Capítulo 58
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Roberto Abad Rocamonte
Dos semanas después
El hielo golpeaba el cristal con un sonido seco cada vez que hacía girar el bourbon. Era el único ruido en el departamento. El resto era silencio… un silencio demasiado parecido al que llevaba dentro.
Las luces se mezclaban con la neblina de la noche y me hacían pensar en lo fácil que era perderse entre ellas. El bourbon quemaba mi garganta, pero necesitaba esa sensación. Me recordaba que seguía vivo.
La camisa estaba desabotonada, colgando sobre mis hombros sin cuidado. El viento frío se filtraba por el tejido, pero no me importaba. Lo que realmente me incomodaba estaba dentro de mi cabeza.
Lo irónico es que, por primera vez en años, cuando cierro los ojos ya no aparece Clara. Aparece Lilian.
La ví tan nítida que casi podría jurar que si estiraba la mano podría tocarla. Su voz suave, su forma de mirar como si intentara descifrarme, esa calma aparente que escondía una tormenta. No había podido olvidarla, por más que lo intentaba. Apreté el vaso con fuerza, fui un estupido al permitir que se me escapará el nombre de Clara cuando estábamos en la cama, ahora estaba enojada conmigo.
Apreté los dientes. Le prometí no buscarla. Y lo cumplí.
Pero cada día sin ella se siente como una especie de castigo. Ella tiene algo que intriga, una personalidad que me atrae, que me incita pero yo nunca he sido un hombre de relaciones, solo una vez lo intenté pero la vida me arrebato a la mujer que amaba de la peor manera.
Me apoyo en la baranda y doy otro trago.
¿Por qué no podía olvidarla como olvidaba a las demás? ¿Por qué no podía ser como las demás? Las otras no me quitaban el sueño, ni me hacían cuestionar todo. Las otras no dejaban esta sensación absurda de vacío cuando se iban.
Pero ella…
Ella me descolocaba.
Intento convencerme de que fue solo una noche, un error. Pero sé que me miento.
Miro hacia abajo. Los autos se mueven como luciérnagas entre el tráfico. La ciudad parece viva, respirando, mientras yo me siento más muerto que nunca. Estoy solo, ni si quiera puedo ir a ver a Lisa. Suspiro.
Golpeo con los nudillos la baranda, frustrado.
No debería pensar en Lilian, pero no puedo evitarlo.
No debería extrañarla, pero lo hago.
Una parte de mí quiere romper esa promesa que le hice. Cuando me ha importado ser recto, nunca, no tendría por que cumplir algo si no lo deseo.
—Maldita sea, doctora… —murmuro entre dientes.
El sonido de mi voz se pierde en el viento.
Me paso una mano por el rostro, agotado.
Sentí unos brazos rodearme por la espalda. El aroma dulce de su perfume me llegó enseguida, algo floral, demasiado dulce para mi gusto. Era Andrea Gutierrez.
Giré apenas el rostro y la vi. Su piel impecable, el cabello perfectamente peinado, los labios pintados con ese tono rojo que gritaba confianza. Llevaba una de mis camisas puesta como si le perteneciera, su cuerpo desnudo por debajo de la tela. Siempre había sido hermosa, lo sabía desde la primera vez que la vi, años atrás, cuando su padre contrató a la constructora para levantar uno de los edificios más caros de telecomunicaciones de la ciudad.
Andrea era de esas mujeres que lo tienen todo, y lo saben.
Durante un tiempo creí que podría ser buena compañía…
—¿Ya le hablaste al chofer para que venga por ti? —pregunté con voz baja, sin apartar la mirada del horizonte.
Ella sonrió, apoyando su barbilla en mi hombro.
—Te extrañaba, Roberto. Pensé que podríamos dormir juntos… como antes. Por la mañana desayunar y…
Tomé aire con paciencia.
—Ya es tarde. Quiero dormir solo —dije con calma, apartando sus brazos con suavidad.
Vi cómo su sonrisa se borraba de golpe. Sus ojos se endurecieron y sus labios temblaron por la rabia contenida.
—¿En serio? ¿Estás echándome? —su tono se volvió agudo—. Creí que entre nosotros… que después de lo de hoy, tú y yo…
Negué despacio, intentando evitar un enfrentamiento.
—Andrea, no te confundas. Fuiste tú quien quiso pensar eso. Yo nunca prometí nada.
Su respiración se agitó, sus mejillas se tiñeron de rojo.
—Eres un patán, Roberto Abad. Le voy a decir a mi padre cómo me trataste. Haré que la constructora Rocamonte se vaya a la quiebra —escupió furiosa, con la voz temblorosa por el enojo.
No pude evitar soltar una risa breve, casi amarga.
—Haz lo que quieras —respondí con frialdad—. De todos modos, ya no trabajo para mi padre. Llegaste un poco tarde para usar esa amenaza.
La vi parpadear, desconcertada por un segundo. Después, su rabia se encendió aún más. Dio un paso hacia mí y, sin pensarlo, me abofeteó. El sonido seco resonó en la sala, y por un instante, el silencio lo cubrió todo.
No dije nada.
Solo la observé mientras sus ojos brillaban entre lágrimas. Fue a la habitación por sus tacones y sus cosas, y salió del departamento, dejando tras de sí el eco de sus pasos apresurados y el perfume caro flotando en el aire.
Me pasé una mano por el rostro, aún caliente por la bofetada.
Suspiré.
No dolía el golpe. Lo que dolía era la realidad que me rodeaba: ese vacío que ni el bourbon, ni los recuerdos, ni las mujeres lograban llenar.
Entonces lo sentí.
Algo me atravesó el pecho.
Luego, un dolor punzante me cortó la respiración.
Me llevé la mano al corazón y el vaso de bourbon cayó al suelo, derramando su contenido como si fuera sangre derramada.
El aire comenzó a faltarme.
Intenté mantenerme de pie, pero las piernas me temblaban.
Me dejé caer en el sillón, jadeando, con el corazón golpeando con fuerza desmedida dentro de mi pecho.
El sudor frío me recorrió la frente, y un pensamiento fugaz, casi cruel, cruzó por mi mente:
Si esto era un infarto… tal vez debería dejar que pase.
Cerré los ojos por un instante, pensé que sería más fácil dejar de luchar.
Nadie me extrañaría.
Ni mi padre, que no quiere verme.
Ni Andrea, que solo me deseaba por capricho.
Ni siquiera Lilian… ella me teme más de lo que me recuerda.
Cerré los ojos.
Me quedé así, respirando a medias, escuchando el tic-tac del reloj y el eco de mi propia soledad.
Por un instante, lo sentí: el filo de la muerte rozándome los pulmones.
Y, por un segundo, no me importó.
Después de unos minutos —no sé cuántos— el dolor comenzó a disminuir.
Mi respiración se fue calmando, el aire volvió a mis pulmones con lentitud.
Me pasé una mano por el pecho, exhausto, como si hubiera peleado contra un enemigo invisible.
Miré el techo, aún sentado, con la camisa pegada al cuerpo por el sudor.
Tomé aire, aún temblando, y murmuré apenas con ironía:
—Ni siquiera la muerte quiso quedarse conmigo.
…
Cuando el amanecer empezó a filtrarse por las cortinas, me levanté con la mandíbula tensa y la cabeza pesada. No era solo el cansancio. Aún recordaba el episodio de la noche anterior: esa punzada en el pecho, el aire que se negaba a entrar, la presión que me hizo pensar que, tal vez, me iba a morir.
Pero no.
Desperté. No podia seguir así, tenia que ir al médico.
Así que me duche, me vestí con la primera camisa limpia que encontré, me peiné lo justo y salí rumbo al hospital. Me repetí mentalmente que era solo una revisión, un chequeo rápido, pero en el fondo sabía la verdad: quería verla a ella. A la pelinegra que me había hecho perder la calma con una sola mirada. Esa mujer con la que, sin proponérmelo, me había encaprichado.
El aire fresco de la mañana me despejó un poco. Caminé por el pasillo del hospital con una mezcla de nerviosismo y expectativa. En cuanto llegué a recepción, apoyé las manos sobre el mostrador y sonreí, más confiado de lo que en realidad me sentía.
—Buenos días, vengo a consulta con la doctora Lilian Caballero —dije, esperando escuchar su nombre en boca de la recepcionista, como una confirmación de que el universo aún me debía una oportunidad.
Pero la mujer alzó la mirada del monitor, con un gesto profesional y una voz fría que me descolocó por completo.
—Lo siento, señor Rocamonte. La doctora ya no atiende a su familia. Fueron reasignados a otro médico desde hace ya algunos días.
Por un segundo creí haber escuchado mal.
—¿Cómo que ya no? Pero si ella es la doctora que me atiende siempre —le expliqué, intentando mantener la calma, aunque sentí una punzada incómoda en el estómago.
—Así es —repitió con amabilidad distante—. Fue una decisión administrativa. Si gusta, puedo darle el nombre de su nuevo doctor.
No respondí.
Solo di un paso atrás. Sentí cómo todo el entusiasmo se me escurría por dentro, como si algo invisible me hubiera quitado el aire otra vez.
Me reí, una risa seca, amarga.
—Perfecto, Roberto —murmuré para mí mismo—. Parece que el destino también decidió darte una bofetada. Lilian ha cumplido su promesa y te ha dado una patada en el trasero.
