Capítulo 42
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Roberto Abad Rocamonte
La mano izquierda me ardía como si me estuvieran quemando los nervios por dentro. No tenía botiquín en el departamento —claro que no—, nunca me había preocupado por esas cosas, solo venía al departamento cuando traía a alguna conquista. Fui al baño, abrí la llave del lavabo y dejé que el agua fría corriera sobre la piel abierta. El rojo de la sangre se mezclaba con los pequeños fragmentos de cristal que todavía tenía incrustados. Respiré hondo y, con cuidado, empecé a retirarlos uno por uno, sintiendo cómo cada movimiento era una punzada de dolor.
Cuando por fin terminé, sequé mi mano con una toalla blanca que enseguida quedó manchada de rojo. La tiré sobre el mármol con fastidio y caminé hasta mi habitación.
Tomé el teléfono y marqué al hospital San José.
—Buen día, Hospital San José, para servirle… —respondió una voz femenina al otro lado.
Inhalé una bocanada de aire, forzando la calma.
—Me acabo de cortar una mano con el vidrio de una mesa, tengo varias cortadas. ¿La doctora Lilian Caballero está disponible para atenderme?
Sabía que los doctores no tenían un día fijo de descanso, tal vez me sonaba la suerte. Quería que ella me atendiera, no cualquiera.
—Lo lamento, señor, la doctora Caballero está de permiso hoy.
Chasqueé la lengua y cerré los ojos, intentando controlar el dolor que latía bajo la piel.
—¿Y la doctora Ana Lago? —pregunté, dejándome llevar por el ardor que se extendía en mi mano. Si no era Lilian, quizá Ana podría servirme de algo.
—La doctora Lago descansa hoy, pero puedo agendarle con cualquiera de los doctores disponibles si es una urgencia.
Contuve las ganas de maldecir y colgué sin despedirme. Si no era alguna de ellas, prefería curarme solo.
Aunque… pensándolo bien, aquello era el pretexto perfecto para buscar a Lilian. Sabía dónde vivían.
Me puse unos vaqueros, tenis deportivos y una camiseta tipo polo negra, completando con una cazadora de cuero con líneas café que me daba un aire rudo, casi al estilo de Wolverine. No me importó el dolor en la mano; lo ignoré mientras salía del departamento.
Conducir con una sola mano fue incómodo. Mi auto era estándar, lo que complicaba cada cambio de velocidad. Aun así, conseguí abrirme paso entre el tráfico rumbo al centro. Eran veinte minutos de maniobras y maldiciones ahogadas.
Finalmente, estacioné frente al edificio de las chicas y toqué el timbre. El corazón me latía con un extraño cosquilleo de expectativa.
La puerta se abrió y apareció Ana. Sus ojos se abrieron con sorpresa, apenas me reconoció.
—Roberto Abad… ¿Qué hace aquí? —preguntó, la confusión pintada en su rostro.
Sonreí divertido al ver cómo la sorpresa se mezclaba con un atisbo de desconfianza. Me pregunté si Arturo ya le habría llenado la cabeza de prejuicios contra mí. Antes ella me veía casi como a un ángel por “ayudarla”. Ahora, en sus ojos, había cautela.
—Buen día, Ana. ¿Se encuentra Lilian? —pregunté, inclinándome un poco para mirar por encima de su hombro al interior del departamento.
—No, no se encuentra —respondió sin pensarlo demasiado.
—¿Sabes dónde está? —insistí, mi voz sonó tan calmada que casi parecía un arma.
Ana entrecerró los ojos, poniéndose a la defensiva.
—Lo siento, pero… Lilian me ha dicho algo, así como que usted la busca y le coquetea. Ella tiene novio y no creo que eso esté bien. Además, no tiene muy buenas referencias sobre usted.
Tragué saliva con un gesto apenas perceptible. Aunque Ana no me desagradaba, no iba a permitir que me echara en cara lo que su amiga decía de mí. Aquello sonaba demasiado parecido a mi hermano.
—¿Arturo ya te metió ideas en la cabeza, Ana? —solté, mi voz se volvió más baja, más cortante.
Vi cómo el rubor le subió a las mejillas, tiñéndolas de un rosado durazno.
—¿Qué? Por supuesto que no… ¿De dónde saca eso? —desvió la mirada, incómoda.
Ana era una mujer atractiva, con una paciencia que la hacía parecer frágil y una inteligencia que se le notaba en los ojos. Pero no me despertaba la misma hambre que Lilian.
—Yo me entero de cosas, Ana. Sé que sales con mi hermano, y me da gusto que estés rehaciendo tu vida. Eres joven, eres atractiva. No te limites.
Ella mordió su labio inferior, un gesto nervioso que me arrancó una sonrisa ladeada.
—Arturo y yo no salimos en ese plan.
—Como tú digas… —respondí, dejando que la sonrisa se quedara en mis labios.
De pronto su mirada fue a parar a la camisa que llevaba enredada en mi mano. Sí, se veía ridícula, improvisada, pero la había amarrado con tanta fuerza que al menos lograba calmar el ardor de las cortadas que me habían dejado los cristales.
—¿Estás bien? —preguntó, clavando sus ojos en los míos.
Alcé mi mano y deshice el nudo. La tela estaba endurecida, manchada de sangre. Ana se llevó las manos a la boca, sorprendida.
—¿Pero qué te pasó?
—Me corté con el vidrio de la mesa de mi comedor. ¿Tendrás algo de alcohol que me regales? —pregunté, forzando una media sonrisa para restarle gravedad al asunto.
Ella no lo pensó dos veces.
—Pasa… iré por mi botiquín. Siéntate en uno de los sillones.
