Capítulo 44

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Lilian Caballero

El estridente sonido de un claxon hizo que todo mi cuerpo se estremeciera como si un rayo me atravesara. Abrí los ojos de golpe, con la respiración entrecortada. El paisaje frente a mí era desconocido, desolado, árido; una carretera interminable se extendía a lo lejos, con autos pasando a toda velocidad. Un frío inexplicable me recorrió la espalda cuando me di cuenta de que estaba recostada en la tierra, apenas a unos metros del pavimento.

¿Dónde demonios estaba?

Me incorporé con torpeza, la cabeza me daba vueltas y un miedo espeso me paralizó por dentro. Lo primero que pensé —y sentí el estómago retorcerse— fue que quizá alguien había abusado de mí. Mi corazón golpeaba con tanta fuerza que podía oírlo en mis oídos. Pero… no recordaba nada. Lo único que venía a mi mente era la fiesta de cumpleaños de Miguel. Todo lo demás era un hueco negro.

Me llevé las manos a la cabeza, temblando. Me arrepentí de no haberme ido con Ana y Arturo; quise hacerme la fuerte, demostrar que podía estar sola… y ahora estaba aquí, perdida, vulnerable.
Apoyándome sobre las rodillas, revisé mi ropa con desesperación: intacta. No había señales de desgarros ni de ardor en mi cuerpo. Eso, al menos, era una señal de que no me habían tocado. Pero mi bolso… no estaba.

¿Un asalto? ¿Un secuestro frustrado?
¡Carajo! ¿Por qué me pasan estas cosas?

Con las manos temblorosas, me puse de pie y caminé hacia la carretera. Levanté los brazos desesperada, buscando que alguien se detuviera. Varios autos pasaron pitando, el sonido de los claxons me taladraba la cabeza. Por fin, uno redujo la velocidad y se detuvo unos metros adelante.

Corrí hacia él como quien se aferra a la última tabla de salvación. La luz del sol comenzaba a picarme la piel; por la posición del astro, calculaba que serían cerca de las diez de la mañana.

El problema eran mis tacones. Los zapatos altos me hacían tropezar una y otra vez; parecía un animal herido tratando de huir. Cuando por fin llegué al auto, la ventanilla se bajó lentamente.

Entonces lo vi.
Un hombre con barba desaliñada y un pañuelo en la cabeza me observaba con una sonrisa torcida. Sus ojos se pasearon por mi cuerpo sin pudor, arrancándome un escalofrío de repulsión.

—¿A dónde vas, mi reina? —soltó con tono de albur, sin molestarse en disimular su mirada pervertida.

Instintivamente me abracé a mí misma, dando un paso atrás. Giré y caminé en otra dirección, intentando que mis piernas no delataran el temblor.

El auto comenzó a seguirme despacio.
—¿No quieres que te llevemos, preciosa? —insistió la voz del hombre.

Mi estómago se encogió.
¿Qué demonios estaba pensando? Este vestido strapless negro, con aberturas en el abdomen y la espalda, era para sorprender a Miguel… ese maldito hijo de… cobarde, mentiroso, traidor, poco hombre. Las lágrimas comenzaron a asomar por mis ojos mientras caminaba. Ni siquiera ponía atención a lo que los del auto decían; seguro nada bueno.

De pronto, escuché cómo el motor rugía y el auto arrancaba a toda velocidad, alejándose. Mis hombros cayeron y solté un suspiro tembloroso. Por lo menos tuve suerte de que no me metieran al auto a la fuerza.

Intenté recordar algo, cualquier cosa, pero mi mente solo ofrecía imágenes rotas. Lo último que recordaba era caminar por la calle buscando un taxi… y luego todo negro.

Seguí caminando por la orilla de la carretera. Los claxons de otros autos se mezclaban con comentarios obscenos, como cuchillos rasgando el aire. Mis pies dolían cada vez más, la piel del talón comenzaba a rozarse y deseé poder arrancarme los tacones, caminar descalza, sentir aunque fuera la tierra caliente bajo mis pies.

Pero no podía detenerme.
Necesitaba encontrar un lugar seguro, alguien que de verdad pudiera ayudarme, un teléfono… algo. A lo lejos vi el anuncio de un establecimiento “La carbonera”. 

Mientras caminaba, con el maquillaje corrido y la garganta ardiendo de tanto tragar saliva, sentí que cada paso era un pulso de adrenalina y miedo. Si no me calmaba, iba a romperme en cualquier momento.

Empujé la puerta del restaurante con manos temblorosas. El sonido de un claxon afuera todavía resonaba en mis oídos, como un eco persistente que no me dejaba en paz. El aire del interior era denso, cargado de olor a grasa caliente, café recalentado y tortillas recién hechas.

Al cruzar el umbral, lo primero que sentí fueron las miradas. Varias mesas estaban ocupadas por hombres de distintas edades: algunos con gorras y camisas de cuadros, otros con overoles manchados de aceite. Se habían detenido a medio bocado para mirarme.

Unos me observaban con deseo descarado; otros, con extrañeza, como si estuvieran preguntándose qué hacía una mujer como yo —con vestido negro, maquillaje corrido y los tacones destrozados— en un lugar así, alguno que otro desvió la mirada y ese gesto lo agradecí. Sentí un nudo subirme a la garganta.

Exhalé con alivio cuando, tras la barra, vi a una mujer. Era mayor, quizá de unos cincuenta años. Tenía el cabello recogido en una cebolla algo despeinada y algunas canas se asomaban rebeldes. Al menos no era la única mujer en el lugar.

Me acerqué al mostrador, con los ojos húmedos y la voz temblando.
—¿Tiene… tiene un teléfono que pueda prestarme por favor? —pregunté casi en un susurro.

La mujer me miró con ojos inquisitivos, midiendo mi aspecto, y contestó con voz firme:
—Sí, pero serán veinte pesos la llamada.

Tragué saliva.
—Lo siento mucho… es que me asaltaron y me dejaron sobre la carretera, no sé qué pasó. Solo quiero regresar a casa. Le prometo que le pagaré cuando vengan por mí.

El rostro de la mujer cambió. Sus ojos se suavizaron, un destello de lástima cruzó su mirada. Sin decir nada, hizo un gesto con la cabeza para que la siguiera.
—Ven —murmuró—. De aquí puedes hablar por teléfono.

La seguí por un pasillo estrecho hasta llegar a una oficina pequeña, casi un cuarto improvisado. Había un escritorio viejo, papeles apilados y un teléfono fijo de botones amarillos. La mujer cerró la puerta y fue hacia un pequeño clóset de madera.

Sacó una chamarra delgada, de esas que ya han visto muchos inviernos, y la puso sobre el escritorio.
—Póntela —me dijo con tono maternal—. Todo mundo se te queda viendo. Por aquí pasa mucha gente, la mayoría hombres camioneros que vienen de paso.   

Su voz bajó un poco más, tornándose grave.
—Tuviste suerte de que no se aprovechara alguien de ti, que no te llevara a otro lugar… o es que… —se interrumpió, como si la idea fuera demasiado oscura para terminarla.

Me quedé de pie, con la chamarra entre las manos, sintiendo que por fin podía respirar un poco, aunque la garganta me ardía por contener el llanto. 

—No… no me tocaron —aseguré. La mujer asintió diciéndome que podía llamar por teléfono escribiendo en un pedazo de papel las indicaciones de la dirección del restaurante y me lo entregó, luego salió de la pequeña oficina dejándome a solas. 

El teléfono fijo de aquel cuartito olía a plástico viejo y a polvo. Me temblaban las manos mientras lo sostenía, sentía que la voz se me rompía antes de salir. Decidí llamar a Ana para no preocupar a mis padres, ella era la única persona que me podía ayudar. Cuando por fin escuché que alguien contestaba, ya no pude contenerlo.

—¡Ana! —mi voz estalló, tan desesperada y rota que hasta yo me asusté. Me incorporé un poco sobre la silla, como si así pudiera hacer que me oyera con mayor claridad—. ¡Ana, algo me pasó! Desperté en una carretera… sin nada, ni mi bolsa. No sé qué me pasó… creo que me asaltaron. —Las lágrimas me corrían por las mejillas, calientes, saladas. La garganta me ardía. Sentía que cada palabra era un hilo ahogado que apenas me sostenía—. Ven por mí, por favor. No quiero llamar a mis papás, no quiero preocuparlos… no sabía a quién más llamar.

Hubo un silencio breve en la línea. Yo respiraba entrecortado, con un nudo enorme en el pecho. Y entonces la voz al otro lado me habló, más grave, esa voz:

—Lily, cálmate… solo dime dónde estás.

Por un instante dejé de llorar, sorprendida. Esa no era la voz de Ana. Era masculina. Un escalofrío me recorrió la espalda. Me aferré al auricular con fuerza. Era la voz de Roberto, su voz no la olvidaría.

—¿Por qué contestas el móvil de Ana? ¿Ella dónde está? —pregunté, la desesperación saliéndome en un chorro de golpe.

—Tranquila, Ana está en el baño, creo… Yo vine a… luego te cuento. Dime dónde estás, iré por ti.

“¿Él? ¿Venir por mí?” 

—Pero… —alcancé a decir, queriendo resistirme, sin saber si confiar.

—Dime dónde estás, Lilian. Ahora no estás como para elegir un salvador, estás indefensa en estos momentos.

Sus palabras me cayeron como un balde de agua fría: “indefensa”. Lo estaba, y lo sabía. Cerré los ojos, respiré hondo, y sentí que un trozo de orgullo se me rompía.

—Estoy en una especie de restaurante a pie de carretera. Me dicen que es el km 216, carretera a Matehuala, por la federal 57. Alguien me prestó su móvil… tengo que colgar. El restaurante se llama “La Carbonera”. —Mi voz salió temblorosa, apenas audible.

—Lilian… —pareció querer decir algo más, pero yo ya sentía los ojos de la señora detrás de mí, expectantes.

Colgué.

El teléfono quedó colgando de mi mano un par de segundos más, hasta que el clic del auricular me devolvió a la realidad. Me quedé mirando el escritorio, sin poder respirar bien. La opresión en el pecho era tan fuerte que tuve que apoyarme en la pared. Las piernas me temblaban.

“¿Por qué no fue Ana? ¿Por qué contestó él?” El desconcierto y el miedo me envolvían como una sábana húmeda. Pero dentro de toda esa niebla de angustia, había una chispa extraña: alivio. Por fin, después de esta pesadilla de angustia, alguien sabía dónde estaba.

La mujer de la cebolla en el pelo entró al cuartito, me tocó el hombro con cuidado y me ofreció un vaso de agua. Lo tomé con manos frías. Mis dedos todavía temblaban. Afuera, los murmullos de los hombres en el restaurante seguían, como un zumbido lejano.

Me acomodé la chamarra que ella me había dado y cerré los ojos un instante. “Que venga rápido… por favor, que venga rápido…”

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