Capítulo 15
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Roberto Abad Rocamonte
En el camino hacia el bar de la casa, la inconfundible figura de Katherine apareció frente a mí. Llevaba ese vestido entallado que usaba para seducir a Arturo, y en sus labios se dibujó una sonrisa envenenada, de esas que no significan alegría, sino un reto.
Me detuve a un metro de ella, clavando los ojos en los suyos.
—Vaya, no pensé que tendrías el descaro de venir a la fiesta de mi sobrina —dije con una ironía que goteaba veneno.
La sonrisa desapareció de inmediato, y sus ojos se encendieron de rabia.
—No me molestes, Roberto. Entre tú y yo, el más descarado eres tú. ¿O ya olvidaste que quisiste robarle la esposa a tu propio hermano? —escupió con desprecio.
La furia me recorrió de pies a cabeza. Sin pensarlo, sujeté su brazo con fuerza y la arrastré hacia el despacho de mi padre, que quedaba a unos pasos de allí. La habitación estaba vacía, impregnada del olor a madera y a vino añejo. Cerré la puerta de un golpe. El eco retumbó entre nosotros.
—No vuelvas a mencionar eso, Katherine… ¿Entendiste? —Mi voz salió baja, cargada de veneno.
Ella forcejeó. Sus ojos brillaban de ira.
—¡Suéltame! Me estás lastimando… —protestó con un gemido.
Finalmente la solté, no por compasión, sino por fastidio.
La observé con repulsión. Clara, mi Clara, la había considerado siempre su mejor amiga. Y, sin embargo, fue esa víbora la que sembró sus dudas, la que la manipuló con falsas palabras hasta empujarla al abismo. Katherine siempre había jugado sucio, moviendo las piezas para quedarse con Arturo cuando Clara decidiera abandonarlo para estar conmigo.
Me acerqué más, lo suficiente para que pudiera sentir mi respiración rozar su rostro.
—Escúchame bien. Si abres la boca, yo le diré a Arturo que siempre supiste lo que hubo entre Clara y yo. Y no solo eso: le recordaré quién fue la que empujó a Clara a confesarle lo del amante aquel maldito día. ¿Qué crees que pensará tu «amor» de ti cuando sepa que lo traicionaste desde siempre? Te aborrecerá, Katherine. Y lo sabes.
Sus facciones se oscurecieron; una sombra cruzó por sus ojos. Intentó mantener la compostura, pero pude ver el miedo detrás de su máscara.
—Tienes que ayudarme para que él formalice conmigo —me exigió. Su voz era un susurro disfrazado de orden.
Reí. Una carcajada baja, amarga, cargada de burla.
—Ese no es mi problema. Arréglatelas sola.
Su mandíbula tembló de rabia y, sin decir más, salió del despacho con pasos firmes, pero con el veneno destilando por cada uno de ellos.
Suspiré, cansado de su teatro. Me serví una copa de vino de la colección de mi padre. La sostuve un segundo, observando el reflejo oscuro del líquido, como si buscara respuestas en él… y luego la bebí de un solo trago. El ardor me quemó la garganta, pero no fue suficiente para apagar la molestia.
Katherine… siempre había sido una piedra en mi zapato. Una piedra peligrosa, capaz de hundirme o de hundirse conmigo.
Ana Paula Lago
Al día siguiente amanecí sentada en el sofá, abrazando mis piernas contra el pecho como si de esa manera pudiera sostenerme en pie, como si el calor de mi propio cuerpo pudiera suplir la ausencia que me helaba por dentro.
En mi mano sostenía un frasco de antibióticos. Lo levantaba a la altura de mis ojos y lo observaba como quien contempla un destino posible.
No me quedaban lágrimas. Mis ojos ardían, enrojecidos, vacíos, resecos… tan cansados de llorar que ya no encontraban alivio en ello.
Carlos no regresaría. Esa certeza era un golpe que se repetía una y otra vez, sin descanso. No tenía dónde vivir, y los ahorros para nuestra boda estaban en una cuenta a su nombre, intocables, como un cruel recordatorio de que habíamos soñado en vano.
Mi hermana Laura me alentaba a pelear por lo mío, pero yo no tenía fuerzas ni siquiera para levantarme del sofá.
A veces pensaba que tragarme todas esas pastillas sería más fácil que aprender a respirar sin él. Sería rápido, silencioso. El dolor se apagaría. Pero entonces pensaba en mis padres… en sus manos cansadas, en sus sacrificios para que yo pudiera llegar hasta aquí, a ser médica. ¿Cómo podría pagarles con una decepción tan grande? No, no podía ser tan egoísta. Tenía que aprender a vivir con esta herida.
—¡Ana! —La voz de Lili me sacudió de golpe; tembló en el aire como un grito desesperado—. ¡Ni se te ocurra hacer lo que creo que estás pensando!
Apreté el frasco con fuerza, como si pudiera ocultar mi debilidad, pero fue inútil. Ella se acercó con paso decidido y, de un tirón, me lo arrebató de las manos.
—¡Ni se te ocurra, Ana! —repitió, con los ojos humedecidos.
Me encogí, apoyando la frente sobre las rodillas, buscando refugio en mí misma.
—Solo estaba… pensando en ello —musité, con la voz quebrada—. Extraño tanto a Carlos.
Lili se sentó a mi lado. Su mano cálida sobre mi espalda fue un ancla que me sostuvo en la orilla cuando sentía que me hundía.
Me miró con ternura, con esa compasión que dolía porque me recordaba lo rota que estaba.
—Sé que es difícil, pero algún día tendrás que continuar con tu vida —me dijo, con la voz suave y firme al mismo tiempo—. Tu familia y yo estaremos aquí para apoyarte. No te preocupes por cuánto tiempo te quedes conmigo; lo importante es que vuelvas a trabajar poco a poco. El departamento es enorme. Incluso me gusta que vivas aquí, ya no me siento tan sola. Todo se irá acomodando, ya verás.
Me limité a sonreír apenas, con los labios temblando. Sus palabras eran como una venda sobre una herida demasiado profunda.
