Capítulo 59
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Roberto Abad Rocamonte
Subí al segundo piso y me dirigí directo al consultorio de Ana. Si alguien podía decirme algo, era ella.
La asistente, una muchacha joven de sonrisa ensayada, levantó la vista apenas me vio.
—Buenos días, señor Rocamonte. ¿Tiene cita?
—No. Pero necesito hablar con la doctora Ana Lago —respondí con tono seco, el que usaba cuando no quería que me llevaran la contraria.
La chica vaciló.
—Lo siento, señor. La doctora no puede atenderlo. Según el sistema, usted ya está asignado a otra médica.
Rodé los ojos, conteniendo la molestia.
—Sí, ya escuché ese cuento en recepción. Ahora, ¿podrías hacerme el favor de decirle que estoy aquí?
La asistente negó suavemente, con ese aire diplomático que solo conseguía irritarme más.
—De verdad, señor Rocamonte, la doctora ya no puede atenderlo…
No la dejé terminar. Empujé la puerta del consultorio y entré sin pedir permiso.
Ana estaba revisando unos papeles, con la bata blanca ligeramente arrugada y el cabello recogido en una trenza que caía sobre su hombro. Alzó la mirada al escuchar la puerta golpearse contra la pared y frunció el ceño.
—Roberto, no puedes entrar así —dijo con voz firme, dejando los documentos sobre el escritorio y poniéndose de pie.
—Ya lo hice —respondí sin el menor remordimiento, cerrando la puerta detrás de mí.
Ella suspiró, cruzándose de brazos.
—Te dijeron que no puedo atenderte. Ya estás asignado a otra doctora.
—Sí, lo sé —dije, acercándome un paso más—. No vine a discutir, vine por que necesito que me atiendas.
—No puedo hacer eso. Hay un protocolo, y tú…
—Ana, escúchame —interrumpí, con un tono más grave—. No quiero a nadie más. Si Lily no me quiere atender, está bien, me da igual. Pero quiero que lo haga alguien en quien confíe. Y esa persona eres tú.
Ana me sostuvo la mirada unos segundos. La vi dudar, morderse el labio, apartar la vista. No era la primera vez que le hablaba así; entre ella y yo existía una confianza extraña, eramos algo asi como amigos, a mi parecer, solo que ella aún no lo sabía, pero yo ya la habia escogido para esa función.
—Eres insoportable, ¿sabías? —murmuró finalmente, frotándose la frente con una mano.
—Lo sé —respondí con una sonrisa apenas perceptible—. Pero también sé que no me vas a dejar ir sin revisarme.
Ella suspiró otra vez, larga, resignada.
—Está bien. Te atenderé.
—Gracias, doctora —dije con un deje de burla, inclinando un poco la cabeza—. Prometo portarme bien.
—Siéntate —me dijo dirigiendome una mirada severa.
Obedecí sin decir palabra. El aire del lugar olía a desinfectante y café recién hecho. En la pared había diplomas, cuadros con frases motivacionales y una pequeña planta que, milagrosamente, aún seguía viva.
Ella se colocó el estetoscopio al cuello y me miró con ese aire tranquilo que la caracterizaba.
—Cuéntame qué fue lo que pasó. ¿Por que estás aquí?
Me encogí de hombros.
—Ayer por la noche, me dio un dolor en el pecho, me costaba respirar y pensé… bueno, que tal vez era un infarto.
Ella asintió con calma, aunque vi cómo sus cejas se fruncían apenas.
—¿Y cuánto duró el episodio?
—Unos minutos. Luego se me pasó.
Ana tomó una nota en su libreta, luego me miró directamente.
—No parece un infarto. Suena más bien a un cuadro de ansiedad.
Reí con ironía, recostándome en la silla.
—¿Ansiedad? No, doctora, eso es para la gente que pasa todo el dia trabajando y no tiene vida.
—No te burles —replicó, mirándome seria—. La ansiedad no es un juego. ¿Has tenido estrés últimamente? ¿Alguna preocupación o motivo por el que te sientas más… alterado?
Suspiré, bajando la mirada por primera vez.
—Bueno, desde que mi padre decidió echarme de la empresa y de la familia, digamos que mi vida se volvió… bastante tranquila. Paso la mayor parte del día en mi departamento.
Ana apoyó los codos sobre el escritorio, entrelazando las manos.
—¿Y no tienes nada que hacer? ¿No trabajas?
—Tengo negocios —contesté, dándole poca importancia—. Sociedades, inversiones… cosas que funcionan sin que yo esté presente.
—Ya veo —murmuró, asintiendo—. Tal vez deberías buscar algo que te mantenga ocupado. Hacer ejercicio, salir a correr, distraerte un poco. Te haría bien.
—Lo que me distraía —dije con media sonrisa torcida— era acechar a tu amiga. Pero como ya me echó de su vida, igual que tú intentaste hacerlo por que ya ninguna quiere atenderme como paciente, ahora me queda poco que hacer. A veces voy a un bar, bebo, ligo con alguna chica… paso la noche con ella y listo. Fin de la terapia.
Ana me miró en silencio. Su expresión pasó del fastidio a la incredulidad.
—¿Y eso te parece saludable? —preguntó finalmente, cruzándose de brazos.
—Saludable, no. Pero efectivo, sí —repliqué con una media risa que sonó más amarga de lo que esperaba.
—¿Cuánto bebes al día, Roberto? —preguntó de pronto, con un tono más médico que personal.
—Depende —dije, encogiéndome de hombros—. Últimamente… una botella de whisky.
Ella parpadeó, sorprendida.
—¿Una botella entera?
—Más o menos —contesté, fingiendo indiferencia.
—Eso es una barbaridad —exclamó, alzando la voz—. No puedes seguir así, Roberto. El alcohol te está destrozando el cuerpo, y probablemente esa sea la causa de tus taquicardias.
La observé mientras hablaba, con ese fuego en los ojos que solo mostraba cuando le importaba algo. No lo decía como doctora.
—Haré unos exámenes —continuó, bajando el tono—. No me gusta cómo suena eso. Y te voy a pedir que moderes tu manera de beber. En serio.
Asentí sin responder. La voz me salió más baja de lo que esperaba.
—Está bien. Lo haré.
Ella me miró de nuevo, evaluándome como si intentara descifrar cuánto de mí era verdad y cuánto simple fachada.
—Lo digo en serio, Roberto —añadió suavemente—. No puedes seguir castigándote así.
Tragué saliva, desviando la vista hacia la ventana.
—Créeme, Ana. Ya ni sé si lo hago por castigo o por costumbre.
El silencio que siguió fue denso, casi incómodo.
Me quedé observando a Ana mientras terminaba de anotar algo en el expediente. Había algo en su forma de mover la mano, en ese gesto pausado y preciso, que me hacía olvidar por un momento el motivo por el que estaba ahí.
Cuando levantó la mirada, lo hice sin pensarlo.
—¿Y Arturo? —pregunté, fingiendo desinterés, aunque la curiosidad me quemaba por dentro—. ¿Sigues viéndolo?
Ella pareció sorprenderse.
—¿Arturo? —repitió, bajando la vista al instante—. No, tengo semanas que no lo veo. No sé nada de él.
Asentí lentamente, recargando el cuerpo contra el respaldo de la silla.
—Vaya —murmuré con una media sonrisa que se desvaneció pronto—. Pensé que ese tipo era más persistente.
Ella no respondió, solo se limitó a revisar los papeles del examen que me iba a mandar hacer, como si necesitara concentrarse en algo que no fuera yo.
—Mañana volveré con los resultados —dije con tono despreocupado—, o si prefieres, puedo llevarlos a tu casa. Así me evito venir hasta acá.
Ella levantó la vista, con un destello de nerviosismo en los ojos.
—Ya no vivimos en el departamento a donde llegaste a ir —dijo al fin, con una voz suave pero firme—. Lily compró uno nuevo… nos mudamos el fin de semana.
Eso me tomó por sorpresa.
—¿Ah, sí? —arqueé una ceja, intentando mantener la naturalidad—. ¿Y dónde viven ahora?
La vi morderse el labio inferior. Un gesto pequeño, pero tan revelador como una confesión.
Evitó mi mirada, fingiendo que buscaba algo en el cajón de su escritorio.
El silencio se extendió entre los dos, denso, incómodo. Entendí su silencio… y, para ser honesto, me irritó un poco.
—Ya veo —dije finalmente, poniéndome de pie y acomodando la camisa—. Supongo que eso significa que tendré que venir al hospital si quiero verte y que Lilian si se tomó muy apecho eso de eliminarme de su vida de raíz.
Ella alzó los ojos apenas, sorprendida, pero no respondió. Por supuesto ella no sabía de que estaba hablando.
Me limité a esbozar una sonrisa ladeada.
—Entonces hasta mañana, doctora Lago. Prometo no beberme otra botella esta noche… bueno, tal vez media.
—Roberto… —su tono fue de advertencia, pero también de preocupación.
Le guiñé un ojo antes de abrir la puerta.
—Relájate, sé cuidar de mí.
