Capítulo 35

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Ahí estaba. Aún de pie frente al departamento. Su figura erguida y solemne contrastaba con la calidez del pasillo. Nuestras miradas se encontraron y sentí un estremecimiento recorrer mi cuerpo. Él sonrió apenas, esa media sonrisa que parecía tan suya, contenida y a la vez poderosa.

—Lo siento… yo… mi amiga… no quiso —tartamudeé, sintiendo que el rubor me subía al rostro. Qué vergüenza.

Él me silenció suavemente, posando su dedo índice sobre mis labios.

—No te preocupes… —susurró, y luego desvió su mirada hacia Lili—. Vine a traer esto para ti.

No comprendí hasta que extendió la mano con una tarjeta. La tomé con cuidado y, al leerla, mi corazón dio un vuelco. Era la dirección del camposanto donde descansaban los restos de Carlos. Sentí que las piernas me temblaban: ahora podía ir a verlo, podía hablarle, podía llorarle como no lo había hecho en mucho tiempo.

—Muchas gracias… —murmuré, y las lágrimas comenzaron a nublar mi vista. No pude evitarlo: me abalancé sobre él y lo abracé con todas mis fuerzas. No pensé, solo actué. La gratitud me desbordaba, y lo único que deseaba era que entendiera lo mucho que significaba para mí.

Él rodeó mi espalda con firmeza. Sentí lo pequeña que era en comparación con su cuerpo imponente, y pegué mi rostro a su pecho, aspirando ese aroma amaderado de su perfume. El calor de sus brazos me sostuvo, y por un instante me permití abandonarme en esa sensación de seguridad.

—No sé cómo pagarle esto que ha hecho por mí… —musité, aferrándome a él como si temiera que se desvaneciera.

—Sí lo sabes… —susurró tan cerca de mi oído que solo yo pude escucharlo.

Me separé bruscamente, con el corazón enredado en mil emociones.

—Perdón… ya le eché a perder el saco con mis lágrimas —me disculpé, intentando recomponerme mientras limpiaba mi rostro con torpeza.

Él negó suavemente.

—No te preocupes. El saco vale la pena si es algo que te hace feliz.

Detrás de mí, Lili me observaba con los ojos abiertos como platos, exigiendo explicaciones con solo su mirada. Tenía tanto que aclararle, tanto que confesar.

El señor Abad, en cambio, seguía ahí, esperando también una respuesta de mi parte. Yo, atrapada entre su presencia y la mirada inquisitiva de mi amiga, me sentía como entre la espada y la pared.

—Me puede permitir un segundo, ahora vuelvo —le avisé al señor Arturo antes de tomar a Lili de la mano. La arrastré casi a la fuerza hasta mi habitación, cerré la puerta tras nosotras y solté un largo suspiro, recargándome en la madera como si necesitara apoyo para mantenerme en pie.

Lili me observaba con esa expresión curiosa y un tanto inquisitiva que solo ella sabía poner.

—¿Qué es lo que está pasando, Ana? Que no me has dicho nada —preguntó, arrugando la nariz como si oliera un secreto.

—Te explicaré todo… —me apresuré, llevándola hacia la cama—. Lo que pasa es que como casi no nos hemos visto durante la semana, no había podido contarte sobre el señor Abad. Ven, siéntate.

Las dos nos dejamos caer sobre el colchón. Jugué nerviosa con el borde de la colcha mientras hablaba.

—Primero que nada, el señor Abad no es responsable del derrumbe. Fue otro tipo… no recuerdo cómo dijo que se llamaba, solo sé que ya está preso desde hace varios días. Era el hombre que los contrató para construir la plaza.

—Ajá… —murmuró Lili, entrecerrando los ojos como si analizara cada una de mis palabras—. Pero lo que no entiendo es cómo ustedes dos hablan con tanta confianza.

Abrí mucho los ojos, atrapada en su escrutinio.

—Mmm… bueno… es que… la otra vez atendí a su hija por una caída. Después mandó hacer un examen conmigo y… hace dos días me invitó a cenar. Eso último sí te lo platiqué.

—¿Qué? —interrumpió, boquiabierta, como si acabara de escuchar una bomba.

—No es lo que te estás imaginando, Lili —me defendí de inmediato. Sentí el calor subir a mis mejillas y mi corazón golpear contra mi pecho bajo su mirada acusatoria—. El señor Abad solo está agradecido conmigo por haber atendido a su hija.

—Ajá, y yo soy una niña de cinco años. Por favor, Ana… —Lili rodó los ojos con exageración—. Ese señor viene a visitarte al departamento y te ve con deseo. Eres ciega si no te das cuenta. Aunque, bueno… no sé si es cosa de familia, porque su hermano cada vez que me ve no pierde el tiempo en coquetearme. Solo que ya le puse un alto, sabe que tengo novio y no me interesa.

Quise pensar que estaba equivocada, pero sus palabras despertaron en mí esa incomodidad conocida… esa certeza de que había algo más, algo que se encendía cuando estaba cerca del señor Abad.

—Ana, no tiene nada de malo si te fijas en alguien más, cariño —insistió ella con voz más suave—. No tienes por qué dejar de vivir solo porque amas a Carlos. Eres una mujer que también siente, que es de carne y hueso. Es natural que desees sentir algo de cariño.

Negué, bajando la mirada hacia el colchón como si allí pudiera encontrar refugio.

—Carlos acaba de fallecer, sería una locura. Yo lo amo todavía, Lili… aún no supero su pérdida.

—Sí, Ana —dijo ella con firmeza, pero con ternura—, pero tú eres una mujer muy joven y hermosa. Y yo no me equivoco: ese señor te ve con ojos de querer algo más que tu amistad. —Me guiñó un ojo con una sonrisa traviesa—. Además, ¿qué tiene de malo? Nadie te va a juzgar. Y si lo hacen, los mandas al carajo y ¡listo!

Negué otra vez, sintiendo un nudo en la garganta.

—Nadie jamás podrá reemplazar el amor que siento por Carlos. Me niego a iniciar una relación con alguien más. —Ni siquiera podía imaginarme besando a otro hombre. Cada vez que lo intentaba, era como una traición a su recuerdo.

—¿Por qué no invitas al señor Abad al cumpleaños de Miguel, Ana? —preguntó de golpe, como quien lanza una idea brillante.

Me quedé helada. Mi cuerpo entero se tensó. No podía imaginarlo aceptando una invitación tan social, ni mucho menos verme a su lado en una reunión con más personas. La sola idea me parecía un torbellino de incomodidad… y de algo más que no me atrevía a nombrar.

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