Capítulo 49
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Lilian Caballero
Me retorcí entre sus brazos con desesperación, luchando contra la fuerza que me tenía atrapada.
—¡Suéltame! —grité con rabia, limpiando mis labios con el dorso de la muñeca. Estaba enojada, furiosa, con el corazón desbocado y la mente ardiendo de impotencia—. Yo jamás me fijaría en un hombre como tú, eres despreciable. Ahora entiendo cómo es que tu familia ya no te soporta.
Vi cómo la mirada de Roberto se endureció, sus ojos se volvieron dos brasas oscuras. Sabía que estaba metiéndome en un campo minado, pero no me importaba. Solo quería desquitar la rabia que me estaba consumiendo en ese instante.
—No sé por qué viniste por mí —escupí, con veneno—. Tan fácil que hubiera sido decirle a Ana. Ella hubiera venido sin pensarlo.
Roberto no se inmutó. Metió las manos en los bolsillos de su pantalón con una calma irritante, como si mis palabras fueran simples gotas de lluvia resbalando sobre él. Entonces, para colmo, sonrió. Esa media sonrisa altiva, arrogante, que hizo que apretara los dientes con fuerza.
—¿Ya terminaste con tu berrinche? —su voz grave y seca me estremeció por completo. Había dureza en ella, pero también algo en su tono que me descolocaba, un magnetismo que me sacaba de control—. Te recuerdo que apenas comenzamos el viaje de regreso. Tú decides, ¿te quedas o te vas conmigo?
Dio un paso hacia mí y yo, instintivamente, retrocedí, como si su sola presencia me arrastrara a un abismo que no quería mirar de frente.
—Nunca antes una mujer se había atrevido a hablarme de esta manera —su sonrisa se amplió, peligrosa, como si en lugar de enfurecerlo lo estuviera desafiando en el mejor de los sentidos—. Deberías agradecer que estoy siendo bueno contigo, doctora. De ser otra persona, ya me hubiera largado y te habría dejado aquí, sola.
Sentí un escalofrío correrme por la espalda.
—Deberías ser tú quien me agradeciera —continuó, inclinándose apenas hacia mí, bajando la voz hasta un murmullo varonil que me rozó los labios como una provocación—. Por haberte quitado del camino a tu novio insípido.
Me miró con una chispa burlona en los ojos y entonces, con ese sarcasmo que me hervía la sangre, soltó:
—La verdad, dudo mucho que él sea capaz de darte placer en la cama.
Abrí los ojos de par en par, incrédula. ¿Cómo se atrevía? ¡Maldito arrogante! Sentí que la sangre me hervía, que las ganas de abofetearlo eran tan grandes como las de… Dios, ni siquiera quería pensarlo.
Ese hombre tenía el poder de desesperarme como nadie. Sobre todo porque, en el fondo, muy en el fondo, había algo de verdad en sus palabras. Miguel nunca había sido un hombre intenso en la cama. Yo lo sabía. Había tenido otros novios que me habían hecho sentir fuego y pasión, aunque Miguel lo compensaba con otros detalles: era atento, dulce, detallista, siempre dispuesto a hacer lo que fuera para verme feliz. Eso valía más para mí que un par de noches ardientes.
Pero la manera en que Roberto Abad me lo había lanzado a la cara, como si pudiera leerme por dentro, me hervía más que el coraje mismo.
—¡A ti qué te importa! —escupí con los ojos clavados en él—. Te prohíbo meterte en mi vida de nuevo sin mi permiso.
Giré sobre mis talones con decisión y caminé hacia el auto. No me quedaba otra alternativa: tenía que regresar con él, aunque cada fibra de mi cuerpo deseara lo contrario.
Lo escuché reír bajo, con esa risa grave que se clavaba en mi piel como un roce. Y cuando abrí la puerta del auto, su voz volvió a alcanzarme, cargada de una provocación que me erizó la piel:
—Dices que no me quieres en tu vida, doctora, pero tus ojos me cuentan otra historia.
No quise darle la razón. Ni siquiera me atreví a mirarlo. Solo me subí al asiento y cerré la puerta con fuerza, mientras mi corazón latía como un tambor enloquecido.
Roberto volvió a incorporarse al volante y el coche retomó la carretera con un rugido contenido. Yo seguía mirando el reflejo en la ventanilla —mi rostro pálido, los ojos enrojecidos— aunque por dentro una parte de mí todavía hervía de rabia. No quería mirarlo; no podía. El aire entre nosotros se había vuelto denso, cargado de algo que no era sólo enojo.
—Por un momento pensé que no subirías al auto… —dijo divertido, como si la idea de mi desafío le resultara gratificante.
Lo ignoré. No respondí; me obligué a mirar la línea amarilla de la carretera. El silencio tuvo peso, pero no duró mucho.
—Voy a proponerte esto directo al grano y sin rodeos, Lilian, quiero una noche contigo te prometo que no te arrepentirás, piénsalo, solo una vez, y si quieres puede ser la venganza perfecta después de lo que te hizo tu novio, o puedo ser tu desahogo, no me importa, yo no tengo novias, como te dije yo solo he amado a una mujer en mi vida, no me interesa más el amor, solo busco placer.
La frase cayó como una piedra en mi pecho. Sonó vulgar, descarnada, y sin embargo la cadencia en su voz tenía una calma peligrosa, la seguridad de alguien que sabe lo que quiere y no pide permiso. Sentí el frío de la ventanilla contra mi mano; fuera, el mundo seguía su curso indiferente. Dentro, mi pulso martillaba en mis sienes.
Era un descarado.
Lo miré, incrédula, y por primera vez desvié la mirada hacia él. La seriedad en su rostro no era un gesto pasajero: había determinación en su mandíbula, una honestidad brutal que le sentaba bien a la vez que me intimidaba.
—Después de lo que me hiciste, ¿crees que yo voy a aceptar algo como eso? —pregunté, la voz cortada por la ofensa—. Yo no soy la clase de mujer que está con otro solo para vengarse de su ex.
Me salió más dura de lo que esperaba. La rabia aún me daba cierta fuerza. Quería que se sintiera culpable, que supiera cuánto daño me había provocado.
—Nadie se enterará si no quieres, o puedes pedirme lo que quieras, puedo dártelo.
La boca se me curvó en una sonrisa amarga, casi involuntaria. Era tremendo: allí estaba, ofreciéndome el oro envuelto en peligro y arrogancia. Por un ridículo segundo, la idea de esconderme de mi propio dolor, de pagar por una noche que borrara la humillación, se me antojó tentadora. Me sorprendió sentir que mi propia respiración se volvía más corta, más cálida.
Sonreí sarcástica, para protegerme. Para esconder que algo en mi estómago, algo prohibido, respondía.
Ninguno volvió a hablar. El motor era el único sonido dentro del automóvil. Afuera, la carretera seguía extendiéndose interminable entre montes secos y un cielo limpio que parecía burlarse del caos que llevaba dentro.
Crucé los brazos con fuerza, intentando convencerme de que estaba indignada… porque lo estaba. Roberto era un arrogante, un manipulador, un hombre capaz de hacer cosas terribles para conseguir lo que quería. Debería odiarlo. Lo lógico era odiarlo.
Cerré los ojos apenas un instante. Lo peor era que no conseguía dejar de pensar en el beso. Me enfurecía reconocerlo. Había sido un abuso, una invasión a mi espacio… y, aun así, mi cuerpo había respondido de una manera que me avergonzaba admitir.
—¿Qué demonios te pasa, Lilian? —me reprendí en silencio.
Pensé en Miguel. En las mentiras. En la beca que jamás tuvo el valor de contarme. En la fiesta que preparé con tanta ilusión mientras él ya estaba planeando marcharse del país.
Toda la noche anterior había intentado ser la novia perfecta… y él ni siquiera había sido capaz de tratarme como la mujer que decía amar.
Bajé la mirada hacia mis propias manos. Seguían temblando. No sabía si por el miedo de aquella mañana, por el coraje o por la tensión que Roberto despertaba en mí. Quizá por todo al mismo tiempo.
¿Y si tenía razón en una sola cosa? ¿Y si necesitaba dejar de pensar por una vez? ¿Y si solo quería sentir algo distinto al dolor?
Roberto siguió conduciendo. No volvió a mencionarlo. Ni una sola palabra más. Parecía haber dejado la decisión completamente en mis manos.
Respiré hondo. Nunca había tomado una decisión tan impulsiva en mi vida. Tal vez estaba cometiendo el mayor error de todos. Tal vez me arrepentiría al día siguiente. Pero también estaba cansada de sentirme rota, utilizada, abandonada por hombres que decidían por mí.
Si iba a cometer una locura… al menos sería una que nadie me estaría imponiendo.
—Está bien… —murmuré casi sin reconocer mi propia voz.
Roberto giró apenas el rostro hacia mí, sorprendido.
Tragué saliva antes de continuar.
—Una sola vez. Pero bajo mis condiciones.
—Después de esto desaparecerás de mi vida. Nadie sabrá lo que ocurrió. No volverás a buscarme, no volverás a llamarme y no volverás a aparecer frente a mí. ¿Lo entiendes? No quiero una relación contigo. No quiero promesas. No quiero volver a verte. Solo… una vez.
Roberto exhaló, una mezcla entre satisfacción y algo que pudo haber sido sorpresa. Giró a mirarme por el rabillo del ojo, evaluándome como quien mide la suerte. En su expresión no había ternura, pero había una expectativa cruda.
—Perfecto —respondió—. Lo haremos a tu manera. Nada de errores.
Su tono era una orden envuelta en cuidado; unas palabras que, increíblemente, resultaron más desarmantes que cualquier caricia.
La carretera seguía desplegándose ante nosotros como una cinta de posibilidades peligrosas.
