Capítulo 24
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Ana Paula Lago
Me acurruqué un instante en la silla del consultorio, apoyando la frente sobre la mesa; apenas había cerrado los ojos cinco minutos —esas siestas cortas que me servían de respiro entre pacientes para aguantar toda la jornada nocturna— cuando un golpe en la puerta me obligó a incorporarme de inmediato. Siempre que dormía una siesta cerraba con seguro; me sobresalte con violencia al escuchar el golpe en la puerta.
Me levanté con la bata todavía alborotada, me miré un segundo al espejo para ordenar el cabello y abrí la puerta sin tiempo para ceremonias. Lo primero que escuché fue la voz de una de las enfermeras internistas:
—Doctora, acaba de llegar un paciente de sesenta y un años de edad con síntomas de infarto, lo están reanimando en quirófano y la necesitan ahí como apoyo.
Asentí sin dudar y salí a toda prisa hacia el elevador. El quirófano estaba en el segundo piso y el trayecto me pareció una eternidad: los azulejos brillaban, las luces fluorescentes golpeaban mis pupilas y yo sentía cada latido de mi corazón en la garganta. Rogué porque esa persona no muriera, era muy pronto para volver a pensar en muerte.
Al entrar en la sala, un nudo me detuvo en seco: otra vez ellos. Arturo Abad, su hermano Roberto y una mujer cuyo rostro reconocí por su parecido —la madre— estaban ahí, ocupando el espacio con esa tensión que los acompañaba siempre. Por un segundo el tiempo pareció detenerse; el pasado y el presente colisionaron con la misma violencia que había traído esa familia a mi vida.
“¿Ahora qué pasó?”, pensé, sin poder evitar una punzada de compasión confundida con el rencor.
Sus ojos se posaron en mí y, sin separar su mirada de la mía, avanzaron hacia donde yo iba. Arturo se acercó primero, la desesperación tallada en cada línea de su rostro.
—Ana, por favor hagan todo lo que puedan por salvar a mi padre…. Se lo ruego —dijo él, mientras yo continuaba caminando hacia la puerta del quirófano y ellos me seguían.
Lo miré, viendo en esas palabras algo más que una súplica: una vulnerabilidad nueva, un hombre desarmado frente al abismo. Por un instante olvidé los reproches, las acusaciones y el peso del pasado. Solo había una vida en juego. Era la de su padre.
—No se preocupen, haremos todo lo que esté en nuestras manos… —respondí, entrando en quirófano con la voz firme, pero el corazón encogido.
La puerta se cerró detrás de mí como si sepultara, por un rato, todo lo demás. Dentro, la urgencia aplastaba cualquier otra emoción. Afuera, la familia esperaba con la esperanza colgando de un hilo; adentro, cada segundo contaba. Y en algún lugar entre la bata blanca y la máquina de latidos, una pregunta paralela se negaba a desaparecer: ¿podría la vida pedirnos perdón por habernos roto tanto? Parecía que nuestros destinos estaban entrelazados por las desgracias.
Arturo Abad Rocamonte
Los minutos se estiraban hasta hacerse insoportables; cada segundo era un golpe en el pecho. Caminaba en círculos por la sala de espera, pasándome las manos por el cabello con esa desesperación torpe de quien no sabe cómo contener el miedo. Roberto y yo nos mirábamos de reojo, dos sombras enfrentadas por la misma casa, la misma sangre; mi madre lloraba desconsolada en un rincón. Tenía un nudo que me aplastaba la garganta: aunque mi padre nunca fue de caricias fáciles, nos crio para no mostrar flaqueza, y ahora el llanto me quemaba por dentro.
Quizá no debí contarlo, pero había sentido que alguien tenía que ponerle un alto a Roberto; no podía apartarlo de la empresa sin el consentimiento de mi padre. Ahora, frente a la inminencia de la enfermedad, me arrepentía de todo. Por la vida de mi padre sería capaz hasta de soportarlo a mi lado, de morderme la lengua y callar.
Después de tres horas que se sintieron eternas, Ana apareció, deteniéndose frente a nosotros con la calma precisa de quien trae buenas noticias. Su voz fue un bálsamo frío:
—El señor Abad está estable por ahora, se recuperará poco a poco, hoy debe pasar la noche en terapia intensiva para mantenerlo en observación, él es un hombre muy fuerte, ha sufrido un pre infarto, gracias a Dios no paso a mayores. Por la mañana la doctora Lilian Caballero les dará algunas indicaciones sobre que es lo que sigue, ya que estuve checando el expediente del señor Abad y hay antecedentes de arritmia.
Roberto y yo nos miramos; después miramos a mi madre. La pregunta que no me había atrevido a formular salió sin pensar.
—¿Tú sabías que estaba enfermo, mamá?
Ella desvió la mirada, dolida, pero honesta:
—Si desde hace medio año hemos estado viniendo a ver a la doctora Lily, ella le ha estado dando seguimiento, su padre no quería que lo supieran, dijo que no quería que lo miraran como un hombre débil.
Chasqueé la lengua, impotente. Ana, sensible a todo, frotó el brazo de mi madre con un gesto simple y humano.
—Lo siento mucho, señora, ahora lo importante es cuidar al señor Abad, evitar enojos, peleas, corajes… o de lo contrario él no permanecerá más tiempo con ustedes, tengo que ser honesta —dijo, y su mirada se posó en Roberto y luego en mí; sabía de nuestra pelea.
—Gracias doctora, por ser tan atenta —susurró mi madre, con la voz rota por el alivio.
Ana asintió con profesionalismo, luego se alejó por el pasillo, dejando una estela de serenidad que, por un instante, acalló el ruido que llevaba dentro.
La observé partir y comprendí por qué Lisa hablaba de ella con esa ternura intuitiva: Ana era impecable en su oficio, atenta y brillante; además, llevaba una belleza distinta —serena y dolorida— que la hacía irresistible a mi mirada. Si no fuera porque sabía que en su pecho aún anidaba el luto de su prometido, no lo dudaría: la invitaría a salir sin pensarlo.
Pero aquello no era tiempo para indulgencias. Mi prioridad seguía siendo papá. Aun así, una voz interior, temblorosa y humana, se atrevió a soñar en silencio con la posibilidad de que, entre tanto ruido, pudiera abrirse un espacio para algo nuevo, algo que no fuera solo la obligación ni la venganza, sino una promesa tenue de calma para mi hija y para mí.
