Capítulo 30
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Ana Paula Lago
En cuanto mi amiga se metió a la ducha, fui directo a la cocina. Me preparé un sándwich, llené un vaso con jugo de naranja y me los llevé a mi habitación. Abrí las puertas del clóset y, mientras mordía el bocadillo, observé la poca ropa que había traído conmigo. Muchas de mis cosas se habían quedado en mi antiguo departamento y todavía no me daba el espacio para reponerlas. Suspiré. ¿Qué se supone que debería ponerme para una ocasión así? Más aún, ¿por qué no me dijo lo que quería en el consultorio? ¿Por qué una cena? Una cena implicaba tiempo… una hora, quizás más. Conversar, sostener una charla… y yo ni siquiera sabía de qué podríamos hablar. El señor Abad no hacía más que intimidarme: su mirada, siempre tan oscura, tan fría, me reducía a sentirme pequeña frente a él.
Me senté en el borde de la cama y di un sorbo al jugo. Los nervios comenzaron a enredarse en mi estómago. ¿En qué situación tan incómoda me había metido?
La voz de Lili me sacó de mis pensamientos.
—Ana, ya me voy —gritó desde el otro lado de la puerta.
—Que te vaya bien —le respondí.
Al mirar el reloj, me di cuenta de que ya eran las cinco y media. Aún faltaba mucho para que el señor Abad llegara al departamento, así que me obligué a ocupar la mente. Regresé a la cocina para lavar los trastes, como si de ese modo pudiera lavar también mi ansiedad.
Llamé a mi hermana Laura para preguntar por mis sobrinos; me contó que el sábado tendrían un partido de fútbol al mediodía, pero tuve que disculparme porque ese día tenía guardia en la clínica. Luego marqué a casa de mis padres, y la alegría en sus voces me reconfortó. Les hablé de algunos pacientes, de cómo me iba en el trabajo, asegurándoles que ya estaba más tranquila. Les prometí que el domingo, en mi día libre, iría a visitarlos.
Pasé casi una hora al teléfono, sintiendo que lo hacía para ganar tiempo, para dejar todo a última hora y así presionarme a decidir sin pensar demasiado. La idea de esa cena seguía sin entusiasmarme. Finalmente, me obligué a entrar a la ducha. El agua caliente recorrió mi cuerpo, relajando poco a poco la tensión acumulada. Cerré los ojos y, sin quererlo, vinieron a mí recuerdos de cuando Carlos y yo compartíamos instantes como ese, bajo el agua. Alcé el rostro para que las gotas cayeran directamente sobre él, tratando de dejar que se llevaran también la tristeza. Tenía que aceptar, una vez más, que Carlos ya no estaba.
Me decidí por un enterizo negro que se ajustaba perfecto a mi cintura. En la parte alta de mis piernas caía con soltura, y en el pecho se amoldaba con discreción, sin insinuaciones de más. Los olanes en los hombros le daban un aire delicado y un pequeño escote en V equilibraba el conjunto. Lo acompañé con unos zapatos altos color nude y una medallita plateada con la letra C, el regalo que Carlos me dio cuando cumplimos tres meses viviendo juntos. Una pulserita del mismo material completaba el detalle, sencilla pero significativa.
Me recogí el cabello en una coleta baja, dejando que algunos mechones ondulados enmarcaran mi rostro. Frente al espejo, me observé con ojo crítico: ni demasiado formal, ni demasiado sencilla, un punto medio que me hizo sentir segura… al menos por fuera.
No pude evitar que los recuerdos me alcanzaran. Cuando Carlos aún vivía con sus padres, solía llevarme a lugares caros y elegantes. Yo no tenía ropa costosa, no sabía cómo encajar, pero él siempre lograba que me sintiera cómoda. Trataba de impresionarme, aunque lo que más me sorprendía era su carácter, la forma en que me miraba, en que me trataba. Incluso cuando renunció a los privilegios de su familia, cuando le cancelaron las tarjetas y le quitaron el auto, nunca nos faltó la felicidad. Jamás me fijé en lo que tenía, sino en la persona que era.
Sacudí la cabeza. Arturo Abad no era como él. No lo imaginaba llevándome a un lugar común, siendo quien era. Poderoso, influyente, acostumbrado a lo exclusivo. Seguramente la cena sería en un sitio privado y costoso, alejado de la mirada del mundo.
Faltaban apenas unos minutos para las ocho cuando me descubrí caminando en círculos por la sala. El taconeo contra el piso marcaba el ritmo de mi ansiedad. Era una mezcla de miedo y expectación, un nudo que se apretaba en mi pecho. Quería que la cena pasara rápido, que todo terminara y regresar a casa. Después de la muerte de Carlos, era la primera vez que aceptaba salir a un lugar público que no fuera el hospital.
Y la culpa… esa sensación amarga de estar traicionando su memoria me mordía por dentro. Como si no tuviera derecho a distraerme, a respirar. Cerré los ojos, alcé el rostro hacia el techo y respiré hondo, tratando de despejar los pensamientos que amenazaban con derrumbarme.
“Carlos ya no está”, me repetí en silencio, aferrándome a esa realidad. Tenía que retomar mi vida, aunque doliera. Tenía que aprender a caminar sin él, sin sumergirme en la oscuridad de su ausencia.
El timbre de mi puerta sonó y, por un instante, sentí que el aire se me quedaba atrapado en los pulmones. Respiré hondo, intentando calmar la tormenta en mi pecho, y abrí.
Allí estaba el señor Abad. Impecable, como si hubiera salido de una portada. Llevaba un pantalón de vestir negro que caía con elegancia sobre unos zapatos perfectamente lustrados. Su camisa, de un tono nude que se desvanecía hacia un rosado pálido, parecía hecha a su medida. Noté de inmediato que el primer botón estaba desabrochado, revelando apenas el inicio de unos pectorales firmes, insinuados a través de la tela. Sus mangas, dobladas hasta un poco más arriba de los codos, dejaban al descubierto unos antebrazos marcados que, por alguna razón, me parecieron peligrosamente atractivos.
Lo recorrí con la mirada sin poder evitarlo, al mismo tiempo que él hacía exactamente lo mismo conmigo. Cuando nuestras miradas finalmente se encontraron, el mundo pareció quedarse en silencio. Él me observaba con intensidad, y juraría que una sonrisa ladeada, apenas perceptible, se dibujó en sus labios.
—¿Está lista? —dijo al fin, rompiendo aquel instante que empezaba a volverse sofocante.
Asentí en silencio. Cerré la puerta tras de mí y caminé a su lado hasta el pórtico del edificio. Samuel, su asistente, nos esperaba con la puerta abierta de un BMW de lujo. “Qué bueno que no me puse jeans”, pensé con alivio.
Subimos al auto. Dentro, el silencio se volvió casi insoportable. Él miraba por la ventana, serio, y yo jugueteaba con mis manos húmedas de nervios. Siempre me había gustado conversar, llenar los espacios con palabras, pero esa noche no encontraba nada con qué romper la incomodidad.
—¿Cómo está Lisa? —pregunté al fin, buscando algo que nos conectara.
Él apartó la vista del cristal, pero en lugar de mirarme, llevó el rostro al frente.
—Mucho mejor, gracias a usted.
Sonreí, esperando que dijera algo más. Pero no lo hizo. Volvió a hundirse en sus pensamientos, dejándome con esa sensación incómoda de estar sobrando. Hasta que, de pronto, volvió a mirarme.
Su mirada se deslizó, lenta, hasta mi cuello. Sentí un escalofrío recorrerme antes de que su mano se extendiera hacia mí. Con un gesto tan natural como atrevido, atrapó el dije de mi cadenita entre sus dedos.
—¿“C”? —preguntó, arqueando una ceja mientras jugaba apenas un instante con el colgante, antes de retirarse y dejarme respirar de nuevo.
—Carlos —respondí, con un hilo de voz que intentaba sonar firme.
—Claro —exclamó con una media sonrisa que no supe descifrar.
Lo observé con atención, entornando los ojos, tratando de leer lo que había detrás de esa expresión enigmática. Pero no obtuve respuesta.
Después de eso ya no volvimos a hablar. Me acomodé en el asiento y solté un suspiro silencioso. Solté un suspiro. Creo que esta será la cena más incómoda a la que me han invitado. Fuera de los asuntos profesionales, el señor Abad era un cubo de hielo.
El auto se detuvo con suavidad frente a la entrada. El señor Abad descendió primero y, con un gesto impecablemente cortés, me ofreció su mano para ayudarme a salir. Dudé apenas un instante antes de posar mis dedos sobre los suyos.
Al levantar la vista, mis ojos se encontraron con el letrero iluminado: “CENACOLO Il Ristorante Italiano”. Mi corazón dio un pequeño brinco. Lo conocía bien: era uno de los restaurantes más exclusivos de San Pedro, un lugar al que jamás pensé volver después de la muerte de Carlos. Por un instante, mi rostro se iluminó con una sonrisa inevitable. Adoraba la comida italiana: la pasta fresca, las pizzas con masa delgada, el vino tinto que dejaba una calidez deliciosa en el pecho… Qué delicia, pensé. Al menos había algo positivo en compartir esa cena con aquel hombre.
Arturo Abad notó mi gesto y, para mi sorpresa, también sonrió. Fue un destello breve, apenas una chispa en su expresión seria, pero suficiente para descolocarme.
Caminamos hasta la entrada. El ambiente del restaurante nos envolvió al instante: luces cálidas reflejadas en acabados dorados, notas de piano flotando en el aire y un murmullo elegante de conversaciones discretas. Un mesero nos condujo con deferencia hasta una mesa junto a unas altas ventanas verticales. Todo parecía sacado de una postal.
—¿Le gusta el restaurante que elegí? —preguntó, fijando en mí esa mirada intensa que parecía querer atravesar mis pensamientos.
—Es un lugar muy lindo —admití, dejando escapar un suspiro que no quise mostrar—. Pero quisiera saber qué es lo tan importante que me quiere decir sobre el accidente de la plaza.
Lo escruté con firmeza. Pude ver cómo su mandíbula se tensaba antes de que carraspeara, como si la pregunta lo incomodara más de lo que estaba dispuesto a admitir.
