Capítulo 25
⸻⸻⸻ ♡ ⸻⸻⸻
Roberto Abad Rocamonte
Permanecimos en vela toda la noche, envueltos en un silencio pesado que parecía contener las palabras que no nos atrevíamos a pronunciar. Mi madre se acercaba de vez en cuando a Arturo y luego a mí, como midiendo el terreno, curando con gestos lo que las palabras solo habían rasgado. Nadie habló de Clara ni de papá; era una tregua frágil que todos preferíamos guardar.
A la mañana siguiente, una enfermera nos pidió que la acompañáramos al consultorio de la doctora Lilian. La idea de verla de nuevo me tensó; a pesar de todo, su presencia me producía una curiosa inquietud que aún no sabía nombrar. Entramos y me quedé atrás; mi madre y Arturo se sentaron frente al escritorio mientras yo la observaba de arriba abajo, comparándola—inútilmente—con la sombra de Clara. Eran dos mujeres opuestas en todo: en la risa, en la voz, en la forma de sostener una mirada. Había algo en ella que me atraía, pero, aún no descifraba qué.
—Buenos días, señores Abad —saludó ella.
—Buenos días, doctora —respondieron ellos al unísono.
Había algo en su manera de hablar que me obligó a acomodarme en la silla a la que me invitó con un gesto seco. Un escalofrío me recorrió; era como si, con los ojos, evaluara hasta la última grieta de mi alma.
—El señor Abad está estable, gracias a la pronta intervención de mis compañeros, una arritmia es una enfermedad delicada si no se trata adecuadamente, pero si se siguen las indicaciones al pie de la letra, él vivirá varios años más no sabría decir cuanto, pero su calidad de vida mejorará enormemente, he hablado con el cardiólogo y la sugerencia es insertar un marcapasos en su corazón. Los marcapasos son pequeños dispositivos los cuales vigilan continuamente el ritmo del corazón; si en algún momento no se produce un latido cardíaco, el marcapasos es capaz de detectarlo y, en ese momento, envía una señal eléctrica a través de los cables para que el corazón se contraiga. Si ustedes dan el visto bueno, la operación se puede programar para dentro de unos dos días, solo necesito la firma de usted Sra Abad y la de sus hijos.
Lilian dijo las palabras con la calma de quien maneja vidas a diario; cada explicación venía como un cable que intentaba reconectar mi razón con la urgencia del momento. La vi pasar una pluma entre sus manos, mirando a nosotros, buscando quizá el pulso de nuestra decisión.
—Haz lo que sea necesario para que mi padre esté bien —dije sin dudar, y ella asintió.
—Firmaremos, confiamos en ti, Lily —dijo mi madre, con esa confianza que solo puede dar la intimidad de largas consultas.
La doctora nos extendió la carpeta. Firmamos en silencio. Mientras mi madre trazaba su firma, sentí que algo en mi pecho se aflojaba por primera vez desde que todo había estallado.
—Tranquila Cristina, su esposo estará bien —añadió Lilian con suavidad, y mi madre, con la voz quebrada por el alivio, agradeció.
Cuando mi madre y Arturo regresaron a la sala de espera, yo me quedé en el consultorio. Cerré la puerta con seguro y me giré. Ella se puso de pie. Caminé hacia ella sin saber por qué, como si el cuerpo tuviera memoria de gestos que la mente aún ignoraba.
Nos plantamos frente a frente, solo unos centímetros. Hoguera y hielo, pensé.
—Lo hice enojar, doctora —solté, sin planearlo. No sabía por qué le contaba eso, pero las palabras necesitaban salir.
Ella ladeó la cabeza, compasiva. Su mano rozó mi hombro como quien intenta devolver la calma a un animal herido.
—Soy el culpable de que mi padre esté ahí al borde de la muerte, nunca he sido suficiente ni como hijo, ni como hombre… —continué, mi voz estaba rota—. Soy un miserable, lo decepcioné.
Lilian me apretó el hombro con ternura profesional y dijo cosas que dolían por su honestidad:
—Lo que te dije ayer, era verdad, las personas malas nunca tienen un final feliz, eres un hombre inteligente, puedo verlo y lo sabes, si tu padre llega a tener una nueva pelea, tal vez esta vez ya no podamos salvarlo, tú decide.
Asentí, tragando un billete de orgullo. —Lo entiendo, gracias Doctora —musité.
En ese instante alguien giró la perilla del otro lado de la puerta, pero no pudo abrir por que yo había puesto seguro, y llamó con voz familiar:
—Lily, amor, ¿estás ahí?
La doctora se tensó. Por primera vez la vi flaquear un instante. Se apartó de mí con rapidez y abrió la puerta. Uno de los cirujanos, vestido con su uniforme, apareció en el umbral; me miró de arriba abajo con la cortesía fría de quien no tiene tiempo para curiosidades. Sin mediar palabra, salí del consultorio con la prisa de quien necesita ahora espacio para pensar. Escuché cómo él preguntaba quién era yo y cómo ella respondía, con la voz que minutos antes me había calmado:
—Es solo un paciente.
La frase se quedó resonando en mi cabeza mucho después de que la puerta se cerrara. Mientras caminaba por el pasillo, una certeza me mordía por dentro: entre todo el desastre, entre culpa y traición, aquella mujer tenía la extraña facultad de desarmarme sin permiso. Y eso, más que enojo, me provocaba una curiosidad nueva y peligrosa. Era atracción verdadera o solo física.
