Capítulo 47

⸻⸻⸻ ♡ ⸻⸻⸻

Lilian Caballero 

Roberto arrancó el auto y se integró a la carretera rumbo a Monterrey. El rugido del motor llenó por un instante el silencio entre nosotros. Me acomodé en el asiento, cansada, y en un movimiento me quité la cazadora que él me había puesto en el restaurante. La doblé con cuidado sobre mis piernas; el calor de la tela aún guardaba su aroma, un perfume varonil, profundo, con notas que se quedaban pegadas a la piel.

Mientras buscaba una posición más cómoda, su voz grave me sorprendió.
—Bonito vestido el que llevas puesto, ayer no tuve la oportunidad de decírtelo en el restaurante.

Fruncí el ceño, acomodando la cazadora entre mis piernas. No iba a darle el gusto de verme nerviosa, así que ignoré su comentario y lancé mi propia pregunta.
—¿Qué fue lo que te pasó en la mano? —señalé con la vista la venda que llevaba, gruesa y blanca, envolviendo sus dedos y extendiéndose hasta casi la muñeca.

Él bajó la mirada un segundo hacia su propia mano, como si también evaluará lo que veía.
—¿Con quién te peleaste ahora? —pregunté con un deje de broma, intentando romper el hielo.

La comisura de sus labios se arqueó en una sonrisa ladina, de esas que no sabías si daban ganas de golpearlo o… besarlo.
—Para tu información, doctora, no me peleé con nadie. —Movió los dedos con cierta dificultad, sin apartar la vista de la carretera—. Esto me lo hice con el vidrio del comedor de mi apartamento.

Giró un poco la cabeza, lo suficiente para que yo captara esa chispa irónica en sus ojos.
—En serio he tomado tu consejo muy en serio: no ser tan mala persona de ahora en adelante.

Su tono sarcástico delataba que no iba tan en serio. Crucé los brazos sobre el pecho, mordiéndome la sonrisa.
—Ajá… y Yo soy astronauta.

Él soltó una leve carcajada, breve, profunda, y eso bastó para que mis nervios se encendieran. 

—¿Pero qué no vivías con tus padres? —quise saber, recordando vagamente que alguna vez su madre, en consulta, había mencionado que sus hijos aún vivían en casa, que eran una familia muy unida. Aunque, por lo visto, de unión no quedaba nada.

Vi cómo sus hombros se tensaron. Exhaló un suspiro largo y en su perfil se dibujó una mueca cargada de nostalgia.
—Es una larga historia, doctora…

El silencio volvió, pesado, intermitente, solo roto por el sonido de los neumáticos contra el asfalto. Yo chasqueé la lengua, decidida a no dejarlo instalarse de nuevo entre nosotros.
—Creo que tenemos dos o tres horas antes de llegar a Monterrey. Es mejor platicar que viajar en silencio, el tiempo se irá más rápido.

Roberto me miró de reojo, con ese aire seguro de sí mismo que parecía imposible de quebrar. Una media sonrisa le iluminó el rostro.
—A mí me gusta tenerte cerca… —dijo de pronto, sin adornos, sin pensarlo demasiado.

Mi corazón dio un vuelco. Las mejillas comenzaron a arderme de inmediato, tanto que tuve que desviar la mirada hacia la ventanilla. Fingí interés en el paisaje seco y monótono de la carretera, como si de pronto hubiera descubierto lo fascinante que era ver cactus tras cactus.

—No bromees con eso… —murmuré, intentando sonar firme, aunque mi voz salió apenas más baja de lo normal.

Él no contestó de inmediato. Sentí su mirada recorrerme, como si el silencio le perteneciera solo para alargar mi incomodidad. Entonces habló, bajo, casi un murmullo ronco que erizó mi piel.
—No estaba bromeando.

Tragué saliva, apretando el saco sobre mis piernas. Roberto Abad tenía la maldita habilidad de convertir cualquier instante en un campo de batalla entre lo que dictaba mi razón… y lo que despertaba en mi cuerpo.

Roberto aclaró la garganta, como si se preparara para soltar algo que llevaba demasiado tiempo guardado.
—Si es algo muy íntimo, está bien —dije con suavidad, intentando darle una salida. Quizá él no era de los hombres que solían hablar de sentimientos, quizá por eso siempre lo veía tan frío, tan blindado.

Me sorprendió, sin embargo, cuando respondió sin rodeos.
—Te contaré, de todos modos ya no me importa —su voz sonó grave, áspera, casi como si se obligara a escupir las palabras—. Mi padre me echó de su casa y de la constructora porque, como ya sabes, la esposa de Arturo y yo tuvimos un amorío. Él se lo dijo a mi padre y por eso le dio el infarto. Ahora ya no soy parte de la empresa familiar.

Sentí cómo mi pecho se tensaba. Sus manos sujetaban el volante con fuerza, los nudillos marcados a pesar de la venda. Su perfil se veía endurecido bajo la luz tenue que entraba por el parabrisas.

—Ahora vivo en el departamento que compré para verme a solas con Clara en aquel tiempo, donde nadie nos molestaba y podíamos hacer lo que quisiéramos sin interrupciones —añadió, con una mueca casi amarga en los labios.

Un nudo se me formó en la garganta. Tragué saliva, sin saber cómo procesar lo que me decía.
—¿La amabas mucho? ¿Nunca has intentado rehacer tu vida? —pregunté, las palabras escapando antes de que pudiera frenarlas. Según lo que sabía, aquello había sucedido años atrás, pero él parecía seguir cargando el luto de esa mujer.

Por primera vez desde que inició la confesión, me miró. Fue apenas un instante, pero suficiente para sentir el peso de su mirada clavándose en mí.
—Es el amor de mi vida. Nadie se compara con ella ni lo hará. Nunca voy a amar a alguien como la amé a ella.

Su declaración me atravesó como una flecha en el corazón. Sentí un vacío extraño, una punzada de envidia y tristeza. Tener a alguien que te amara con tanta intensidad debía ser valioso… y al mismo tiempo devastador perderlo de golpe.

Tuve que desviar la mirada hacia la ventana, tratando de recomponerme. El silencio se volvió demasiado pesado, como si la confesión flotara entre nosotros.
—Pero no me contaste cómo te lastimaste la mano… —dije, intentando cambiar de tema antes de que la vulnerabilidad me desbordara.

Él asintió, sus labios curvándose en una sonrisa seca.
—Arturo fue hoy a mi departamento. Me entregó el oficio de separación laboral —hizo una pausa, tragando rabia—. Quise hacer muchas cosas: golpearlo, romper esos papeles porque no lo aceptaba… pero en lugar de eso decidí que no necesito a mi familia. He podido solo y lo seguiré haciendo.

Mientras hablaba, podía sentir la furia contenida en cada palabra, la amargura que intentaba sofocar.

—Tengo otros negocios aparte de la constructora. A partir de ahora me dedicaré a eso de lleno. Me sentía humillado, enfurecido… golpeé la mesa, pero el cristal se rompió en mil pedazos. Eso no lo había contemplado, hasta que vi mi mano sangrar. Llamé al hospital y me dijeron que no estabas, tampoco Ana, así que decidí ir a su departamento… me gusta que me atiendan doctoras lindas.

Sonrió al igual que yo con ese comentario final.

Comprendí de inmediato, las piezas comenzaron a encajar.
—Por eso es que tomaste la llamada en lugar de Ana.

Él asintió, sin apartar los ojos del camino.
—Sí. Ana me curó las heridas. Cuando estaba guardando el botiquín, vi la llamada en la pantalla del móvil y contesté… con la esperanza de que fueras tú.

Su confesión me dejó inmóvil. Sentí cómo mis mejillas se encendían y tuve que apretar las manos sobre la cazadora que llevaba en mis piernas. El aire dentro del auto se volvió denso, cargado de algo que no era del todo tristeza ni tampoco alivio. Era… otra cosa.

Algo que me hacía temblar por dentro cada vez que me atrevía a mirarlo.

Roberto hizo una pausa larga, sus dedos tamborilearon con fuerza contra el volante, como si acabara de atar cabos que hasta ese momento no había considerado. Luego abrió los labios y su voz sonó como una revelación, grave y cargada de tensión.
—Espera un momento…

Fruncí el ceño de inmediato, mirándolo de reojo.

Él redujo la velocidad del automóvil y apretó la mandíbula.
—Si tú no tienes tu móvil contigo… entonces, ¿quién demonios ha estado contestando los mensajes de Ana?

En mi frente se dibujó un signo de interrogación imaginario.
—¿Qué?

—Ella me dijo que tú le enviaste un mensaje pidiéndole estar sola, que regresarías al departamento cuando estuvieras lista para enfrentar la realidad.

Abrí la boca incrédula, como si acabara de escuchar la mentira más absurda del mundo.
—¡Pero si yo ni siquiera recuerdo cómo fue que me durmieron! —me defendí, la rabia mezclándose con el desconcierto—. Me quitaron todo lo que traía: mi bolsa, mi móvil, mis joyas… supongo que alguien contestaba para que el tiempo pasara y nadie sospechara que yo estaba en peligro.

Roberto golpeó el volante con la palma abierta, furioso.
—¡Malditos hijos de…! —maldijo con voz ronca—. Te juro que si llego a saber quién te hizo esto, se va a arrepentir.

El tono de su voz me envolvió, grave, varonil, autoritario… y, aunque no terminará de agradarme, me hizo sentir protegida.

—Tal vez fue la misma persona que drogó a Miguel… —aventuré.

✨ También te puede gustar... ✨

Dejar un comentario

🩷 Gracias por leer.

Si este capítulo te hizo sonreír, emocionarte o enojarte, cuéntamelo. Leer tus comentarios es una de las cosas que más me motiva a seguir escribiendo.

Scroll al inicio