Capítulo 13
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Ana Paula Lago
El señor Roberto recogió mi celular del suelo. Vi cómo sus cejas se fruncieron al leer el mensaje de la madre de Carlos; ese veneno escrito con frialdad que acababa de destrozarme. Cerró la pantalla y, sin decir palabra, se inclinó hacia mí.
Me levantó en brazos con una facilidad que me hizo sentir pequeña, frágil, como si no pesara nada. Yo apenas podía reaccionar; estaba en shock, ida. ¿Dónde viviría ahora? Nuestro hogar, nuestros sueños… todo se desmoronaba en un instante. Ese departamento no era solo ladrillos y paredes; era el refugio donde Carlos y yo habíamos soñado con una vida. ¿Cómo podían arrebatármelo así?
—Lamento lo que voy a decirte… —Su voz era grave, firme, como si midiera cada palabra para no herirme más—. No soy abogado, pero convivo con ellos todos los días. Lo que dice este mensaje… es cierto. Si el departamento estaba a nombre de tu prometido, todo pasa legalmente a sus padres. Sus cuentas, sus pertenencias… todo. Porque ustedes aún no se habían casado.
Sus ojos se clavaron en los míos, y ese peso en su mirada me atravesó el pecho. La fuerza se me fue de las piernas. Sentí que iba a derrumbarme otra vez, pero él me sostuvo con más firmeza, como si se negara a dejarme caer. Me cargó en brazos, como si fuera una muñeca rota, y yo me dejé llevar. No tenía fuerzas para resistirme, ni ganas de aparentar que podía con aquello.
El llanto volvió a nublarme la vista. Mi garganta ardía con un grito contenido que no podía liberar. Todo estaba mal. Carlos ya no estaba, mis recuerdos se iban junto con él y ahora me quedaba sin un lugar al cual llamar hogar. ¿Cómo podía continuar? ¿Cómo se suponía que debía seguir respirando con tanto dolor sobre los hombros?
—¿Hay algún lugar al que pueda llevarla? —preguntó él, con mi cuerpo aún en sus brazos. Su tono no era inquisitivo, sino preocupado, cargado de esa gravedad que lo envolvía todo.
Tragué saliva con dificultad. Mis padres no eran una opción: no podía soportar que me vieran así, hecha pedazos, ni quería añadir a su tristeza la carga de la mía. La casa de mi hermana estaba llena; no había espacio para mí en su vida ahora. Solo quedaba una alternativa.
—A casa de Lili, mi mejor amiga… —susurré con la voz rota—. Ella vive sola… quizá pueda recibirme… al menos por ahora.
Lo dije bajito, con la certeza amarga de que ya no tenía nada mío, de que todo lo que conocía se había convertido en ruinas.
El señor Roberto me llevó de nuevo hasta el auto. Su voz grave, pausada, me indicó que lo esperara allí, que él mismo traería mis maletas y me llevaría a casa de Lili. No supe cómo agradecerle en ese momento; apenas me sostenía en pie. Lo miré con un atisbo de gratitud. Había en él una calma distinta, algo que contrastaba profundamente con aquella mirada oscura que aún me perseguía en los recuerdos. Un escalofrío me recorrió la espalda con solo evocarla.
Cuando llegamos al departamento de mi amiga, el corazón me latía con fuerza. Toqué la puerta y, apenas unos segundos después, Lili apareció. Su mirada pasó de mí al señor Abad y luego a las maletas.
—¿Qué pasó, Ana? ¿Estás bien? —Su voz temblaba de preocupación.
—Los padres de Carlos… me echaron del departamento —murmuré con un hilo de voz, antes de dejarme caer en sus brazos. La abracé con la poca fuerza que me quedaba y me deshice en llanto. Ella acarició mi cabello con ternura, como si quisiera sostenerme con ese simple gesto.
—¿Puedo quedarme unos días contigo? —balbuceé entre sollozos incontrolables—. No quiero preocupar a mis padres ahora…
—Claro que sí, ven. Siéntate aquí conmigo.
Me guio hasta la sala y yo me acurruqué en el sofá, con la mirada perdida, como si el mundo se hubiera vaciado de sentido.
El señor Abad entró apenas un metro, dejando mis maletas a un costado.
—¿Quién es usted? —preguntó Lili, con tono firme.
—Roberto Abad Rocamonte —respondió con cortesía—. La señorita Lago estuvo en la oficina, se desmayó y me ofrecí a llevarla a casa. Pero, viendo las circunstancias, no podía dejarla sola. En un rato más traerán su auto.
Sacó una tarjeta de su billetera.
—Tenga, por si llegan a necesitar algo.
Lili tomó la tarjeta y lo miró de arriba abajo, desconfiada.
Yo me puse de pie, a pesar del cansancio. Al menos quería agradecerle.
—Gracias, señor… al menos usted ha demostrado tener un buen corazón, no como su hermano.
Él sonrió, aunque en esa sonrisa había algo extraño, como si guardara un secreto.
—Mi hermano y yo no somos iguales. Él está sediento de poder y dinero, como seguramente ya lo habrá notado. Lamento mucho lo de su prometido, en verdad. Espero que, cuando todo esto pase, encuentre la fuerza para salir adelante. Usted es joven, inteligente y mucho más fuerte de lo que cree. Al menos eso me ha demostrado en el poco tiempo que la he tratado. Fue un gusto conocerla, señorita Lago.
Se inclinó apenas, cortés, y se marchó.
El silencio nos envolvió. Lili cerró la puerta de un golpe y, resoplando, dijo entre dientes:
—Este tipo… ¿Qué le pasa?
Yo no respondí. No tenía fuerzas ni para juzgar ni para pensar en nada más. Ella se sentó a mi lado y me rodeó con sus brazos. Lloré sobre su pecho, mientras sus manos frotaban mi espalda.
Entre sollozos, le confesé mi dolor, la herida abierta de no haber podido ver a Carlos una última vez. El peso insoportable de la ausencia me aplastaba. Se supone que los médicos deberíamos estar preparados para la muerte, para despedir a nuestros pacientes… pero nadie me enseñó a vivir sin el amor de mi vida.
Él y yo habíamos prometido estar siempre juntos. Y ahora, esa promesa se había roto con la brutalidad de la muerte.
