Capítulo 50

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Lilian Caballero

El paisaje cambió poco a poco. Llevábamos más de una hora en carretera rumbo a Monterrey cuando Roberto giró inesperadamente a la derecha, tomando una vía más estrecha, flanqueada por pinos y montañas que se alzaban al fondo como guardianes silenciosos.

Fruncí el ceño.
—¿A dónde vamos? —pregunté, mirándolo de reojo.

Él sonrió, esa clase de sonrisa que siempre me desconcertaba, una mezcla entre picardía y dominio.
—Tranquila, doctora —dijo con voz grave, pausada—. Esta carretera lleva a un complejo de cabañas para vacacionar. Hace tres años el dueño contrató a la constructora para levantar el proyecto. Fue todo un éxito. Estoy seguro de que te encantará.

Sus palabras flotaron en el aire mientras yo lo observaba. El sol se filtraba por el parabrisas, marcando el contorno de su mandíbula, ese perfil firme que parecía tallado a propósito para provocar. Me mordí el labio inferior, sin pensar, y fue entonces cuando lo vi tragar saliva, apenas perceptible, pero suficiente para que mi estómago se revolviera con una sensación que no supe nombrar.

Por un instante, cuando movió la mano derecha, creí que la apoyaría sobre mi pierna. El simple pensamiento me heló y encendió al mismo tiempo. Pero no… solo tomó el cambio del auto y siguió conduciendo, con esa expresión serena que me desesperaba.

Respiré hondo, tratando de disimular lo alterada que me sentía. El aire dentro del coche se volvió espeso. Entre el olor a cuero del asiento y su perfume amaderado, me resultaba imposible pensar con claridad.

—Ahí podremos encontrar algo de ropa —dijo de pronto, rompiendo el silencio—. Puedes ducharte, cambiarte. Yo también lo haré.

—¿Y eso? —pregunté, sin poder evitar el tono irónico.

—Me gusta que las mujeres estén aseadas durante el sexo —contestó sin un ápice de vergüenza, mirándome con esos ojos que parecían leer mis pensamientos—. Y así como soy exigente, también doy lo mismo que recibo.

Sentí que mi garganta se cerraba. Tragué saliva y desvié la mirada hacia la ventana, intentando que no notara el temblor en mis manos. El descaro con el que hablaba, la seguridad, el modo en que mantenía la vista fija en el camino mientras decía cosas así… todo en él era una provocación calculada.

Por un instante, me pregunté si en verdad había sido buena idea aceptar. No era solo una cuestión moral, era algo más profundo. Sabía que con Roberto nada era simple. Su presencia era un huracán que arrastraba todo a su paso, incluso lo que yo creía tener bajo control.

Pero ya estaba hecho. Lo había aceptado, y lo haría por dos razones: para quitarme de encima el deseo absurdo que me provocaba y, después de eso, desaparecer. No volver a verlo jamás.

Apreté los labios. Afuera, el sol comenzaba a ocultarse detrás de las montañas, tiñendo el horizonte de tonos naranjas y violetas. Dentro del coche, la tensión era tan espesa que podía respirarse.

El camino se volvió cada vez más estrecho, rodeado por árboles que parecían abrazar el cielo. El aire se sentía distinto, más fresco, impregnado del aroma de tierra húmeda y pino. Cuando el automóvil se detuvo frente al complejo de cabañas, me quedé mirando el lugar, intentando no demostrar mi sorpresa. Era hermoso.

Un conjunto de construcciones de madera, con techos triangulares y luces cálidas que parpadeaban entre las sombras del atardecer. Todo parecía sacado de una postal. Roberto apagó el motor y bajó primero, rodeando el auto para abrir mi puerta, pero no le di oportunidad. Me adelanté, empujé el seguro y salí por mi cuenta.

—Siempre tan independiente, ¿eh, doctora? —su voz sonó divertida detrás de mí.

—No me gustan las atenciones innecesarias —respondí, caminando hacia la pequeña recepción iluminada con faroles colgantes.

Adentro, una joven de cabello oscuro y sonrisa amable nos recibió detrás del mostrador.
—Buenas tardes, ¿tienen reservación?

Roberto se apoyó en el mostrador con esa postura relajada que parecía su sello personal.
—Roberto Abad —dijo con un tono grave y seguro—. Una cabaña para dos, por favor.

Sentí un ligero escalofrío al escucharlo decir “para dos”.

La chica revisó la computadora, luego tomó una llave dorada del gancho y se la entregó con una sonrisa profesional.
—Aquí tiene, señor Abad. La número siete está disponible, justo al final del sendero. ¿Desean algo más?

—Sí —respondió él sin dudar—. ¿Podría traer algo de ropa para la señorita? —volteó a verme, con esa mirada que desarmaba—. ¿Qué talla usas, doctora?

—M… —contesté sin poder evitar el rubor que subió a mis mejillas.

—Perfecto —dijo él, girándose hacia la recepcionista—. Traiga varios cambios, no escatime. Ropa interior bonita, ya sabe. También algunos bocadillos y una botella de champán.

La joven asintió sonriente.
—Con gusto, señor. En un momento se los llevamos.

Roberto tomó la llave y, en lugar de guardarla en su mano, la deslizó dentro del bolsillo delantero de su pantalón. Luego, con un gesto casi automático, colocó su mano en mi cintura. Su toque era firme, cálido. Un gesto protector… o posesivo.

Me aparté suavemente, sin mirarlo. Pero alcancé a escuchar lo que parecía una risita baja, contenida.

Caminé con pasos rápidos hacia el coche. No le di tiempo de abrirme la puerta esta vez. Subí y cerré de golpe. Un minuto después, él entró por su lado, encendió el motor y sin decir palabra condujo.

El trayecto fue corto, pero el silencio estaba cargado de tensión. Apenas un kilómetro después, llegamos a una cabaña que parecía sacada de un sueño. Su estructura triangular, completamente de madera y vidrio, se alzaba entre los árboles como un refugio secreto. Las luces del interior proyectaban un resplandor dorado que se mezclaba con el último aliento del sol.

Al bajar, el crujir de la grava bajo mis zapatos rompió el silencio. El aire fresco me acarició el rostro. Roberto abrió la puerta de la cabaña y me dejó pasar primero.

El interior era acogedor y elegante. En la primera planta había una cocina espaciosa, con encimeras de piedra y utensilios relucientes, una pequeña sala de juegos con una mesa de billar y una sala de estar con un sofá gris frente a una chimenea apagada.

Subí las escaleras lentamente. Cada peldaño crujía bajo mis pies. Arriba, el dormitorio se abría con una cama amplia cubierta con sábanas blancas, el baño relucía con mármol claro y una puerta de cristal conducía a una terraza.

Caminé hasta allí.

Y entonces lo vi.

El atardecer incendiaba el horizonte con tonos dorados, rosados y violetas. Desde el jacuzzi que ocupaba una esquina, se podía ver el reflejo del bosque en el cristal. El aire olía a pino y a calma.

Apoyé las manos en el barandal, respirando profundamente.
Por un instante, todo pareció detenerse.

Detrás de mí, escuché los pasos de Roberto subir la escalera. No tuve que girarme para sentir su presencia; el ambiente cambió, el aire se volvió más denso.

—¿Qué te dije? —murmuró su voz, tan cerca que mi piel se erizó—. Te encantaría.

Tragué saliva sin responder, observando cómo el sol terminaba de esconderse tras las montañas.

Me giré lentamente, y ahí estaba él.
La mirada de Roberto era intensa, oscura, de esas que se sienten en la piel antes que en los ojos. Me sostuvo la vista sin decir una palabra, y por un segundo tuve que recordarme cómo se respiraba.

—Podría pensar que todo esto lo tenías planeado… —murmuré, intentando sonar firme, aunque mi voz tembló levemente.

Sus facciones se endurecieron al instante.
—Te lo prometí, Lilian. No mentiría con eso —dijo con voz grave—. Jamás te haría daño. Pero te ayudaré a descubrir quién fue. Revisaré cada cámara del restaurante, y también las de los alrededores. Hablaré con la policía si es necesario.
—¿Puedes hacerlo?
—Soy uno de los dueños —respondió con naturalidad, encogiéndose de hombros—. Bastará con una excusa creíble.

Lo miré en silencio. Por primera vez, su voz no sonaba arrogante ni burlona, sino sincera. Y… le creí.

Asentí despacio.
—Está bien.

Roberto soltó un suspiro apenas audible y cambió de tema con una sonrisa que desarmaba.
—Entonces… ¿Quién se ducha primero? —preguntó con naturalidad, como si estuvieran hablando del clima.

Lo miré sin responder. La simple idea de quedarme a solas con él, en aquella cabaña perdida entre las montañas, hizo que mi estómago se contrajera.

Roberto dio un paso hacia mí, pero esta vez se detuvo a una distancia prudente.

—No quiero que hagas nada por impulso, Lilian.

Fruncí ligeramente el ceño.

Él sostuvo mi mirada.

—Has vivido demasiadas cosas desde anoche. Estás cansada, confundida y enojada conmigo. Si dentro de una hora decides que quieres regresar a Monterrey, te llevaré sin hacer una sola pregunta.

Aquellas palabras me desconcertaron.

Esperaba insistencia.

Esperaba arrogancia.

Esperaba que intentara convencerme otra vez.

Pero solo permanecía ahí, observándome con una calma inesperada.

—¿Hablas en serio? —pregunté casi en un susurro.

Asintió.

—No necesito aprovecharme de una mujer vulnerable para llevarla a mi cama.

El corazón me dio un vuelco.

Por primera vez desde que lo conocía, vi algo distinto detrás de esa fachada de hombre arrogante.

Respiré profundamente.

—Pensé que dirías exactamente lo contrario.

Una sonrisa apenas asomó en la comisura de sus labios.

—No soy tan miserable como crees.

Pestañeé varias veces, hipnotizada por la forma en que me miraba. Era fuego contenido, un deseo que se sentía en el aire. Algo que nunca sentí con Miguel.

—Yo… —mi voz apenas salió.

Él arqueó una ceja, esperando.
—Dímelo con palabras.

Tragué saliva, mi corazón golpeaba con fuerza.
—Sí —susurré—. Quiero esta noche.

Roberto sonrió apenas, esa sonrisa cargada de poder.
Entonces se inclinó, y sus labios rozaron los míos en un beso lento, firme, que encendió algo dentro de mí. No fue un beso salvaje, sino una promesa de lo que pasaría esta noche.

Cuando se separó, me observó unos segundos con la respiración entrecortada.
—Un pequeño adelanto de lo que nos espera esta noche —susurró, antes de quitarse la cazadora y dejarla sobre una silla junto a la ventana.

Se giró y caminó hacia el baño. Lo vi desaparecer tras la puerta, mientras el eco de sus pasos quedaba suspendido en el aire… y yo, con el pulso acelerado, intentaba convencerme de que aún tenía el control de mis pensamientos.

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