Capítulo 17
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Ana Paula Lago
—Buenas tardes… ¿Qué fue lo que le pasó a la niña? —pregunté con la voz más firme que pude, aunque mis manos temblaban ligeramente mientras palpaba con cuidado el brazo de la pequeña.
Los sollozos de la niña llenaban la habitación y, por instinto, acaricié su frente con suavidad para tranquilizarla. Mis ojos se alzaron hacia los adultos que estaban frente a mí.
—Ella estaba jugando en el jardín cuando, de repente… ya estaba en el árbol. Se resbaló y se cayó —respondió la mujer con un tono que pretendía reflejar preocupación, pero que a mí no me sonó sincero. Sus palabras se desmoronaban al contacto con la realidad. Sus ojos brillaban más de fastidio que de verdadero miedo.
Quien sí parecía al borde de explotar era él.
Arturo Abad.
—¡Katherine! —rugió, y su voz retumbó en mis oídos con una fuerza que hizo estremecerse incluso a la niña—. ¡Primera y última vez que te permito cuidar de mi hija! No puedo creer que haya sido tan ingenuo como para pensar que podía estar segura contigo. ¿Qué estabas haciendo? ¿No viste cuando subió al árbol? ¡Ella nunca hace esas cosas!
La mirada que le lanzó a aquella mujer era tan dura, tan cargada de furia, que por un momento me pareció que podía quebrarla con un simple gesto. Ella, con su voz chillona, intentaba calmarlo.
—Cariño, lo siento… Lo siento mucho. No volverá a pasar… —repetía como un estribillo desesperado, mientras yo percibía que sus disculpas eran más un acto de conveniencia que un reflejo de verdadero arrepentimiento. Se notaba.
Pero Arturo Abad no la escuchaba. No había espacio en él para sus palabras vacías. Su atención estaba dividida entre su hija —que seguía llorando entre mis manos— y la impotencia de ver a esa mujer fallar en lo que más amaba.
Yo me forcé a mantenerme en mi papel profesional, aunque mi corazón latía desbocado. Con un suspiro, tomé el oxímetro y revisé sus signos vitales, acercando el aparato a sus pequeños dedos mientras mi otra mano acariciaba su brazo lastimado.
—Tranquila, mi amor… —le susurré a la niña con voz baja, casi maternal—. Estoy aquí. No te va a pasar nada grave. Soy la doctora Ana. ¿Y tú cómo te llamas?
—Lisa… —respondió con una dulce voz.
Me incliné para examinarla más de cerca y confirmé que no tenía signos de traumatismo en la cabeza, aunque varios raspones marcaban su piel delicada.
Al levantar la vista, me encontré con los ojos de Arturo fijos en mí.
Su respiración agitada lo delataba, pero en medio de su furia había algo más: una expresión que no supe interpretar.
Y, aunque debería haber desviado la mirada, no pude hacerlo.
Por un instante, mientras sostenía a su hija entre mis manos, tuve la impresión de que ese hombre —el mismo que cargaba el peso de mis recuerdos más oscuros— me veía de una forma distinta.
Me apresuré a volver la atención a la niña, intentando ahogar el temblor de mis labios.
La tensión en la habitación podía cortarse con un bisturí.
—¿Sabes qué? Vete a casa. Luego hablamos —la voz de Arturo sonó autoritaria, como un golpe seco sobre la mesa.
Yo observaba en silencio, con el corazón encogido, porque estaban discutiendo frente a la niña.
—Pero, Arturo… No fue mi culpa —chilló la mujer que, por lo que escuché, se llamaba Katherine y no era la madre de Lisa.
—Pero nada. No tengo humor para que estés aquí —escupió con severidad.
Ella hizo un último puchero, pero ya no había rastro de ternura en su expresión.
En ese instante, la niña habló con esa valentía que solo da la verdad.
—Papi… Katherine me estaba persiguiendo. Por eso subí al árbol. Dijo que yo era una niña malcriada… Quería castigarme.
Su vocecita quebrada buscó mis ojos y yo la sostuve con una ternura inevitable.
El silencio que siguió fue helado.
Nuestras miradas se clavaron en Katherine, cuyo labio tembló visiblemente.
—Lisa, di la verdad. No seas mentirosa… —espetó ella, nerviosa—. Eso no es verdad, Arturo. Tu hija no me acepta. Inventa cosas porque no quiere que yo forme parte de la familia.
—No es mentira, papi… —La pequeña rompió en llanto y no pude contenerme más. La abracé, acariciando su cabello, como si quisiera protegerla de todo aquel caos.
La mandíbula de Arturo se tensó al límite.
—Mi hija no es una mentirosa, Katherine…
—¡Arturo, por favor, créeme! Yo no le hice nada a Lisa. Lo único que he hecho es quererla como si fuera mi propia hija, por ti… y por Clara.
El nombre de esa mujer fue una chispa en pólvora.
—No te atrevas a nombrarla —rugió Arturo, cortante, y en sus ojos vi la sombra de un dolor que todavía no sanaba.
El aire en la habitación se espesó de pronto.
La puerta se abrió de golpe y mi corazón dio un salto.
Roberto Abad.
Al verme con la niña en brazos, sonrió con esa mueca que parecía de satisfacción.
—Ana… Qué sorpresa —pronunció, como si mi presencia allí fuera un regalo inesperado.
Tragué saliva, incómoda.
Arturo masajeó sus sienes, exasperado, hasta apoyar una mano en la cintura.
—¿Cómo está mi pequeña sobrina? —preguntó Roberto con un tono suavizado, acercándose para besar la mejilla de Lisa.
Ella, sin embargo, apartó la vista con un gesto de desdén dirigido a Katherine.
El brillo oscuro en los ojos de Roberto se encendió. Tomó a la mujer de los brazos con brusquedad.
—¿Qué le hiciste a mi sobrina? —gruñó, y todo mi cuerpo se estremeció. Ese ya no era el hombre amable que había conocido… era otro, más frío, más feroz—. Eres una bruja.
—¡Suéltame, Roberto! —gritó Katherine, forcejeando.
No pude más.
—¡Basta! —alcé la voz, indignada—. No pueden estar discutiendo en un hospital y mucho menos frente a una niña. ¡La están asustando!
Él la soltó al instante, aunque no tardó en sujetarla de nuevo para arrastrarla hasta el pasillo. Los gritos comenzaron a retumbar afuera, tanto que Arturo terminó saliendo también.
Me agaché frente a la pequeña.
—Lisa, no te muevas, ¿sí? Yo vuelvo enseguida… —le pedí con suavidad.
Ella mordió su labio, asustada. Mi pecho ardía de impotencia. ¿Cómo podía una familia con tanto poder perderse en escándalos tan vergonzosos, y en un hospital nada menos?
Al salir al pasillo, la escena me dejó sin aliento.
Katherine, con el rostro enrojecido por la furia, lloraba y suplicaba.
—Lo mejor será que terminemos lo que sea que teníamos, Katherine. Te lo advertí… Lo nuestro nunca fue formal —dijo Arturo con una frialdad que me atravesó como un cuchillo.
Ella quiso abrazarlo con desesperación, casi arrodillándose.
—¡No, Arturo! ¡No me hagas esto! Yo te amo. Eres el amor de mi vida… ¡Sin ti no puedo vivir!
Pero él la apartó sin compasión.
—No quiero volver a verte. Y no lo hago solo por mí… Lo hago por mi hija. Jamás debí dejar que la cuidaras.
—Pero…
—Nada. Es mi última palabra. Quiero que desaparezcas de mi vida y de la de mi familia.
Las lágrimas de Katherine se transformaron en rabia. Sus ojos buscaron a Roberto, que observaba la escena a mi lado con la misma expresión de un depredador paciente.
—¿Me acusas a mí, Arturo? —gruñó de pronto—. ¿Crees que soy un monstruo? —Su voz goteaba veneno—. Pues te equivocas. El verdadero monstruo vive en tu propia casa. Si supieras…
Roberto dio un paso hacia ella. Su rostro se ensombreció.
—Katherine, no te atrevas. No hagas algo de lo que puedas arrepentirte —gruñó.
Arturo los miró a ambos, desconfiado, con la tensión recorriéndole las venas.
—¿De qué estás hablando? —exigió con furia—. ¡Dilo de una vez!
El pasillo entero pareció contener la respiración.
Yo permanecía inmóvil, incapaz de reaccionar.
