tuviste que pedírselo. Quizá ella asumió que eso era lo que una esposa debía hacer.

Aparté la mirada.

Tadeo se acercó unos pasos.

—Y antes de que vuelvas a decirme que Valentina cambió, piensa en esto: quizá no cambió ella. Quizá simplemente dejó de fingir que estaba bien.

Sentí un nudo en el pecho.

No quería escuchar aquello.

Porque, por primera vez, alguien no estaba diciéndome que Valentina era complicada, que estaba exagerando o que debía tener paciencia conmigo.

Tadeo estaba haciendo algo mucho peor.

Me estaba obligando a preguntarme si el problema no era ella.

Si el problema había sido yo.

—Hablas de ella como si la conocieras lo suficiente.

Tadeo me miró durante unos segundos antes de responder.

—Valentina es tu esposa, se lo que se de ella por ti, pero no es difícil entender a una mujer, una mujer necesita sentirse amada, hay mujeres a las que el dinero no les importa aunque sea difícil de creer para ti.

Entonces sonreí con sarcasmo, negando con la cabeza.

—Creo que estas confundiendo a Valentina con Vanessa, la diferencia es que Valentina es mi esposa, mis padres la escogieron para mí, en cambio Vanessa… 

Pude ver un destello en los ojos de Tadeo.

—Vanessa fue el amor de mi vida, con el que nunca pude casarme, todo por la condena de llevar un apellido de alta alcurnia, de que sirve todo el dinero, el estudio o el estatus social si no puedes tener a la persona que te hace feliz a tu lado —Tadeo hizo una pausa mirándome directo a los ojos —una vez me diste un consejo y te hice caso, me dijiste que dejara de ver a Vanessa por que mis padres no la dejarían en paz, la destruirían hasta que no quedara nada de ella y te hice caso. Ahora yo te daré un consejo, dale la libertad que tanto desea Valentina, si ella regresa es que te ama, pero si no… entonces para que seguir aferrándote a algo que no existe.

Apreté los dientes. 

—Este no era el tipo de consejo que venía a buscar.

—Es el consejo de un amigo sincero —dijo, pero después Tadeo miró al techo por un par de segundos para masajear sus dientes con las manos y volver a mirarme —lo siento, creo que estoy muy cansado.

Inhale profundo, en efecto se veía agotado. 

—Está bien, creo que ambos nos dejamos llevar, también estoy cansado. Iré a casa.

Me di la vuelta para marcharme pero la voz de Tadeo me detuvo justo cuando me disponía a girar la perilla.

—Christian… se bueno con Valentina, lo poco que la conozco se que es una buena mujer. 

Lo miré. Asentí y salí de su oficina.

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