Capítulo 8

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La voz del empresario llenó mi recámara.

—Grupo Rocamonte lamenta el terrible accidente sufrido en la construcción de Plaza Antara. Enviamos nuestras más sinceras condolencias a los familiares de los cuatro trabajadores que fallecieron durante el derrumbe. Quiero asegurarles que las familias de estas personas serán indemnizadas como corresponde y que la empresa se hará responsable de todas las obligaciones derivadas de este lamentable accidente. 

Me quedé rígida, sin aire en los pulmones.

—…Estamos seguros de que este accidente no fue a causa de un descuido de nuestra parte. Trabajamos con las medidas más estrictas de seguridad, pero, a veces, aunque se procure la excelencia, siempre habrá factores que escapan a nuestro control. Lamentamos nuevamente la pérdida de nuestros cuatro trabajadores y acompañamos a sus familias en su dolor.

La frase se clavó en mis oídos como un disparo: «Los cuatro trabajadores que fallecieron».

Mi mundo se quebró.

Un grito desgarrado escapó de mi garganta y caí sobre la cama como si me hubieran arrancado las fuerzas. Las lágrimas corrían sin detenerse, y la habitación se volvió demasiado pequeña para contener tanto dolor.

—¡No! ¡No, Carlos! —susurré entre sollozos, apretando la almohada que aún conservaba su aroma.

Con manos torpes, tomé el portarretrato del buró. En la fotografía sonreíamos, ajenos a la tragedia que nos esperaba. Pasé los dedos sobre su silueta detrás del cristal, como si con ese gesto pudiera devolverlo a mí.

—Me prometiste amarme hasta el fin del tiempo, mi amor… —murmuré con la voz quebrada.

El dolor se transformaba en una punzada ardiente dentro de mí. Una parte de mi alma pedía a gritos aferrarse a la esperanza de que todo fuera un error; otra, más oscura, me exigía culpar a alguien. Carlos era un arquitecto brillante, minucioso, dedicado. ¿Cómo podía ser posible que una construcción bajo su supervisión terminara derrumbándose así, de la nada?

Nada encajaba. Nada tenía sentido.

El llanto se mezcló con una rabia ciega que me consumía. Necesitaba respuestas. No podía aceptar que lo hubieran arrancado de mi lado y que ahora solo me quedara su recuerdo. Necesitaba verlo, aunque fuera una última vez, aunque solo fuera para despedirme.

Y, en ese instante, entre lágrimas y desesperación, lo juré: no descansaré hasta saber dónde está su cuerpo, hasta mirar a los ojos a quienes me lo arrebataron y entender la verdad.

Porque mi vida, sin él, ya no tenía sentido.

Como pude, reuniendo la poca fuerza que me quedaba, conduje hasta la residencia de la familia de Carlos. Mi corazón latía con violencia, con la esperanza de que ellos tuvieran respuestas, de que al menos me permitieran verlo, abrazarlo por última vez. Al fin y al cabo, eran sus padres… los primeros en recibir cualquier noticia sobre él.

Aparqué frente a la caseta de vigilancia y bajé la ventana.

—Por favor, necesito entrar —supliqué. La voz me temblaba.

El vigilante evitó mirarme directamente a los ojos, incómodo.

—Lo siento, señorita. Tengo órdenes expresas de no dejarla pasar.

Mi respiración se cortó. Parpadeé, incrédula, como si no hubiera entendido bien.

—¿Cómo dice? —susurré.

—Los señores Alcázar dijeron que usted no tiene permitido el acceso.

Sentí que el mundo se me venía abajo. Con manos torpes saqué mi celular de la chamarra y marqué el número de la madre de Carlos. Contestó al segundo timbrazo.

—Señora… necesito hablar con usted. Solo quiero saber dónde está el cuerpo de Carlos. Quiero verlo una vez más —mi voz se quebró, deshaciéndose en llanto.

Hubo un silencio cruel, seguido de una respuesta helada.

—No volverás a verlo jamás. Y esperamos no volver a saber de ti nunca.

Y colgó.

El aire me abandonó. Mis rodillas flaquearon; sentí que todo dentro de mí se desgarraba. Corrí hasta el portón y, con la desesperación a flor de piel, grité desde allí:

—¡Carlos es mi vida! ¡No pueden hacerme esto! ¡Déjenme verlo!

El vigilante se adelantó, nervioso.

—Por favor, señorita, no me obligue a llamar a la policía.

Me quedé paralizada. Ellos… ¿por qué eran tan crueles conmigo? Yo jamás les hice daño. Todo lo contrario: había amado a su hijo con cada fibra de mi ser, con una devoción que me había sostenido en cada día gris. Y ahora me lo arrancaban de las manos, sin piedad, sin compasión.

Quería verlo, aunque fuera una última vez. Tocar su rostro, aun frío, aun dormido para siempre. Despedirme. Pero me lo negaban.

Me limpié las lágrimas con rabia. Si ellos me cerraban las puertas, buscaría otro camino. No me rendiría.

Arranqué el auto y conduje con firmeza hasta las oficinas de Grupo Rocamonte. El edificio se alzaba frente a mí, imponente, de cristal y acero, como un monstruo que me observaba desde arriba. Aparqué y entré. El contraste me golpeó: mi aspecto demacrado, mis ojos hinchados de tanto llorar, mi ropa arrugada… y ese lugar reluciente, pulcro, frío. Me sentí pequeña, insignificante. Pero no me importaba.

Me acerqué al mostrador de recepción.

—Buen día, señorita —intenté sonar firme, aunque la voz me tembló—. Quisiera hablar con el señor Abad Rocamonte.

La recepcionista levantó apenas la vista, con indiferencia.

—¿Con cuál de los dos? —preguntó.

Fruncí el ceño, confundida.

—¿Cómo dice? ¿Hay… varios?

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