Capítulo 18
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Ana Paula Lago
El pasillo del hospital parecía haberse convertido en un campo de batalla.
—¡Dilo de una vez, Katherine! —La voz de Arturo Abad resonó con furia, su mirada clavada en la mujer como si la quisiera atravesar.
Roberto dio un paso adelante y la tomó del brazo con rudeza.
—Vámonos. No vas a arruinar nada aquí —gruñó, intentando arrastrarla hacia la salida.
Pero Katherine se zafó con un movimiento brusco, con la furia pintada en el rostro.
—¡Suéltame! —gritó con la voz quebrada—. Si yo me hundo, tú te hundes conmigo, ¿me oyes?
Vi cómo Roberto apretaba los dientes; la mandíbula endurecida y los ojos oscuros eran una amenaza silenciosa. Arturo lo observaba con suspicacia, como si, de pronto, todas las piezas de un rompecabezas comenzaran a encajar.
—Déjala hablar, Roberto —ordenó con voz grave, firme, cargada de un presentimiento doloroso.
—¡Por favor! —alcé la voz, incapaz de soportarlo más—. ¡Están en un hospital! ¡No pueden armar este escándalo frente a pacientes y personal!
Nadie pareció escucharme.
Katherine respiró hondo y sus palabras salieron como cuchillas en el aire.
—¡Sí, me enamoré de ti, Arturo! —Sus ojos se llenaron de lágrimas, aunque no supe si de dolor o de rabia—. Aunque Clara era mi mejor amiga, yo te deseaba. Pero ella nunca te amó… Ella tenía un amante. ¿Y sabes quién era ese amante? —Hizo una pausa letal—. ¡Tu propio hermano, en tu propia casa!
Un silencio sepulcral se apoderó del pasillo.
Sentí cómo la sangre me abandonaba el rostro.
Arturo dio un paso atrás, como si el suelo hubiera cedido bajo sus pies.
—No… No puedo creerlo —musitó con la voz quebrada—. ¿Cómo pudiste, Roberto? ¡Eres mi hermano!
Roberto alzó la barbilla, implacable, sin un solo rastro de arrepentimiento en el rostro.
—Tú ni siquiera sabes cómo ocurrieron las cosas —respondió con frialdad, como si aquella revelación no lo afectara en lo más mínimo.
Entonces, con toda la fuerza de su rabia acumulada, Arturo descargó un puñetazo directo contra la mejilla de su hermano. Roberto no lo vio venir.
—¡Tampoco quiero saberlo! —rugió Arturo—. ¡Eres un ser despreciable! ¡Arruinaste a mi familia! Por tu culpa Clara está muerta y Lisa… ¡Lisa no tiene una madre que la proteja!
El dolor que había en su voz me desgarró por dentro.
Vi a Roberto incorporarse con la furia reflejada en los ojos y, sin pensarlo, se lanzó sobre Arturo.
De pronto, los dos estaban enredados en una pelea brutal. Los golpes resonaban en las paredes del pasillo mientras médicos y enfermeras observaban horrorizados, sin saber cómo intervenir.
Me quedé paralizada apenas un segundo.
Entonces, el grito ahogado de la niña atravesó mi mente.
Lisa.
Mi corazón se desbocó.
No podía permitir que esa niña viera a su padre y a su tío destrozándose a golpes en medio del hospital.
El único pensamiento que ocupaba mi mente era detenerlos antes de que la situación se volviera irreparable.
—¡Basta! —grité, lanzándome hacia ellos, pero apenas logré abrirme paso cuando, como caída del cielo, Lili apareció corriendo por el pasillo.
—¡Deténganse! ¿Están locos o qué? ¡En este hospital no vamos a permitir una pelea! ¡O se calman o se largan de aquí! —rugió, empujando con todas sus fuerzas a Roberto para separarlo de Arturo.
Aproveché ese instante y tomé a Arturo del brazo con firmeza. Él todavía intentaba lanzarse contra su hermano, con los ojos inyectados en sangre y la respiración agitada. Lo jalé hacia mí, obligándolo a mirarme a los ojos.
—¡Arturo, escúcheme! —Mi voz temblaba, pero logré sonar firme—. Su hija está en la habitación… lo está esperando. ¿Quiere que escuche todo lo que se dijo de su madre? ¿Quiere que sufra viendo a su padre pelearse con su propio tío? ¡No la haga pasar por eso!
Vi cómo sus pupilas se nublaban. Su pecho subía y bajaba con rabia y dolor. Se pasó una mano por el cabello, como si buscara la manera de contener todo lo que le explotaba por dentro. Al final, asintió lentamente.
Giró el rostro hacia Roberto y lo miró como si estuviera dictando una sentencia.
—Te voy a destruir —dijo con voz grave, helada—. Si antes tuve paciencia contigo, ya no más. A partir de hoy… ya no eres mi hermano.
Las palabras cayeron como un balde de agua helada. Yo misma contuve el aire en los pulmones.
Roberto lo miró con furia, con esa soberbia que parecía formar parte de su esencia.
—Ni quien quiera serlo —espetó con un tono venenoso—. Clara me amaba a mí, porque contigo vivía un infierno, porque nunca supiste hacerla feliz.
