Capítulo 16

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Me quedaban dos días antes de regresar al hospital. Y, aunque me aterraba enfrentar esa rutina sin Carlos, sabía que tarde o temprano tendría que hacerlo. ¿Sería capaz de superar la muerte del hombre que amaba?

La víspera de volver, decidí ayudar a Lili con la limpieza para no sentirme una carga. Bajé a la recepción a recoger la correspondencia y, entre los sobres rutinarios, encontré uno pequeño con mi nombre. El logotipo de Constructora Grupo Rocamonte me heló la sangre. Al abrirlo, descubrí un cheque por cien mil pesos.

Lo sostuve entre mis manos, confundida. ¿Era obra del señor Roberto Abad? ¿Lástima? No lo sabía, ni quería saberlo. Ese dinero no me devolvería a Carlos y yo no necesitaba caridad. Guardé el sobre en el buró de mi habitación, enterrándolo como si así pudiera borrar su existencia.

El timbre sonó. Al abrir, las risas de mis sobrinos llenaron el aire como un rayo de sol entre las grietas de mi tristeza. Me arrodillé y recibí sus abrazos pequeños, apretándolos contra mí como si fueran mi salvación. Luego abracé a Laura y, al hacerlo, me descubrí exhalando un suspiro que llevaba días atorado en mi pecho.

—¿Cómo te has sentido, Ana? —preguntó mi hermana con cuidado.

Bajé la mirada, insegura.

—Hoy al menos logré levantarme temprano y limpiar un poco… Mañana regreso al trabajo, pero tengo miedo, Lau. Me niego a vivir una vida sin Carlos.

Ella me acarició el brazo, con esa dulzura que solo una hermana puede tener.

—Tienes que poder, hermana. Los primeros días serán los más duros, pero después… después será solo un recuerdo amargo. Carlos no hubiera querido verte así.

Lo repetían todos. Y quizá tenían razón. Pero, en mi corazón, esa posibilidad todavía se sentía lejana, tan lejana como él.

Tres meses después

El día que regresé a trabajar a la clínica sentí que ya no era la misma persona que se había marchado tres meses atrás. Era como si, en el proceso de perder a Carlos, me hubiera quedado vacía, habitando un cuerpo que no terminaba de reconocer.

Recordaba todavía el brillo en mis ojos la primera vez que entré al Hospital San José: estaba tan emocionada, tan orgullosa. Era uno de los mejores hospitales privados de la ciudad y el salario era justo lo que necesitaba para comenzar a construir una vida con Carlos. Había sido feliz, entusiasmada, llena de planes. Todos mis compañeros me recibieron bien, y mi jefe confiaba en mí; veía en mí esa entrega que siempre me caracterizó. Incluso el señor Caballero, padre de Lili y dueño del hospital, junto con su esposa, me habían tratado con una calidez que me hacía sentir como en familia.

Pero ahora todo era distinto.

Lo sentía en las miradas que me atravesaban como cuchillos disfrazados de compasión. Escuchaba sus voces apagadas, sus murmullos venenosos o llenos de lástima:

“Pobre Ana, viuda antes de casarse.”

“Parece un zombi.”

“Es como si hubiera muerto con él.”

Cada palabra me hundía más, me recordaba mi desgracia como si yo necesitara un recordatorio. Cada jornada era una lucha entre sonreír para los pacientes y sostenerme en pedazos por dentro.

Me refugiaba en el trabajo. Tomaba jornadas dobles siempre que podía, no por dinero, sino por no enfrentar la soledad. Al menos, atendiendo pacientes, encontraba un atisbo de sentido, un instante en el que mi dolor quedaba relegado frente a la urgencia de sanar a otro. Pero, cuando llegaba a casa, la realidad me aplastaba. Me acurrucaba en la cama, abrazando la almohada como si fueran los brazos de Carlos, y lloraba hasta que el sueño me vencía.

Pasaron tres meses. Y, aunque Lili tenía razón, la vida para los demás había seguido adelante; yo permanecía atada a mi ausencia. Para el mundo, Carlos se había convertido en un recuerdo lejano. Para mí, seguía siendo cada respiro.

Aquella tarde de viernes, cuando apenas comenzaba mi turno, la doctora Ruíz irrumpió en mi consultorio, agitada.

—¡Ana! Voy de salida y acaba de llegar una paciente. Una niña se fracturó el brazo jugando en un árbol, eso dijo la madre —explicó rápido, ajustándose el bolso.

—No te preocupes, yo me hago cargo —respondí con una sonrisa automática.

Se marchó y yo, con la costumbre de siempre, me puse la bata, colgué el estetoscopio alrededor del cuello y guardé en los bolsillos lo indispensable: el oxímetro, el otoscopio y unos guantes.

Caminaba a paso firme por el pasillo cuando, de pronto, casi choqué con alguien.

El mundo se detuvo.

Frente a mí avanzaba con prisa un hombre de traje, de porte imponente y rostro cincelado en una seriedad implacable.

Me quedé helada.

Él.

El dueño de la constructora donde Carlos trabajaba.

Ese rostro lo tenía grabado en mi memoria, porque cada vez que pensaba en el accidente de Carlos, su sombra aparecía. Sentí un escalofrío recorrerme la piel.

Él me miró apenas unos segundos, pero no se detuvo. Su mirada no me reconoció, como si yo fuera solo una extraña entre batas blancas. Tal vez la última vez que me vio —despeinada, con ojeras, rota— había borrado cualquier huella de mí.

Sacudí la cabeza, tragándome el nudo que se me había formado en la garganta. No podía pensar en eso ahora. Tenía una niña esperándome.

Pregunté a las enfermeras por la habitación y me dirigí rápidamente hacia ella. Al abrir la puerta, lo primero que vi fue a la pequeña llorando desconsolada, aferrándose el brazo con dolor. Mi instinto profesional me impulsó hacia ella, pero la escena se completó de golpe.

Él estaba ahí.

Arturo Abad.

A su lado, una mujer de belleza impecable, de esas que parecían hechas a medida para acompañar a un hombre poderoso.

Él me miró; esta vez sí se detuvo. Su expresión fue de sorpresa, como si la memoria finalmente le jugara una mala pasada.

—¿Usted? —preguntó, incrédulo.

La mujer giró hacia él, desconfiada, escrutándome como si yo fuera una intrusa.

—¿La conoces? —preguntó con el ceño fruncido.

Ironías de la vida. Yo, que había intentado huir de todo lo relacionado con la muerte de Carlos y con esa constructora maldita, ahora me encontraba frente al hombre que representaba la raíz de mi desgracia.

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