Capítulo 39

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Lilian Caballero

Roberto Abad era un hombre que imponía con solo entrar a un lugar. No hacía falta que hablara, su sola presencia llenaba el espacio como una sombra pesada y magnética. Era atractivo, sí, de ese atractivo arrogante que sabe que lo es, y lo usa a su favor. Se encontraba en esa edad de los treinta donde los hombres parecen sentirse invencibles, seguros de sí mismos y de lo que pueden conquistar. Y yo… yo era parte de su objetivo, para mi desgracia. Lo notaba en su mirada depredadora, en ese gesto ladino que me dedicaba cada vez que nuestras miradas se cruzaban. Pero yo no iba a caer. No necesitaba un hombre como él en mi vida.

Yo creía tener al novio perfecto. 

Volteé hacia Miguel, quien me sonrió con esa dulzura que siempre me desarmaba. Su rostro iluminado por la emoción del festejo me hizo sonreír también; me sentía afortunada. La idea de organizar esta cena para su cumpleaños había sido mía y verlo tan feliz era la mejor recompensa. Mi corazón se hinchó de orgullo y ternura al mirarlo.

De pronto, Miguel se acercó a mí. Su mano firme me sujetó por la cintura, mientras la otra acarició mi cuello con una posesividad inusual. Me besó con más intensidad de la que solía hacerlo, con un ímpetu que me sorprendió. Ambos estábamos de pie, y sentí cómo me rodeaba con fuerza, como si temiera perderme.

—Me encantas, amor, gracias por esta fiesta… —susurró contra mis labios.

Le devolví el beso, probando el sabor del vino que aún permanecía en su boca. Me encantaba verlo así, entregado, posesivo. No era común en él; por lo regular, Miguel era relajado, tranquilo, hasta un poco reservado con las demostraciones en público. Tal vez el alcohol le había soltado las riendas, pero no me importó. Pensé que debía aprovechar ese arrebato para hacer de esta noche algo inolvidable. ¿Quién sabía cuándo volvería a tenerlo así, tan desinhibido, tan mío?

Miguel comenzó a recorrer mi cuello con besos ardientes, sus labios rozando mi piel como si quisiera devorarme ahí mismo.

—Cielos, Lily, ¡Miguel te quiere cenar aquí mismo! —escuché la voz de Amanda, una de nuestras compañeras de trabajo. Ella siempre se mostraba más amiga de Miguel que mía, y aunque me hablaba con cortesía, yo sabía bien que lo hacía más por ser la hija del dueño del hospital que por genuino afecto.

Sonreí, entre divertida y avergonzada, mientras lo miraba con ternura.
—Creo que bebiste demasiado, amor —murmuré apartándolo un poco para recuperar el aire.

Y entonces lo sentí. Esa mirada.

Alcé los ojos y, a lo lejos, encontré los de Roberto fijos en mí. Su presencia me recorrió como un escalofrío. No había nada indebido en lo que hacía, pero aún así, un extraño sentimiento de culpa me atravesó. Bajé la vista de inmediato, tratando de ignorar esa sensación invasiva.

—No sé qué me pasa —dijo Miguel de repente, su respiración agitada, sus ojos encendidos de un modo extraño—, siento mucha adrenalina y me estoy poniendo demasiado caliente. Necesito desnudarte… ¿Por qué no nos vamos de aquí?

Me quedé helada, observándolo con sorpresa. Su respiración era mucho más rápida de lo normal. Sus pupilas parecían dilatadas.
—Pero… apenas son las diez, ¿por qué no esperamos un poco más? Eres el festejado.

Noté cómo su rostro comenzaba a perlase de sudor. Llevé mi mano a su frente; su piel estaba fría, como si algo no estuviera bien.

—¿Te sientes bien? —pregunté con preocupación.

Él asintió con una vehemencia exagerada y se apartó de mí de golpe. Tomó una de las botellas abiertas de vino y, sin pensarlo, comenzó a beber con una desesperación que jamás le había visto. Bebía y bebía, sin detenerse, como si quisiera apagar algo que lo consumía por dentro.

Lo miré atónita, incapaz de comprender su comportamiento. Nunca había visto a Miguel así. Al buscar una respuesta, mis ojos se cruzaron con los de Ana, que lo observaba con la misma incredulidad que yo.

Mientras tanto, el resto de los invitados gritaban al unísono, entre risas y aplausos:

—¡Fondo… fondo… fondo!

Y en medio de ese bullicio festivo, yo sentí que algo no estaba bien.

Al fondo, la música suave y elegante que acompañaba la velada se interrumpió de golpe. La música ligera y agradable de baladas fue reemplazada por los golpes intensos y repetitivos de un reguetón que hizo vibrar el salón. Mis ojos recorrieron el lugar hasta detenerse en Roberto. Estaba sentado en la barra, con esa seguridad altanera que lo caracterizaba. Al notar que lo miraba, levantó su vaso en mi dirección, dedicándome una sonrisa cargada de burla, como si todo lo que ocurría en ese instante no fuera más que un espectáculo montado para su disfrute.

Un mal presentimiento me atravesó como un rayo.

Me giré de inmediato hacia Miguel, tomándole el rostro con desesperación. Su piel ardía, pero al mismo tiempo un sudor frío le perlaba la frente. Sus mejillas estaban encendidas y su mirada perdida, como si estuviera atrapado en un mundo del que yo no podía rescatarlo. Seguía moviéndose al ritmo de la música, incapaz de detenerse. Algo no andaba bien.

—Tenemos que irnos antes de que hagas una locura —le dije con firmeza, tomándolo de la mano.

Él negó con una risa extraña, casi infantil.
—No quiero, me estoy divirtiendo… baila conmigo, Lily. Vamos a pasarla bien antes de que me vaya…

Todo mi cuerpo se tensó. Retrocedí un paso, helada.
—¿Qué dices?

Sentí a Ana acercarse por detrás, su mano tibia tocando mi brazo.
—¿Está todo bien, Lily? Miguel parece extraño.

—Pareciera que está drogado y dice incoherencias, Ana —respondí con el enojo atascado en la garganta, casi escupiendo las palabras.

Ana se inclinó hacia él con cautela, como si enfrentara a un paciente en estado crítico.
—¿Qué tomaste, Miguel? —preguntó con voz suave pero firme.

Miguel intentó apartarla de un manotazo torpe. Arturo apareció de inmediato, tensando la mandíbula.
—¡Oye! No la toques de esa manera… —gruñó, interponiéndose.

—Todos ustedes son unos aburridos… —bramó Miguel antes de, con dificultad, subirse a la mesa.

La imagen fue grotesca. A simple vista podría parecer un borracho más haciendo un show, pero yo lo conocía demasiado bien. Esa no era la ebriedad normal. Su rostro, su mirada, su sudor… todo me decía que no era el alcohol el que lo dominaba. Había visto pacientes intoxicados demasiadas veces para no reconocer que algo estaba mal.    

De pronto, comenzó a cantar la canción a todo pulmón, al igual que los demás invitados que lo ovacionaban con risas. El restaurante entero parecía volcado en esa absurda celebración. Un mesero, animado por la presión del público, le entregó un micrófono de karaoke.

—¡Hoy cumplo años! —gritó eufórico, levantando los brazos. El lugar entero estalló en aplausos y vítores.

Yo, en cambio, sentí que todo se estaba yendo al carajo. Esta no era la noche que había imaginado. Mis manos se cerraron en puños hasta que las uñas me dolieron contra la piel.

—Hay una cosita más que tengo que decirles… —la voz de Miguel volvió a llamar la atención de todos—. Soy médico y hace unos días me aceptaron para una beca en Madrid. Haré mi especialidad allá. ¡Los voy a extrañar tanto!… En especial a ti, mi bella y sexy novia.

El mundo se me vino encima. Mi rostro se descompuso en un segundo; sentí un nudo formarse en mi garganta, seco, asfixiante. No pude reaccionar. Solo busqué a Ana con la mirada, y ella se acercó a mí, apretando mi mano con fuerza.

—Lily… —susurró con compasión.

—Él no me lo había dicho… —alcancé a soltar, con voz quebrada.

Miguel continuaba hablando sin sentido, desvariando entre frases coherentes y otras ininteligibles, pero yo ya no lo escuchaba. Solo podía pensar en lo que acababa de decir.

Con el corazón latiendo desbocado, me dirigí hasta donde estaba Enrique, su mejor amigo. Lo miré directo a los ojos, fuera de mí.
—¿Es cierto lo que está diciendo Miguel? Tú debes saberlo, eres su mejor amigo. Dímelo, te exijo que me lo digas.

Enrique tragó saliva, nervioso, su rostro descompuesto.
—Lily, yo… es que… él dijo que te lo diría hoy. No entiendo por qué se ha puesto así. Tal vez los nervios… Esa beca es algo que él estuvo esperando por mucho tiempo.

Asentí con frialdad, sintiendo cómo la rabia se mezclaba con el dolor. Me iba a dejar. El muy maldito me había ocultado algo tan importante… ¿Desde cuándo?

—¿Desde cuándo lo sabe? ¿Y cuándo se tiene que ir? ¡Dímelo o te juro que mañana mismo me encargaré de despedirte del hospital! —escupí las palabras, desconocida de mí misma. Nunca había usado el poder de ser hija del dueño del hospital para intimidar a alguien, pero ese momento era distinto. La desesperación me arrastraba.

Mis ojos se llenaron de lágrimas, y mi voz se quebró en súplica.
—Por favor, Enrique… dime la verdad.

Él bajó la mirada, derrotado.
—Lily… Miguel se va en dos días.

Dos días.

El suelo pareció desvanecerse bajo mis pies.

Algo dentro de mí se rompió en mil fragmentos silenciosos. Me giré y vi cómo dos tipos fortachones de seguridad se abalanzaban sobre Miguel; lo sujetaron por los brazos y lo arrastraron hacia la salida mientras las demás gritaban, desconcertadas, preguntando por qué se lo llevaban. El murmullo del restaurante se convirtió en un zumbido ahogado en mis oídos.

Uno de los guardias, con voz firme y profesional, explicó que el local era exclusivo y que no se toleraban actitudes tan vulgares. Sus palabras se perdieron entre el dolor que me recorría el cuerpo como un frío punzante.

—¡Lily haz algo! —gritó Amanda— ¡es tu novio!
—¡Lily! —corearon las demás.

Sentí todas esas voces como lejanas, como si alguien hubiera subido el volumen de la realidad para luego apagarlo de golpe. Ana, que había permanecido cerca, fue la única que parecía entender la tormenta que me devoraba por dentro. Sus ojos buscaron los míos con una ternura que me clavó un alfiler en el pecho. La miré, y con voz que se me rompía, le dije:
—Yo me largo Ana, quiero estar sola.
—Pero Lily…
—No te preocupes por mí, estaré bien.

No sonó sincero ni para ella ni para mí, pero era lo que pude articular en ese momento. Salí del restaurante como si caminara por una pasarela de vidrio, con la sensación de que el suelo podía ceder bajo mis pies en cualquier instante. Afuera, la noche me recibió con el tráfico y las luces de la avenida, y por un momento pensé que caminar hasta encontrar un taxi sería el remedio: ir a casa, encerrarme en mi cuarto y llorar hasta vaciarme.

Las lágrimas, sin permiso, comenzaron a deslizarse por mis mejillas mientras caminaba por la banqueta. Cada paso era un latigazo de vergüenza y de traición: el hombre que amaba, o al que había amado, me había humillado delante de todos; y en dos días me iba a dejar. Si no fuera por la sustancia que lo dominaba, no lo habría dicho. Era un cobarde. Y yo… yo me sentía una maldita tonta.

Apenas había recorrido unos metros cuando algo frío y húmedo rozó el lateral de mi cuello. Antes de que pudiera reaccionar, una mano cubrió mi nariz con un paño impregnado de olor químico y dulzón. Fue un golpe sordo contra mi respiración; el aire se volvió espeso, el mundo se inclinó y, por un segundo vertiginoso, traté de aferrarme a la calle, a las luces, a un nombre.

La visión se empañó. El ruido se volvió lejano. Intenté gritar y no salió nada. Sentí mis piernas fallar y el suelo aproximarse como si me llamara a dormir. Un último pensamiento, nítido y aterrador, cruzó mi mente: no quiero caer.

Y luego, la oscuridad.

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