Capítulo 34

⸻⸻⸻ ♡ ⸻⸻⸻

Ana Paula Lago

Miré el reloj: faltaban apenas unos minutos para terminar mi jornada. Había tenido la agenda llena desde muy temprano y lo único que deseaba era llegar a casa, ponerme ropa cómoda y hundirme en la cama aunque fuera un rato. Sin embargo, ya le había prometido a Lili que la acompañaría al cumpleaños de Miguel. Por fortuna no sería una de esas fiestas interminables que tanto temía: la mayoría de los invitados trabajábamos al día siguiente, así que lo más probable era que solo cenáramos, brindáramos un poco y cada quien volvería a su casa. La reunión sería en un restaurante muy concurrido en Parque Arboleada, en Monterrey.

Mientras guardaba los últimos expedientes en el archivero, un recuerdo vino a mí sin querer: la cena con el señor Abad. Apenas habíamos conversado, pero la simple presencia de ese hombre me había hecho sentir algo que no experimentaba hacía mucho tiempo. Protección, quizás. O comodidad. Una sensación semejante a la que Carlos me daba cuando estaba vivo… y esa sola idea me heló por dentro.

Porque Arturo y Carlos no podían ser más distintos. Carlos siempre irradiaba calidez: era sonriente, amable, la clase de hombre cuya sola presencia llenaba de paz cualquier habitación. En cambio, el señor Abad era serio, con una voz grave que imponía, un porte rígido que intimidaba, y unos ojos que parecían verlo todo sin revelar nada. Y, sin embargo, algo dentro de mí se removía cada vez que estaba cerca de él. Algo que no quería permitirme sentir. 

Me cubrí el rostro con las manos, reprendiéndome en silencio. ¿Qué demonios estaba pensando? El señor Abad no era más que un conocido, un padre de familia preocupado por su hija. El hecho de que el destino nos hubiera cruzado varias veces no significaba nada. Muy pronto desaparecería de mi vida; me había pedido que acompañara a Lisa a su evento escolar, solo porque le agradaba, nada más. Después de eso… adiós.

Suspiré, con un nudo en el pecho.
Mis ojos se desviaron hacia la fotografía enmarcada que tenía en el escritorio. Acerqué los dedos y acaricié la imagen con ternura.
—Carlos, te extraño tanto… —susurré con un hilo de voz.

Guardé mis cosas y salí del consultorio.

Cuando abrí la puerta del departamento, la música a todo volumen me recibió como un estallido alegre. Esa era la señal inequívoca de que Lili estaba de buen humor. En cuanto me vio, corrió a bajar el volumen y me recibió con una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Ana! ¿Estás lista para nuestra cena de hoy? —preguntó emocionada, con los ojos tan abiertos que parecía un osito cariñosito. 

—Claro, prometí que te acompañaría —le aseguré, mientras caminaba directo al sofá. Me quité la bata de prisa, dejé el maletín caer sobre el sillón y me dejé caer también, exhausta—. Solo necesito recuperarme un poco de la jornada. Hoy estuve a muy ocupada… cuatro pacientes recién operados, incluyendo al señor Abad. Gracias al cielo estará bien —dije, apoyando mis manos sobre el estómago y cerrando los ojos un instante.

Lili asintió con complicidad, aunque sus labios hicieron un pequeño gesto culpable.
—Siento haberte pasado al señor Abad para poder salir más temprano, Ana. Pero te compensaré, lo prometo.

Abrí los ojos y negué con suavidad.
—No te preocupes, está bien. Al final, es mi trabajo monitorear a los pacientes postoperados.

—Bueno… —dijo ella, con un brillo de emoción en la mirada—, pero recuerda que a las ocho nos vamos, ¿okey?

—Ajá —respondí con un gesto cansado, aunque sabía que cumpliría.

Apenas había cerrado los ojos cuando el timbre de la puerta sonó, rompiendo el silencio del departamento. Fruncí el ceño, confundida. Yo no esperaba a nadie… tal vez Lili sí, pero aun así me incorporé con desgano para ver quién era.

Desde mi lugar escuché cómo ella abría la puerta.

—Buenas tardes, ¿se encuentra la señorita Lago? —preguntó una voz grave, profunda, tan familiar que mi memoria la reconoció de inmediato. El sonido de esas palabras me recorrió como un rayo. Me puse de pie de golpe, sintiendo el corazón, latiéndome en los oídos.

—¿Qué se le ofrece? Señor Abad —respondió Lili con firmeza, colocándose en el marco de la puerta como una barrera, ocultando con su cuerpo la vista hacia el interior.

—Arturo Abad —corrigió él con sequedad—. ¿Se encuentra Ana? —Ya no había un “señorita” en su tono, y eso hizo que la sangre me corriera más rápido por las venas. Di unos pasos apresurados hacia la entrada, sin saber bien qué hacer.

—Permítame un momento. —Lili cerró la puerta de golpe, con un portazo que me dejó boquiabierta. Del otro lado reinó un silencio incómodo durante un segundo. 

Me quedé petrificada, sin poder creer lo que acababa de suceder. Ella, en cambio, se sacudió las manos como si se hubiera librado de algo desagradable.

—Pero… ¿Qué has hecho, Lili? —le reclamé nerviosa, con un nudo de vergüenza en la garganta—. Él no tiene la culpa del derrumbe… me lo explicó la otra noche que salimos. Tiene pruebas.

—¿Qué? —exclamó atónita, mirándome con desconcierto—. A ver, explícame, porque no estoy entendiendo nada.

—Te lo contaré todo —prometí, juntando las manos como si rogara clemencia, en posición de angelito, suplicándole silencio por el momento. Pasé a su lado con rapidez y abrí la puerta.

✨ También te puede gustar... ✨

Dejar un comentario

🩷 Gracias por leer.

Si este capítulo te hizo sonreír, emocionarte o enojarte, cuéntamelo. Leer tus comentarios es una de las cosas que más me motiva a seguir escribiendo.

Scroll al inicio