Capítulo 26

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Arturo Abad Rocamonte

La doctora Lilian nos informó que mi padre no saldría pronto del hospital. Permanecería internado dos días antes de la operación y, después de esta, una semana más bajo estricta observación. Sus palabras retumbaban en mi cabeza, como un martilleo constante. Sentía que, en cualquier momento, la presión iba a terminar por quebrarme.

De no ser por Sam, mi asistente, no sé cómo estaría soportando todo esto. Él mantenía mi vida funcionando cuando yo apenas lograba mantenerme en pie: se aseguró de que Lisa estuviera bien cuidada, contrató una segunda nana para reforzar su atención mientras yo pasaba los días entre el hospital, la mansión de mis padres y la constructora. Mamá se quedaría con papá la mayor parte del tiempo, pero aun así tuvimos que contratar una enfermera privada para que ella pudiera descansar al menos unas horas en casa. Todo parecía desmoronarse a mi alrededor y, aun así, debía seguir de pie.

—Hijo, Arturo —la voz de mamá me arrancó de mis pensamientos—, deberías hablar con tu hermano. No lo eches de la constructora… al menos hasta que tu padre despierte. Lo necesitas, lo necesitamos en este momento. No puedes hacerte cargo de todo tú solo. La familia debe mantenerse unida en momentos como este. Sé que es muy difícil, y lo que él hizo es imperdonable… pero eso pasó hace años, y Clara ya no está aquí. Necesitas a tu hermano.

Me quedé en silencio, apretando la mandíbula con fuerza. Sus palabras eran un veneno que también era verdad. Por mucho que me negara a reconocerlo, pronto iba a colapsar. El peso era demasiado. Además, acababa de recibir una notificación de audiencia: el juicio con Beraín seguía en curso.

Chasqueé la lengua, evitando su mirada.
—Lo voy a pensar, mamá —dije al fin, antes de salir de la habitación de mi padre.

El día apenas comenzaba y ya sentía el cansancio mordiéndome los huesos. Tenía mi audiencia con el juez. Beraín, con quien habíamos firmado el contrato para la plaza comercial, había mostrado finalmente sus verdaderas intenciones. No quería que repusiéramos la obra con material y nuestra mano de obra, como estipulaba el acuerdo. No. Estaba obstinado en cobrar el seguro de la construcción en efectivo.

Lo que no contaba —o lo que sus abogados no habían leído con suficiente atención— era con la cláusula final del contrato: la decisión de cómo aplicar el seguro recaía en Grupo Rocamonte, no en él. La cláusula era clara. Irrefutable. 

Yo jamás entregaría dinero en efectivo. Eso sería admitir derrota. La obra debía continuar. Había sido un accidente, sí, pero la construcción tenía que seguir adelante para limpiar nuestro nombre. Mis abogados y yo diseñamos una estrategia: todo era demasiado extraño. El proyecto apenas llevaba un 25 % de avance y, aun así, Beraín exigía el reembolso del 100 %. Nadie en su sano juicio cometería un error tan descarado… a menos que hubiese un plan detrás.

Yo lo presentía. Algo en todo aquello olía a trampa. Y estaba decidido a llegar hasta las últimas instancias, aunque me costara el aliento.

Unas horas antes de la audiencia me encerré con mis abogados en la oficina para trazar el plan con la precisión de quien prepara una operación de rescate. Confiaba en ellos ciegamente: los había contratado a mi medida, obedecían mis órdenes y a nadie más. Lo que más valoraba de ese equipo era su audacia; eran tan osados y arriesgados como yo, y necesitábamos esa misma temeridad para enfrentar lo que se venía. Cuando las piezas quedaron colocadas, salimos rumbo al juzgado con la sensación eléctrica de quien va a jugarse todo.

En el trayecto llamé a Roberto. Quería dejarle claro que si pretendía seguir en la constructora debía presentarse en la audiencia. No quería escuchar su voz, pero necesitaba a alguien en quien pudiera confiar dentro de la empresa. 

La voz al otro lado sonó fría, casi incrédula.

—¿Estás seguro de que quieres continuar con esto?, se puede convertir en un escándalo, ¿por qué no le das el dinero y ya? —dijo.

—Jamás lo voy a hacer, estoy seguro de que él nos quiso estafar, cada vez estoy más convencido de que él provocó el accidente de alguna manera. —contesté sin dudar.

—Te veo ahí. —colgó.

La sala del tribunal respiraba tensión. Beraín no dejaba de inquietarse; yo le había puesto sobre la mesa una oferta que debía aceptar porque no tenía salida: la compensación en especie, con material, no en efectivo. Aun así, como sospechábamos, él quería el dinero. Durante la sesión, mis abogados dieron un giro calculado y feroz: en plena audiencia lo acusaron de haber provocado el derrumbe él mismo.

Beraín, un hombre de facciones regordetas, comenzó a sudar con una intensidad que lo delataba. Lo miré y una sonrisa amarga curvó mis labios; frotó sus manos contra las piernas, incapaz de sostener la compostura. El juez exigió pruebas, y ahí fue cuando dimos el paso temerario: hice un leve gesto con la barbilla a mis abogados para que activaran lo que habíamos preparado.

Habíamos creado videos, fotografías y una red de testigos que lo señalaban como instigador. Eran pruebas fabricadas, un riesgo que podía explotar en nuestras manos con consecuencias devastadoras si alguien las desenmascaraba, pero el beneficio era demasiado grande para no intentarlo.

En el estrado, Beraín juró decir la verdad. Cada pregunta de mi abogado le hacía titubear; su tartamudeo se volvía más evidente con cada detalle solicitado sobre el derrumbe y su ubicación aquel día. Solicitamos revisar su teléfono privado para verificar sus llamadas; el juez dijo que podría usarse como instrumento de investigación en la siguiente sesión. Esa posibilidad fue la mecha que encendió todo.

—Esta bien, diré toda la verdad —dijo, y yo entrecerré los ojos, ladeando la cabeza, saboreando el momento en que la farsa se acercaba a su clímax.

En ese instante, cuando las piezas debían cerrar con la confesión esperada, Beraín se puso de pie y habló con una voz que heló la sala. 

—No tengo la liquidez para continuar con la obra —dijo.

Abrí la boca sin querer; la frase cayó como un golpe inesperado. ¿Qué acababa de decir este hombre? Un escalofrío recorrió mi espalda.

—El derrumbe si fue provocado, hice una mala inversión y me quedé sin nada. Estoy quebrado —concluyó, y en sus palabras se derrumbó la versión que habíamos construido con tanto esmero.

El juez dio por terminada la audiencia con la confesión de Beraín. Aquello había puesto fin a la batalla. Ya no había nada más que discutir. Ahora él tendría que responder no solo por el fraude, sino también por las muertes del accidente, incluyendo la del arquitecto Alcázar. La inocencia de la constructora quedaba por fin probada… pero en lugar de alivio, lo único que sentí fue un vacío extraño, como si los cimientos de mi propio pecho tambalearan.

Busqué a Roberto con la mirada. A lo lejos, me regaló una sonrisa a medias, un gesto que parecía más un puente frágil que un perdón. Asentí y caminé hasta él.

—Ya eres libre de pecado, como hasta ahora dices que lo eres —murmuró con sarcasmo, como si no pudiera evitarlo.

—No tengo humor para pelear, Roberto. Papá está en el hospital y Lisa está en cama en la casa. La constructora, al menos, se recuperará. Aún hay mucho trabajo por hacer. Dime si te quedas… o te vas.

Me sostuvo la mirada, desconfiado, como si tratara de adivinar mis verdaderas intenciones.

—¿Quieres que me quede? —preguntó al fin.

Tragué saliva, sintiendo un peso en la garganta.

—Te necesito… Necesito a mi hermano, Roberto. No sé qué sentir o qué pensar, pero he decidido he decidido dejar el pasado atrás. Clara ya no está, y por mucho que te diga que no fue infeliz conmigo, sé que nunca me lo vas a creer.

—Ella decía que la maltratabas —disparó, con la sequedad de quien lanza un cuchillo.

Me dolió escucharlo, pero no aparté los ojos.

—Sí… decía muchas cosas. Quería el divorcio. Clara no era la joven que yo conocí. Después de tener a Lisa cambió demasiado. No sé si fue porque se enamoró de ti… pero apenas llegaba yo a casa, comenzaban las discusiones. Cualquier pretexto bastaba.

Roberto suspiró, y en sus ojos brilló una sombra de nostalgia.

—Yo la amaba. Fue la única mujer que he amado en mi vida.

—Yo también la amaba —confesé, con un nudo en el pecho.

—No creo que pueda continuar en la constructora. Mi padre no lo permitirá. Te ayudaré… pero solo hasta que él esté bien. Después de eso, cortaré todo lazo con nuestros padres. Y contigo.

Su sentencia fue dura, definitiva.

Asentí despacio, sin intentar detenerlo.

—Está bien —respondí, aun sabiendo que aquellas dos palabras me sabían a derrota.

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