Capítulo 62
Su mirada se volvió más fría. Era una de esas conversaciones en las que ninguno estaba dispuesto a ceder, no porque nos importara ganar la discusión, sino porque ambos habíamos aprendido que mostrar una debilidad frente al otro podía convertirse en un arma.
—Deberías cuidarte más y dejar de hacer dietas extremas —sentenció—. No tiene sentido que arruines tu salud por intentar verte mejor.
Sentí una punzada en el pecho, aunque no por el comentario en sí. Lo que dolía era la facilidad con la que había encontrado una explicación para mi deterioro sin detenerse a considerar que podía existir otra. Para él, todo seguía reduciéndose a una cuestión de apariencia, orgullo y conveniencia. No se le ocurría que mi cuerpo pudiera estar librando una batalla de la que yo apenas conseguía salir adelante cada día.
Pero tampoco podía culparlo por no conocer una verdad que yo había elegido ocultarle.
—No te preocupes —dije, volviendo la mirada hacia la diseñadora—. Comeré más después de la prueba. ¿Podemos continuar?
La mujer asintió de inmediato, agradecida por la oportunidad de apartar la conversación de un terreno tan incómodo.
—Por supuesto. Señor Kuri, ¿sería tan amable de pasar al vestidor? Su traje está listo y necesitamos comprobar cómo se complementan ambos diseños.
Christian me sostuvo la mirada un segundo más, como si esperara que añadiera algo. Una explicación, una disculpa o quizá una señal de que sus palabras habían conseguido afectarme.
No le di ninguna.
Finalmente, se volvió hacia la diseñadora y la siguió hasta el vestidor.
Cuando la cortina se cerró tras él, solté el aire que había estado conteniendo. No me había dado cuenta de la tensión que acumulaba en los hombros hasta que intenté relajarlos y sentí una punzada de dolor.
Había llegado un momento en el que las palabras de Christian ya no podían herirme de la misma manera. No porque hubiera dejado de amarlo, ni porque sus opiniones me resultaran indiferentes, sino porque empezaba a comprender que no podía seguir esperando de él algo que nunca parecía dispuesto a darme.
La ternura no podía exigirse. La preocupación tampoco.
Y yo estaba demasiado cansada para continuar mendigando ambas cosas.
La diseñadora volvió a trabajar en el vestido, sujetando la tela con alfileres mientras una ayudante tomaba medidas. De vez en cuando me pedía que girara ligeramente o que levantara los brazos, y yo obedecía sin apartar del todo la mirada de mi reflejo. Me pregunté cuánto tiempo pasaría antes de que los demás comenzaran a notar que no se trataba de una simple pérdida de peso. Cuánto tardaría mi enfermedad en dejar de ser algo que podía disimular con ropa elegante y maquillaje.
No tenía una respuesta.
Solo sabía que el tiempo parecía avanzar más deprisa de lo que yo podía soportar.
Unos diez minutos después, la cortina del vestidor se abrió y Christian apareció con el smoking negro. El corte impecable resaltaba sus hombros, y la chaqueta, confeccionada a medida, se ajustaba a su cuerpo con una precisión que hacía evidente la calidad del trabajo. La camisa blanca y la corbata negra completaban un conjunto sobrio, elegante y perfectamente acorde con la imagen de poder que siempre proyectaba.
La diseñadora dejó escapar una exclamación de satisfacción.
—¡Magnífico! Sabía que ese corte sería perfecto para usted. El negro le sienta de maravilla y combina con el tono del vestido de su esposa.
Christian se acomodó los puños sin prestar demasiada atención al elogio.
—¿Eso significa que ya podemos terminar?
—Casi. Necesito que ambos se coloquen juntos frente al espejo para comprobar la composición. Después haremos los últimos ajustes y estarán listos.
Bajé del podio con cuidado. La diseñadora me ayudó a acomodar la falda antes de indicarnos dónde debíamos colocarnos. Christian se situó a mi lado, tan cerca que podía percibir el aroma discreto de su perfume, pero sin llegar a tocarme. Yo mantuve los brazos relajados y la mirada al frente mientras la mujer se alejaba unos pasos para observarnos.
—Perfecto —murmuró, encantada—. No podrían complementarse mejor. El rojo aporta fuerza y personalidad, mientras que el negro le da a él una elegancia clásica. Juntos proyectan una imagen impresionante.
Nos observé en el espejo.
Tenía razón.
Éramos una pareja hermosa. Christian era alto, atractivo y poderoso, con esa presencia que hacía que la gente se apartara para dejarlo pasar. Yo, a pesar de mi aspecto cada vez más frágil, conservaba una elegancia que el vestido acentuaba. El rojo destacaba contra mi piel pálida, y el corte de la falda alargaba mi silueta. Desde fuera, parecíamos dos personas que se conocían a la perfección, dos cómplices preparados para conquistar cualquier salón al que entraran.
La clase de matrimonio que despertaba envidia.
La clase de pareja que las revistas describían como perfecta.
Pero el espejo no podía mostrar lo que ocurría cuando nos quedábamos solos. No reflejaba las noches en las que dormíamos separados por una distancia que parecía insalvable, las conversaciones que terminaban en reproches ni todas las palabras que habíamos aprendido a callar. Tampoco mostraba que, aunque nuestros cuerpos estaban uno junto al otro, emocionalmente vivíamos en mundos distintos.
Christian no me rodeó la cintura ni buscó mi mano. Yo tampoco intenté acercarme a él. Permanecimos rígidos, con una separación tan discreta que cualquier fotógrafo podría haberla pasado por alto, pero que para nosotros representaba todo lo que se había roto entre ambos. Sonreí con algo de ironía al pensar en que este era el matrimonio que él se empeñaba en rescatar.
—Deberían acercarse un poco más —sugirió la diseñadora—. Así se verá mejor la línea de ambos trajes.
Christian dio un pequeño paso hacia mí. Su brazo rozó el mío, pero no llegó a sujetarme. Yo permanecí inmóvil, contemplando nuestro reflejo con una serenidad que no sentía por completo.
—Así está bien —dije.
La diseñadora pareció percibir algo extraño en nuestro tono, porque no insistió. Se limitó a observarnos durante unos segundos más antes de asentir, satisfecha con el resultado.
—Están espectaculares. Estoy segura de que serán una de las parejas más elegantes de la gala.
No respondí. Christian tampoco.
La mujer se alejó para hablar con su ayudante sobre los últimos arreglos, y durante unos instantes nos quedamos solos frente al espejo. Yo contemplaba la figura que tenía a mi lado, intentando reconocer en aquel hombre al que alguna vez había imaginado como mi compañero de vida. Había pasado tanto tiempo esperando que nuestro matrimonio se transformara en algo más que un acuerdo entre familias que, en ocasiones, me costaba recordar en qué momento había comenzado a resignarme.
Christian inclinó ligeramente la cabeza hacia mí.
—El rojo te queda bien —murmuró.
Lo miré a través del espejo, sorprendida por el comentario. No era un cumplido habitual en él, y por un instante me pregunté si estaba a punto de decir algo más.
Bajé la mirada hacia el vestido. El rojo parecía más intenso bajo las luces de la boutique, casi demasiado vivo para una mujer que llevaba semanas sintiendo cómo sus fuerzas se escapaban poco a poco. Pasé los dedos por la tela y respiré despacio antes de volverme hacia él.
—Entonces será mejor que aprovechemos la ocasión —respondí—. No todos los días se tiene la oportunidad de verse bien. .
Christian frunció el ceño, como si mi respuesta no hubiera sido la que esperaba. Quizá aguardaba una réplica airada, una discusión o una de esas miradas heridas que antes me resultaba imposible ocultar. Pero ya no tenía ganas de darle ninguna de esas cosas.
Me aparté de su lado y bajé del podio. La diseñadora se acercó para ayudarme con la falda, pero le indiqué que podía hacerlo sola. Recogí mi bolso y caminé hacia la zona de pruebas, dejando atrás el espejo y la imagen de aquella pareja perfecta que nunca habíamos conseguido ser.
No miré atrás.
Christian permaneció donde estaba, frente al enorme espejo, con el smoking negro impecable y las manos quietas a los costados. En el cristal, su figura seguía proyectando la imagen del hombre poderoso que todos admiraban.
Pero la mía ya no estaba junto a él.
Y mientras me alejaba, con el vestido rojo rozando suavemente mis piernas, me descubrí pensando que quizá algún día Christian recordaría aquella prueba y comprendería lo que no había sido capaz de ver entonces.
Que no estaba intentando llamar su atención.
Que no quería castigarlo ni despertar sus celos.
Que, sencillamente, comenzaba a despedirme de una vida en la que había esperado demasiado tiempo que alguien me eligiera.
Él todavía no lo sabía.
Pero yo empezaba a comprender que, en ocasiones, la despedida más definitiva no necesitaba lágrimas, discusiones ni una última declaración de amor.
Bastaba con dejar de esperar.
