Capítulo 22

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Ana Paula Lago

Entré al consultorio con una mano apoyada sobre el pecho, como si intentara sostenerme a mí misma junto con los latidos que no conseguían calmarse. Cerré la puerta detrás de mí y me recosté un instante contra ella, respirando hondo para ordenar los pensamientos que se arremolinaban en mi cabeza: la acusación de Katherine, el rostro tenso de Arturo Abad, la pelea que había estallado en el pasillo. Por un momento, la compasión me rozó al recordar la expresión de Arturo cuando escuchó la traición. Luego la ira regresó, fría y cortante: él formaba parte del engranaje que me había arrebatado a Carlos. 

Me senté frente al escritorio y llené con mano temblorosa las solicitudes para las radiografías. En una hora tendría las placas y, con ellas, la certeza necesaria para emitir un diagnóstico.

El turno vespertino siempre me dejaba más sola con mis demonios. La clínica se volvía más silenciosa, los pasillos se vaciaban y mis pensamientos encontraban espacio para perseguirme. Por ahora estaba concentrada en Lisa y en el paciente que permanecía en observación por un problema de vesícula. Al menos, durante un rato, el deber consiguió acallar todo lo demás.

Una hora después sostenía las radiografías entre mis manos.

Fui a la bodega a buscar los inmovilizadores. Caminé hacia la habitación de Lisa con paso firme, pero, antes de girar la perilla, respiré hondo una vez más y repetí para mis adentros la misma palabra:

Calma.

Profesionalismo.

—Hola, Lisa —dije al entrar, procurando que mi sonrisa resultara cálida—. ¿Cómo te sientes? ¿Ya te trajeron algo para el dolor?

—Una enfermera me puso una inyección —respondió con ese puchero capaz de enternecer a cualquiera.

Le alcé suavemente la barbilla y acomodé un mechón de cabello detrás de su oreja. Era tan pequeña… y tan valiente.

—Muy bien. Voy a colocarte unos inmovilizadores para que estés más cómoda, ¿de acuerdo?

Ella asintió sin dejar de mirarme con aquellos ojos enormes.

Mientras colocaba el soporte en su brazo, noté la mirada de su padre fija en cada uno de mis movimientos. Respiré despacio para que mi pulso no delatara mi incomodidad. Su presencia seguía imponiéndome, y aquella atención constante comenzaba a resultarme insoportable.

Tomé la bolsa de plástico donde venían los inmovilizadores y tiré de uno de los extremos.

El plástico no cedió.

Demasiado grueso.

Demasiado bien sellado.

Negué con la cabeza. Debí traer unas tijeras.

Antes de que pudiera decirlo, sentí una mano junto a la mía.

Arturo se inclinó y, con un movimiento firme, abrió la bolsa. Luego me la devolvió sin decir una sola palabra.

—Gracias —susurré con una voz más suave de lo que habría querido.

Él esbozó una sonrisa apenas perceptible. No llegó a sus ojos. Fue un gesto automático, casi una mueca, que despertó en mí una extraña mezcla de emociones: por un lado, el rechazo hacia todo lo que representaba; por el otro, una gratitud inevitable por aquel gesto sencillo que me había evitado un momento incómodo.

Le sostuve la mirada apenas unos segundos.

Me sorprendió descubrir la tensión permanente en su mandíbula… y la fragilidad que parecía esconder detrás de tanta dureza.

Saqué con cuidado la bota inmovilizadora de tobillo y la coloqué en el pie izquierdo de la pequeña Lisa. Tragué saliva, intentando mantenerme serena mientras ajustaba las correas. Luego levanté la vista… y me encontré directamente con los ojos de su padre.

Esa mirada oscura, penetrante, que siempre conseguía desestabilizarme.

—Lisa deberá permanecer con los inmovilizadores durante al menos dos semanas —expliqué, procurando que mi voz sonara firme—. Después tendrá que regresar a revisión para determinar si puede retomar su vida normal. Le recomiendo solicitar un permiso en el colegio para que guarde el mayor reposo posible. Por protocolo, puede quedarse esta noche en el hospital, pero, si lo prefiere, puede llevarla a casa, siempre y cuando prometa que no se moverá hasta mañana. Antes de irse, agenden una cita de control dentro de dos semanas.

—Gracias por su profesionalismo, a pesar de todo —respondió él con seriedad.

Asentí sin decir una palabra, pero cuando dio un paso hacia mí, demasiado cerca, un escalofrío me recorrió la espalda.

—Debe de ser difícil atender a la hija del hombre al que cree responsable de la muerte de su prometido.

Sus palabras me atravesaron como un cuchillo. Sentí que la herida, apenas cubierta por un delgado hilo de resignación, volvía a abrirse por completo.

Lo fulminé con la mirada, pero el dolor era más fuerte que mi orgullo.

Sin responderle, salí de la habitación casi a la carrera.

—¡Adiós, Ana! —escuché la vocecita de Lisa a lo lejos, inocente, ajena a la tormenta que cargábamos los adultos.

Aceleré el paso hasta llegar a mi consultorio. Cerré la puerta tras de mí, dejé el expediente sobre el escritorio y me dejé caer en una de las sillas. Hundí el rostro entre los brazos apoyados sobre la mesa.

Las lágrimas que había reprimido durante días brotaron sin control.

Y justo hoy…

Tenía que encontrarme con ese hombre.

Deseaba no volver a verlo jamás.

Me sobresalté al sentir una mano firme posarse sobre mi hombro. Alcé el rostro de golpe y me apresuré a limpiar las lágrimas con las palmas de las manos.

Al girarme… lo vi.

—Usted… —musité con rencor, mirándolo con los ojos enrojecidos.

Él sostuvo mi mirada sin apartarse, con ese aire de autoridad natural que lo envolvía. Levantó ligeramente la barbilla, apretó la mandíbula y metió las manos en los bolsillos del pantalón.

—Sé que piensa que soy el responsable de la muerte de su prometido. Pero no lo soy.

Mi labio inferior tembló. La humedad volvió a nublarme la vista.

Él, en cambio, mantenía el semblante sereno, aunque su voz había perdido parte de aquella dureza habitual.

—La vida es así. A veces nos arrebata lo que más amamos, pero eso no significa que debamos dejarnos vencer. Ese no es el propósito de vivir. Hay que superar las pruebas que se nos presentan. —Suspiró hondo—. Tal vez, si yo hubiera estado personalmente a cargo del proyecto de Plaza Antara, su prometido seguiría con vida. Pero… ¿cómo iba a saberlo? No puedo supervisar personalmente cada detalle de todos los proyectos. Tengo demasiadas responsabilidades. Y, aunque Roberto tenga mil defectos, es un perfeccionista en su trabajo. Siempre cuidamos las medidas de seguridad.

Lo miré incrédula, con el dolor mezclándose con la rabia.

—Ese dolor que sientes… yo ya lo viví —añadió en un tono más bajo, casi áspero—. Hace tres años, mi esposa murió en un accidente automovilístico.

Mis pulmones se quedaron sin aire.

Su mirada se oscureció, teñida esta vez de una tristeza que parecía venir de muy lejos.

—La amaba. Era el amor de mi vida. Pensé que no lograría seguir adelante… —hizo una pausa. Su voz se quebró apenas antes de aclararse la garganta, consciente de que estaba dejando ver demasiado de sí mismo—. Pero mírame. Sigo aquí. Porque la vida continúa, aunque uno no quiera.

—Yo… no tenía idea —susurré.

Él negó lentamente con la cabeza, como si no buscara compasión ni disculpas. Como si solo quisiera que entendiera que detrás de ese traje impecable y de esa presencia intimidante también existía un hombre roto.

Y, por un instante, mi odio vaciló.

—Lo siento.

—No sientas lástima. Ya no duele tanto… sobre todo ahora que sé que mi hermano era su amante. Ella me lo confesó el mismo día en que murió. Habíamos discutido por eso, pero nunca me dijo quién era. —Desvió la vista y, en sus ojos, el dolor dio paso a una furia contenida.

Entonces recordé a la mujer que lo acompañaba, aquella que había asegurado ser la madre de la niña. Una duda cruzó por mi mente.

—La mujer que estaba con usted dijo que era la madre de Lisa… ¿Se volvió a casar? —pregunté con torpeza.

Apenas terminé de hablar comprendí lo indiscreta que había sido.

—Lo siento. No quise entrometerme.

Él me miró con una sonrisa ladeada.

—Katherine no es la madrastra de mi hija ni mi pareja sentimental. —Hizo una breve pausa—. Gracias, una vez más, por atender a Lisa. Adiós, doctora Lago.

Asentí y le devolví una leve sonrisa.

El señor Abad salió de mi consultorio con esa presencia imponente que parecía acompañarlo a todas partes. Media hora después, cuando regresé a revisar a Lisa, la habitación ya estaba vacía.

Me invadió una extraña sensación de vacío… y de curiosidad.

¿Cómo había muerto realmente su esposa?

La pregunta no dejaba de dar vueltas en mi cabeza.

De regreso en mi consultorio, mientras la noche avanzaba con lentitud, me acomodé en el sillón de la esquina y saqué el celular del bolsillo de la bata.

Dudé unos segundos.

Finalmente escribí:

“Arturo Abad Rocamonte”.

Aparecieron decenas de noticias relacionadas con el derrumbe de Plaza Antara. El estómago se me encogió al recordar aquello que tanto me esforzaba por olvidar.

Borré la búsqueda y escribí de nuevo:

“Esposa de Arturo Abad Rocamonte fallece”.

Una nota, fechada el 20 de septiembre de 2022, apareció en la pantalla.

“Fallece en un terrible accidente automovilístico tras impactarse de frente contra una camioneta. La familia Abad Rocamonte se encuentra devastada por la pérdida de la señora Clara Abad.”

Apagué el teléfono.

Me llevé una mano al pecho.

Tal vez lo había juzgado mal.

Tal vez… como él mismo dijo, era el destino el que escribía cada historia, y quienes seguíamos vivos no teníamos otra opción que aprender a continuar.

Respiré hondo.

—Carlos… —susurré con un nudo en la garganta.

Cuánto lo extrañaba.

Mientras mis pensamientos se debatían entre lo que acababa de descubrir y las palabras de Arturo, sentí que algo dentro de mí comenzaba, al fin, a aflojarse. Como si una parte del peso que había cargado durante meses empezara a desprenderse lentamente.

En ese instante tomé una decisión.

Quería recordar solo lo hermoso.

Guardar sus sonrisas.

Sus abrazos.

Todos aquellos momentos que habían sido únicamente nuestros.

Carlos siempre ocuparía un lugar en mi corazón.

Pero yo también merecía volver a vivir.

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